CAPÍTULO 21
Vox populi, vox Dei
El camino hasta la casa de Hildegan fue silencioso.
Tomas no pronunciaba palabra, y Oliver no se atrevía a preguntarle nada.
El único sonido era el de las ruedas al chocar contra algún adoquín suelto y, de vez en cuando, algún grito lejano que el viento traía consigo — sin duda, eco del descontrol que ya se vivía en la ciudad.
Al llegar, Oliver intentó una broma para animar a Tomas, sin éxito.
—Amigo, sé que no es el mejor momento para reír, pero al menos deberías recuperar algo de calma.
—No lo sé. Todo este trabajo me resulta decepcionante, de alguna manera.
—La realidad, con frecuencia, es decepcionante, amigo —concluyó Oliver.
—Yo podría haberlo evitado. Si hubiera detenido a Hildegan, si hubiera frenado su plan, él seguiría aquí… Lo que más me frustra es que ni siquiera pude atrapar a quien le disparó.
—Tom, no vale la pena seguir lamentándose.
Artemius Hildegan tomó su propia decisión; no podemos forzar las cosas.
A veces creemos que aferrarnos a una idea es lo correcto, porque asumimos que podemos cambiarla — pero no siempre es así.
Tú mismo me enseñaste la sabiduría que hace falta para reconocer el momento justo de seguir, o de detenerse.
Ahora toca continuar, trabajar para desentrañar los secretos que aún quedan aquí y traer paz a quienes la necesitan.
Lo sabes bien: no puedes quebrarte ahora.
La resiliencia es la virtud que más debe brillar en ti.
—No tienes idea de cuánto valoro tu compañía en este momento… Y hablando de avanzar: ¿lograste tu cometido en la mansión Wildrem?
Oliver sonrió, y sacó un diario de su abrigo.
—Pregúntate si hay algo que me hayas pedido que no haya logrado.
No fue nada complicado; no había nadie rondando que pudiera detenerme.
Logré escalar hasta el estudio, moví la estantería, y encontré una caja fuerte bastante resistente — que, aun así, terminó cediendo ante mis fascinantes artilugios.
Tomas hizo un gesto de reprobación, aunque reconociendo, al mismo tiempo, las habilidades de su amigo.
—Debo decir que me alegra que hayas tomado un camino recto en medio de todo esto. Serías el ladrón más famoso de Brumville.
Oliver rio, con efusividad, antes de adoptar una postura más seria.
—Me tomé la libertad de leer un poco mientras esperaba afuera del teatro. Deberías analizar bien ese diario; hay cosas bastante extrañas ahí dentro.
—Está bien. Por ahora me quedaré aquí; será un buen escondite. Te recomiendo que tú también te ocultes: recuerda que tu cabeza todavía tiene precio.
—Sí, Tom, lo tengo claro. Iré a mi refugio, y volveré en cuanto tenga alguna novedad. Nos vemos, amigo.
Oliver se marchó a toda velocidad en su carruaje. Tomas entró a la casa, cerró la puerta, y dejó escapar un largo suspiro: había contenido el aliento todo el camino, para no preocupar a su amigo, pero no podía negarse a sí mismo el malestar que llevaba por dentro.
En cuanto se recompuso, dejó el diario de Wildrem y su abrigo sobre la mesa, y empezó a buscar lo que Hildegan le había confiado.
Enseguida vio una pequeña estatuilla en la tercera repisa: la figura de un pregonero, tal como Artemius se lo había indicado. En una de sus manos sostenía un papel enrollado. Tomas lo tomó, y comenzó a leerlo.
Inspector Barnoc.
Espero que sea usted quien lea estas últimas palabras. Si es así, significa que algo me ha ocurrido.
En nuestro primer encuentro, después de intercambiar unas palabras, comprendí que quizá todavía había una luz al final del túnel, y eso me llenó de regocijo. Pero, para mi desgracia, siento que no tendré la dicha de ver el renacer de Revenbrock.
No sé cómo interpretará usted lo que voy a decirle, pero en los últimos días he notado una actitud sumamente amenazante en Oswald Winsor.
Al principio lo consideré un aliado, un amigo, alguien en quien confiar.
Pero he sentido cómo esos ideales altruistas de los que hacía gala en el pasado se han ido esfumando, a medida que la presión sobre el Mayor Wildrem se hace más evidente.
Un aire de codicia y venganza se cierne sobre su persona, y ya comienzo a dudar de sus verdaderas intenciones — como si, de pronto, hubiera dejado caer una máscara, revelando ambiciones puramente egoístas.
Desde hace tiempo me ha dicho que espera la última pieza para completar su plan maestro.
Debe saber que esa pieza que le faltaba la encontró en usted; no sé de qué manera, pero así me lo dio a entender.
Al final, solo me pidió que hiciera el señalamiento público contra Wildrem, y me aseguró que él se encargaría de todo lo demás.
