Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

El rey de marfil

El saldo de la noche anterior había sido muy alto: los destrozos y los heridos se contaban por centenares.

Se había logrado romper una monotonía asfixiante, pero a un costo aún imposible de cuantificar.

Algunos ni siquiera eran del todo conscientes de lo ocurrido; el aturdimiento era total, y el miedo a una nueva rebelión crecía sin freno.

Porque, una vez que se prueba la sangre, la bestia puede quedar sedienta, deseosa de volver a beber ese trago prohibido.

Brigadas de limpieza se desplegaron por toda la ciudad, tratando de devolver algo de orden a los lugares ultrajados. Varias personas recogían fragmentos de piedra, madera y cristal esparcidos por las calles.

El hospital, no menos afectado, estaba abarrotado de gente clamando por atención. Incluso se veía al personal médico atendiendo pacientes en los jardines cercanos, tratando de cubrir la enorme demanda. El sistema de salud había colapsado por completo.

Mientras tanto, Tomas dormía sobre un escritorio, en la planta alta de la casa de Hildegan. Había pasado buena parte de la noche leyendo el diario de Astor Wildrem: un compendio de escritos reveladores, aunque también cargados de secretos que aún no lograba descifrar del todo.

Su sueño se interrumpió con un ruido proveniente de la planta baja: una llave girando en la cerradura.

No podía ser más evidente.

Se quedó inmóvil un instante, pero cambió rápido de idea y se levantó con sigilo para esconderse entre la pared y la puerta abierta de la habitación.

Los pasos avanzaban despacio; el crujido de las tablas del piso delataba que el intruso se acercaba. Tomas contuvo la respiración, tratando de ser lo más discreto posible. Fueron apenas unos segundos, pero se sintieron como horas.

Tomó su arma con firmeza, listo para confrontar a quien fuera que hubiera entrado.

El visitante inesperado ingresó a la misma habitación donde estaba Tomas, abrió el armario y sacó un atuendo elegante, que empezó a doblar para guardarlo en una bolsa grande.

Tomas cerró la puerta de golpe y apuntó el arma.

La figura soltó un grito de pavor y se dio vuelta con rapidez.

—Señorita Loop, ¿qué hace usted aquí?

—Casi me mata del susto… Creo que yo podría hacerle la misma pregunta, inspector Barnoc.

Tomas la observó con detenimiento y, tras notar un detalle en particular, continuó:

—Artemius Hildegan me obsequió una llave de su residencia antes del fatídico suceso. Decidí quedarme aquí, en vez del Hotel Royal, porque necesitaba privacidad y también averiguar algunas cosas más. Pero dígame: ¿cómo entró usted aquí? ¿Qué se propone hacer?

—Igual que usted, inspector: el maestro Hildegan me dio una llave. Vine a buscar su traje de gala favorito, para que lo use en su sepelio.

—Mmm. Una forma bastante particular de proceder, la del maestro… Supongo que, con esto, Wildrem también espera recobrar algo de credibilidad, haciendo algo digno por Hildegan.

—¿No se enteró? Al Mayor Wildrem lo destituyeron. Por decir lo menos: Oswald Winsor tomó su lugar.

Tomas miró a Hanna-Marie, como buscando en su rostro alguna respuesta.

—Eso explica muchas cosas… ¿Fue Winsor quien le ordenó venir hasta aquí?

—Sí. Pero, aunque no lo hubiera hecho, de todos modos habría venido a buscar algo limpio y digno para el señor Hildegan. Se merece todo el respeto que se le pueda dar.

—Perfecto. Eso quiere decir que Winsor desconoce mi paradero, y es mejor que las cosas sigan así.

—Eso, suponiendo que yo guarde su secreto… ¿Por qué habría de confiar en mí, inspector?

—Tengo todos los argumentos para hacerlo. Además, su actitud me demuestra que no está para nada conforme con lo que ha pasado.

—¿Cómo podría estarlo? Ayer vi la cara más maquiavélica de mi ciudad, de mi propia gente. Vi la desesperación consumir la cordura y dar paso al miedo convertido en locura.

—Me refiero, específicamente, al cargo que tomó Winsor.

Hanna-Marie se quedó en silencio.

—Yo solo debo cumplir con mi trabajo. No me corresponde a mí opinar al respecto.

—Pero sabe que no fue la mejor opción… Escúcheme, señorita Loop: yo ya no puedo darme el lujo de dudar ni de retroceder. Le ruego que deje sus temores a un lado y me permita ayudarla.

—¿Ayudarme a mí?

—Sí. Usted guarda pesares que oculta al mundo, señorita Loop; puedo verlo.

