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En Estados Unidos existían más de cincuenta personas con el nombre de Elizabeth Rush, pero, gracias a la fotografía que aparecía en la página de contactos sexosinlimites.com, pudieron localizarla mediante reconocimiento facial en la base de datos del Departamento de Policía.
Rebecka y Kilyan habían quedado a dos manzanas de la casa de Elizabeth para decidir cómo afrontar la situación. Ella miraba una figura maya de cera que había en el escaparate de un anticuario cuando lo vio acercarse por detrás.
—He estado pensando —comenzó a decir apartando la vista del escaparate—.
Supongamos que Elizabeth tenía una relación con Bud y que se veían de forma esporádica en el motel.
En un momento dado, él comienza una relación paralela con la chica del sótano y Elizabeth los descubre.
En un ataque de celos, decide secuestrarla y encerrarla en el sótano de la nave industrial.
Bud un día la sigue hasta allí, descubre el pastel y ella le golpea en la cabeza con un objeto pesado tras una acalorada discusión.
Del resto creo que podemos hacernos una idea.
Kilyan la miró escéptico.
Ella arrugó la cara.
—No me cuadra, no ha sido algo impulsivo.
Dentro del caos se intuía un orden y dentro de ese orden un plan y un propósito: que el motero y esa mujer sufrieran un castigo inhumano sin tener la oportunidad de salir de ese agujero con vida.
Además, no veo a Elizabeth Rush arrastrando un cuerpo de más de ciento cincuenta kilos.
Aún hay muchos cabos sueltos y muchas preguntas sin responder.
—¿Tienes algo en mente?
—Al parecer vive con su madre. Lo mejor será aislarla para evitar cualquier imprevisto. Tú cubrirás la parte de atrás de la casa y yo llamaré a la puerta. En caso de que no contesten, intentaré forzar la cerradura. Es importante que evitemos cualquier posible huida.
Elizabeth Rush vivía en un edificio de dos plantas rodeado de árboles y arbustos que Rebecka aprovechó para ocultarse tras ellos y no ser vista desde el interior.
Había una terraza que consistía en una tarima flotante de madera natural con una mesita y dos sillas.
Una valla de resina delimitaba la propiedad y ocultaba un modesto jardín necesitado de un buen repaso con el cortacésped.
Kilyan se dirigió a la entrada y apretó el interruptor que había bajo una placa con el número diecisiete.
Al no obtener respuesta, sacó el juego de ganzúas y el tensionador que siempre llevaba encima y, con mucha destreza, comenzó a jugar con ellas procurando alinear los pistones de la cerradura para así voltear el cilindro que le permitiese abrir la puerta.
Tras varios intentos, llegó a la conclusión de que debía haber un tipo de mecanismo al otro lado de la puerta y decidió reunirse con Rebecka.
—No ha habido suerte —dijo resignado—, tendremos que pasar al plan B.
—Tú primero.
Subieron a la tarima y se colocaron en un extremo de la puerta corredera. Como las cortinas estaban echadas y no podían ver nada del interior, Rebecka trató de deslizar la puerta y se sorprendió al comprobar que estaba abierta.
Procurando no hacer ruido, atravesaron una habitación con dos camas, un armario empotrado algo anticuado y una lámpara de araña que colgaba del techo.
La decoración terminaba de dar a la estancia un aspecto austero con una reproducción del cuadro La primavera de Botticelli y un reloj de cuco estilo chalé con mecanismo de cuarzo.
Se miraron inquietos como si de un momento a otro el pajarito fuera a salir disparado emitiendo su característico canto.
El silencio era sepulcral.
Se adentraron por un estrecho pasillo y dejaron atrás un cuarto de baño vacío. Rebecka frunció el ceño cuando un olor putrefacto comenzó a colarse por sus fosas nasales.
Ambos echaron mano al revólver al pasar a un amplio y sombrío salón con el suelo laminado y paredes con gotelé.
Un armario de madera noble cubría casi todo el ancho de una de las paredes, repleto de libros y figuritas variopintas entre las que destacaba un búho disecado con las alas extendidas.
La zona central del mueble la ocupaba un televisor encendido, pero sin sonido.
En ese momento emitían un programa donde varios postores intentaban hacerse con un trastero.
Frente al televisor, un sofá de piel marrón acompañaba a un sillón de tela turquesa que desentonaba con el resto de mobiliario.
Kilyan reparó en una tabla de planchar que tapaba la mitad del cuerpo esqueletizado de una señora mayor que yacía boca arriba en el suelo. Tenía sangre coagulada alrededor de la cabeza y el cuerpo se encontraba en avanzado estado de putrefacción.
Rebecka se tapó la boca al verla.
Kilyan esquivó a la anciana y abrió una puerta entornada que daba acceso a otra zona de la casa.
Lo que vieron los dejó de piedra.
Una mujer colgaba de una cuerda que iba atada a la lámpara de la cocina.
La soga le estrangulaba el cuello y se lo estiraba, como si de un pollo se tratase, impidiendo que sus pies llegaran a alcanzar el suelo de gres.
Tenía los ojos desorbitados y la lengua le sobresalía de la boca confiriendo una expresión grotesca a su rostro.
En una mesa descansaba una bolsa a medio vaciar con comida podrida mientras una gran cantidad de moscas e insectos bailaban por toda la cocina.
En la entrada, una cuerda unía la manilla de la puerta del salón con las patas delanteras de una silla sin respaldo que había tirada en el suelo.
—Mira, Kil —dijo Rebecka señalando una hilera de muebles altos donde habían escrito «Pío, pío...» con sangre.
—Será mejor que salgamos y no contaminemos más la escena —propuso Kilyan en un tono que denotaba estar molesto con la situación.
Una vez salieron a la terraza Kilyan sacó el móvil e hizo una llamada.
—¡Vaya!, pensé que no me ibas a llamar nunca.
—Jefe, necesito un equipo de la científica en casa de Elizabeth Rush para que la peinen de arriba a abajo. Tenemos dos cadáveres más y la sensación de estar dando palos de ciego.
—Me comentó Bernard que tenían a una sospechosa. ¿Me estás diciendo que está muerta?
—Sí, ella y su madre —contestó torciendo el gesto.
—Mierda, mando a un equipo cagando leches. Cuando acabéis allí quiero veros a ti y a Penni en mi despacho.
Kilyan colgó y miró desesperado al cielo como quien espera respuestas en una galletita de la suerte.
«Es curioso cómo a veces el ser humano espera encontrar ayuda allí arriba de personas que llevan años bajo tierra», pensó.