Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Colusión

Winsor entró al despacho circular y miró a Collins con el ceño fruncido, sin decirle nada. Siguió de largo hasta el balcón y contempló, extasiado, las últimas imágenes de Charles Wildrem, en lo que ya consideraba su propio despacho.

La gente empezó a fijarse en la presencia del nuevo líder revolucionario. Asegurándose de que todos lo estuvieran mirando, Winsor alzó el puño derecho en señal de victoria. La algarabía no tardó en llegar: aplausos y algunas lágrimas que parecían de puro desahogo.

—La noche que hoy nos envuelve fue cómplice de un hecho nefasto para todos nosotros.

Pero es, precisamente, a partir de este pozo macabro donde comenzaremos una nueva era, en la que la prosperidad sea el camino.

Los invito a que, dentro de tres días, despidamos a nuestro querido Hildegan como se merece.

La gente se abrazaba, coreando el nombre de Winsor al unísono.

Como si fuera una señal de cierre, el cielo empezó a relampaguear, anunciando lluvia inminente, y la mayoría de la gente se fue dispersando poco a poco, rumbo a sus casas.

Oswald Winsor cerró el ventanal y abrió, sin mayor ceremonia, la licorera que había pertenecido a Wildrem.

Eligió el licor más costoso entre las botellas, se sirvió un buen trago y se acomodó en el asiento, acariciando los brazos de la silla como quien disfrutaba cada instante, cada fibra del momento.

Notó, entonces, que Víctor Collins lo observaba, a la espera de alguna instrucción.

—Realmente fue bíblico todo lo que acaba de pasar, ¿no lo cree? —le preguntó Winsor.

—¿Qué puedo decir? Disfruté como nadie viendo el rostro lóbrego de Wildrem. Fue todo un placer.

—Ahora entiende por qué le pedí que trajera a Wildrem hasta aquí, ¿verdad, Collins? Es una especie de revancha poética: tenía que caer justo en el lugar que me arrebató, el mismo que parecía un templo dedicado a su familia —dijo Winsor, sonriendo con satisfacción mientras encendía un tabaco.

—No entiendo mucho de poesía, señor, pero quizás esta dulce venganza se le acerque bastante —respondió Collins, riendo también.

—No se relaje todavía, jefe: aún le quedan un par de asuntos por resolver. Primero, hay que diseñar la estrategia para que usted «encuentre» a los desaparecidos y recupere su reputación. Segundo, hay que atrapar al señor Barnoc y sacarlo de aquí para siempre.

—¿No sería más simple eliminarlo, en lugar de exiliarlo? —preguntó Collins, con un dejo de crueldad.

Winsor se quedó mirándolo un instante mientras aspiraba el humo de su tabaco.

—Haga lo que quiera, Collins. La suerte del señor Barnoc me tiene sin cuidado. Pero sea precavido: no podemos desestabilizar lo que tanto costó conseguir.

Sintiéndose totalmente respaldado, Collins hizo el saludo oficial.

—Pierda cuidado. Empezaré de inmediato. Espere noticias pronto, señor, y, nuevamente, lo felicito por su conquista. Será un placer servirle.

Víctor Collins salió del despacho y, al bajar las escaleras, fue interceptado por Roxana Petkovic.

—Ah, es usted… —dijo Collins, con indiferencia.

—¿Puedo preguntarle a dónde se dirige?

—No es de su incumbencia. Pero, si tanto quiere saberlo, voy al Hotel Royal, a capturar al inspector Barnoc.

—Déjeme ahorrarle el viaje. Hace un momento hablé con Reginald Blaine: al parecer, el señor Barnoc escapó del lugar cuando intentaron detenerlo.

—Maldición… Bien, entonces será con el máximo esfuerzo. Reuniré a toda mi unidad y lo buscaré hasta debajo de las piedras, si hace falta.

—No sea tan iluso, Collins. Hay maneras más inteligentes y más eficaces de hacer las cosas.

—Estoy cansado de que me traten como a un tonto. No lo voy a permitir de nadie, y mucho menos de usted —dijo Collins, perdiendo la paciencia con facilidad.

—Entonces, no actúe como tal. Le diré lo que vamos a hacer.

—Escuche, Roxana: no confío en usted.