Y hay cargas que nos superan a todos. Por eso, contar con alguien en momentos de desesperación aligera el camino de esta vida.

Yo estoy aquí para sostenerla y jamás he abandonado la idea de la victoria, de descubrir la verdad y traer justicia…

A veces, para sentirnos verdaderamente vivos, vale la pena buscar a alguien que necesite ser salvado y salvarlo.

Hanna-Marie se mordió el labio inferior, observando a Tomas con atención.

—Pronto será el funeral del señor Hildegan. Permítame darle la despedida que merece y, después de eso, búsqueme: le revelaré mi verdad…

Se disponía a marcharse, pero antes puso una mano en el hombro de Tomas.

—Créame que yo también lo sostengo a usted, inspector… Le auguro mucho éxito.

Con eso, abandonó la casa de Hildegan, mientras Tomas quedaba satisfecho con aquel encuentro imprevisto.

Aun así, su mente seguía repasando lo leído en el diario.

Volvió a sentarse en el escritorio y releyó los fragmentos que más lo habían intrigado:

«27/02

Cuando observo la escoria que es esta sociedad, me convenzo aún más de las palabras de mi padre… Todo lo que esté por debajo de la excelencia es inaceptable.

Veo con repudio a quienes se suponen a la altura de nuestro linaje: reses que caminan con la cabeza gacha, sin buscar otras posibilidades, esperando a que el pastor los guíe.

Se esconden bajo el manto del «rey de marfil» y no lo cuestionan; pareciera importarles más su propio confort.

Es desesperante, y ya no quiero tolerarlo más.

Aun así, no puedo ignorar que dependemos, en gran medida, de su poder.

Aprovecharé, entonces, toda la ventaja que me da permanecer en las sombras.

Mientras no tenga un rostro visible, seré yo quien le dé identidad al gobernante.

Quien tiene el poder también carga un enorme miedo a perderlo. Por eso, debo ser yo quien domine ese miedo, para estar siempre un paso adelante.»

«14/05

«El mundo no basta», sabias palabras que mi padre repetía sin cesar.

Este lugar está lleno de capacidades dispares, y darles orden y coherencia me dará los argumentos necesarios para seguir avanzando.

Haber posicionado a mi hermano como Mayor de Revenbrock fue, sin duda, una idea sensacional: limita, de entrada, el accionar del meticuloso Winsor y, además, me da la libertad de expandir mi influencia sin temer represalias de las autoridades locales.

Cada pieza encaja a la perfección en mi engranaje.

La victoria favorece a quien se prepara, y llevo mucho tiempo diseñando mi utopía…

¡Los Wildrem serán eternos!»

«01/08

«No basta con que yo tenga éxito: todos los demás deben fracasar», valiosas palabras de aquel al que llamaban el Gran Kan.

Winsor dejó de ser un problema hace tiempo; sus pequeñas escaramuzas por figurar quedaron diluidas en la nada.

Pero ahora debo encontrar la forma de marginar a Elsa Qinx.

Esa mujer es una ofensa: resulta denigrante tener en nuestro círculo a una dama que no llegó por mérito propio, sino por haberse casado con alguien influyente. Repugnante. Indigna de su apellido.

Decir que la odio es apenas una caricia para el sentimiento oscuro que cargo contra ella. Pero es inteligente, y debo encontrar una manera sutil de hacerla caer.»

«10/11

Y cuando creía que la fortuna ya no podía favorecerme más, sin siquiera buscarlo, descubro que el «rey de marfil» tiene sus días contados. ¡Ja, ja, ja!

No podría pedir nada mejor. Y si alguien intentara objetarme, tengo el argumento más poderoso de todos, como dice el dicho: «Si logras hacer sangrar a Dios, el pueblo dejará de creer en Él».

Debo preparar el camino para el ascenso final…»

Sin duda, esos eran los fragmentos más reveladores del diario. Pero faltaba una parte: alguien había arrancado la última hoja, y no había forma de saber en qué consistía el último eslabón de la maquinaria de Astor Wildrem.

De algo sí estaba seguro Tomas: la actitud mezquina de Madame Qinx hacia los Wildrem, el día que la visitó, distaba mucho de la verdadera confrontación que se sentía en estas páginas.

Sin duda, necesitaba un segundo encuentro con ella, pero tendría que ser mucho más astuto para conseguir una respuesta certera.

Con algo más de calma y aprovechando la luz del día, Tomas se dedicó a revisar minuciosamente cada estantería, repisa y cómoda de la casa, esperando encontrar algo más de utilidad.

Hojeó varios libros: algunos con fotografías llamativas, otros sobre temas inesperados, como botánica o fauna silvestre.

