Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

La trampa en Birheim

Las labores matutinas en la ciudad comenzaron tan temprano como de costumbre. El aroma del pan recién horneado se extendía por calles enteras, y las filas no tardaban en formarse para conseguir el esponjoso producto.

El ambiente había cambiado por completo. Era innegable que la gente sentía una nueva especie de libertad, y el entusiasmo crecía a medida que el sol se elevaba en el cielo.

Todos iban a trabajar con esperanzas renovadas, buscando construir su futuro.

Oswald Winsor, por su parte, no había desperdiciado ni un segundo desde que asumió el mando: escribía, subrayaba y decretaba normas en favor de esa bienaventuranza que, supuestamente, buscaba para su pueblo. O, al menos, eso parecía.

Esa mañana, Víctor Collins se presentó en la oficina del alcalde para llevarle novedades y rendir cuentas.

—Todo marcha sobre rieles, señor. Las calles están aseguradas y la calma va retornando poco a poco. Además, esta tarde nos ocuparemos del último escollo pendiente, para que sus planes sigan adelante sin intromisiones —informó el jefe de policía.

—Maravilloso, Collins. Gran trabajo; continúe así. En cuanto a lo último, procure no generar demasiado alboroto. No queremos dañar el fino equilibrio que hemos logrado hasta ahora.

—Así será, señor.

En ese momento, Roxana Petkovic entró en la oficina circular.

—Es todo por ahora, Collins. Puede retirarse.

El jefe de policía asintió e hizo el saludo oficial. Antes de salir, Roxana lo detuvo.

—Jefe, espere un instante. Debo entregarle algo antes de que se marche.

—Como guste.

Y, con esa respuesta, Collins se retiró, dejando la puerta cerrada.

—¿Qué opinión le merece Víctor Collins? —le preguntó Winsor a Roxana.

—Creo que es un instrumento burdo, cuyo único método es provocar y confrontar. Un peligro, tanto para otros como para sí mismo. Bastante volátil y, en ocasiones, bastante estúpido.

—No podría haberlo descrito mejor, señorita Petkovic. Y, siendo usted tan perspicaz como demuestra, asumo que ya tiene una solución ante cualquier exabrupto del señor Collins.

—Justamente, señor. Traigo un as bajo la manga. Es mejor mantener al perro con la correa corta.

—Muy adecuada la analogía, aunque debo decir que los perros suelen ser fieles, a diferencia de Collins… Infórmeme en cuanto hayan sometido al inspector Barnoc. Ahora quiero enfocarme en el funeral de Hildegan; todo debe estar listo para mañana.

—Tiene mi palabra, señor. Iré a preparar todo —concluyó Roxana.

Salió, entonces, de la oficina del alcalde en busca de Víctor Collins, que aguardaba, tal como esperaba, en la recepción del ayuntamiento.

—Escuche, señorita: no puedo demorarme más. Dígame de una vez lo que necesita decirme —dijo Collins, con frustración.

—Tranquilícese, jefe. Quiero ofrecerle algo de su agrado.

Al entrar en su pequeño cubículo, Roxana buscó en un cajón y sacó una botella de licor: transparente, con un líquido de un bordó oscuro, quizás un vino bastante añejo.

—Sé que disfruta de este tipo de bebidas. Por favor, tome una copa de mi parte.

Collins la miró con extrañeza, sin entender del todo aquella cortesía repentina.

—¿Por qué tan formal conmigo, señorita Petkovic?

—Digamos que es un festejo anticipado por todo lo grandioso que llegará esta tarde. Ambos hemos pasado por momentos traumáticos; creo que merecemos algo de resarcimiento.

—¡Es cierto! ¡Bebamos, entonces! —dijo Collins, eufórico.

Roxana le sirvió una copa generosa, y el jefe de policía la bebió de un trago, sin siquiera saborearla, como quien bebe de un pozo sin fondo.

—¿Usted no beberá, señorita?

—Me encantaría, pero debo seguir con mi trabajo de escritorio; podrían reprenderme si me ven tomando licor ahora.

—Entiendo. Bueno, pasaré a buscarla al caer la tarde.

—Así lo espero, jefe… Lo espero.

Collins salió del ayuntamiento sonriente, mientras Roxana observaba la botella con una expresión de pura maquinación.

Mientras tanto, Tomas había tenido una mañana tranquila. Después de varias noches difíciles, por fin logró dormir con continuidad, quizás gracias a cierta sensación de resolución que sentía cada vez más cerca. Se dio un baño largo y comió todo lo que pudo encontrar en la casa.

También tuvo tiempo de consultar un mapa entre los papeles esparcidos sobre la mesa, para identificar el lugar al que debía dirigirse esa tarde. Le llamó la atención que fuera una zona bastante alejada de la ciudad, pero, sin duda, propicia para buscar algo perdido.

Cuando el día empezaba a transformarse en ocaso, se preparó con cuidado. Justo antes de salir, encontró unos lentes que habían pertenecido a Artemius Hildegan y decidió ponérselos: le quedaban a la perfección.

