13
—Aún recuerdo la primera vez que te vi. Llevabas puesto un peto vaquero sobre una camiseta naranja y calzabas unas zapatillas Converse, de esas que estaban tanto de moda en los noventa.
Tenías el pelo recogido en una coleta y una cicatriz en el mentón, que veo que aún conservas.
Eras diferente a las demás chicas y eso me gustaba.
Cuando salíamos al patio, intentaba llamar tu atención pasando a tu lado y buscando que nuestras miradas se cruzasen, pero, o no te interesaba, o no se me daba muy bien captar tu interés.
Lo que nunca entendí es por qué preferías estar con aquellas estúpidas niñas antes que conmigo.
Te hubieras tirado por un barranco si así te lo hubiesen pedido.
Pero no te culpo por eso. No… por eso no.
Sharon se hallaba tumbada en una camilla parecida a las que se empleaban en los psiquiátricos. Tenía las manos y los pies atados con correas y solo podía mover la cabeza. Lo suficiente como para comprobar que iba descalza y ataviada con un vestido blanco de boda.
Si tuviera un espejo delante, podría verse la cara maquillada como un payaso, con una cruz negra pintada sobre los ojos y trazos desiguales de un rojo intenso en la boca.
Como si se hubiera pintado los labios con la luz apagada.
También llevaba una peluca azul que le picaba mucho, pero el pánico hacía que en esos momentos fuese la menor de sus preocupaciones.
Sharon giró la cabeza y posó sus ojos en aquella horrible máscara de niño enfadado. El hombre que se escondía tras ella le hablaba en susurros a escasos centímetros de su rostro.
—Hay ocasiones en las que aún me parece escuchar vuestros insultos mientras me hacéis partícipe de algún juego en el que siempre termino humillado.
Te juntabas con ellas simplemente para agradar, ¿verdad?
, para ser una más de la pandilla, pero ¿sabes qué?
, era más hiriente tu indiferencia que los golpes que recibía.
No se me olvidará cuando tu amiguita me ató a una silla con los ojos vendados —el hombre de la máscara hablaba ahora con la mirada perdida—.
Os pusisteis alrededor de mí mientras me dabais golpes en la cabeza y gritabais pío, pío…
que yo no he sido, pío, pío… que yo no he sido —dijo con tono infantil—.
Después de recibir patadas, puñetazos, pellizcos y empujones, la silla cayó y me golpeé tan fuerte la cabeza contra el suelo que perdí el conocimiento.
Al despertarme noté que tenía la parte baja del pantalón mojada.
Me habíais quitado la venda y todos os estabais riendo al coro de «se ha meado, se ha meado» mientras me señalabais.
Sharon lloraba sin consuelo. Lo que ese hombre le estaba contando había quedado enterrado en el pasado y hacía mucho tiempo que no pensaba en ello.
—No te preocupes, princesa, Eli ha pagado ya por sus pecados y tú harás lo propio. Estaremos en paz.
Aterrada, cerró los ojos al ver cómo la horrible máscara se aproximaba a ella para lamer una lágrima que resbalaba por su mejilla.