Me encuentro en el dilema de no saber si mi ayuda, lejos de arreglar este mundo descalabrado, termina hundiendo a su gente en un panorama aún más desgarrador, sin que ellos siquiera lo sepan.
Para mí ya no queda nada más, señor Barnoc, salvo la esperanza de que usted logre darle a esta gente un mejor porvenir.
Considere esto una confesión final.
Con excelsa admiración y gratitud,
ARTEMIUS HILDEGAN.
P.D.: entre las dos damas de negro, confíe en aquella que lleva el broche con forma de elefante. A la que tiene una pulsera con forma de serpiente, mejor cuestiónela.
Tomas soltó el papel, en absoluto desconcierto.
Se agarraba la cabeza, caminando de un lado a otro, hasta que su divagación fue interrumpida por un grupo de gente corriendo por la calle.
Se escondió contra la pared, para no ser visto desde la ventana, y logró escuchar, entre el ruido, un par de frases sueltas:
—¡Lo vamos a acorralar!
—¡Vamos rápido, o no tendremos oportunidad de verlo caer!
Fueron algunas de las frases que alcanzó a distinguir. ¿A quién se referían? No pudo saberlo. Y en ese momento no tenía forma de averiguarlo; lo más sensato era mantenerse al margen.
Al volver la vista hacia la mesa, reparó de nuevo en el diario de Wildrem: lo mejor sería invertir el tiempo en descifrar los secretos que aquel texto pudiera guardar.
Un océano oscuro de sentimientos, atravesado por una pasión apenas contenida: así se encontraba Tomas Barnoc en aquel instante.
Mientras tanto, en una de las calles de Revenbrock, un carruaje avanzaba a toda marcha; las ruedas parecían a punto de desencajarse y provocar un vuelco, pero no había tiempo para detenerse. Debía continuar su marcha frenética.
El vehículo solo se detuvo al llegar a su destino: el centro cívico. De él descendieron, con rapidez, el alcalde Wildrem, Víctor Collins y dos agentes más.
El jefe de policía ordenó a sus hombres custodiar la entrada principal, mientras él y el alcalde entraban al ayuntamiento y cerraban las puertas desde adentro.
Subieron con desesperación hasta el despacho de Wildrem.
El alcalde estaba inquieto por no encontrar la guardia habitual en cada puerta a lo largo del recinto.
Ya en su oficina, el Mayor abrió una botella de licor y bebió casi hasta ahogarse.
Cuando por fin logró tragar, miró a Collins y empezó a increparlo.
—¿¡Qué demonios pasó, Collins!? ¿¡Dónde estaba su tan infalible vigilancia!? —gritaba, fuera de sí.
—No tengo respuesta, señor. Se hicieron las verificaciones de rutina a quienes entraban al lugar; no se detectó a nadie hostil, y mucho menos armado.
—Ah, ¿no? Entonces, ¿cómo explica que le hayan disparado a Artemius Hildegan? Su grado de incompetencia ha alcanzado niveles astronómicos.
—Escuche, Mayor: hice todo lo que usted me pidió. Además, debería sentirse aliviado; ese hombre era un opositor férreo.
—De verdad no logro entender su falta de criterio.
¿¡Cómo puede ser tan torpe!? La muerte de ese hombre se va a convertir en una sentencia contra nosotros.
Parece que ni siquiera notó la reacción de la gente.
Aunque no fuera santo de mi devoción, tener a Hildegan bajo control era también un arma de sometimiento sobre la población. Era su entretenimiento.
—Mayor, usted siempre se ha vanagloriado de su gran control y su liderazgo. Quizás ahora se le ocurra algo —dijo Collins, con ironía.
—En algo pensaré, ya que es evidente que no puedo esperar lucidez de mis subalternos. A propósito: ¿dónde está la guardia? En el momento más peligroso, apenas hay dos hombres custodiando el ayuntamiento.
—Debería agradecer, Mayor, que al menos están esos dos. Los saqué del Teatro Olimpo tan rápido como pude; no hubo tiempo para dar más órdenes. De lo contrario, seguiría usted en ese lugar convertido en trampa, acorralado y aterrado.
—No tengo nada que agradecerle. Ese es su trabajo. No pretenda que lo trate como a un héroe.
Víctor Collins empezaba a sentir un profundo malestar hacia Wildrem, ante cada palabra que solo buscaba minimizarlo y agraviarlo.
—Tengo claro mi lugar, pero debe darse cuenta, Mayor, de que…
—Shhh. Silencio. ¿Qué es eso? —lo interrumpió Wildrem, aguzando el oído, tratando de distinguir un rumor lejano.
El sonido comenzó tenue, casi monótono, pero pronto se convirtió en una algarabía ensordecedora.
El alcalde abrió el enorme ventanal a sus espaldas y se asomó al balcón. Lo que vio le recordó, casi a la perfección, aquella revolución ocurrida décadas atrás en un país lejano, encabezada, entre otros, por aquel a quien llamaban «el incorruptible».
