CAPÍTULO 28 #2
—Deduzco, también, que fue usted quien liberó al señor Allister e impidió su ejecución, ¿verdad?
—Así es, inspector Barnoc. Fue bastante complicado al principio, pero al final logramos escapar, aprovechando la fiesta desmedida que el jefe Collins decidió organizar: emborrachándose hasta perder el sentido y contratando mujeres de compañía.
—Bastante oportunos el alcoholismo y los excesos de Collins…
Solo me queda una última pregunta, señor Allister: ¿Artur Gravenheim sigue con vida?
Busqué registros, anotaciones, direcciones…
todo lo que pudiera acercarme a su familia, y lo único que encontré fue una carta con el sello lacrado de su apellido.
—Sí, señor Barnoc, aún vive, aunque desconozco dónde puede estar oculto. Su residencia siempre fue un secreto reservado solo a quienes gozaban de su entera confianza. Quizás Madame Qinx sea una de esas personas.
—Es lo más probable y hacia allí me dirigiré. Elsa Qinx también debe responder por sus actos, ahora que conozco su papel en todo este embrollo. Y, si es tan astuta como creo, ya debe saber lo que pasó y estará a punto de huir. Debo apresurarme.
Tomas se levantó de su asiento y se despidió de cada uno de los presentes, deteniéndose especialmente en Hanna-Marie.
—Sin su intervención, este caso jamás se habría resuelto. Me considero un admirador de su valentía y de su carácter. Se lo agradezco de corazón —dijo Tomas, besándole la mano con respeto y cortesía.
Finalmente, volviéndose hacia Reimond, añadió:
—Señor Allister, es hora de que recupere su honor, su libertad y su lugar en esta ciudad. Espere noticias muy pronto.
Con esas palabras, Tomas abandonó la cabaña y le pidió a Fandral, que aguardaba afuera, que lo ayudara a encontrar el camino de salida del bosque. Ya había caído la noche y el sendero era traicionero para quien no lo conociera.
Mientras tanto, en el centro de Revenbrock, el júbilo y la alegría se sentían por todas partes.
Los desaparecidos habían regresado y sus familias ya tenían noticia de ello.
Aun así, todavía no podían celebrar del todo con sus seres queridos: primero debían permanecer en el hospital para evaluar su estado de salud, que en algunos casos resultaba bastante alarmante.
Merece destacarse el llanto de Reginald Blaine, el dueño del Hotel Royal, abrazando a su hija; Phil Evans, reunido por fin con su padre; y Edgar Barrow, el herrero, reprendiendo con enojo a su aprendiz, pero desbordado de emoción al verlo sano y salvo.
Oliver y Bruce eran recibidos con grandes alabanzas por todos los presentes, algo que los hacía sentir un poco intimidados: jamás habían recibido tanto agradecimiento y cariño en sus vidas. Aun así, estaban felices de ver el efecto que sus acciones habían tenido en los demás.
De pronto, un policía se acercó y le susurró algo al oído a Bruce Knoxville, que se volvió hacia Oliver para darle la noticia.
—Señor Andrews, me informan que un destacamento enviado por el capitán Tennyson ya está en la comisaría. Requieren nuestra presencia.
—Vamos, entonces —respondió Oliver.
Pero, antes de partir, Julia Feiman lo detuvo.
—Espere, señor Andrews. Creo que es importante que la gente sepa lo que ocurrió; debería acompañarlo y escribir una nota sobre la investigación del inspector Barnoc.
—Lo mejor, por ahora, es que descanse, Julia. Está agotada y necesita recuperarse.
—No crea que soy una chica débil, señor Andrews —respondió ella, indignada.
—Lo que creo es que, si llego con usted a la comisaría, Tomas podría molestarse conmigo. Además, no sabemos qué averiguó en nuestra ausencia y si hay algo más por suceder. Sería una parte de la historia que usted no habría podido contar completa, ¿no le parece?
Julia se quedó pensando un momento, sin poder rebatir el razonamiento de Oliver.
—No pensé que le tendría miedo al inspector. Pero está bien… Dele agradecimientos de mi parte —dijo Julia, aprovechando para burlarse un poco de él, en desquite por su broma en la cueva.
Oliver solo le devolvió una sonrisa de aprobación.
Sin perder más tiempo, Oliver y Bruce se dirigieron a la comisaría, donde encontraron a los agentes de Brumville, tal como les habían anunciado.
Conversaron brevemente sobre lo ocurrido, aunque no podían hacer nada hasta que Tomas reapareciera, algo que tardó al menos una hora en suceder.
Cuando por fin llegó, lo hizo agitado y con la respiración entrecortada, claramente después de haber venido corriendo.
Apenas consiguió recuperar el aliento, comenzó a dar instrucciones.
—Señores, agradezco su presencia puntual y me disculpo por la demora. El objetivo es el siguiente: la mitad de ustedes custodiará a los prisioneros, Roxana Petkovic y Oswald Winsor, hasta Brumville. Extremen precauciones; no sabemos si hay aliados dispuestos a liberarlos.
En cuestión de segundos, los hombres, bien entrenados, se dividieron y empezaron los preparativos para el traslado.