—Me tiene sin cuidado. No necesito su confianza. Pero puede trabajar conmigo y ganar mucho más, o seguir con sus métodos arcaicos y negarse a algo mejor.

—¿Qué diablos está tramando? —preguntó Collins, intrigado.

—En lugar de cazar a uno, podría cazar a los dos forasteros a la vez, manipulando a uno de ellos. Atraiga al lobo con la gallina.

Collins sonrió, casi con demencia, sintiendo que todo empezaba a salirle a su favor.

—Me gusta. ¿Qué hacemos, entonces?

—Usted solo acompáñeme.

Fascinado con la idea, Collins dispuso un carruaje de la policía y se dirigió al lugar junto a cuatro agentes más, que también habían acudido al centro cívico.

Mientras tanto, Oliver Andrews se acercaba a su guarida. Los truenos amenazantes anunciaban lluvia próxima, y él deseaba, más que nada, llegar a su refugio cálido y seguro: había sido un día largo y extenuante.

Aparcó el carruaje, se escabulló por el callejón y entró a la casa.

Se quitó el abrigo con rapidez y se apresuró a encender fuego en la chimenea: juntó algunos troncos y maderos, humedeció un papel con aceite y lo prendió con un cerillo. Poco a poco, el fuego se fue extendiendo entre los leños.

Aprovechando las brasas, llevó algunos fragmentos encendidos a la cocina para calentar agua y prepararse un té.

Sacó un pequeño pan de una bolsa y lo saboreó como si fuera el manjar más valioso de la tierra.

De pronto, se detuvo en seco: había oído un ruido.

Al principio pensó que era solo la lluvia golpeando el techo, pero enseguida notó que no era un simple goteo; el sonido venía de la sala.

Tomó un cuchillo con firmeza y se dispuso a investigar.

Al asomarse, encontró a Roxana Petkovic y a Víctor Collins, que le apuntaba con una escopeta.

—Vaya. De haber sabido que venían, habría preparado un banquete. Por desgracia, aquí solo hay migajas. Si me esperan, puedo ir a buscar algunos víveres para la ocasión —dijo Oliver, con sarcasmo.

—Ni se le ocurra distraernos con sus chistes absurdos. Y si piensa escapar por alguna ventana, le anticipo que hay agentes rodeando la casa —sentenció Collins.

—Impresionante, teniente. Parece que lo tiene todo planeado. Bastante sagaz de su parte —ironizó Oliver.

—Basta de burlas. Tenemos algo importante que ofrecerle, señor Andrews —dijo Roxana.

Oliver la miró, con desconcierto.

—Y yo que pensé que venían a arrestarme… Los escucho.

—Es hora, señor Andrews, de que tome el control de su destino, tal como se lo dije antes. La oportunidad está a su alcance.

—Señorita Petkovic, ¿por qué no se retira un momento? Yo voy a negociar con este sujeto, sin tanta retórica —propuso Collins.

—Usted quiere negociar conmigo. Ella ya lo estaba logrando —respondió Oliver, con burla.

—¿Por qué no te vas al demonio? —dijo Collins, acercándose para golpear a Oliver, acción que Roxana detuvo de inmediato.

—Jefe Collins, ha sido un día agitado. Déjeme la diplomacia a mí y vaya a refrescarse un poco afuera. No sirve de nada resolver esto a golpes.

—Haga lo que le plazca. Pero si este payaso vuelve a burlarse, le vuelo los sesos. La espero en la entrada.

Furibundo, Collins salió de la casa a esperar resultados.

—No puede quedarse tranquilo sin provocar a alguien, ¿verdad? —cuestionó Roxana.

—Por favor: es un pelmazo de primera. Es irresistible burlarse de él.

—Eso no lo discuto. Y, para ser honesta, tampoco confío en él. Pero, por ahora, debe concentrarse en las circunstancias apremiantes que tiene enfrente.

—Confianza… Interesante concepto. Dígame, Roxana: ¿por qué debería confiar en usted? Por lo que veo, acaba de venderme a la policía al revelar mi escondite.

—Puede verlo así. O puede agradecerme por haber revocado, hace apenas un momento, la orden de captura que pesaba sobre usted.

