CAPÍTULO 28 #3
Tomas escuchó, confundido, hasta que notó sobre el tapete una copa de vino caída, con el residuo de un líquido oscuro.
La levantó y trató de identificar la sustancia por el olfato.
Al reconocer el aroma, sacó de su gabán el tubo de ensayo que Agatha Nahigari le había dado —el que contenía la muestra del veneno utilizado contra Astor Wildrem—, lo destapó y confirmó que se trataba del mismo brebaje.
—Así que decidió tomar el camino más absurdo para evadir la justicia. O quizás quería saber, en carne propia, lo que sintió su víctima al recibir tan letal ponzoña.
—No necesitaba experimentarlo. Con ver su rostro de terror, tirado en la plaza de los héroes, tuve confirmación suficiente de la agonía que sentía.
—Me doy cuenta que no queda en usted rastro alguno de inocencia.
Sospecho que se la arrebataron de muchas formas, y lo lamento sinceramente; quizá no merecía sufrir cuanto sufrió en el pasado.
Sin embargo, ahora parece haberse acostumbrado a su propia perversión, incluso a regodearse en ella.
Su actitud es, cuando menos, cuestionable.
—He amado todo lo que he sido, hasta este último momento. Y me iré burlándome de todos los hombres que creyeron poder domar el salvajismo que llevo dentro.
Tomas no sabía bien qué sentir ante aquellas palabras, pero vio una oportunidad que no podía dejar pasar. Solo esperaba que el tiempo jugara a su favor.
—Siendo así, Madame Qinx, supongo que no tendrá reparos en decirme algo que necesito saber.
—Ya nada importa, inspector. Yo he vencido —decía, cada vez más mareada.
—Usted es la única persona que puede decirme dónde queda la residencia de Artur Gravenheim.
—Ja, ja, ja… Así que, al final, descubrió quién es el verdadero titiritero… Por supuesto que lo sé: la famosa, pero misteriosa mansión Eris, escondida en los claros del este. El hogar del autócrata Artur Gravenheim.
—No sabe cuánto me molesta pensar que, si me hubiera dicho esto la primera vez que nos vimos, se habrían evitado varias tragedias —contestó Tomas, con enojo.
—Ni remotamente se me pasó por la cabeza ser su aliada o ayudarlo en su patética investigación… Ahora todo cambió; ya no siento ningún temor. Podré irme satisfecha.
—Lamento arrebatarle esa fantasía, Madame Qinx. Pero ni este acto suicida va a librarla de la justicia que vengo a imponerle.
Tomas sacó rápidamente de su bolsillo el segundo frasco que Agatha le había dado —el antídoto— y, sin demasiado esfuerzo, dada la debilidad de Elsa, la hizo beber todo el contenido.
—¿Qué diablos me ha hecho? —dijo ella, confundida y agotada.
—Parece que vivirá un día más, Elsa. Al menos, lo suficiente como para pagar por sus actos. Le pido disculpas a la parca: hoy no se llevará su alma.
Tomas hizo entonces una seña a los agentes que lo acompañaban.
—Por favor, súbanla al carruaje y llévenla directamente al camino que conduce a Brumville. No hay tiempo que perder; quizás pueda viajar junto a los demás detenidos.
Los policías, con toda diligencia, cumplieron la orden y levantaron a Elsa Qinx, sosteniéndola por los brazos.
—¿Cómo se atreve a arruinar mi legendaria partida…? ¡Lo maldigo, Tomas Barnoc! —gritó ella, con las últimas fuerzas que le quedaban.
—Bueno, quizás todavía le quede un capítulo más por escribir en esta historia suya tan apasionante —contestó Tomas, con sarcasmo.
El inspector los siguió hasta la entrada y se quedó mirando cómo el carruaje se alejaba. Dejó escapar un largo suspiro, ya en soledad: sabía que su trabajo estaba llegando a su fin. Solo faltaba encontrar al Lord escondido: Artur Gravenheim.
La mañana siguiente resultó extenuante para todos.
Revenbrock se había quedado sin un líder que guiara su destino, así que, por consenso general, se decidió que Sir Nicolas Brentford asumiera un gobierno de transición mientras se organizaban nuevas elecciones.
De cualquier forma, la gente se sentía respaldada por un hombre de gran sabiduría y lealtad probada hacia su comunidad, además de su reconocido prestigio como héroe de guerra.
El acto improvisado se realizó en el centro cívico, donde también hubo una presentación inesperada: Reimond Allister hizo su aparición ante los ojos estupefactos de todos los presentes.
