CAPÍTULO 26
Condena que no alivia
El terror incipiente de Winsor era evidente.
¿Cómo era posible que ese hombre estuviera ahí?
Reconocía esos lentes oscuros a la perfección y, por un instante, pensó que se trataba solo de su imaginación.
¿O era paranoia? Lo cierto es que el hombre frente a él empezó a caminar en su dirección.
Las manos le sudaban y apenas podía tragar saliva, ahogado por el nerviosismo.
Abrumado, Winsor retrocedió un par de pasos, tratando de disimular ante la multitud, mientras miraba de reojo el ataúd a su lado. De todos modos, no había nada que pudiera confirmar: el féretro estaba cerrado.
No tenía adónde huir. Solo le quedó esperar, tratando de sacar valor de donde no tenía para confrontar lo que él creía que era una figura espectral.
—Qué interesante. Su sola expresión ya es una confesión de culpa inapelable.
Fueron las primeras palabras del hombre de lentes oscuros. Al escuchar la voz, Winsor comprobó que no se trataba del fantasma de Artemius Hildegan, como había estado maquinando en su mente. Aun así, no fue ningún alivio descubrir de quién se trataba.
—¿Inspector Barnoc? No es posible… usted debería estar…
—¿Muerto? ¿Es esa la palabra que busca? Lamento decepcionarlo. Sus planes no se cumplieron. Debería contratar mejor personal para la próxima ocasión, si es que la hay.
—No sea absurdo. ¿Por qué razón querría yo verlo muerto? Aunque estoy seguro de que hay muchas cosas que usted debe responderle a la justicia, empezando por cómo consiguió esos lentes que lleva puestos. Ahora mismo podría ordenarle a cualquiera de los policías que nos rodean que lo detenga.
—Sabía que estos lentes eran especiales, pero no imaginaba que usted me revelaría tanto solo con verlos. Además, puedo notar, señor Winsor, que no está muy al tanto de los últimos acontecimientos en la ciudad que cree gobernar.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó, inquieto.
—Momentáneamente, me hice cargo de las fuerzas policiales, ya que su jefe anterior está imposibilitado de ejercer sus funciones, si es que alguna vez las ejerció de verdad.
Y, como ya le dije, estoy plenamente informado de sus movimientos.
Tengo muy claro cómo llegó usted a un lugar que no le corresponde.
Oswald Winsor lo miraba con un odio profundo.
—Jum. Se atreve a acusarme de ocupar un cargo indebido y, sin embargo, aquí está usted, haciéndose pasar por jefe de la policía de Revenbrock. ¿Y qué planea ahora, inspector? ¿Defenestrarme? —preguntó, desafiante.
—Señor Winsor, si cree que lo más grave que podría pasarle ahora es perder su posición política, debería reconsiderar sus prioridades con mucho cuidado.
—Escúcheme, engreído. No permitiré que me acuse de nada ni que ponga en duda mi buen nombre.
—De verdad me sorprende su cinismo… Usted mismo se buscó esta situación desde el momento en que usurpó un cargo que no le pertenece.
Ahora le daré a elegir: puede resistirse y, en ese caso, dejaré que toda esta gente sepa lo que le hizo al maestro Hildegan.
Su destino, probablemente, será peor que el exilio que le dieron a Wildrem.
O puede abandonar su cargo, aceptar su culpa y yo lo sacaré de aquí ileso. Elija una de las dos.
Winsor se sintió totalmente acorralado. Ningún argumento le alcanzaba para escapar de aquel momento tan incómodo.
—Se equivoca conmigo, inspector. Yo siempre tuve las mejores intenciones.
—De buenas intenciones está lleno el infierno, señor Winsor —contestó Tomas, con cierto enojo.
—¿No le remuerde la conciencia arruinar la ceremonia de Artemius Hildegan? —cuestionó Winsor, en un intento desesperado por frenar el embate.
—Estoy seguro de que el maestro Hildegan estará complacido de ver que, en su último adiós, capturamos al desgraciado que atentó contra él fingiendo ser su amigo y que, al final, resultó otro pelafustán más.
De hecho, me duele profundamente que su vida haya terminado en manos de alguien tan miserable como usted.
Le aseguro que hago un esfuerzo sobrehumano para no ajusticiarlo yo mismo como se merece.
—A veces la traición nace del dilema entre las circunstancias y esa fue la razón por la que actué como lo hice… Un sacrificio por un bien mayor —dijo, tratando de justificarse.
—No. Se equivoca de nuevo, Winsor. Usted simplemente usó a otros por pura ambición.
Sin necesidad de más palabras, Tomas le indicó a Bruce Knoxville y a otro guardia cercano que escoltaran con discreción a Oswald Winsor hasta la comisaría.
En un último y afligido intento por hallar clemencia, Winsor musitó unas palabras:
—Yo no soy malvado, inspector Barnoc.
