CAPÍTULO 20
La noche de los sueños rotos
El director de la orquesta sinfónica daba indicaciones precisas para que los intérpretes construyeran una melodía de ensueño.
El piano, los violines, los violonchelos, junto a los instrumentos de viento y cuerda, dieron vida a la gran apertura.
Las luces realzaban aún más el espectáculo: una rapsodia fenomenal, teñida de dramatismo.
De pronto, el telón comenzó a abrirse, y Artemius Hildegan apareció en medio de otros artistas, todos haciendo una reverencia de saludo.
El aplauso ensordecedor no se hizo esperar; la euforia era enorme.
Poco a poco, los artistas — menos Artemius — empezaron a bailar, en una coreografía sumamente elaborada.
La puesta en escena era brillante. La música recorría cada rincón del teatro, y los colores del vestuario, tan ingeniosos como cuidados, describían a la perfección la escena representada.
Como era de esperarse, Hildegan nunca reveló de qué trataba su obra; buena parte de su éxito se debía, precisamente, al misterio que envolvía sus historias hasta el momento de estrenarlas.
Pero poco a poco, por el vestuario y los nombres, el público empezaba a deducir la referencia.
Y, de vez en cuando, Hildegan también disfrutaba de hacer partícipe a la audiencia en sus dramatismos.
Era difícil asegurarlo, pero más de un espectador debió olvidarse de parpadear, absorto en cada gesto, cada palabra, cada movimiento de los intérpretes.
Entre acto y acto, solo había aplausos de punta a punta: la emoción y la admiración eran la moneda común de la noche.
Todos aplaudían al mismo ritmo — todos, menos Tomas Barnoc, que en cada intervalo volteaba la cabeza de un lado a otro, buscando alguna presencia inusual, especialmente en los balcones.
Pero solo lograba ver, una y otra vez, a Elsa Qinx aplaudiendo con una mezcla de desdén e ironía, y al Mayor Wildrem, que entre aplauso y aplauso bebía su licor favorito, mirando a la gente como si aquellos aplausos fueran para él.
Después de un par de horas, el acto final de la obra de Hildegan llegó a su clímax.
Había recreado una fascinante escena de la mitología griega: la epopeya de cómo Hades, dios del inframundo, había raptado a su sobrina Perséfone para llevarla a su reino y convertirla en su esposa.
Aquello sumió a su hermana Deméter en una profunda melancolía, al no saber nada del paradero de su hija — origen, según el mito, del invierno sobre la tierra, cuando la diosa de la agricultura abandonó su labor.
Concluida la escena, todos los intérpretes se retiraron, salvo Artemius, que permaneció frente al telón mientras este se cerraba, y alzó los brazos, pidiendo silencio.
—Reflexionemos, mis queridos espectadores, sobre lo que acaban de ver.
La vida en Revenbrock ha caído en un invierno interminable.
Todo lo que conocíamos se ha marchitado, poco a poco; el viento helado nos ha despojado del calor humano, incluso del amor propio…
Pero, en el análisis final, hubo un tirano que nos arrebató todo eso sin que nos diéramos cuenta — tal como le ocurrió a Deméter.
El público lo miraba, estupefacto, embelesado por sus palabras.
Artemius alzó la mano, y señaló con un dedo al Mayor Wildrem.
—El hombre sentado en aquel palco es coautor de todo lo que acabo de mencionar. Lo acuso, aquí, públicamente.
Todos voltearon a mirar a Wildrem.
—¿De qué está hablando, Hildegan? —cuestionó el alcalde, en voz alta.
—Del dolor espiritual que usted, junto a su familia, ha causado a este pueblo… No: usted quebró a Revenbrock, directamente, con sus acciones arteras y egoístas.
—¿Y qué exige, Hildegan? ¿Justicia? Jamás entendería usted todo lo que mi familia ha hecho por este condenado lugar. Y, por si lo olvidó: fui elegido por esta misma gente para dirigir los destinos de Revenbrock. Yo no obligué a nadie: ellos pensaron en lo que era mejor para sí mismos.
Los espectadores empezaron a mirarse entre ellos, murmurando.
—¿Y acaso lo que encontraron no fue pura maldad? Su forma de proceder siempre fue reprochable.
—Se equivoca, Hildegan. A pesar de las formas que usted cuestiona, créame que se puede hacer justicia incluso desde lo que parece maldad — aunque yo no lo llamaría así. Yo lo definiría, más bien, como severidad.
—No espero justicia de su parte, Wildrem. Pero sí exijo resarcimiento, y que pague por el daño causado. Aunque, siendo honesto, usted no ha sido más que un peón de fuerzas que ni siquiera conoce —dijo Hildegan, buscando incomodarlo.
—¿Qué clase de bufonada está diciendo? ¡Este hombre ha perdido el juicio! —gritó Wildrem, ya al borde de perder los estribos.
—Eso mismo les pasó a usted y a su estirpe: dementes, rufianes, asesinos, cobardes.
