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El edificio se hallaba junto a una gasolinera low cost . De la fachada colgaban unas gigantescas letras corpóreas en las que se podía leer desde larga distancia la palabra MOTEL. Simple y directo.
Kilyan pulsó el timbre de la única puerta sin número que había a pie de calle, presumiendo que fuera la recepción.
—Espero no tener que sacar el arma aquí también —susurró Rebecka mirándolo de reojo.
—No te prometo nada.
Como no contestaba nadie, Rebecka empujó la puerta y comprobó que se encontraba abierta.
—Hola, ¿hay alguien? Policía —anunció entrando a una pequeña habitación con un lustroso pero antiguo mostrador. Al otro lado había un armario para llaves y varias estanterías con libros y folletos.
En ese momento, apareció un hombre calvo limpiando unas gafas de montura gruesa con un minúsculo paño de algodón.
—¿Ocurre algo? —dijo poniéndose las gafas y apoyando las palmas de las manos sobre el mostrador.
—Buenos días, somos los detectives Rebecka Pennino y Kilyan Kil, ¿su nombre, por favor?
—Sam Troughton. Soy el dueño del motel.
—De acuerdo, Sam —continuó Rebecka—, tan solo le robaremos unos minutos de su tiempo, si no le importa.
—¿En qué puedo ayudarles? —preguntó con una mezcla de inquietud y curiosidad.
—¿Conoce a este hombre? —Rebecka le mostró una fotografía de la ficha policial de Bud Delaney que les había enviado Bernard.
—Sí, me suena. Creo que lo he visto alguna que otra vez en compañía de señoritas. Ya me entienden.
—¿Prostitutas?
—No sabría decirles, nunca me meto en los asuntos de mis huéspedes.
—¿Cuándo fue la última vez que lo vio? —terció Kilyan.
—Pues la verdad que hace ya bastante tiempo. Diría que a finales de verano.
—¿En aquella ocasión iba acompañado?
—Posiblemente, no lo recuerdo.
—¿Tiene el registro de los huéspedes que se alojan en su motel?
—Sí, además suelo pedir la documentación, no quiero problemas. ¿Se puede saber qué ocurre?
—No se preocupe, señor Troughton, solo necesitamos contrastar cierta información perteneciente a una investigación que estamos llevando a cabo. ¿Podría mostrarnos quiénes se registraron en el último mes y medio?
—¿Una investigación en mi motel?, ¿de qué se trata?
—No podemos darle información. Es confidencial —zanjó Kilyan.
—¿Y no necesitan una orden para esto? —El dueño del motel se cruzó de brazos receloso.
—No queremos robarle mucho tiempo —intervino Rebecka—, pero ha de saber que si pedimos una orden perderíamos un tiempo muy valioso hasta que la conceden y eso nos obligaría a tener que registrar el motel entero de habitación en habitación.
En cambio, si usted fuera tan amable de dejarnos ver los nombres de las personas que han estado aquí durante el último mes y medio, podríamos corroborar con mayor rapidez ciertos datos que manejamos.
Lo que intento explicarle es que solicitando una orden de registro nos pondría en la tesitura de tener que cumplir con ciertas formalidades que perjudicarían a su negocio.
Le aseguro que mi compañero y yo lo que pretendemos es no molestarle más de lo necesario.
Sam parecía sopesar lo que Rebecka acababa de contarle.
—De acuerdo, entiendo. No seré yo quien se interponga en una investigación policial —concedió resignado el dueño del motel—. Esperen un momento aquí, si son tan amables.
Tras ver cómo se perdía por una puerta con cortinilla, Kilyan guiñó el ojo a Rebecka.
Al cabo de unos minutos regresó con un archivador de piel marrón que colocó sobre el mostrador.
—Aquí es donde anoto el nombre de todos nuestros clientes.
Sam pasó varias páginas y giró el archivador para que Kilyan y Rebecka pudieran ver el contenido.
—Esta página, la siguiente y la siguiente, contienen los nombres de los huéspedes que visitaron este motel durante el último mes y medio.
Kilyan sacó un par de fotografías con el móvil a cada página.
—Parece que no todos tienen el número de DNI junto al nombre.
—Sí, lo sé, ¿qué quieren que haga? Como comprenderán, hay personas que vienen pidiendo un techo a altas horas de la madrugada y en ocasiones hago alguna excepción si no llevan la documentación encima.
Vienen de paso. A veces con niños pequeños.
No me gusta dejar a gente en la calle y mucho menos de noche, ¿saben?
—comentó incómodo el dueño del motel—. Soy consciente de que algunos de esos nombres pueden ser falsos, pero para mantener este negocio necesito confiar en mis clientes.
