Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 25
77%

CAPÍTULO 25

Un lugar sin esperanzas

Durante el camino a la comisaría, Roxana no pronunció palabra alguna.

Parecía todavía digiriendo el fracaso de su plan.

Tomas tampoco hablaba y, aunque Oliver intentó aligerar la tensión con algún comentario, no obtuvo reacción de ninguno de los dos.

Era un viaje incómodo: los dos hombres custodiando a la mujer capturada y un oficial conduciendo el carruaje.

Un trayecto que se sintió verdaderamente eterno.

Al llegar a la comisaría, el custodio de la entrada se movió a un lado e hizo el saludo policial de rigor.

Tomas entró primero, seguido por Roxana y, finalmente, Oliver, quien le dedicó una sonrisa pícara al oficial al recordar la treta que le había jugado días atrás, disfrazado del capitán Tennyson.

Edna, la secretaria del lugar, los recibió con cordialidad y de inmediato se puso a disposición del inspector, quien le pidió localizar a los policías a cargo de los distintos distritos de Revenbrock para ponerlos al tanto de las novedades.

Finalmente, avanzaron hasta las celdas, donde encerrarían a Roxana Petkovic. Al llegar, Tomas abrió la reja de una de tantas prisiones.

—Por favor, ingrese a su celda, señorita Petkovic.

—Me pide entrar voluntariamente a mi propia prisión, ¿No le parece demasiado cruel? —preguntó Roxana.

—Persuadir a mi mejor amigo para llevarme a una trampa mortal… eso sí es crueldad —sentenció Tomas.

Con resignación, pero manteniendo la postura erguida, Roxana entró y se sentó de inmediato en la cama de la celda.

Tomas aprovechó la visita para echar un vistazo rápido al lugar, revisando cada detalle con cierta inquietud, como si buscara algo en particular.

—¿De verdad quieres pedir refuerzos, Tom? Lo digo por tu comentario al oficial Knoxville —preguntó Oliver, interrumpiendo su análisis.

—No. Fue más bien un comentario para prevenir cualquier acción inapropiada de los policías. Al fin de cuentas, el miedo también ayuda a mantener el control, ¿no es cierto, señorita Petkovic? —dijo, con sarcasmo.

—Pfff… Me parece estar escuchando al detestable de Astor Wildrem —contestó Roxana, indignada.

—Es innegable su aversión hacia esa familia. Supongo que por eso conspiró contra el Mayor Wildrem —afirmó Tomas, esperando una respuesta.

—Simplemente le diré que obedecía a ese idiota sin cuestionarlo.

—¿Y no es eso una idiotez mayor? Por favor, Roxana. Estoy seguro de que usted es mucho más de lo que aparenta. Sin intención de halagarla: siempre supo navegar los caprichos de los hombres con poder —dijo Tomas, tratando de que bajara la guardia.

Roxana se quedó pensando un momento, mirando a ambos hombres.

—Está bien, inspector. Usted gana. Supongo que no tengo muchas alternativas. Responderé sus preguntas.

—De acuerdo. Primero: quiero saber quién es usted realmente, Roxana Petkovic, y qué papel juega en todo esto.

—Soy, simplemente, una de las brujas que se olvidaron de quemar en este maldito lugar.

A Tomas no lo satisfizo la respuesta, ni por asomo, pero Oliver lo contuvo, apartándolo un momento para susurrarle algo al oído.

—Déjame hablar con ella. Quizás yo pueda sacarle algo más.

El inspector aceptó y aprovechó para salir a comprobar si los agentes ya estaban en la comisaría, tal como se lo había pedido a Edna.

—Uf. Mi amigo puede resultar un poco intimidante a veces, pero debo decir que lo manejaste bastante bien —dijo Oliver, buscando entablar conversación.

—¿Por qué no le rinde homenaje al silencio y se ahorra las palabras? —contestó ella, abrumada.