Incluso encontró un libro escrito por el propio Artemius, titulado Imagina, inspira y crea, un título muy propio de la vida del gran dramaturgo.

Aun así, no encontró nada más relacionado con los sucesos recientes.

Así transcurrió la mañana en Revenbrock, con una calma casi pasmosa, considerando lo agitado de la noche anterior.

Ya caída la tarde, mientras Tomas disfrutaba de un té de hierbas y escribía en su libreta, recibió la visita que tanto esperaba.

Oliver Andrews apareció en la ventana trasera de la casa, golpeando el vidrio varias veces para llamar su atención.

Tomas abrió y lo dejó entrar.

—Siento que eres como el perro que le ladra a su amo para que le abra la puerta —le dijo, con humor.

—Si lo piensas así, quizás la próxima vez deba ladrar de verdad —respondió Oliver, siguiéndole el juego.

—Por favor, no hagas eso jamás… Cuéntame: ¿cómo están las cosas por la ciudad?

—Mucho mejor de lo que esperaba, para ser honesto. La algarabía nocturna parece haber cesado. Y no es para menos: lograron derrocar al Mayor Wildrem. Creo que eso, al menos, le trajo algo de paz a la mayoría de la gente.

—Sí, algo escuché. Lo que más me inquieta es la autoproclamación de Winsor. Las cosas no debían darse así; sin duda, esto es un gobierno de facto.

—Es cierto. Y, hasta donde pude ver, nadie se opuso a eso.

—Porque no hay nadie que pueda o quiera oponérsele. Es el escenario perfecto para Winsor.

Tomas sirvió un poco de té y se lo ofreció a su amigo, mientras ambos se sentaban en la sala.

—¿Qué piensas hacer al respecto? —preguntó Oliver.

—No tengo jurisdicción para actuar en este momento.

Pero sí puedo investigar quiénes estuvieron detrás del movimiento de Winsor y llevarlos ante la justicia, uno por uno; eso, sin duda, lo debilitará.

Además, debo considerar una nueva visita a Elsa Qinx: estuve leyendo el diario que conseguiste en la mansión Wildrem y creo que ella todavía tiene respuestas para darnos.

Oliver se quedó pensando un instante, como debatiéndose consigo mismo. Tomó un largo trago de té y luego habló.

—Mira, Tom: estuve indagando por ahí y creo tener una pista clave sobre los desaparecidos.

—¿Hablas en serio?

—Sí, amigo. Hace un tiempo te mencioné que tenía un informante; al parecer, los distintos movimientos que hicimos abrieron brechas y algunas conjeturas terminaron confirmándose.

Esta persona me asegura que nos dará lo que necesitamos.

Solo hay que presentarnos, antes del anochecer, al final de la calle Birheim.

Tomas se quedó observando el rostro de su amigo por un instante.

—Si no te conociera tan bien, me conformaría con lo que me dices. Pero veo en tu rostro y en tu tono de voz que algo te incomoda de todo esto.

—No es nada, amigo. Simplemente estoy bastante agotado de ir de un lado a otro, escondiéndome y disfrazándome, y siento que este caso es un acertijo que se reescribe constantemente.

—Entonces te devuelvo tus propias palabras: mantente fuerte. Si tu fuente es tan confiable como dices, estaremos muy cerca de resolver este caso.

—Así será, viejo amigo… Por cierto, quisiera hacerte una pregunta, Tom.

—Dime.

—¿De verdad estás preparado para cualquier cosa? Mental y físicamente.

Tomas lo miró, sorprendido por la pregunta.

—Es una pregunta comprometedora. Pero, aunque no lo estuviera del todo, debo mantenerme sereno y listo para lo que sea que ocurra. ¿A qué se debe esa pregunta?

Oliver dejó escapar un suspiro leve.

—No es nada, amigo. Es solo la incertidumbre que me genera pensar en lo que puedas encontrarte ahí.

—Un momento. ¿Eso quiere decir que tú no vendrás?

—Como tú mismo dijiste, no conviene que andemos juntos por ahí; además, a mí me están buscando.

—En eso tienes razón. Pero ¿cómo se supone que reconoceré a tu contacto?

—No hay problema. Mi contacto te reconocerá a ti fácilmente; solo tienes que llegar al lugar —dijo Oliver, poniéndose de pie.

Le dio a Tomas un abrazo, más fuerte de lo habitual.

—Mañana será un gran día. Que descanses, amigo —dijo, antes de salir con rapidez por la ventana de la casa de Hildegan.

Tomas no tuvo tiempo de decir nada más.

Se quedó desconcertado por la actitud de Oliver; algo no había terminado de gustarle. Pero confiaba en la palabra de su amigo y no faltaría a la cita del día siguiente.