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Ezra observaba con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión agresiva en el rostro el cuadro Fantasmas en un árbol que colgaba en una de las paredes del despacho junto a un retrato que le hicieron tras ser nombrado jefe de policía.
El grupo asignado al caso esperaba pacientemente a que se arrancara a hablar, pero como ese momento no se producía, Kilyan decidió romper el silencio.
—Jefe, creo que...
—¿Saben por qué tengo este cuadro aquí? —lo interrumpió Ezra señalando el lienzo del pintor Franz Sedlacek, representado por varias figuras espectrales posadas en las ramas de un árbol—.
Lo tengo porque revela las vivencias más profundas del autor ante la muerte, bajo diferentes estados psicológicos reflejados en cada uno de estos fantasmas.
Observarlos cada vez que entro en este maldito despacho, hace que no olvide lo que a todos nos espera día tras día ahí fuera —dijo señalando el enorme ventanal desde donde podía verse la ciudad de Houston en pleno ajetreo matinal—.
Me vienen a la cabeza todas esas vidas truncadas por culpa de psicópatas y descerebrados con el corazón podrido y el alma pervertida, que continúan cometiendo crímenes cada vez más macabros y horrendos en nuestras calles.
Me acuesto cada noche con las voces desesperadas de familiares que suplican que el cuerpo de su hija, marido o madre sean hallados para poder enterrarlos en paz y tener un lugar donde ir a llorarlos.
Otras veces, esas mismas voces, me piden simplemente que atrapemos al asesino buscando justicia.
—Ezra se quedó contemplando las colinas que se perdían en el horizonte con las manos a la espalda—.
Esas personas han formado parte de los muchos casos que he llevado a lo largo de mi carrera y en los que varios de los aquí presentes probablemente hayáis participado.
Las voces de las que os hablo, seguro que han conseguido quitarle el sueño a más de uno.
Sé de lo que hablo. Yo, personalmente, hace tiempo que no duermo más de cuatro horas seguidas, como supongo que os ocurrirá a muchos de vosotros —dijo girando sobre sí mismo mientras sus ojos bailaban sobre los rostros de los allí presentes—.
Dicho esto, espero que pongáis los cinco sentidos en este caso, porque no pararemos hasta cazar a ese cabrón.
Me da igual las horas que tengáis que emplear en ello.
Se os proporcionarán todos los recursos que sean necesarios, pero juro por Dios que no pienso jubilarme con un caso como este archivado en una carpeta cubierta de polvo mientras es revisado cada dos años hasta quedar en el olvido al fondo de un cajón.
—Ezra hizo una pausa y se sentó en el escritorio—.
Ahora, Kilyan nos expondrá lo que él y Penni han averiguado hasta el momento.
Adelante, Kil —concluyó apoyando los codos sobre la mesa con las manos entrelazadas.
Kilyan sabía que Ezra no había conseguido explicarse del todo bien, no era su fuerte, pero entendió lo que quería transmitir y cómo se sentía.
La dedicación que requería y la impotencia que generaban casos como el que tenían delante, desgastaba mucho a todos los implicados tanto personal como profesionalmente.
Y este caso en concreto no había hecho más que comenzar.
—A las dos y media de esta madrugada han sido hallados dos cadáveres en una nave industrial abandonada de la calle Jefferson —dijo Kilyan mientras repartía entre los asistentes una carpeta con la documentación del caso que había estado preparando junto a Rebecka y Bernard—.
Uno de los cadáveres ha sido identificado como el de Bud Delaney, un motero de cincuenta y cuatro años cuyo cuerpo fue hallado en el sótano de una planta subterránea del edificio.
Como podéis ver en las fotografías, se aprecian claras evidencias de actos de canibalismo en todo su cuerpo.
El sótano en cuestión no aparecía en los planos del edificio, por lo que suponemos que fue construido para la ocasión, con una ventana falsa tapiada y una trampilla en el techo como único punto de acceso.
El suelo era una mezcla de cristales, orina, heces y sangre.
Fuera del sótano y cerca de la escotilla, se hallaba la ropa del motero hecha jirones sobre un gran charco de sangre seca.