Salió de la casa, cuidando de no ser observado, y caminó en busca de un carruaje.

Tras recorrer un par de calles, encontró a alguien dispuesto a llevarlo y lo abordó de inmediato.

—Cordial saludo, buen hombre. ¿Sería tan gentil de llevarme a la calle Birheim? —dijo Tomas, con cortesía.

El cochero lo miró con desconcierto.

—¿Por qué querría alguien ir a ese lugar? No se lo aconsejaría jamás.

—Tengo urgencia por llegar. No entiendo por qué se muestra tan reacio a llevarme.

—Señor, ese rincón de la ciudad es como fruta caída del árbol, ya podrida. Ahí se mezclan los parias de la sociedad y gente de reputación dudosa. Me resisto a ir, mucho más ahora que empieza a caer la tarde.

—Le propongo algo: acérqueme tanto como se sienta cómodo y le pagaré el doble de la tarifa habitual.

El cochero aceptó, aunque sin demasiada convicción; la oferta era, sencillamente, demasiado tentadora como para rechazarla.

Mientras avanzaban por las calles de Revenbrock, Tomas notó una ciudad muy distinta a la que conocía: la gente se saludaba con más calidez que antes, sin la indiferencia de días anteriores.

Incluso vio a un joven, de no más de dieciséis años, tocando con entusiasmo un pequeño laúd, una alegre melodía de aires medievales. Resultaba, de verdad, reconfortante.

Después de varios minutos y varias calles, el carruaje se detuvo de golpe.

—Si sigue por esta calle, llegará a Birheim. Disculpe, señor, pero no me atrevo a avanzar más.

—Descuide, ya me ha ayudado bastante. Aquí tiene, y gracias —dijo Tomas, pagándole al cochero como había prometido antes de continuar a pie.

Tal como el hombre había advertido, el camino mostraba casas más descuidadas de lo habitual y hombres de ceño fruncido que fumaban, mirándolo con intenciones que no auguraban nada bueno. Sin prestarles demasiada atención, Tomas siguió su andar, imperturbable.

Llegó, por fin, al sitio que Oliver le había indicado.

Pero no encontró ninguna pista: la calle terminaba en un gran muro, flanqueado por un par de puertas de servicio de los edificios contiguos.

El ambiente estaba amenizado por un músico cercano, que interpretaba aquella pieza célebre conocida como «Invierno», compuesta siglos atrás por un violinista veneciano.

De pronto, una voz se escuchó, llevada por el viento:

—Prepárese para sentir lo que vive una presa cuando su depredador finalmente la acorrala.

Víctor Collins apareció por una de las puertas, junto a tres policías, que le cerraron el paso a Tomas y le apuntaron con sus armas.

—Imaginaba que, al final, intentaría algo para desquitarse.

No puedo decir que me sorprenda. ¿Pero esto?

Un poco mezquino de su parte, Collins: obligar a sus subalternos a mancharse de sangre ajena, deshonrando sus votos de servicio.

Me queda claro que usted no es más que un pendenciero de poca monta.

Los tres policías se miraron entre sí; sabían que Tomas tenía razón.

—¿Acaso cree que me importa lo que piensen usted o ellos? Lo único que me satisface es verlo, por fin, caer en mis manos… y traicionado por su propio amigo, además.

—¿A qué se refiere? —cuestionó Tomas.

—Quiere decir que su apreciado socio, Oliver Andrews, decidió romper el cascarón y liberarse de su presencia. Decidió ser un hombre capaz de tomar sus propias decisiones y ocupar un mejor lugar en esta sociedad —exclamó Roxana Petkovic, que en ese momento hizo su aparición.

—Imagino que usted logró meterse en su cabeza. Lo sedujo y lo convenció de sus propósitos arteros. Esperaba que Oliver no cayera tan bajo, sinceramente.

—Solo le di el impulso que necesitaba, señor Barnoc. Nada de esto tiene que ver conmigo. Pero no vale la pena gastar más palabras explicándoselo: después de todo, usted no volverá a ver un nuevo amanecer. Jefe, es el momento.

Víctor Collins bajó el martillo del arma, listo para disparar.

—Sí, es el momento de terminar con todo esto —dijo una voz, a espaldas de Víctor Collins y Roxana Petkovic.

Roxana logró girar para ver de quién se trataba. Pero el jefe de policía se había quedado petrificado: un cuchillo le rozaba la garganta, a punto de degollarlo.

Era Oliver Andrews, que con la otra mano apuntaba un arma directamente hacia Roxana.

—¡¿Qué demonios se supone que está haciendo, Andrews?! —gritó ella, con histeria.

—Lo que corresponde, mi lady. Ya he cometido muchos errores en mi vida, pero la traición no será uno de ellos, mucho menos con la persona que confió en mí cuando todos me dieron la espalda.

Por cierto: esa misma persona me aconsejó que un cuchillo funcionaría mejor en estos casos —contestó Oliver, con orgullo.

