10
Kilyan y Rebecka aparcaron fuera del Dust & Ash donde al menos había una veintena de motos.
El lugar se encontraba alejado de la ciudad y no había edificaciones cerca.
Eso, supuso Kilyan, les daba a los moteros la capacidad de reacción necesaria ante una redada policial o ante la intrusión de una banda rival.
Cuando entraron en el local había cuatro hombres jugando al billar y otros seis bebiendo cerveza en una mesa alargada. Un camarero bajito y con bigote les observaba desde la deslucida barra del bar. Llevaba un trapo descolorido sobre el hombro y masticaba un palillo con cara de pocos amigos.
A Kilyan le dio la impresión de que les estaban esperando.
Un tipo de casi dos metros salió del baño y otro, que por lo menos debía de desayunar veinte hamburguesas al día, entró tras ellos y se colocó delante de la puerta cruzándose de brazos.
Kilyan cogió una silla alta de madera y se sentó delante del camarero mostrando indiferencia a la tensión que se había generado.
Rebecka se quedó de pie junto a los baños. Desde esa posición tenía un buen ángulo. Podía observar tanto al gordo de la entrada como al resto de clientes e intervenir en caso de que alguien meara fuera del tiesto.
—Un Rambler y… —Kilyan miró a Rebecka con las cejas levantadas, pero ella declinó su propuesta negando con la cabeza—. Una Rambler —sentenció.
—Aquí no tenemos de eso.
—Una Coca Cola entonces.
—Tampoco. Cerveza, whisky , bourbon … —dijo el camarero con desgana mientras se pasaba el palillo de un lado al otro de la boca.
—Vale —dijo Kilyan colocando una fotografía sobre la barra.
El camarero bajó la vista y palideció al verla.
—Quién cojones le ha hecho eso —inquirió con voz grave tras escupir el palillo al suelo.
—¿Lo conoces? —preguntó Kilyan.
El hombre que medía dos metros se posicionó al lado de Kilyan y Rebecka echó mano a su Smith & Wesson. Kilyan le hizo un gesto para que se tranquilizara y volvió a dirigirse al camarero.
—Somos detectives de la Policía de Houston y estamos investigando la muerte de esta persona —dijo enseñando la placa—. Su cazadora tenía el emblema de una banda motera. The Black Skull. Si no me equivoco es así como os llamáis, ¿verdad?
—¡Que te jodan!
—¿Quién es? —volvió a preguntar señalando la fotografía—. Necesitamos su nombre para poder avanzar en la investigación. Hemos llevado a analizar las huellas, pero se nos ocurrió que haciéndoos una visita podríais ayudarnos a agilizar las cosas.
—Estás pirado si piensas que vamos a ayudar a la pasma. Aquí solucionamos nuestros problemas sin la ayuda de nadie y vosotros sois precisamente uno de ellos. Si queréis un consejo, será mejor que os larguéis de aquí cagando leches.
—Como quieras, pero no descarto que volváis a vernos pronto. ¿Quién dice que no habéis tenido nada que ver con todo este asunto? —En ese momento Kilyan dio dos pasos atrás y sacó el arma. El hombre de dos metros se apartó y el camarero permaneció quieto tras la barra.
—Las manos arriba donde pueda verlas. Despacio.
El camarero obedeció sorprendido y miró a ambos lados como si estuviese analizando la situación. Los moteros que se encontraban tomando unas cervezas en la mesa del fondo y los que jugaban al billar se pusieron en guardia. Rebecka desenfundó también su arma y apuntó nerviosa al gordo de la entrada.
—De acuerdo, será mejor que nos tranquilicemos —dijo Kilyan—.
Solo queremos saber el nombre de esta persona.
Si no nos lo decís, esto se llenará de polis y registraremos todo el local.
Como no queremos llegar a ese punto, e imagino que vosotros tampoco, solo os pedimos que colaboréis un poquito.
Dicho esto, ¿podrías decirnos quién es el tipo de la fotografía?
—Bud —contestó el camarero tras un largo silencio.
—Bud, qué más.
—Delaney.
—Bien, ¿cuándo le viste por última vez?
—Hace cuatro días. Había quedado con una zorrita por internet.
—¿Te dijo dónde? —continuó preguntando Kilyan mientras apuntaba con el revólver al hombre de dos metros.
—En el motel que hay más abajo. Junto a la gasolinera.
—¿Sabes si tenía enemigos o si había recibido amenazas de algún tipo?
En ese momento Kilyan se dio cuenta de lo absurdo de su pregunta.
El camarero comenzó a reír y el resto del bar hizo lo propio. Cuando cesaron las carcajadas su rostro se ensombreció y miró a Kilyan a los ojos.
—Coged al hijo de puta que le ha hecho esto a Bud, porque como lo encontremos nosotros antes os aseguro que deseará no haber nacido.
—Ahora necesito que me digas tu nombre.
—John.
—De acuerdo, John, esto es lo que haremos.
Mi compañera y yo saldremos por esa puerta y vosotros continuareis con lo que sea que estabais haciendo antes de nuestra visita.
Si recordáis algo que pueda resultar relevante, cualquier cosa, por insignificante que parezca, no dudéis en llamarnos.
—Kilyan dejó una tarjeta sobre la barra—.
Os damos las gracias por vuestra colaboración y esperamos que paséis un buen día, chicos.
El hombre de dos metros miró simultáneamente a Kilyan y al camarero a la espera de una orden que no se produjo. Rebecka gesticuló con el revólver al grandullón para que se apartara de la entrada y salió a la calle. Kilyan la siguió, pero se detuvo en la puerta.
—Volveremos a vernos, John —dijo guiñándole un ojo antes de abandonar el local.
—Descuida, nos veremos antes de lo que piensas, hijo de puta —susurró el camarero mientras cogía la tarjeta y se la entregaba al hombre que medía casi dos metros.
Cuando llegaron al aparcamiento, Rebecka negaba con la cabeza.
—No vuelvas a hacer eso.
—¿Qué te pasa? —Kilyan paró en seco y Rebecka se giró hacia él cabreada.
—Quieres manejar a tu manera la situación sin consultarlo siquiera conmigo. Esos tipos de ahí dentro no se andan con tonterías, Kil, podía haberse torcido la cosa… ¿y entonces qué?, ¿se puede saber en qué coño estabas pensando?
—Tenemos su nombre y un lugar donde poder continuar con la investigación, ¿qué más quieres?
—Ni siquiera sabes si hay algo de cierto en lo que te ha contado. —Rebecka cerró los ojos y respiró hondo—. Olvídalo, nos vemos en la gasolinera —dijo subiendo al coche.
Kilyan hizo un gesto con la mano restando importancia al comentario cuando su móvil comenzó a sonar.
—Dime, Bernard.
—Escucha con atención. El motero se llamaba Bud Delaney.
Tenía cincuenta y cuatro años y vivía solo.
Fue arrestado en varias ocasiones por peleas entre bandas, tenencia ilícita de armas y tráfico de drogas.
Hace doce años interpusieron una denuncia por agresión sexual en su contra que retiraron al día siguiente.
Os envío una copia de su ficha policial a cada uno.
—Gracias, Bernard. Necesitamos una orden para registrar su domicilio. No creo que pongan muchos inconvenientes con los antecedentes que tiene.
—Descuida, la pediré ahora mismo. Por cierto, el jefe quiere que le pongáis al día.
—No te preocupes, yo le llamaré.
Kilyan guardó el móvil y sacó la fotografía del motero. «Si en algo nos ha mentido tu amigo, al menos no ha sido dándonos un nombre falso», pensó mirando el rostro ensangrentado de Bud Delaney.