—Kilyan hizo una pausa y, como nadie dijo nada, continuó—.
Bud pertenecía a la banda motera The Black Skull y tenía antecedentes por tráfico de drogas y peleas entre bandas.
La más sonada fue la que tuvo lugar en Wako.
A causa del incidente, en el que se vieron implicadas tres bandas más, murieron un total de cinco personas y múltiples moteros resultaron heridos.
En aquella ocasión le cayeron dos años de cárcel.
También tiene una denuncia por agresión sexual interpuesta por una mujer llamada Mia Tyson que fue retirada un día después.
En ese momento las miradas entre Kilyan y Bernard se cruzaron.
—En cuanto al otro cadáver, se trata de una mujer caucásica de mediana edad.
La encontraron sentada sobre un viejo colchón con el cuerpo echado hacia adelante.
Todo apunta a que falleció desangrada por unos cortes sufridos en su muñeca izquierda con un trozo de cristal, pero habrá que esperar a la autopsia para verificar las causas de la muerte.
Su cuerpo estaba desnudo y cubierto de sangre.
Bernard podrá ofrecernos más detalles acerca de las pruebas halladas.
Kilyan se colocó junto a Rebecka y Bernard tomó la palabra.
—Comenzaremos con la mujer —dijo mirando de reojo al jefe de policía—. Se llama Mia Tyson y tenía cuarenta y ocho años.
—¿Estamos hablando de la mujer que retiró una demanda por abusos sexuales a ese tal Bud? —preguntó Ezra entre esperanzado y contrariado.
—Exacto. Es el único vínculo que tenemos hasta el momento entre las dos víctimas.
—Bien —contestó absorto el jefe de policía—, continúa.
—El único domicilio que hay registrado a su nombre se encuentra en la calle Elliott, a tan solo diez minutos en coche de la nave industrial.
Entre el colchón y la pared del sótano hemos recogido muestras de trozos de uñas que se le debieron partir a la víctima intentando arrancar los listones de madera que tapaban la ventana del sótano.
Como ha comentado Kilyan anteriormente, se trata de una ventana falsa y tras ella no había más que roca y una pequeña grieta que daba al exterior y por donde entraba un poco de luz.
Creemos que se hizo a modo de respiradero.
El cristal con el que Mia presumiblemente se hizo el corte en la muñeca, procede de una de las tantas botellas de absenta que había tiradas por el suelo.
La marca de la bebida es Calavera Verde y su venta y consumo personal está permitida en la mayoría de los países, exceptuando Francia, en donde la tienen prohibida.
De todas formas, hoy en día cualquiera puede hacerse con unas cuantas por internet.
—¿Qué cantidad había en el sótano? —preguntó Ezra.
—Yo diría que entre ochenta y cien botellas. Es difícil de saber, ya que muchas de ellas estaban rotas en pedazos.
—Investigad si alguien ha realizado alguna compra de esas características en algún comercio de la zona o por internet en los últimos seis meses.
—Me encargo yo, jefe —dijo el analista informático Mark McGrady.
—Bien, ¿tenía familiares?
—Una hermana en Pasadena —contestó Bernard.
—Tendremos que notificarle su fallecimiento. Kilyan, te encargas tú —ordenó—. ¿Algo más?
—En cuanto a la sangre que cubría su cuerpo, la mayor parte pertenecía a Bud Delaney. Creemos que practicó el canibalismo tras llevar varios días ingiriendo absenta. Recordemos que esta bebida tiene casi noventa grados de alcohol y el estado mental de Mia debía ser una bomba de relojería.
—¿Me estás diciendo que esa mujer se estuvo alimentando del cadáver del motero? —preguntó el jefe de policía incrédulo.
—Así es. Hasta que, al parecer, decidió quitarse la vida. Creemos que en el momento en que fueron hallados los cuerpos, llevaba muerta menos de veinticuatro horas.
—¡Dios santo! —suspiró Ezra—, ¿dónde se encuentra nuestro testigo?