—Por favor, Roxana. No le deseo ningún mal. Al contrario.

—Si de verdad lo cree, respóndame esto: ¿qué lo llevó a rechazar mi propuesta? ¿Por qué no cumplió su palabra? —preguntó, casi al borde del llanto.

—Yo no le incumplí nada, Roxana. Hice lo que me pidió. Pero, al mismo tiempo, tomé mis propias decisiones… Debe entender que la lealtad no es una virtud que se encuentre todos los días.

Roxana se quedó pensando un instante y continuó.

—Quiero saber algo más, Oliver: ¿por qué siempre está al lado del inspector Barnoc? ¿Qué hace tan fuerte ese vínculo entre ustedes?

Oliver miró hacia el techo, como buscando la respuesta en su memoria.

—En el pasado, Tomas me respaldó cuando nadie más lo hizo.

Cuando me expulsaron de la fuerza, hubo una presión enorme por parte de algunos altos mandos que no se conformaban con mi destitución: querían que pasara una temporada en la cárcel.

Fue la intervención de Tom la que impidió ese destino.

Y no es solo lo que hizo aquella vez: es lo que ha hecho toda su vida, dignificando el verdadero significado de la amistad.

Yo suelo bromear diciendo que soy su alter ego, quizás porque él jamás actuaría como yo lo hago y viceversa.

Pero, nuestras habilidades y nuestra manera de pensar nos complementan y nos permiten confiar el uno en el otro, a pesar de las diferencias.

Roxana parecía profundamente conmovida por el relato.

—La verdad, los envidio. Nunca tuve una relación así. Mi vida entera ha sido una lucha constante contra todo y contra todos. He sufrido muchas desavenencias y he tenido que pelear contra lo que la tradición exige.

—Sin duda estamos llenos de errores… Lamento que hayas tenido que pasar por tantos problemas.

—Ya no importa… Supongo que ahora quiere saber qué pasó exactamente.

—Sería de gran ayuda.

—No hace falta aclarar que el plan para derrocar a Wildrem fue idea de Oswald Winsor. El inútil de Collins ya lo confirmó antes.

—No esperaba esa revelación del teniente. Personalmente, siempre desconfié de ese tipo. Es una verdadera cucaracha.

—Pienso lo mismo. Pero, en su momento, era necesario contar con su apoyo: llevaba años al servicio de los Wildrem y comandaba toda la fuerza de seguridad. No convenía tenerlo en contra, por más obtuso que fuera.

—Es bastante lógico. Pero eso solo confirma que ese hombre es un traidor. Vendió al último de quienes le dieron poder.

—Créame que no lo culpo. El jefe de policía también era subestimado, igual que la mayoría de los que quedamos en segundo plano ante los Wildrem. Collins recibió demasiadas agresiones de ambos hermanos y ya se notaba bastante resentido. Era una oportunidad que no se podía desaprovechar.

—¿Así que usted lo convenció de unirse a la causa?

—No. De eso se encargó Winsor, con una oferta que Collins no pudo rehusar.

—¿Cuál era?

—Consistía en darle mayor estatus, convertirlo en un héroe local y ganarse el respeto de todos.

—¿Y cómo pensaba lograr eso?

—Haciendo que encontrara a los desaparecidos —respondió Tomas, que en ese momento entró al calabozo.

Roxana se sorprendió con su llegada y con la aseveración, pero no intentó contradecirla.

—Hizo bien su tarea, inspector —respondió, con ironía.

—No lo suficiente. Aún hay cosas que no logro resolver. Aunque será sólo cuestión de tiempo si usted decide ayudarnos.

—Jum… Imagino que esto se volvió personal ahora que sabe que Winsor asesinó a Artemius Hildegan —dijo Roxana, como quien lanza un dardo certero.

—Es personal desde el momento en que decidieron arruinar la vida de gente inocente.

—Entonces, ¿pretende acabar con todos los malvados de este mundo, inspector, para que solo queden buenas personas aquí?