—¡Maldito ridículo! Su doble moral es insoportable. ¿Acaso no ve que me está traicionando a mí?

—Señorita, yo me comprometí a traer al señor Barnoc hasta aquí. Y, hasta donde puedo ver, él está exactamente en el lugar acordado. ¿O me equivoco?

—¡Mediocre! Su fanfarronería es tan injustificada como irritante. ¿Qué probabilidades cree tener de salir bien librado de todo esto? —gritó Roxana, furiosa.

—Yo diría que un cincuenta por ciento —respondió Oliver, con picardía.

—O quizás un poco más, señor Andrews —dijo uno de los policías, girando su arma para apuntar a Víctor Collins.

Los otros dos oficiales lo imitaron de inmediato.

—Parece que la traición es una plaga que se propaga por todo este maldito lugar —dijo Roxana, con desprecio, al ver el gesto de los policías.

—En realidad, lo que estamos viendo aquí es algo de sensatez en medio de tanto descalabro —continuó Oliver.

Mientras tanto, Collins tenía la mirada perdida, como si ver frustrado su plan lo hubiera sumido en una locura absoluta.

—No es posible… no es posible… Tanto tiempo… tanto planear… todo se va al demonio —balbuceaba.

Tomas se acercó a uno de los policías y le pidió las esposas. El oficial se las entregó con diligencia, y el inspector se plantó frente a Collins.

—Por los sucesivos crímenes cometidos contra la población de Revenbrock, por incumplir su juramento policial y porque, sinceramente, es usted un incompetente: Víctor Collins, queda arrestado y expulsado de las fuerzas policiales.

Tomas le colocó las esposas a Collins, que no ofreció ninguna resistencia. Pero el ahora destituido jefe de policía empezó a reír, sumido en un delirio que parecía consumirlo.

—Tom, creo que perdió la razón por completo. Más que una celda, necesita un manicomio.

Roxana parecía visiblemente asustada por la reacción de Víctor, y Tomas se acercó para cuestionarla.

—¿Qué le pasa a Collins? Estoy seguro de que usted lo sabe.

—Esta mañana fui a la casa de Agatha Nahigari a pedirle algo que me permitiera mantener a una persona en estado de pasividad.

Ella me dio un brebaje en un vial y me advirtió que no usara más de cinco gotas.

Pero, con la urgencia de volver pronto al ayuntamiento, creo que vertí más de la dosis recomendada en el licor que después le di a Collins…

No esperaba que esto pasara. Respondió Roxana impresionada.

—Está claro que tiene mucha información que me interesa, señorita Petkovic. Va a tener que acompañarnos a la comisaría.

Uno de los oficiales presentes se acercó a Tomas e hizo un respetuoso saludo policial.

—Inspector Barnoc, permítame presentarme: oficial Bruce Knoxville, a su servicio.

Como acaba de destituir al jefe Collins, usted es ahora el rango más alto presente, y le debemos lealtad y obediencia.

Si me permite decirlo, señor: es un alivio tener un cambio de mando.

Ya no soportábamos el régimen de terror del jefe.

Para nosotros, el servicio es la razón de ser de esta institución, algo que, con el señor Collins, se había perdido por completo.

—Notable gesto, oficial Knoxville. Se lo agradezco.

—¿Desea que llevemos a estas dos personas a la cárcel?

—Mire el estado de Collins. Creo que Oliver tiene razón: un sanatorio sería más apropiado, dado su estado mental. De la señorita Petkovic me ocupo yo mismo; tenemos mucho de qué hablar.

—¿Qué espera que le diga, inspector? —preguntó Roxana, con desafío.

—Para empezar, puede decirme quién asesinó a Artemius Hildegan. Estoy seguro de que usted lo sabe perfectamente.

—Fue Oswald Winsor, ja, ja, ja, ja —respondió Collins, mientras una espuma blanca le brotaba de la boca.

Tomas y Oliver se miraron, atónitos.

—¿Es eso cierto? —le preguntó el inspector a Roxana, cuyo rostro, entre el remordimiento y la impotencia, terminó por confirmar lo dicho por Collins.

—Oficial Knoxville: encárguense de llevar a Collins al hospital y manténganlo bajo vigilancia constante. Nosotros iremos a la comisaría con la señorita Petkovic.

—Así será, señor. ¿Algo más que pueda hacer?

—Con eso basta, por ahora. Infórmeme en cuanto le hagan los exámenes a Collins. Pediré una brigada al capitán Tennyson, de Brumville, para reforzar la seguridad; sé que no todos los oficiales mostrarán la lealtad que usted acaba de demostrar.

Dicho esto, los oficiales subieron a Collins a un carruaje rumbo al hospital, mientras Tomas, Oliver y Roxana —ya esposada— abordaban otro.

—Le aseguro que esto no ha terminado —exclamó Roxana.

—Por supuesto que no. Pero, gracias a su ayuda, terminará mucho antes de lo que pensábamos —concluyó Tomas.