Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 9
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Rebecka llevaba casi cuatro años trabajando con Kilyan.

Hacían buen equipo juntos, pero, en ocasiones, la irritaba ver cómo le apartaba de sus planes.

Sentía que no le mostraba todas sus cartas cuando compartían una investigación y se preguntaba si siempre habría sido así, o si el hecho de perder a su mujer y a su hija de un plumazo le había llevado a convertirse en la persona recelosa y desconfiada que conocía.

Tras aparcar su Toyota Corolla azul en doble fila, atravesó un sendero que la condujo hasta la nave industrial. Kilyan abandonaba en esos momentos el edificio y se dirigía a su encuentro.

—Tenemos que esperar. Aún siguen recogiendo pruebas —dijo metiéndose las manos en los bolsillos.

—¿Tomamos un café y me pones al día?

Rebecka señaló una cafetería que había a dos manzanas.

—De acuerdo, pero invito yo.

El reloj de la cafetería Kimberly marcaba las siete y media de la mañana y había poca gente en el local.

Pidieron dos solos con hielo y se sentaron en una de las mesas situadas junto a una gigantesca cristalera.

A través de ella podía observarse el ajetreo de la policía que lidiaba sin descanso con el impertinente acoso de la prensa y el avispero de personas que merodeaban por las inmediaciones intentando obtener fotografías o vídeos con los que alimentar sus redes sociales.

Kilyan expuso todo lo que sabía hasta el momento y ella lo escuchó sin hacer ninguna interrupción.

—¿Y qué opinas? —preguntó Rebecka cuando terminó de hablar.

—Aún es pronto. Necesitamos ver lo que hay bajo esa trampilla.

—¿Han identificado los cadáveres?

—El hombre podría pertenecer a una banda motera. En cuanto a la mujer, no llevaba nada encima con lo que poder identificarla y tendremos que esperar al resultado de las huellas.

—¿Sabemos quién encontró los cuerpos?

—Un sintecho. Ahora mismo le están tomando declaración —Kilyan interrumpió la conversación al oír que sonaba su móvil—. Dime Bernard… De acuerdo… Sí, está conmigo... Nos vemos ahora.

—¿Y…? —preguntó Rebecka alzando las cejas.

—Podemos bajar.

Rebecka estudiaba el charco de sangre seca y los restos de tejido que había en un piso subterráneo de la nave. Alrededor, varios marcadores con números indicaban las pruebas que habían sido halladas y fotografiadas por el equipo de criminalística.

—Hay mucha sangre. ¿Es esta la ropa del motero? —preguntó señalando un montón de trozos de tela y cuero.

—Exacto —intervino Bernard acercándose a ellos—. Por lo que tengo entendido, la banda de nuestro amigo se ha visto envuelta en más de un tiroteo. En el último fueron detenidas quince personas. Hubo un muerto y cuatro heridos. Lo más seguro es que esté fichado.

—¿Sabemos ya el nombre de la banda? —preguntó Kilyan.

—El emblema de la cazadora pertenece a The Black Skulls. Podéis encontrar un bar en las afueras donde se reúne la banda. Os presentaría con mucho gusto al protagonista, pero será mejor que bajéis vosotros a conocerlo, yo ya he tenido suficiente por hoy.

Tras ponerse el traje, los cubrezapatos, los guantes y la mascarilla, Kilyan y Rebecka bajaron por una escalera improvisada al bautizado sótano del infierno.

El lugar estaría sumido en la más absoluta oscuridad si no fuera por los focos que habían colocado los de la científica. A pesar de ello, Kilyan encendió una linterna y comenzó a estudiar el primer cadáver, o más bien, lo que quedaba de él.

El cuerpo desfigurado y desmembrado del motero estaba cubierto de vísceras y sangre seca.

Apenas le quedaba carne en los brazos y los intestinos y varios órganos difíciles de reconocer se hallaban desparramados por su torso desnudo.