—No. Es mucho peor —concluyó Tomas, sin siquiera mirarlo a los ojos.
Así concluyó un momento incómodo para Tomas, que había tenido que sacar fuerzas de lo más profundo de su ser. Por un lado, debía mantenerse firme frente al criminal; por el otro, sentía el peso genuino de despedir a un buen hombre.
Se limitó a posar una mano sobre el ataúd y a mirar al cielo, como buscando alguna forma de comunicarse con Artemius.
—Espero que ahora pueda descansar en paz, maestro. La justicia que tanto anhelaba, por fin, está llegando.
Hizo una reverencia a modo de despedida y, justo antes de marcharse junto al detenido, Hanna-Marie Loop se cruzó en su camino. Sin siquiera saludar, le dijo apenas unas palabras:
—Al caer la tarde, diríjase a la entrada del bosque Kardenta. Es el lugar indicado para revelarle lo que le prometí.
Tomas asintió y siguió su camino sin detenerse para no comprometer a la mujer, aunque con un deseo enorme de que llegara, por fin, el momento de descifrar el misterio de Hanna-Marie.
Mientras tanto, en la comisaría, Oliver le llevaba algo de comer a Roxana, procurando ofrecerle una pequeña comodidad. Ella, aunque parecía receptiva a esos gestos, mantenía su postura férrea, sin mostrar debilidad ante nadie, una actitud muy propia de ella.
—No se esfuerce tanto, Andrews. Estoy tan cómoda como se puede estar en este lugar miserable.
—Bueno, pensé que esto bastaría para ganarme su cariño y quizás formar una familia. Ya hasta pensaba en dónde podríamos vivir nuestro idilio —respondió Oliver, con tono burlón y fantasioso.
Roxana, en cambio, le devolvió una mirada de completa desaprobación.
—No lo tome a mal, señorita Petkovic. Lo único que deseo es que esté bien… ¿O es que nadie tuvo nunca un gesto así con usted?
—No. Nunca —respondió, con contundencia.
Oliver pareció conmovido.
—¿Qué va a pasar conmigo después de todo esto? —preguntó Roxana, de pronto, con desconsuelo.
—No podría decírselo con exactitud. Pero, precisamente por eso quiero ayudarla, Roxana. Si coopera, habrá más posibilidades de que el dictamen final sea benevolente.
—Benevolencia… ¿De verdad existe eso?
—Por supuesto que sí. Yo mismo la he vivido, y ya se lo mencioné cuando me preguntó por mi amistad con Tom. Además, su testimonio es fundamental para que los actos de los Wildrem no queden impunes y podamos, por fin, cerrar esta página amarga y olvidarnos de ellos.
—Creo que el olvido es un destino demasiado generoso para los Wildrem. No lo merecen.
—Es posible. Pero, al menos, así la herida puede cerrarse de una vez.
—Oliver, ¿usted o el señor Barnoc entienden por qué se aisló Revenbrock del mundo? —preguntó Roxana.
—Quizás usted pueda explicármelo. Yo suponía que era para que los Wildrem pudieran gobernar a sus anchas.
—La idea de aislar a todos no era solo para evitar intromisiones externas.
Era porque, si alguien interfería, podría eventualmente derribar a estos jerarcas.
Pero, muy probablemente, algún día renacerían gracias a sus influencias.
En cambio, si se destruían entre ellos mismos, no habría forma de que volvieran jamás.
—Es un concepto maquiavélicamente brillante. ¿Fue idea de Winsor?
—Ja, ja, por supuesto que no. Un plan tan lúcido no es obra de hombres corrientes. Además, Winsor también estaba destinado a caer.
—¿Entonces fue idea suya?
—Me encantaría decir que sí, pero no voy a atribuirme un mérito que no me pertenece.
—Empieza a parecerme que este plan pudo haberlo diseñado una mujer. Lo pienso, sobre todo, por cómo lo describe. ¿Habrá sido, entonces, Elsa Qinx? Usted misma reconoció el poder que ella ostenta.
—No le voy a negar que siento un gran respeto y admiración por Madame Qinx. Ha sido de las pocas personas que ha tenido algo de compasión conmigo. Pero ella no es la gestora de esta artimaña. Es solo una actriz más dentro de esta obra.
Oliver se llevó una mano al mentón, como pensando con detenimiento.
—Por más que lo piense, no encontrará la respuesta, Oliver. Entienda que…
En ese momento, la conversación se vio interrumpida por la llegada del recién arrestado Oswald Winsor, junto a Tomas y Bruce.
Al verla, Winsor se llenó de una ira repentina.
—Maldita incompetente —fue lo primero que se le ocurrió decirle.
—Egomaníaco estúpido —respondió Roxana, con vehemencia.
De inmediato, Winsor le lanzó un escupitajo que, por fortuna, no llegó a tocarla. Pero, como acto reflejo, Oliver le propinó un golpe seco en el rostro.
