Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

—Ahí lo tienes, Tom: qué mal chiste resulta la moral que pretendíamos defender.

Mira ahora: la gente está desesperada, el falso civismo que sostenían se derrumbó por completo.

Pero no hay que verlo solo como algo malo, amigo; a veces, para que algo renazca, primero tiene que ser destruido…

Mira el símbolo que llevas en la solapa del abrigo: es un fénix.

Simboliza lo que hemos sido siempre. Podemos caer — está permitido caer —, pero jamás podemos dejar de levantarnos, una y otra vez.

Tomas se sintió reconfortado por esas palabras. Sabía que Oliver tenía razón, aunque le resultaba inevitable ver con malos ojos el colapso de un engranaje que, aunque defectuoso, al menos había evitado el desastre que ahora se había desatado.

Conforme se alejaban del teatro, encontraron calles donde la locura todavía no había llegado. Ya un poco más calmados, Tomas le preguntó a Oliver:

—Por cierto, Andrews: ¿no notaste nada inusual afuera?

—Bastante inusual, en realidad. Yo estaba escondido en una esquina, y de pronto vi a varios hombres — seis o siete, quizás — vestidos de negro.

Descargaron unas cajas en la entrada del teatro, encendieron antorchas y las dejaron a lo largo de la calle.

Al principio pensé que era parte del espectáculo.

Luego, uno de ellos se dirigió al callejón contiguo al teatro, y ya no vi más — solo la estampida de gente que salía tomando todo lo que encontraba a su paso: las antorchas y lo que había dentro de las cajas: armas blancas y de fuego. Todo se volvió un caos.

Oliver miró a Tomas con desconcierto, sintiendo que algo dentro de él se había quebrado de algún modo.

—Amigo, ¿qué piensas hacer ahora?

—Llévame al Hotel Royal. Pero no te vayas; después de eso, necesito que vayamos a otro lugar.

—Pero Tom, para esta hora, la muchedumbre furiosa ya debe estar convulsionando las calles cerca del hotel.

—No importa. Debo ir ahora mismo; su dueño tiene varias respuestas que darnos.

Oliver se limitó a asentir a la petición de Tomas, sin querer inquietarlo más con preguntas.

Con celeridad, llegaron al Hotel Royal, ya fortificado con tablas de madera en puertas y ventanas.

Sin medir precauciones, Tomas arremetió contra la puerta principal, y la abrió con violencia excesiva.

Reginald Blaine, pálido, lo miraba como quien acaba de ver un fantasma.

—Señor Barnoc… ¿qué… qué hace usted aquí?

—Tengo mejores preguntas para usted. Y las va a responder ahora mismo, quiera o no.

Acto seguido, Tomas desenfundó su revólver, y le apuntó al rostro — un gesto jamás visto en su forma habitual, tan mesurada, de actuar.

Reginald se quedó paralizado, una gota de sudor recorriéndole el rostro.

—No creo que las amenazas, o la tortura, sean su método, señor Barnoc. No conseguirá intimidarme.

—No tengo tiempo para sus análisis personales. Solo quiero conocer sus razones, y la verdad. Sé que recibió órdenes. Sé que me ha estado vigilando. Tiene tres segundos para responderme todo, o le disparo. Y ya voy en dos.

Reginald quedó completamente amedrentado, y de golpe, estalló, abandonando su habitual postura tosca.

—¿Qué sabe usted de mis razones? ¿Qué sabe del horror de no poder elegir, ni por uno mismo, ni por los suyos?

—¿De qué demonios está hablando? —presionó Tomas, mientras amartillaba el revólver.

—¡Mi hija, señor Barnoc! Mi hermosa Elisande fue secuestrada… Por eso he actuado así todo este tiempo. Por eso acaté cada orden que me dieron…

Reginald rompió a llorar, desconsoladamente.

Tomas bajó un poco la guardia, al verlo tan destrozado como nunca antes.

—Reginald, le pido que me explique con claridad qué está pasando. No entiendo nada.

—Inspector, cuando se supo la noticia de su llegada, eso se convirtió en un obstáculo para quienes conspiraban contra el alcalde.

A mí me contactó la señorita Petkovic, que sin ningún pudor me amenazó, exigiéndome que hiciera todo lo que se me indicara.

Al principio me negué, rotundamente; no quería involucrarme en nada ajeno a mis intereses, ni a los de mi hotel.

Pero, a la noche siguiente, llegaron unos hombres vestidos de negro, con el rostro cubierto.

Entraron a la fuerza, me golpearon hasta dejarme incapacitado, y se llevaron a mi dulce niña.

Reginald hizo una pausa, para tomar aire; el nudo en la garganta apenas le dejaba hablar.

—Después recibí una notificación, donde me aseguraban que debía obedecer sin titubear, o mi hija pagaría las consecuencias…

No tuve alternativa, y seguí cada orden al pie de la letra: informar cada movimiento de quienes se hospedaban aquí, guardar en las bodegas del hotel armas y objetos que ni siquiera me atreví a revisar.

Creo que las tenían preparadas para justamente este momento, porque, mientras la gente acudía al teatro, un grupo de hombres vino y se llevó cada caja que había ahí guardada.

—Entonces imagino que ya sabe que esas mismas personas acaban de asesinar a Artemius Hildegan…

Reginald lo miró, con auténtico asombro.

—No puede ser… Una víctima más, en toda esta pesadilla… Si le soy sincero, inspector, creí que el ultimado sería usted. Antes de irse, esos hombres me aseguraron que todo terminaría hoy. Me siento ultrajado, utilizado, y sinceramente avergonzado frente a usted.

Tomas lo miró, con compasión genuina.

—Dígame, Reginald: ¿por qué no me contó todo esto desde el principio? Yo habría podido ayudarlo. Mi misión aquí es encontrar la verdad.

—Créame, inspector, que lo odié desde que oí su nombre por primera vez; pensaba que su presencia era la causa de mi desgracia, y de la de mi hija.

Y si hablaba, no podía imaginar un destino peor que la muerte…

Ahora sé que no era así. Todos fuimos víctimas de un plan macabro.

No tengo redención posible; me equivoqué, por la desesperación que llevaba en el alma.

—Creo que eso lo explica todo.

Tomas hizo entonces el gesto más humano que le quedaba en ese momento — totalmente opuesto a la actitud que había mostrado apenas minutos antes — y abrazó con firmeza a Reginald, que lo recibió con verdadero fervor.

—Escúcheme, señor Blaine: aún no es tarde.

Sé que las cosas se van a aclarar, y le prometo que reuniré a su hija con usted.

Pero ahora necesito que recobre la compostura; es importante que no sospechen de usted.

Si vienen a buscarme, dígales que intentó retenerme junto a sus guardias, pero que logré escapar por el jardín interior, y que desconoce mi paradero.

Vaya a mi habitación, y desordénela lo más posible, así creerán que usted buscó pistas ahí. ¿Está claro?

—Sí, inspector. Así lo haré.

—Por favor, cuídese, y cuide también a sus empleados. Sería una locura salir a la calle en este momento.

Tomas se disponía a salir del edificio, cuando escuchó un último comentario:

—Inspector Barnoc… perdón.

Tomas respondió, asintiendo con la cabeza.

De vuelta en la calle, subió al carruaje de Oliver.

—Y bien, amigo, ¿lograste descubrir algo?

—Lo suficiente para saber en quién puedo confiar de ahora en adelante. Necesito que me lleves a la casa de Hildegan. Empieza a andar; yo te voy indicando el camino.