—Tanto drama lo ha vuelto loco, Artemius. Su vida entera es un teatro, y ha perdido el sentido de las proporciones. Además, debería recordar que Revenbrock siempre me ha elogiado por mi enorme labor —insistía Wildrem, mientras notaba cómo los murmullos de la platea empezaban a ganar volumen.
—¿De verdad lo cree? Parece convencido de que este pueblo terminará sufriendo una especie de síndrome de Estocolmo.
Pero se equivoca: jamás lo van a querer…
Cuando la traición que le hizo a su gente tiña de rojo las calles, entenderá todo el daño que ha causado.
No trate de esquivar sus responsabilidades acusándome a mí de demencia —replicó Hildegan.
De pronto, algunas personas empezaron a aplaudir, sin saber que aquel intercambio ya no era parte de la obra. En cuestión de segundos, el tímido sonido de esas palmas se convirtió en una avalancha, resonando desde cada rincón del teatro.
—Es inaudito… Estos son sus borregos sometidos, Wildrem: que aun con la verdad de frente, aplauden su irónica realidad, totalmente inconscientes… ¡Malditos sean los que hoy se arrodillan!
Wildrem empezó a reír, con sarcasmo, convencido de tener la situación bajo control.
Pero todo cambió de golpe. Un par de destellos brillaron detrás del telón, acompañados de un sonido seco — el inconfundible estampido de un disparo.
El resplandor sacó de su trance a los espectadores, que hasta entonces seguían aplaudiendo como autómatas; todos quedaron petrificados, sin entender qué pasaba.
Artemius Hildegan movió los ojos con rapidez, como buscando algo, y de pronto se desplomó sobre el escenario, en una caída que pareció casi calculada.
Las personas de la primera fila vieron, horrorizadas, salpicaduras de sangre.
¿De dónde venían?, se preguntaron. Cuando el público entendió que el cuerpo tendido en el escenario era, en efecto, el de Hildegan, tiroteado, la reacción fue inmediata: como un panal de abejas violentado.
Una horda escandalizada y furiosa empezó a correr sin control, pisoteando a quien se cruzara, algunos señalando y gritando hacia el palco de Wildrem, otros simplemente huyendo a la calle, presas del pánico absoluto.
El Mayor Wildrem apenas lograba articular palabra, completamente paralizado. Solo reaccionó cuando Víctor Collins lo ayudó a levantarse, para sacarlo de ahí; era inminente que la turba los atacara si no se iban de inmediato.
El inspector Barnoc se abrió paso entre la multitud para llegar hasta Hildegan lo antes posible. Cuando por fin llegó junto a Artemius, encontró un cuerpo tambaleante: los nervios destrozados por el impacto de los disparos, las heridas evidentemente mortales. No había forma de salvarlo.
—Tranquilícese, maestro Hildegan. Trataré de detener la hemorragia —dijo Tomas, desesperado, buscando un pañuelo en su traje para hacer presión sobre las heridas.
Artemius sostuvo la mano de Tomas, y sonrió apenas.
—Ya… está hecho…
Tomas lo miraba, abrumado, sabiendo que se acercaban los últimos minutos de Hildegan.
—En mi casa… busca en la est… est… estatua del… pre… pregonero…
Con un último suspiro, sus ojos mansos se apagaron. Artemius Hildegan dejó este mundo con la satisfacción de haber honrado, hasta el final, sus convicciones y su forma de ver la vida.
Tomas abrazó su cuerpo con fuerza, sintiendo un dolor punzante en el pecho. Luego sacudió la cabeza — todo se había salido de control, pero debía actuar. Dejó el cuerpo de Hildegan, y corrió hacia los vestuarios del teatro, en busca del autor del crimen.
Recorrió cada rincón sin éxito, sin encontrar rastro alguno. Al final, halló abierta la puerta trasera del teatro: seguramente, el asesino había escapado por ahí.
Al salir del Teatro Olimpo, solo alcanzó a ver un torrente interminable de gente corriendo, en pleno pandemonio: saqueos, destrozos por todas partes, gente peleando entre sí. Una escena digna del infierno de Dante.
De pronto, un carruaje se le acercó con brusquedad. Era Oliver, que había llegado a sacarlo de ahí.
—¡Sube rápido, hay que largarnos! —fue lo único que alcanzó a gritar.
Sin perder un segundo, Tomas saltó a la parte trasera del carruaje, que arrancó a toda marcha en cuanto sintió el peso extra del inspector.
—¿Podrías explicarme qué diablos está pasando? —preguntó Oliver, agitado, esquivando obstáculos en el camino.
Tomas se llevó las manos a la cabeza, incapaz de asimilar del todo lo que acababa de ver, ni la reacción que había desatado.
—¿Recuerdas esa máxima de que al pueblo se le gobierna con pan y circo? Pues acaban de eliminar el circo, y eso hizo estallar la poca sensatez que quedaba en este lugar.
—Necesito una explicación más clara, amigo. No termino de entenderte.
—Mataron a Artemius Hildegan. Por eso se desató la locura…
Oliver tragó saliva.