15
Patrick Scullin fumaba ansioso un cigarrillo con la esperanza de que alguien abriera en cualquier momento la puerta metálica que tenía enfrente para sacarlo de allí.
Llevaba más de cuatro horas encerrado y no habría aguantado más de no ser por la pizza , la cerveza y los cigarrillos que le acababan de traer.
Además, cuanto más tiempo pasaba dentro de aquella sala, más arrepentido se sentía de haber acudido a la policía.
Siempre había oído rumores en los que el testigo pasaba a ser culpable en un abrir y cerrar de ojos cuando la policía no tenía ningún sospechoso a quien endosarle el muerto encima y, más aún, si se trataba de alguien como él, al que nadie echaría de menos.
Tras beberse de un trago media lata de cerveza y dar las últimas caladas al cigarrillo, aplastó la colilla sobre la mesa y atacó la pizza como si no hubiese un mañana. Hacía rato que no comía nada y, además, le habían traído la de barbacoa que era su preferida.
Mientras devoraba la pizza recordó el panorama que se había encontrado al abrir la trampilla de la nave industrial.
No pudo ver mucho, pero el fuerte hedor que salió y la visión de una masa de carne y huesos cubierta de abundante sangre, fueron el detonante para que tomara la decisión de abandonar el lugar ipso facto y avisar a la policía.
No dudaba haber hecho lo correcto, pero no dejaba de darle vueltas a si había sido lo más conveniente para él.
En ese instante, alguien abrió la puerta sacándole de sus pensamientos.
—¡Coño!, ¡ya era hora! —exclamó abriendo los brazos—, pensaba que nadie vendría a sacarme de aquí.
—Sentimos haberle hecho esperar tanto. Solo le haremos unas cuantas preguntas y podrá marcharse —comentó Rebecka—. Si no le importa, vamos a grabar su declaración.
—Como queráis, pero no tengo nada que contar que no haya dicho antes.
—Con que nos diga lo mismo que declaró esta mañana a los otros agentes, nos vale.
—Está bien —aceptó atusándose una apelmazada barba.
—Su nombre, por favor.
—Patrick Scullin. Pero en la calle me llaman Gato.
—Cuéntenos lo que hizo ayer a partir de las diez de la noche, Patrick.
—Vamos a ver —comenzó a decir a la vez que se metía otro trozo de pizza en la boca y se lo tragaba sin apenas masticar—, después de ir a la iglesia católica que hay cerca de la autopista, al lado de los almacenes Macy's...
—¿Qué hacía allí? —lo interrumpió Kilyan.
—Voy cada dos o tres días. El padre Anderson suele darme algo de comida. Lo conocí antes de verme obligado a vivir en la calle y me ayuda como puede. Supongo que le caigo bien.
—Continúe.
—Como intentaba decir, tras visitar al padre Anderson fui de cajero en cajero para comprobar si habían dejado algo de dinero en los vasos que repartí esa mañana.
—¿De qué hora hablamos?
—Serían las once de la noche. Hay ocasiones en las que me quedo sin los vasos, me los roban, pero otras veces el vaso continúa en su sitio y encuentro algo de dinero que me permite comprar algún capricho.
—¿Cuáles serían esos caprichos?
—Cigarrillos, algo de comer, bebida… ya saben.
—¿Deja alguna nota junto a los vasos?
—Por supuesto.
—¿Qué escribe en ellos?
—Suelo escribir: Necesito comer. Ninguna ayuda es poca. Dios te lo pague —dijo encogiéndose de hombros.
—¿En qué zonas suele realizar esta operación?
—Por todo el barrio de Eastwood. Me lleva su tiempo, pero no tengo otra cosa que hacer. Hay días en los que la recompensa hace que todo haya merecido la pena.
Kilyan observó que el hombre que se sentaba frente a ellos podía tener entre treinta y cinco y cincuenta años.
Llevaba una barba larga y negra salpicada de canas, que de vez en cuando mostraba unos dientes pequeños y amarillos.
Sobre una nariz aguileña, descansaban unos ávidos ojos que no paraban de moverse y rara vez se cruzaban con los suyos.
Hablaba mirando a la mesa o hacia los lados la mayor parte del tiempo. Parecía intentar medir sus palabras.
—Díganos, por favor, en qué cajero encontró la nota y la hora, si lo recuerda.
—En uno de la calle Polk, al lado de un restaurante mexicano. Debía ser la una de la madrugada. Recuerdo que estaban cerrando el bar que hace esquina y bebí un culo de cerveza que se habían dejado en una mesa de la terraza. Por esa zona los bares suelen cerrar pronto.
—Cuéntenos lo que hizo en el cajero —lo apremió Rebecka.
—Entré, cogí el vaso con las cuatro monedas que contenía y vi que alguien había dejado una linterna sobre un papel doblado. Al desdoblarlo comprobé que se trataba de una nota.
—¿Qué ponía?