—De acuerdo, con esto debería ser suficiente. Si recuerda algo fuera de lo normal ocurrido durante los últimos días no dude en llamarnos.
Kilyan le entregó una tarjeta.
—Perdonen que les interrumpa —dijo una señora con el pelo rizado y sobrepeso que asomaba la cabeza por la cortinilla de la puerta—. Ahora que lo mencionan, yo sí que presencié algo curioso hará pocos días.
—Miriam, ¿qué haces?
—Déjame, quiero ayudar a estos chicos.
—¿Su nombre, por favor?
—Miriam Higgins.
Rebecka lo anotó en su libreta.
—Gracias, señora Higgins. Puede continuar.
—Soy su mujer y me dedico a limpiar las habitaciones, aunque de vez en cuando también ayudo a mi marido en la recepción.
El caso es que hace unos días me encontré la puerta de una de las habitaciones entreabierta y, tras comprobar en el registro que los huéspedes debían haber dejado la habitación libre antes de las once de la mañana, entré y no me dio la impresión de que alguien hubiera pasado allí la noche.
Kilyan y Rebecka se quedaron mirándola, esperando a que continuara.
—Eso es todo —añadió Miriam sonriendo—, simplemente me pareció extraño que, después de haber dejado la habitación pagada, no la aprovechasen, ¿no les parece?
—¿Quién hizo la reserva? —preguntó Kilyan pensando en que no perdían nada comprobándolo.
—Una mujer muy agradable, pero no tuve el placer de conocerla ya que realizó la reserva por teléfono. Anoté su nombre en el fichero que les acaba de entregar mi marido.
—¿Qué día ocurrió eso?
El dueño del motel cogió la carpeta y señaló un nombre.
—Aquí está. La reserva la hizo la señorita Elizabeth Rush el pasado jueves para el viernes siguiente. Lo recuerdo. Después de que mi mujer me contó lo sucedido, busqué su nombre por pura curiosidad en internet, pero no encontré nada —dijo Sam encogiéndose de hombros.
—Entonces, si no la vieron, no pudieron entregarle las llaves. ¿Cómo entró en la habitación?
—Suponemos que forzó la cerradura —dijo Sam.
—Pero no lo denunciamos —terció Miriam—. La habitación se encontraba impoluta y pensamos que no merecía la pena.
—Nos forzaron la cerradura, cariño. No tenía sentido que esa tal Elizabeth lo hiciera pudiendo coger las llaves. Yo quise dar parte a la policía —dijo con ojos cansados—, pero mi mujer es tan cabezota que finalmente terminé haciéndole caso.
Miriam puso los ojos en blanco ante el comentario de su marido.
—De acuerdo, gracias a los dos por su colaboración y que tengan un buen día. Llámennos si recuerdan algo más.
—Descuiden, así lo haremos. Esperamos haber sido de ayuda —se despidió Miriam colocándose delante de su marido.
Una vez en la calle, los escucharon discutir al otro lado de la puerta.
—Llamaré a Bernard para comprobar que el nombre del registro no es falso.
Rebecka asintió y Kilyan realizó la llamada. Bernard contestó en el segundo tono.
—Kil, te iba a llamar ahora.
—Tú primero.
—Hemos estado en casa de Bud Delaney. Vivía en una pocilga. El salón estaba lleno de envases de comida rápida y latas de cerveza y las paredes las tenía cubiertas de pósteres con mujeres desnudas y una enorme bandera con la esvástica nazi.
—Joder —protestó Kilyan.
—Sí, también hemos encontrado cocaína en el cajón de un armario y un arma de calibre nueve milímetros bajo la tapa del tanque en el baño, aunque lo más interesante se hallaba en el dormitorio.
—Dispara.
—Sobre el escritorio, junto a un cenicero con forma de calavera y lleno de colillas, había un ordenador portátil al que hemos podido acceder con la ayuda de Mark.
Por el historial del navegador sabemos que ha visitado varias páginas pornográficas en las que exhibían fotografías y vídeos de chicas jóvenes.
Las últimas visitas que realizó fueron a una web de contactos en la que llevaba dos semanas registrado.
En esta página, Bud había concertado una cita con una tal Eli_sexy_devil en un motel de Washington Avenue.
—Acabamos de estar allí. Su nombre completo es Elizabeth Rush.
—¡Vaya!, veo que no habéis perdido el tiempo.
—Necesito que averigües todo lo que puedas de ella —dijo Kilyan notando una descarga de adrenalina por todo el cuerpo al ver que comenzaban a encajar las piezas.