Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 6
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Bud Delaney abrió los párpados con pesadez.

Sufría un intenso dolor de cabeza y tenía la boca seca.

Dos tubos led se perdían bajo un techo grisáceo con la pintura descascarillada mientras era arrastrado por el suelo de un pabellón con grandes cristaleras.

Un hombre tiraba de la cuerda que iba atada a sus tobillos.

Se trataba del tipo que le había robado la moto.

Aún llevaba aquella estúpida máscara y le observaba con intensidad por dos agujeros que tenía a la altura de los ojos.

Sentía cómo la rabia se apoderaba de su cuerpo. Ese imbécil estaba muy equivocado si pensaba salirse de rositas. No sabía con quién se estaba jugando los cuartos.

«Eres hombre muerto», quiso decir, pero tenía algo en la boca que se lo impedía.

Bud tanteó nervioso con la lengua y acarició un objeto con forma redonda.

Lo llevaba sujeto a presión mediante una correa que rodeaba su cabeza.

Le vinieron a la mente las típicas mordazas bondage que usaban los sádicos en algunos juegos sexuales.

Su preocupación fue en aumento cuando quiso llevarse las manos a la cara y comprobó que las tenía atadas.

«¿Qué pretendía hacer con él?»

«¿A dónde lo llevaba?»

«¿Acaso se trataba de una estúpida broma que luego colgaban en internet?»

Tras descender en un montacargas a una planta inferior, lo sacó a rastras tirando con fuerza de la cuerda que iba atada a sus tobillos.

En la nave solo había una hilera de estanterías viejas y oxidadas que iban de un extremo a otro en el ala este y un puñado de columnas que hacían posible que el edificio continuara en pie.

Parecía una fábrica abandonada. El suelo estaba lleno de polvo y pequeñas piedrecitas se le incrustaban en la espalda con cada tirón que sufría.

El tipo de la máscara soltó la cuerda y se acercó a una especie de trampilla que se hallaba junto a una bolsa de deporte negra a unos cinco metros de distancia.

Bud aprovechó la oportunidad para intentar liberarse las manos. Respiraba con dificultad y soltaba un gemido cada vez que las bridas rozaban su piel provocándole profundas heridas en las muñecas.

Finalmente, desistió agotado por el esfuerzo. No le quedaba otro remedio que esperar a que ese hijo de puta decidiera soltarle. En esos momentos se hallaba agachado hurgando en la mochila.

Todos sus músculos se tensaron al ver cómo sacaba de ella unas enormes tijeras de podar y se aproximaba hacia él mientras las abría y cerraba de forma compulsiva.

Cuando lo tuvo encima, comenzó a cortarle la cazadora y la camiseta en pedacitos.

Zas, zas, zas, zas.

Con cada pedazo de tejido que cortaba, de vez en cuando pinchaba en su carne sebosa y se llevaba algún que otro trozo de piel.

Zas, zas, zas, zas.

Una vez le dejó el torso desnudo y lleno de cortes, continuó con los pantalones y los calzoncillos como si fuera un experimentado jardinero.

Zas, zas, zas, zas.

El dolor que sufría cada vez que las puntas de las tijeras penetraban en su carne, no era mayor que el terror que sentía pensando en lo que podía venir después.

Cuando ya estaba casi desnudo, el hombre de la máscara abrió las enormes tijeras de podar de par en par y las colocó de tal manera que los testículos y el pene de Bud quedaron entre las dos hojas afiladas.

Sus ojos se abrieron como platos. No dejaba de hacer ruidos guturales mientras le caían gruesos lagrimones por la cara.

El hombre de la máscara ladeó la cabeza, como ya le había visto hacer anteriormente en la furgoneta, y cerró las tijeras con fuerza.

Nada quedaba del motero duro y fanfarrón. Ahora lloraba como un bebé a lágrima viva sobre un charco teñido de sangre.

Con el pene y los testículos ensangrentados en su poder, el hombre de la máscara se acercó a la trampilla y los arrojó al vacío. Atisbó una figura entre la oscuridad y poco después escuchó un ruido parecido al que produce un animal cuando devora a su presa.

Bud deseaba perder el conocimiento.

El dolor era insoportable.

Aterrorizado, observó cómo aquel loco se volvía hacia él y lo arrastraba tirando de la cuerda hasta la trampilla.

Lo dejó caer poco a poco con la cabeza por delante.

Según descendía, notaba cómo la sangre que emanaba de su entrepierna le resbalaba por la barriga mientras lo engullía una escalofriante oscuridad.

Poco después de notar cómo los pies rozaban el frío acero de la trampilla, su cabeza impactó contra el suelo y su cuerpo cayó de golpe como si fuese un muñeco de trapo.

El olor que se respiraba allí abajo era insoportable. Parecía una mezcla de excrementos, orina y alcohol que hizo que se le revolvieran aún más las tripas.

Entre el sonido de sus propios sollozos y jadeos, oyó una respiración asincopada. Amordazado y atado de pies y manos como estaba, lo único que podía hacer era cerrar los ojos con todas sus fuerzas y rezar para que todo aquello terminara lo antes posible.

A punto de perder el conocimiento, sintió con verdadero pánico cómo alguien trepaba por su cuerpo y comenzaba a desgarrarle la carne a mordiscos.