—Patrick Scullin prestó declaración esta mañana y ahora mismo se encuentra en una sala a la espera de ser interrogado por Kilyan y Rebecka.
—Compradle un bocadillo o una pizza , ¡por el amor de Dios!, y ofrecedle cigarrillos y algo de beber —ordenó con desgana el jefe de policía—. Debe estar hambriento después de tantas horas y lo necesitamos despierto y receptivo.
—Por supuesto.
—¿Y qué nos ha contado hasta el momento?
—Al parecer encontró una nota en uno de los vasos de plástico que va depositando en diferentes cajeros del centro de la ciudad para que la gente le deje unas monedas —explicó Bernard—.
En la nota sugerían que en la nave industrial había una bolsa de deporte llena de dinero esperando a ser recogida.
Patrick ha confesado que no pudo resistir la tentación de comprobarlo.
La nota la habían escrito a mano y firmado con dos cruces.
No sabemos si estas cruces pueden hacer referencia a las dos víctimas del sótano, Mark la está analizando.
En la nota no había otras huellas que no fuesen las de nuestro testigo Patrick.
Hemos pedido las grabaciones de las cámaras de seguridad de la entidad bancaria para buscar el momento en que la dejaron.
—Mantenedme informado y no perdáis de vista al testigo, aún no sabemos si puede tener algo que ver con todo esto. ¿Qué puedes decirnos de la otra víctima?
—El cuerpo de Bud Delaney estaba en estado de descomposición y no sabremos nada hasta que tengamos los resultados de la autopsia —concluyó Bernard.
—Quiero que el forense dé prioridad absoluta a este caso, me encargaré personalmente de ello. Ahora habladme de los otros dos cadáveres. Esto es una puta pesadilla —suspiró el jefe de policía mientras se frotaba la frente.
—La información que obtuvimos en el club motero al que pertenecía Bud nos llevó hasta un motel de carretera que se encontraba a dos manzanas de allí y en donde el motero había quedado con una mujer a través de una página de contactos —comentó Kilyan—.
La mujer en cuestión se llama Elizabeth Rush y apareció ahorcada en su domicilio cuando fuimos a interrogarla.
Su madre, Betty Green, se hallaba en el suelo del salón en avanzado estado de putrefacción.
Aparentemente falleció por un golpe en la cabeza.
Todo indica que, cuando la anciana abrió la puerta que comunicaba el salón con la cocina, provocó el ahorcamiento de su hija al tensar la cuerda que iba atada desde el pomo hasta la pata de la silla en la que Elizabeth se apoyaba.
En los armarios de la cocina habían escrito con sangre la frase «Pío, pío… ».
Ezra bajó la cabeza y se tapó la cara con las manos en un gesto de desesperación mientras mostraba a todos su coronilla.
—Está bien, quiero que analicéis el sótano de nuevo.
Si había un mensaje en casa de Elizabeth Rush, es posible que se nos haya pasado algo en la nave industrial.
Como ya sabréis —continuó tras una breve pausa—, los medios han comenzado a especular con todo lo ocurrido y tengo que preparar una rueda de prensa para mañana a primera hora.
Quiero que me comuniquéis en todo momento cualquier novedad respecto al caso.
Ahora, salid todos ahí fuera y ¡a trabajar! —dijo dando una palmada en la mesa.
—Kil, ¿tienes un segundo? —preguntó Bernard.
—Te escucho.
—Se me olvidó comentarte que la nave industrial fue embargada y ahora pertenece al banco. La electricidad lleva dada de baja más de dos años. Es posible que hayan empleado un generador para usar el ascensor.
—Eso corrobora mi teoría de que todo ha sido minuciosamente planeado.
—¿Podemos irnos ya?, me crujen las tripas —suplicó Rebecka con ojos de cordero degollado.
—¿Qué tal si después de interrogar a Patrick vamos al Shake Shack?
—Me parece bien —aceptó Rebecka mientras pasaban por delante de la mesa de Mark—. Espero que las cámaras nos den una cara que rastrear.
Kilyan también lo esperaba. Necesitaban algo a lo que agarrarse y hasta el momento no tenían más que humo.