—Uy, perdón. Se me escapó el puño. ¿Se encuentra bien? Espero que no —dijo, con sarcasmo, mientras se sobaba la mano dolorida, satisfecho de haberle respondido como merecía por semejante grosería.
Humillado, Winsor fue arrojado a la celda contigua a la de Roxana.
Oswald se sostenía el rostro con ambas manos, entre la frustración y el dolor del golpe recibido. De pronto, pareció considerar una alternativa.
—Inspector Barnoc: estoy dispuesto a colaborar con toda la información que necesite para cerrar su caso.
—No me sorprende esta repentina muestra de servilismo, rata trepadora y oportunista —dijo Roxana, con asco.
—Salvarse hoy para seguir peleando mañana no tiene nada de vergonzoso. Pero es evidente que usted no lo entiende, Roxana… Claro, ¿cómo podría comprenderlo una persona tan fracasada como usted?
—Escuche bien, Winsor. No permitiré que vuelva a maltratar a nadie, ni siquiera con palabras. Así que más le vale mostrar algo de decencia. Y, si de verdad le queda un ápice de nobleza, dígame lo que más me interesa saber ahora mismo: ¿dónde están los desaparecidos?
—Antes de responder, quisiera un documento firmado, con sello lacrado, si es posible, que confirme mi contribución a resolver este problema.
—Está a punto de agotar mi paciencia, Winsor. No juegue con su suerte —contestó Tomas, de mal humor.
—Está bien. Las personas cautivas están escondidas en un lugar prácticamente invisible: la mina abandonada número 6, en las montañas del Terrano, a las afueras de Revenbrock.
—Esto resultó más sencillo de lo que pensaba. Espero que esté en lo cierto. No le convendría que nos lleváramos ninguna sorpresa desagradable.
—No me atrevería a mentirle, viendo el cielo pasar y el infierno acercarse —filosofó Winsor.
Tomas sonrió, con cierta satisfacción, y le indicó a Oliver y a Bruce que lo acompañaran al despacho del teniente de la policia.
—¡Un momento, Barnoc! Todavía no ha definido mi futuro. ¿Qué va a pasar conmigo?
—Podré responderle esa pregunta en cuanto me asegure de que los desaparecidos están bien. Si no lo están, su destino podría oscurecerse todavía más —finalizó Tomas.
Los tres hombres salieron del lugar.
Roxana parecía sonreír al ver la desesperación que se apoderaba de Oswald Winsor.
—No sé qué le parece tan gracioso. Está usted en una situación igual de nefasta que la mía.
—Puede ser. Pero reconozco que resulta bastante gratificante ver a quienes siempre humillaron y maltrataron a los demás revolcándose ahora en su propia miseria.
Oswald escupió al suelo, en clara señal de reprobación, pero prefirió no responder más. Se limitó a mirar por la ventana de su celda, quizás tratando de entender del todo su nueva situación.
Mientras tanto, Tomas, Oliver y Bruce conversaban en la oficina.
—Era necesario que presenciara todo eso, oficial. Así podía comprobar de primera mano lo que estaba pasando —le decía Tomas a Bruce.
—Sí, señor. Sabía que la podredumbre nos estaba ahogando, pero no imaginaba que fuera a ese nivel.
—Descuide. Ahora lo importante es que envíe a dos de sus hombres de mayor confianza para vigilar con rigor los calabozos. No sabemos qué aliados puedan tener ahí afuera, esperando la oportunidad de liberarlos. Después, acompañe al señor Andrews a buscar a los desaparecidos.
—Inspector, ¿escuché bien? —preguntó, sorprendido.
—Oficial, usted ha demostrado estar al servicio de su gente y debe ser quien esté ahí para liberar a los desaparecidos.
—Como usted diga, señor. Pero creo que el reconocimiento le corresponde a quien ha trabajado este caso. Debería ser usted quien vaya.
—Es posible. Pero yo debo encargarme de un par de asuntos más. Necesito comunicarme con el capitán Tennyson para que nos envíe un grupo que traslade a los detenidos hasta Brumville, donde serán juzgados. Y no se preocupe: el señor Andrews lo acompañará.
—Sí, señor —contestó, haciendo el saludo oficial.
Oliver y Bruce tomaron los carruajes y partieron rumbo a las montañas del norte junto a una caravana de vehículos preparada para traer de vuelta a todos los desaparecidos.
Tal como había comentado, Tomas llamó al capitán Tennyson y lo puso al tanto de los últimos acontecimientos, solicitándole apoyo. El capitán le indicó, en respuesta, qué grupos respaldarían el operativo.
Con esa tarea cumplida, Tomas salió de la comisaría y emprendió camino hacia la entrada del bosque Kardenta. Todavía era temprano, pero quería estar lo más cerca posible del lugar cuando llegara la hora acordada. Además, la ansiedad no lo dejaría estar tranquilo en ningún otro sitio.
Pronto se revelaría una de las últimas cartas de este juego.