—El resto me acompañará hasta la residencia Qinx. Ahí encontraremos a la verdadera artífice del asesinato de Astor Wildrem.
Los policías asintieron de inmediato y salieron de la comisaría, listos para partir.
—Oye, oye, Tom, ¿escuché bien? ¿Qinx? —preguntó Oliver, asombrado.
—Es una historia larga y el tiempo no está de nuestro lado ahora mismo. Es probable que lleguemos y ya no la encontremos.
—Ve, entonces. Yo me quedo a dirigir la salida de los prisioneros, pero me debes una historia completa.
—Así será. Cuento contigo, Oliver.
Se despidieron con un fuerte apretón de manos. Daba la sensación de que la gran odisea de Revenbrock, por fin, estaba llegando a su final.
CAPÍTULO 29
La mansión Eris
Tomas se puso el gabán y emprendió camino hacia la residencia Qinx.
Ya sabía que los desaparecidos habían regresado, y eso le proporcionaba una tranquilidad enorme: entendía que muchas de las promesas hechas ya se habían cumplido, y nada lo satisfacía más en el mundo.
Ahora podía concentrar toda su mente en el único objetivo que aún tenía pendiente.
En la comisaría, Oliver se quedó junto a los agentes del lugar para preparar el traslado de Roxana y Oswald. La resistencia del segundo era notable: presa de los nervios, no podía disimular su desesperación y lanzaba amenazas e insultos contra todo aquel que se cruzara en su camino.
—¡No pueden hacerme esto!
¿Acaso no saben quién soy? ¡Desgraciados!
—No sé si los presentes sepan quién es usted, Winsor. Pero yo lo tengo clarísimo: es un asesino corrupto. Y gracias por recordárnoslo; será útil que todos lo tengan presente. Así será más fácil dejarlo pudrirse en una celda —dijo Oliver, con todo el sarcasmo que pudo reunir.
—¡Maldito! Usted es un error desagradable, Andrews. Me vengaré de todos sus agravios.
—¿De verdad? Me interesa mucho saber cuándo. Por favor, envíeme un telegrama para no olvidarlo —continuó Oliver, con la misma ironía.
Aunque pataleaba y se movía con desesperación, Winsor no podía hacer nada: su suerte ya estaba echada.
Roxana, por otro lado, observaba toda la escena sin mostrar emoción alguna. Oliver abrió su celda con pesar, y ella no dijo una sola palabra.
—Le pido que nos acompañe, señorita Petkovic.
Roxana se levantó de la cama donde estaba sentada y salió de su mazmorra con la cabeza en alto.
—Créame que haré todo lo posible por ayudarla. Testificaré sobre las verdades que nos reveló, para que su condena sea menos severa.
—Pierda cuidado, señor Andrews. Tengo muy claro lo que hice, y ahora tendré tiempo de sobra para reflexionar sobre mis actos.
Asumiré las consecuencias con dignidad. Aun así, si algo puedo concluir de todo esto, es que los estúpidos están siempre convencidos de tener la razón, mientras que los inteligentes viven llenos de dudas. —declaró Roxana, con absoluta lucidez.
El grupo avanzó hasta los carruajes enrejados y subió a los acusados.
Oliver no lograba disimular el malestar que le provocaba la escena: era innegable que había llegado a sentir cierto afecto por aquella mujer, a quien ahora veía alejarse rumbo a un abismo oscuro del que no saldría en mucho tiempo.
Mientras tanto, Tomas cruzaba las calles de la ciudad, contemplando a la gente bailar y abrazarse: una escena que había deseado desde el primer momento en que puso un pie en Revenbrock. Pero no podía distraerse con la emoción; aquel instante exigía una mente fría.
Finalmente, el inspector y los agentes llegaron a la residencia Qinx.
El lugar se sentía particularmente solitario, algo que inquietó a Tomas: temía que ya estuviera vacío.
Sin embargo, dos grandes antorchas encendidas en la entrada invitaban a pensar que aún había esperanzas de capturar a Madame Qinx.
El viento hacía crujir las ventanas y sacudía las ramas de los árboles con un rumor bastante tenebroso.
Se acercaron al portón y tocaron la puerta tres veces. Al no obtener respuesta, forzaron la entrada. Ya dentro, recorrieron habitación tras habitación en busca de la dueña de la casa, con creciente desesperación ante cada intento infructuoso.
Pero, al llegar al estudio, encontraron por fin a Elsa: recostada en su diván, extrañamente mareada y con la mirada perdida. La música melancólica de su fonógrafo completaba la escena.
—Inspector Barnoc… ¿acaso viene por otra de nuestras charlas tan intrigantes?
—No, Madame. Vengo a dictar la justicia de la que se ha burlado durante tanto tiempo. Queda arrestada por el asesinato de Astor Wildrem —pronunció Tomas, con contundencia.
Elsa lo observó y soltó una risa sarcástica.
—Pierde su tiempo, señor Barnoc. Yo ya gané esta carrera. Puede llevarme a donde le plazca, pero ya decidí mi propio destino, y dista bastante de lo que usted acaba de mencionar.