8
Era un día como otro cualquiera. La rutina envolvía su vida como una serpiente enroscada a una rama y le costaba dios y ayuda encontrar un momento para estar consigo misma a pesar de sentirse tremendamente sola.
Elizabeth entró en casa, dejó las llaves en el recibidor y puso las bolsas de la compra sobre la mesa de la cocina. Acto seguido echó a correr al baño, se subió la falda, se bajó las bragas y se sentó aliviada en el retrete tras llevar un largo rato intentando no orinarse encima.
—¿Has vuelto? —oyó que preguntaba su madre desde un punto de la casa.
—¡Sí!
—¿Qué haces que no te oigo guardar la compra?
—¡Estoy meando, madre! ¿Te parece bien o ni siquiera puedo hacer esto tranquila?
—Sí, sí… pero no te olvides de guardarla. Sobre todo, lo que va al congelador.
Elizabeth desvió la mirada hacia el techo y resopló.
Cuando terminó le pareció oír que alguien llamaba a la puerta, pero con el ruido de la cisterna no estaba del todo segura.
—¡Llaman! No te olvides de mirar por la mirilla antes de abrir.
Su madre acababa de sacarle de dudas, pero hizo caso omiso a su sugerencia y abrió la puerta de golpe.
—¡Truco o trato! —gritaron cuatro niños al unísono. Uno de ellos estaba disfrazado de Freddy Krueger, otro del Joker de Joaquin Phoenix y los otros dos llevaban la famosa máscara de la película Scream que tanto recordaba al cuadro El grito de Edvard Munch.
—Esperad un momento.
—¿Quién es? —preguntó su madre desde el salón.
—Son niños, solo quieren unos pocos dulces. Es Halloween, madre.
—Así están de gordos. Se les permite comer de todo y no hacen más que jugar a esas maquinitas… Acuérdate de lo guapa que estabas tú de pequeña. Antes sí que se educaba bien a los hijos. Con disciplina. Sin tantas tonterías.
Al oírlo, Elizabeth cogió un puñado de dulces mayor del que tenía pensado coger y se lo entregó a los niños que se miraban divertidos entre sí por las impertinencias de su madre.
—Aquí tenéis.
—¡Gracias! —dijeron mientras cogían los dulces y salían corriendo a la casa de enfrente.
Tras cerrar la puerta, se dirigió a la cocina para guardar las compras.
—¿Te has enterado de lo que le pasó a Jessica? —preguntó intentando distraer a su madre.
—Como no lo den por la radio no sé cómo quieres que me entere —protestó la anciana.
—He oído en la carnicería que la ingresaron el pasado martes en urgencias y que su estado es grave. No sé qué tendrá esa pobre mujer.
—Con la edad que tiene, cualquier cosa.
—¿Quieres comer?
—No tengo hambre.
—Cocinaré unas judías y freiré dos pechugas de pollo.
—Haz lo que te dé la gana, ¡como siempre!
Antes de guardar la compra, sacó una botella de coñac Courvoisier XO y se sirvió una copa.
Elizabeth llevaba nueve años viviendo con su madre y ocho años separada de su primer y único marido.
No tenía hijos y veía complicado encontrar una pareja estable con ese panorama.
Sentía como si su vida se hubiese parado de golpe desde que se vio obligada a mudarse con su madre por los problemas de visión que padecía.
Cuando tomó el primer trago, oyó que volvían a llamar a la puerta.
—Malditos renacuajos. ¡No se te ocurra abrir otra vez! —farfulló la madre—. Ya les iba a enseñar yo a no molestar a estas horas…
Haciendo caso omiso a su madre una vez más, abrió la puerta de par en par, pero lo que se encontró esta vez no eran niños, se trataba más bien de un adolescente con una ridícula máscara de bebé.
—Bonito disfraz, pero ya eres un poco mayorcito para andar pidiendo dulces, ¿no te parece?
El chico ladeo la cabeza y se la quedó mirando.
—¡Cierra la puerta, que voy a acabar agarrando un resfriado! —protestó su madre.
Al poco tiempo, escuchó satisfecha el sonido de la puerta al cerrarse.
—¡No vuelvas a abrir a nadie más, que no son horas! Dichoso el día en que me hagas siquiera un poquito de caso. —Esperó la réplica de su hija, pero esta no se produjo—. ¡Y contesta a tu madre cuando te habla! Menuda falta de respeto.
Mientras protestaba, la puerta del salón se cerró de golpe e hizo que diera un respingo.
—¿Será posible? —dijo indignada.
Tras veinte minutos sin señales de su hija, y sin haber dejado de protestar durante todo ese tiempo, la anciana agarró el bastón que tenía sobre sus piernas y se dirigió con paso lento hacia la puerta que Elizabeth había cerrado con tanto ímpetu.
—A mí no me dejas tú con la palabra en la boca. Si piensas que cerrando la puerta vas a dejar de oírme, lo tienes claro —murmuró.
A pesar de su ceguera y de la evolución de la artrosis que sufría, aún mantenía la memoria intacta y conocía cada parte de la casa tan bien que podía recorrerla sin temor a tropezarse.
Cuando alcanzó la puerta no dio crédito al comprobar que no se abría. Era como si alguien estuviera tirando desde el otro lado en sentido contrario.
—No me habrás encerrado, ¿verdad? —preguntó.
Indignada, arrojó el bastón al suelo de mala gana, asió el pomo de la puerta con sus dos raquíticas manos y tiró de él con todas las fuerzas que reunió dejando caer su peso hacia atrás.
Poco a poco la puerta fue cediendo hasta abrirse de golpe, provocando que perdiera el equilibrio y acabara cayendo de espaldas golpeándose la cabeza fuertemente contra el suelo.
Un charco de sangre comenzó a extenderse por la alfombra alrededor de su rostro hierático mientras Elizabeth la miraba aterrorizada desde la cocina con los ojos a punto de salir de sus órbitas.