—¿A cambio de qué? Porque dudo mucho que sea por el aprecio que me tiene o por pagarme lo que me prometió desde el principio —dijo Oliver, con una mezcla de emoción y sarcasmo.

—No se haga ilusiones; una cosa no tiene nada que ver con la otra… Pero le ofrezco la oportunidad de salir de las sombras y de ser reconocido como se merece. Lo único que debe hacer es llevar al inspector Barnoc a un lugar que yo le indicaré.

Oliver dejó de lado su tono festivo y adoptó una actitud más seria.

—¿Por qué tengo que hacerlo yo? ¿Acaso la policía no tiene más efectivos para esa labor?

—Primero, porque las cosas se ganan y, si quiere reconocimiento, debe trabajar por él.

Segundo, como ya le dije, no confío en Víctor Collins: es un bruto desquiciado que traicionó a quienes le dieron de comer toda su vida.

No me imagino de qué más sería capaz. Pero descuide: yo me encargo de él.

Y tercero: el señor Barnoc ha desaparecido, y creo que, si alguien puede encontrarlo, es usted.

Oliver se quedó pensando un momento.

—Razones bastante poderosas y claras. Por cierto: ¿a qué se refiere con que Collins «traicionó a quien le dio de comer»?

—Víctor Collins conspiró contra el Mayor Wildrem para que Oswald Winsor ocupara su lugar.

Y, por cierto: es el mismo señor Winsor quien le ofrece esa amnistía.

Si hace lo que se le pide, le dará reconocimiento público y lo condecorará; al fin de cuentas, es quien ahora ocupa el cargo que Wildrem acaba de perder.

—Así que el Mayor Wildrem «perdió» su cargo… Pero, Roxana: ¿con base en qué me condecorará Winsor? No le encuentro el sentido.

—Porque dirá que usted apoyó la operación que finalmente encontró a los desaparecidos de Revenbrock. No le dé tantas vueltas, Oliver: al final, es un simple toma y daca.

Oliver se quedó pensando unos segundos, debatiéndose, al parecer, con algún dilema moral.

—No quiero que le hagan daño a Tomas. Y me preocupa que ese bruto de Collins se sobrepase; es evidente que le tiene un odio visceral.

—Puede estar tranquilo en ese sentido, Oliver. Creo que Collins va a tener que ausentarse del servicio por un tiempo. Necesita atender su salud.

—¿Está enfermo?

—No. Pero lo estará…

Oliver prefirió no preguntar más detalles; le generaba tanta intriga como temor lo que Roxana acababa de insinuar. Finalmente, bajó la cabeza y aceptó su oferta.

—Muy bien, Oliver. Sabia decisión. Pasado mañana, al caer el ocaso, asegúrese de que el señor Barnoc vaya al callejón Birheim.

—Así será —respondió Oliver, con voz apagada.

—Que tenga buena noche, señor Andrews. A partir de esta semana, será usted un hombre nuevo —dijo Roxana, despidiéndose con un beso.

Oliver no pudo evitar un revoltijo en el estómago. Pero, al mismo tiempo, sentía que la vida por fin le estaba dando la oportunidad que siempre había esperado.

Al salir de la guarida de Oliver, Roxana se encontró con un Víctor Collins desesperado por noticias.

—¿Y bien? ¿Logró conseguir algo?

—Más de lo que usted habría logrado en una semana de búsquedas y allanamientos… Va a trabajar para nosotros. Es una oferta que no pudo rechazar.

—Perfecto. Aun así, dejaré algunos policías encubiertos vigilándolo, por precaución.

—No pierda tiempo ni recursos, Collins. Se daría cuenta de inmediato y, si Tomas Barnoc nota que lo vigilan, toda la treta que armamos podría fracasar. Mejor manejar esto con mesura.

—¿Y si el plan falla? —cuestionó Collins.

—Esa posibilidad no me angustia en absoluto. Ya tengo la experiencia y la paciencia suficiente para hacer que cualquier cosa termine funcionando —sentenció Roxana.

Sin mucho más que decir, Roxana y Víctor subieron a los carruajes junto al resto de los policías y abandonaron el lugar.

La agitada jornada parecía llegar a su fin, a la espera de un amanecer que podría traer algo prometedor o revelar toda la magnitud de lo que ya había ocurrido y de lo que aún estaba por venir.