—Si tratara de eliminar a todas las personas perversas de este lugar, solo quedaríamos asesinos —concluyó Tomas, con contundencia.

—Tom, Roxana ya me confesó su complicidad y la responsabilidad de Winsor. Solo es cuestión de aprehenderlo, hacer que diga el paradero de los desaparecidos y el caso quedará resuelto.

—Ojalá fuera tan sencillo. La señorita Petkovic no nos ha dicho nada que ya no supiéramos, salvo quién estuvo detrás de los secuestros de esta ciudad.

—¿Me está llamando mentirosa? —preguntó Roxana, ofendida.

—No. Simplemente creo que usted nunca trabajó para quien aparenta hacerlo. Winsor jamás fue su verdadero jefe.

Roxana tragó saliva, mirando fijamente al inspector.

—No es importante ahora, pero hay algo que quisiera saber y le pido total sinceridad: ¿qué tipo de relación había entre los Wildrem y Elsa Qinx?

—Los Wildrem siempre detestaron a Madame Qinx. La consideraban una ofensa; no creían que fuera de sangre noble. Pero debían tolerarla porque tiene mucho poder. Era una relación de conveniencia, más que de amistad genuina.

—Curioso. Es la primera vez que la oigo referirse a alguien con tanto respeto… Quizás Elsa Qinx pueda explicarme por qué.

Roxana se notaba, de pronto, más nerviosa que en cualquier otro momento de la charla.

—Bien. Creo que es todo por ahora. No pretendo seguir amedrentándola con preguntas. Al contrario, creo que debería usar este tiempo para reflexionar. Buenas noches, señorita Petkovic —dijo Tomas, haciéndole una seña a Oliver para salir.

Pero una última pregunta desesperada de Roxana lo detuvo.

—Respóndame algo, inspector: ¿alguna vez ha visitado un lugar sin esperanzas?

La pregunta resonó profundamente en ambos hombres.

—No existe tal cosa, señorita. Solo hay personas que perdieron la fe en un mañana mejor, y eso no depende de dónde se nace o dónde se vive, sino de las convicciones que llevamos dentro y de las ideas que cultivamos en el alma —dijo Tomas, con sentimiento genuino.

—A algunos, la fe nos la robaron… —dijo Roxana, dándoles la espalda mientras miraba hacia la pequeña ventana de su celda.

Tomas y Oliver se marcharon de ahí y entraron a la oficina del teniente a conversar un poco mientras tomaban un café.

—Estás conmovido por esa mujer, ¿verdad, Andrews?

—No puedo negarlo, viejo amigo. Siento algo de pena por ella. Aunque ahora tengo la cabeza dando vueltas: siento que sabes más de lo que yo creía que sabíamos.

—Simplemente he seguido las pistas que fui encontrando.

—Eso me deja con más dudas, la verdad.

—Alguien más movió los hilos de todo este complot y no fue Winsor.

Tengo la sensación de que fue Elsa Qinx, aunque todavía no tengo los elementos para confirmarlo.

Aun así, no falta mucho para saberlo. Necesito que te prepares para mañana: iremos por Winsor y, cuando él cante, tú irás a rescatar a los desaparecidos.

—¿Cómo? ¿Por qué yo? —preguntó Oliver, incrédulo.

—Tengo algo pendiente. Y tú te has ganado el derecho a ser reconocido por tu trabajo. Es algo que mereces. Además, debo reconocer que no me traicionaste, aunque las hormonas te dijeran lo contrario —respondió Tomas, sonriendo.

—Ja, ja, ja. Viejo zorro, ¿así que sí te diste cuenta? Nunca te fallaría, y mucho menos por una mujer… De verdad agradezco este gesto, amigo.

—Ni lo menciones. Ambos hemos trabajado muy duro en este caso.