—Ponía algo así como: «Hay una bolsa de deporte llena de dinero en la fábrica abandonada que hay en el cruce de Charles con Jefferson. Solo tienes que abrir la trampilla que encontrarás en la planta subterránea. Te lo mereces». Y debajo habían dibujado dos cruces.
—¿Qué hizo después?
—Me guardé la linterna en el bolsillo y salí del cajero.
Tenía que comprobar si lo que ponía en la nota era cierto.
No tenía nada que perder. —Patrick cogió otra porción de pizza , mordió un trozo y los pelos de la barba que rodeaban la comisura de sus labios se tiñeron otro poco más de rojo—. ¿Les importa si me fumo un pitillo?
—Adelante —contestó Rebecka.
El mendigo agarró uno de los dos cigarrillos que le quedaban en la mesa, se lo metió en la boca y lo encendió con una de las cerillas que le habían traído. Después de soltar una bocanada de humo, posó la mano en la mesa con el filtro del cigarrillo manchado de barbacoa.
—Cuando salió del cajero, ¿notó que le observaba alguien? —preguntó Kilyan.
—No. Más bien era yo el que observaba a los demás. Es como si hubiera entrado en una comisaría con un revólver en el interior de los pantalones, no sé si me explico —dijo Patrick llevándose el cigarrillo de nuevo a la boca.
—¿Qué hizo cuando salió del cajero?
—Entré en un bar donde todas las noches hay actuaciones en directo y pedí una cerveza con el poco dinero que llevaba recaudado.
No podía dejar de mirar en todas las direcciones con la sensación de que alguien estaba vigilándome.
Cuando por fin me convencí de que nadie me seguía, terminé la cerveza y salí andando por la calle Leeland hasta el cruce en el que hay una sala de apuestas.
Después bajé hasta la calle Jefferson y encontré la fábrica abandonada sin problema.
Ese trayecto me llevó unos cuarenta minutos, así que serían cerca de las dos de la madrugada.
—En ese momento, Patrick torció el gesto recordando lo que vio—.
El edificio, en donde se suponía que estaba mi plan de pensiones, daba la sensación de llevar mucho tiempo inactivo.
Como estaba todo bastante oscuro, usé la linterna que encontré en el cajero y accedí por una puerta que se encontraba entreabierta.
Era como si alguien la hubiera dejado así a propósito para que yo supiera por dónde tenía que entrar.
El lugar era grande y frío, con una altura considerable hasta el techo.
Sin ganas de permanecer allí más de lo necesario, busqué las escaleras que conducían a la planta subterránea y acabé en un pabellón donde solo había varias taquillas en mal estado en uno de los lados de la fachada.
Reinaba un silencio sepulcral. No se oía una mosca.
—Patrick no dejaba de mover sus pequeños ojos mientras hablaba—.
Cuando avancé, el aire comenzó a oler a podrido y, más o menos cuando me encontraba en el centro de la planta, encontré pedazos de ropa esparcidos por el suelo con bastante sangre alrededor.
Pensé que podía haber sido consecuencia de alguna pelea de vete tú a saber cuándo, pero algo comenzaba a darme mala espina.
—Patrick hizo una pausa, dio la última calada al cigarro y lo aplastó en la mesa junto al resto de colillas—.
Un poco más adelante vi la dichosa trampilla.
A pesar de todo, aún tenía esperanzas de encontrar el dinero, así que la abrí.
El hedor que salió de allí abajo me echó hacia atrás como una bofetada.
Algo me decía que tenía que dar media vuelta y salir cagando leches de aquel sitio, pero, ya que había llegado hasta ese punto, debía asegurarme de que lo que decía la nota era cierto, así que cogí aire, aguanté la respiración y me asomé por el agujero.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral cuando enfoqué con la linterna y vi el cuerpo de una persona desfigurada y cubierta de sangre.
Le habían sacado las tripas y, si no llega a ser por las botas que llevaba puestas, habría pensado que se trataba de un animal —dijo Patrick mirando a Kilyan por primera vez a los ojos—.
Aquella imagen fue suficiente como para saber que tenía que darme la vuelta y echar a correr como un pollo sin cabeza.
Tras abandonar el edificio, sobre las dos y media, fui directo a esta comisaría para dar parte de lo que os acabo de contar.
—¿Notó en los días previos algo sospechoso? —preguntó Rebecka.
—No. Nada.
—De acuerdo. Gracias, Patrick. Si recuerda algo más no dude en acudir a la policía. Puede marcharse.
—¿En serio? Ya era hora. Espero que atrapen al que lo hizo —dijo mientras cogía el último cigarro que le quedaba y abandonaba la sala.
—¿Crees que dice la verdad? —preguntó Rebecka.
—Creo que ha arriesgado mucho viniendo aquí como para acabar contando una mentira. Tenía buena pinta la pizza , ¿eh?
—Muy gracioso, Kil, vámonos ya o acabaré muriendo de hambre.