De cintura para abajo, un amasijo de carne, huesos y sangre se mezclaba formando una imagen tan grotesca que a Kilyan le evocó el cuadro de Saturno devorando a su hijo.

—Por Dios, ¡qué peste! —dijo Rebecka a su espalda.

—Este debe ser el cuerpo del motero. Fíjate bien, es como si lo hubiese descarnado un animal. Lo amordazaron y lo ataron de pies y manos.

—¿Crees que cuando le ocurrió esto… seguía vivo?

—Puede ser. En la planta de arriba no hay la suficiente cantidad de sangre como para pensar que lo bajaran en estas circunstancias.

—Mira Kil, aquí está el cuerpo de la mujer. Dios mío, parece que no pudo soportar más la situación y acabó quitándose la vida. Parece que se cortó las venas con ese trozo de cristal —comentó Rebecka mientras analizaba el desnutrido cuerpo que yacía desnudo sobre un viejo colchón.

La mujer tenía la espalda apoyada en la pared y la cabeza le caía hacia adelante. Sostenía un pedazo de cristal en la mano derecha.

—Su sangre tiene un color más claro que la del motero. Se quitó la vida más tarde.

—¿De dónde habrán salido tantos cristales? —preguntó para sí misma mientras barría el suelo con la mirada.

—Absenta —apuntó Kilyan.

—¿Qué?

—Son fragmentos de botellas de absenta. La bebida maldita la llaman —dijo sosteniendo una botella entre las manos donde podía verse el logotipo de la bebida—. Por su estado diría que es lo único que ha estado tomando desde que la encerraron.

—¿Cuánto puede aguantar un ser humano sin comer?

—Alrededor de mes y medio. Mucho menos si no hay nada con lo que hidratarse.

—Dios, esto es inhumano, ¿quién haría algo así? —preguntó Rebecka mientras Kilyan observaba el cuerpo sin vida de la mujer.

—No lo sé —contestó pensativo—, primero vamos a lo ver qué descubrimos en el bar acerca del motero y cuando logremos identificar los cuerpos habrá que averiguar si existía algún vínculo entre ellos.

—Salgamos de aquí, no aguanto más esta peste —soltó Rebecka dirigiéndose a la escalera.

—No me digáis que no es el puto infierno —comentó Bernard con los brazos en jarra mientras Kilyan y Rebecka se desprendían de los trajes de protección.

—¿Tienes la dirección del bar? —preguntó Kilyan.

—Sí, la tenéis en vuestro correo.

—Está bien. Avísanos si hay novedades sobre la mujer.

—Contad con ello.

Kilyan y Rebecka abandonaron la nave industrial bajo un cielo despejado y cruzaron el sendero hasta la tienda de licores.

—El bar se llama Dust & Ash, ¿te ha llegado la dirección?

—Sí, la tengo —contestó Rebecka tras comprobarlo en el móvil.

—Perfecto. Nos vemos allí.

Rebecka le dio la espalda y anduvo hasta su Toyota, pero se detuvo antes de abrir la puerta.

—Kil —dijo volviéndose—, ¿te has fijado en que la banda motera se llama La Calavera Negra y el logotipo de la absenta era una calavera blanca?

—Sí, con un par de cuernos.

—¿Crees que es casualidad?

—Será mejor que vayamos a averiguarlo —dijo subiendo al coche.

Rebecka lo perdió de vista entre los edificios de la calle Jefferson.

Un helicóptero de la televisión sobrevolaba el lugar mientras decenas de curiosos continuaban agolpándose tras el precinto policial con los móviles en ristre.

Pensó en la posibilidad de que los responsables de aquella atrocidad pudieran hallarse entre ellos.

—Menuda mierda —dijo antes de subir al coche, pisar a fondo el acelerador y dejar una estela de polvo en su camino mientras en la radio sonaba Born to be Wild a todo volumen.