Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

El medallón del Elefante

Tomas no pareció sorprendido ante la figura de Reimond Allister, y mucho menos ante las palabras de Hanna-Marie. Aquello, en definitiva, inquietó todavía más al resto de los presentes.

—Debo decir que no me sorprende verlo con vida. Ya había confirmado que usted no se suicidó, tal como indicaba el informe policial. Lo que realmente me resulta impactante es encontrarlo aquí.

Todos se miraron, confundidos.

—¿Cómo dedujo que yo no estaba muerto, inspector? —preguntó Allister.

—Desde el comienzo, el informe me pareció escueto y carente de detalles. Además, hace poco estuve en los calabozos de la comisaría y, al inspeccionarlos, no encontré ningún elemento que respaldara una acción como la que describía el documento.

—Me sorprende su suspicacia. Ahora entiendo la reputación que lo precede —dijo Allister.

De inmediato, Fandral invitó a los presentes a tomar asiento en el comedor, mientras él salía de la casa para continuar con su vigilancia.

—Créame, inspector, que recibo con gran alivio su visita. Es un presagio de que aires más benevolentes empiezan a circular por Revenbrock.

—Eso no podría asegurarlo todavía, pero sí puedo confirmarle que ya capturamos a los responsables de buena parte de este mal.

—Yo no me atrevería a afirmar eso todavía —refutó Allister.

—Esperaba una respuesta así. Siento que hay algo que aún no está del todo claro y, aprovechando su presencia, me gustaría entender qué fue exactamente lo que pasó en este lugar. Después de todo, usted lo vivió como nadie más.

Allister asintió y comenzó su relato.

—Como bien sabrá, inspector, un villano suele nacer del conflicto y el conflicto, a su vez, puede ser una forma de crecimiento. Creo que esa es la mejor antesala para lo que voy a contarle.

Todos los presentes se acomodaron, dispuestos a prestar toda su atención a las palabras de Reimond.

—La incipiente perversión que se gestó en Revenbrock comenzó, precisamente, en las familias que alguna vez trajeron esplendor a esta ciudad.

Sin embargo, no fueron los caballeros que formaron esa unión original quienes iniciaron el conflicto.

De los señores fundadores, el último con vida fue Artur Gravenheim; los demás asientos se fueron llenando con los herederos de cada familia.

—Y había un asiento reservado para usted, si me permite añadir.

—Es cierto. Aunque desconocí mi verdadero linaje hasta hace muy poco…

Allister se notaba consternado, quizás recordando situaciones dolorosas del pasado.

—En cualquier caso, las relaciones entre las familias nunca fueron equitativas a medida que los distintos herederos asumían sus responsabilidades y derechos.

Sin duda, el más fiero y ambicioso era Astor Wildrem.

Lo criaron como una copia exacta de su padre, pero él tenía un ego devorador.

Howard siempre fue excesivamente severo y constantemente le repetía que debía llegar más alto que cualquier otro.

—¿Entonces Astor Wildrem llegó a controlar la sociedad?

—No. Lord Gravenheim era quien tenía la última palabra.

Después de todo, fue él quien reunió a las familias en un principio y conocía a la perfección todo lo que habían construido.

Frío, calculador… así se mostraba siempre Artur Gravenheim ante los demás.

Le tenían un respeto excesivo; podría decirse, incluso, que le tenían miedo.

—Supongo que eso nunca le gustó a Astor.

—En absoluto. Siempre buscaba la manera de destacar, de llegar a ese sitial de honor, pero no encontraba el camino adecuado porque los demás miembros no estaban dispuestos a apoyar su ambición.

—¿Y cómo logró, entonces, llegar a esa posición de privilegio?

—Nunca llegó.

—Un momento, señor Allister. Hay algo que no me queda claro. Hace unos días tuve en mis manos el diario de Wildrem y, en sus últimas anotaciones, parecía regocijarse en su triunfo; sus planes se estaban materializando.

—¿Pudo leer el final del diario, inspector?

—No. Faltaba una parte, al final.

—Me lo imaginé. Supongo que quisieron ocultar lo que Astor Wildrem había escrito en sus últimos días.

—¿Qué quiere decir?

—Tal vez haya sido pura casualidad, pero el señor Wildrem descubrió un secreto sobre Lord Gravenheim que yo mismo desconozco.

Un secreto que lo habría posicionado como el primero en la orden.

Por desgracia para él, Artur Gravenheim se dio cuenta de que Astor lo espiaba y decidió castigarlo por su atrevimiento.

—¿Entonces fue Artur Gravenheim quien asesinó a Wildrem?

—No, directamente. Pero sí le encomendó esa labor a alguien que no dudaría ni un segundo en ajusticiarlo, dados los agravios que había sufrido de parte de Astor.

—¿A quién se refiere?

—A su servidora más leal: Roxana Petkovic…

El plan que ella pensó, en un principio, resultó un fracaso rotundo; ni siquiera pudo conseguir un arma de calidad adecuada para el propósito.

Fue ahí cuando apareció otra intérprete en todo este complot: Madame Qinx, que le ofreció una solución mucho más inteligente y eficiente, y que no dejaría pruebas: un veneno letal.