Una marejada de gente, con antorchas, horcas y garrotes, avanzaba directo hacia el centro cívico.
—Maldición, Collins, mire lo que le decía. Véalo usted mismo —le indicó Wildrem, haciéndole señas para que se acercara al balcón.
La multitud avanzaba sin detenerse. Los dos policías que custodiaban la entrada no tenían defensa alguna contra semejante horda, y optaron por abandonar su puesto para no ser agredidos.
Con troncos usados como arietes, la gente empezó a golpear la puerta, hasta destrozar las bisagras y derribarla por completo.
En su avance hacia el despacho, fueron destruyendo, quemando y arrancando todo objeto que representara a la familia Wildrem — sin la menor contemplación por estatuas ni pinturas. Todo era blanco de destrucción.
—¡Collins, tiene que hacer algo! —urgió Wildrem, con angustia.
—Creo que no puedo, señor. Al parecer, soy un inútil. ¿No es eso lo que usted me ha repetido todo este tiempo?
Wildrem lo miró, incrédulo y desesperado, mientras sentía que la gente se acercaba a su oficina. Con cada segundo que pasaba, podía escuchar los pasos del encuentro inminente.
Cuando el grupo llegó a la puerta del despacho principal, empezó a golpearla de la misma forma que la entrada del ayuntamiento.
La compuerta cedió rápidamente y se abrió de par en par.
—Cría cuervos, y te sacarán los ojos —dijo Víctor Collins, en voz baja, con un dejo de revancha, apartándose para dejar pasar a la turba enfurecida.
El alcalde quedó paralizado de terror al ver que su única protección, el jefe de policía, simplemente lo había abandonado. Solo pudo observar cómo la gente entraba en grupos al despacho, cerrándole cualquier posibilidad de huida.
Retrocedió, casi por inercia, mientras gotas de sudor frío le recorrían el rostro.
No logró calcular tiempo ni distancia; apenas atinó a mirar hacia atrás cuando la baranda del balcón lo detuvo — pero ni eso bastó para sostener la fragilidad de su cuerpo en aquel instante.
Perdió el equilibrio por completo y cayó al vacío.
Su cuerpo golpeó el suelo con violencia, levantando una leve nube de polvo. Por fortuna, la caída no bastó para matarlo. Aunque, quizás, hubiera sido mejor que sí: la gente que aguardaba abajo parecía una jauría hambrienta, lista para lanzarse sobre él.
—¡Alto! —gritó una voz, deteniendo en seco a la horda que ya se acercaba a Wildrem.
La multitud se abrió, y dejó ver la figura de Oswald Winsor.
—Todo hombre, por infame que sea, merece un juicio justo —proclamó.
Herido, adolorido, Wildrem lo miró con un odio profundo.
—Usted… estuvo detrás de todo esto siempre… Esto es culpa suya.
—No, no. La culpa siempre fue suya, alcalde Wildrem. Algo que jamás entendió, estando en el poder, es que cualquier falla siempre recae sobre el líder. Es una característica que, precisamente, dignifica a los que gobiernan. Por cierto: creo que ya no necesita esto.
Winsor se acercó, se agachó y le arrancó del cuello a Wildrem el medallón que lo identificaba como Mayor de Revenbrock.
—Trate de mirar hacia adentro del ayuntamiento. El legado de su pérfida familia acaba de desmoronarse. Ha perdido, Mayor. No: ahora, simplemente, eres Charles.
Wildrem, con gran esfuerzo, alcanzó a ver la devastación que habían sufrido los enseres de su familia y todo lo que habían construido. No pudo contener las lágrimas.
Volviéndose hacia la multitud, Winsor empezó a hablar, en voz alta.
—¡Pueblo de Revenbrock! Es hora del juicio. Que alcen la mano quienes consideren que este hombre es inocente.
El silencio fue sepulcral; apenas se oía el crujir de las antorchas.
—Que alcen la mano quienes lo consideren culpable.
El clamor fue inmediato, unánime, ensordecedor.
—El pueblo ha hablado. Que sea el pueblo, entonces, quien decrete su castigo.
Con esas palabras, Winsor dio la espalda y entró al ayuntamiento.
Con el campo despejado, la gente se lanzó sobre el exalcalde sin ninguna contemplación. Lo ataron de pies y manos con una gruesa soga, y amarraron el otro extremo a una carreta tirada por dos caballos.
Wildrem, desesperado, aterrado hasta la médula, suplicaba clemencia — una que jamás llegaría.
Poco a poco, la carreta se puso en marcha, y el depuesto mandatario se perdió en el horizonte, arrastrado por las calles, mientras la gente le gritaba todas las calamidades imaginables, lo escupía, se burlaba, e incluso le arrojaba piedras.
Revenbrock se cobró venganza, de la manera más cruel y despiadada, con el último de la dinastía Wildrem