Los ciudadanos, por fin, conocieron la verdad sobre lo ocurrido aquel 12 de diciembre y exoneraron a un hombre que había sido víctima de los inescrupulosos.
Como si fuera poco, Oliver Andrews y Bruce Knoxville recibieron una condecoración por sus servicios. Era el resurgir que tanto habían esperado, y que ambos merecían.
Todas aquellas buenas noticias y momentos de emotividad se verían opacados por una noticia que llegó al ayuntamiento cuando ya empezaba a caer la tarde.
Tomas Barnoc, Oliver Andrews, Hanna-Marie Loop, Reimond Allister y Sir Nicolas se encontraban en la oficina del alcalde, compartiendo una tertulia amena y poniendo en común los detalles de los arrestos y las conspiraciones de los últimos días —incluida la existencia de Artur Gravenheim—.
De pronto, una llamada entrante alertó a todos los presentes: era el capitán Tennyson, buscando a Tomas con urgencia.
—Capitán, me alegra escucharlo. No esperaba su llamada.
—Lamento mucho interrumpir, Tom, pero tenemos un problema.
—¿Qué sucede, capitán?
—El carruaje que traía a Madame Qinx nunca llegó a la estación. Mis agentes recorrieron el camino en busca de alguna pista y encontraron el carruaje volcado, sin señales de sobrevivientes.
—No puede ser… ¿Quiere que vaya a investigar?
—No, Tom. Termina tu trabajo en Revenbrock; ya tengo un grupo asignado al caso. Pero necesito que vengas cuanto antes.
—Así será, capitán. Buena tarde.
Tomas colgó el teléfono con una enorme sensación de impotencia, tratando de digerir la noticia. Los demás lo observaban, esperando que dijera algo.
—Por favor, díganos qué pasa, inspector —pidió Sir Nicolas.
—El carruaje que llevaba a Elsa Qinx nunca llegó a la estación. Lo encontraron volcado y no hay rastro de nadie que viajara en él.
Todos se llevaron las manos a la cabeza, incapaces de creer lo que oían.
—¿Qué haremos, Tom? —preguntó Oliver.
—Necesito que te unas a los agentes del capitán para investigar la zona del siniestro.
Yo, por mi parte, necesito un mapa: quiero saber cómo llegar a los claros del este.
Solo se me ocurre pensar que, si alguien quiso ayudarla a escapar, fue Artur Gravenheim.
Y es, además, la última pieza de este ajedrez que todavía nos falta guardar…
Rápidamente, Allister puso sobre la mesa un gran mapa que se guardaba en la alcaldía y le señaló la zona en cuestión.
—Esta es la región que necesita, inspector. Si mis cálculos son correctos, ahí debería estar la mansión. Eh… ¿cómo dijo que se llamaba?
—Eris… Un nombre bastante apropiado, porque ese hombre es, sin duda, la manzana de la discordia —dijo Tomas con elocuencia literaria.
—Permítame acompañarlo hasta el lugar, inspector. Quiero serle útil de algún modo —suplicó Allister.
Tomas asintió y se despidió con respeto de Sir Nicolas y de Hanna-Marie. Esta última le dio un abrazo, como si quisiera protegerlo con él.
Oliver partió en su propio carruaje para cumplir con lo que se le había pedido. Allister y Tomas, por su parte, abordaron un carruaje de la alcaldía rumbo a la mansión Eris.
Durante el trayecto, grandes nubarrones comenzaron a formarse en el cielo; una tormenta parecía inminente. Tomas y Reimond conversaban con calma.
—Dígame algo, señor Allister: ¿tuvo alguna vez la oportunidad de hablar con Artur Gravenheim?
—Lo vi un par de veces, pero jamás crucé palabra con él. Era como un fantasma: presente, pero intocable a la vez. Solo se dirigía a quien él elegía. Bastante exclusivo, si me permite decirlo.
—Entonces, será difícil sacarle información por las buenas…
Allister hizo un gesto de preocupación; no tenía claro con qué podría encontrarse Tomas.
Después de un rato, llegaron a los claros. La lluvia, todavía tímida, empezaba a manifestarse.
El inspector le pidió a Allister que lo dejara continuar en soledad: no solo tendría más margen de maniobra, sino que también prefería que Reimond no arriesgara la integridad que tanto le había costado recuperar.
Allister prefirió no discutir y se limitó a desearle suerte antes de marcharse.
Tomas observó cómo el carruaje se alejaba, mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer sobre los claros.
Frente a él se extendía un territorio prácticamente desconocido, envuelto por la creciente oscuridad.
Y, en algún lugar más allá de aquellos árboles, lo esperaba la mansión Eris.
El bastión final de Revenbrock.