Honestamente, hasta hoy me sigo preguntando qué razones tendría Elsa Qinx para querer muerto al señor Wildrem.

No conozco a nadie que comparta su temple, pero de ahí a querer eliminar a alguien…

—Por lo poco que pude averiguar, en la relación entre Wildrem y Qinx había un odio visceral, disimulado bajo conveniencias sociales y económicas.

Incluso en sus anotaciones, Astor describe la repugnancia que le generaba por considerarla indigna de su propia fortuna…

¿Cómo es posible que actuaran con tanta frialdad?

—Los negocios no tienen sentimientos, señor Barnoc —concluyó Allister.

Hubo un breve silencio en la conversación antes de continuar.

—¿Cómo llegó a saber todo esto, señor Allister?

—Lo supe todo porque esa noche, estaba organizando el salón para el evento y escuché por casualidad aquella conversación macabra. Por supuesto, intenté avisarle al señor Wildrem tan pronto como pude; era mi responsabilidad hacerlo.

—Admiro de verdad su lealtad, a pesar de que, imagino, tampoco estaba muy conforme con la manera en que Wildrem trataba a sus subalternos —usted incluido.

Reimond tomó aire, tratando de restarle importancia a las palabras de Tomas, aunque era evidente que el inspector leía a la perfección sus sentimientos. Además, parecía sentir una profunda impotencia al recordar los sucesos de aquel día.

—Mis sentimientos no importaban entonces, inspector; se trataba de proteger una vida…

Busqué desesperadamente al señor Wildrem, pero él se negó a escucharme, incluso después de mencionarle a los implicados y lo que planeaban.

Me menospreció; me dijo que era un paranoico, que no merecía estar a su lado hasta recuperar la cordura.

Tomó mi invitación a la gala de la alcaldía y la rompió. Me ordenó marcharme de inmediato.

—Eso explica por qué su nombre nunca apareció en los registros del Hotel Royal esa noche —señaló Tomas.

—Al perder la venia de Astor Wildrem, decidí refugiarme en mi casa de campo, a las afueras de Revenbrock.

Solo podía esperar lo peor. Días después, sentí un gran estruendo acercándose: voces y luego un golpeteo violento en mi puerta.

Era el jefe Collins, con su guardia personal.

Me miró con malicia absoluta y, sin decir palabra, me derribó al suelo y me encadenó, acusándome del asesinato del señor Wildrem.

—¿Por qué no se resistió, señor Allister?

—¿Contra quién, inspector? Si hubiera intentado defenderme, me habría enfrentado a un pelotón dispuesto a ejecutarme en el acto.

Sabía perfectamente que el sistema estaba corrompido; no habría logrado nada.

Era mi palabra contra la del poder. Huir tampoco era opción: los accesos a la ciudad ya estaban bloqueados.

Y, además, temía que cualquier movimiento de mi parte pusiera en peligro a mi querida hija.

En ese momento, Allister se acercó a Hanna-Marie y le dio un abrazo lleno de cariño.

—Esto sí que no me lo esperaba. Entonces, la señorita Loop es, en realidad, su hija.

—Sí. Decidimos ocultar esa verdad para no exponerla a ningún peligro.

—Con todo respeto, señor Allister, no pudo haber estado más expuesta.

Reimond rompió en llanto y apoyó la frente en la mano de Hanna-Marie.

—Tiene razón, señor Barnoc… Perdóname, mi dulce Marie. No supe actuar como correspondía y eso te sumió en dudas y peligros enormes.

—No, padre. No tienes nada de qué disculparte. Siempre me cuidaste y me amaste; era momento de devolverte ese cariño —respondió Hanna-Marie, con dulzura.

—Ha sido una mujer sumamente valiente, señor Allister. Le debemos la vida. Debería sentirse orgulloso de ella —comentaron los Jones.

—Quizás no sea el momento, pero tengo una duda, señorita: ¿por qué no me contó toda la verdad el día que fue a recibirme a la estación? —preguntó Tomas.

—Le ruego que me disculpe por haber sido tan hermética aquella vez.

Me sentía muy contenida, sin saber en quién confiar, y necesitaba asegurarme, primero, de que usted fuera una persona transparente.

Al fin de cuentas, lo había llamado el alcalde y podía ser una pantomima más, como tantas otras urdidas en el pasado…

Y, siendo sincera, tampoco creo que usted confiara del todo en mí.

—Sí, no lo voy a negar. Pero tómelo más como una postura que debo asumir en mi papel de investigador; no puedo darme el lujo de creer todo lo que me dicen o veo.

—Entonces, ¿cómo cambió de parecer conmigo?

—Con los días, reuní pruebas suficientes para saber que era usted una buena mujer. Un buen ejemplo es su inconfundible medallón con forma de elefante.

—No entiendo.

—Siempre lo lleva consigo. Incluso el día que nos conocimos, en la estación de trenes. Así comprendí que también era usted la mujer con la que me reuní en la torre del reloj… Y, finalmente, una nota que me dejó el maestro Hildegan terminó por confirmarme que debía confiar en usted por completo.

Hanna-Marie sostuvo su medallón con fuerza y le sonrió a Tomas, con calidez.