Conversaron un poco más, definiendo el plan a seguir. Después se retiraron a descansar a las habitaciones superiores de la comisaría, reservadas para el personal policial que viniera de otras ciudades. Por obvias razones, estaban disponibles y vacías en ese momento.

A la mañana siguiente, muy temprano, Tomas reunió a un pelotón completo y repartió las instrucciones necesarias. Poco después, llegó Bruce Knoxville.

—Inspector Barnoc, buenos días. Vengo con las novedades que me pidió.

—Buen día, oficial. Lo esperaba con ansias. Soy todo oídos.

—Señor, le hicieron varios exámenes a Víctor Collins y los médicos no encuentran manera de revertir su estado actual a corto plazo. Decidieron internarlo en el manicomio.

—Duras noticias. Pero, si no hay nada que hacer por ahora, habrá que confiar en el trabajo médico a futuro.

Knoxville asintió ante las palabras del inspector.

—Oficial, prepare a los hombres de la cuadrilla diecisiete. Hay que darle cierre al evento que está por ocurrir.

En un abrir y cerrar de ojos, los policías se reunieron y partieron hacia el cementerio de Revenbrock, donde se celebraría el funeral de Artemius Hildegan, convocado por el ayuntamiento.

El día amaneció gris, aunque sin pronóstico de lluvia. Los nubarrones apenas oscurecían el paisaje.

Uno a uno, los habitantes de la ciudad fueron llenando los alrededores del cementerio, todos deseosos de despedir a quien consideraban su gran ídolo.

El féretro descansaba en el centro del lugar, rodeado de enormes arreglos florales de colores vívidos que formaban una especie de pasillo a todo lo largo del sitio.

Un solemne repique de tambores, junto al sonido de unas gaitas, acompañó el último adiós a Artemius Hildegan, amenizando la escena tal como quizás el propio maestro lo hubiera deseado.

Luego, acercándose a un pequeño estrado improvisado, Oswald Winsor llegó a dar su discurso, que más que una despedida parecía un trampolín para seguir ensalzando su propia victoria.

—Amado pueblo de Revenbrock.

Estamos ante una nueva era, una en la que nos hemos librado, por fin, de viejos y malos jerarcas.

Ustedes, con sus propias manos, han hecho justicia: una justicia inevitable y necesaria.

Y aunque hoy nos embarga el dolor por la pérdida de vidas tan valiosas como la del maestro Hildegan, a quien acompañamos en este sepelio, los invito a recordar aquel viejo adagio: solo muere quien es olvidado. Y a Artemius Hildegan lo recordaremos por siempre; así, lo haremos vivir eternamente.

El cielo nos invita a mirar hacia un mañana mejor, en el que yo, el Mayor Winsor, me encargaré de guiarlos con rectitud y equidad, recuperando los ideales que llevaron a esta ciudad a una edad de oro, una edad que se desvaneció bajo la mano negra que ahogó el clamor de un pueblo valiente con miedo y mentiras.

Figuras de poder usaron este lugar para cometer los actos más desgarradores de perversión y castigo.

Parecía que habíamos caído en una penumbra eterna, incapaz de encontrar el sol en un nuevo amanecer.

Pero no importa qué tan larga ni qué tan oscura fue esa noche, porque hoy volvemos a ver la luz y renaceremos como lo que siempre debimos ser. La cuna de la prosperidad.

El público empezó a aplaudir, coreando el nombre de Oswald Winsor con entusiasmo.

El Mayor estaba extasiado. Cada aplauso era, para él, una confirmación más de su éxito.

Se regocijaba con el clamor popular, imaginando todo el esplendor que vendría de ahora en adelante.

Buscaba entre la gente cada rostro al que pudiera regalarle una sonrisa, un gesto que, en su fuero interno, lo hacía sentir más cercano a cada uno de ellos.

De pronto, se quedó helado.

Había reconocido, entre la multitud, un rostro que jamás esperó volver a ver en su vida.