Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

—Cuando Howard murió, sentí que era el momento indicado para devolverle algo de equilibrio a las cosas y decidí confrontar a los Wildrem.

Sin embargo, con los años empecé a sufrir graves secuelas de la guerra y tuve que medicarme para controlar esos episodios grotescos que se apoderaban de mi mente y que, a veces, me hacían perder el sentido de la realidad.

Para mi desgracia, usaron esa misma condición como excusa para aislarme e impedirme aparecer en la plaza pública.

El propio Astor Wildrem me dijo, una vez: «Dese por bien servido, viejo.

Agradezca que la placa en su honor todavía sigue en el ayuntamiento».

Era un hombre despreciable, mucho más cruel que su propio padre.

Créame: no me alegró su muerte. Pero le aseguro que el mundo está mejor sin él.

—Me he dado cuenta de que ese es un sentimiento que comparte gran parte de esta demarcación.

Se hizo un silencio de varios minutos.

—Sir Nicolas, debo ir a ver a Artemius Hildegan antes de que empiece su obra. De antemano, ha sido un verdadero placer poder conversar con usted. Me gustaría hacerle una última pregunta: ¿qué opina usted sobre los desaparecidos?

—Que, sin importar quién haya sido, puedo asegurarle que el actual alcalde Wildrem o el hijo de Isaac Winsor pueden tener la respuesta.

Fue una respuesta contundente, sin el menor titubeo.

—Cuídese mucho, hijo, y dele un saludo muy especial a su abuelo.

—Así lo haré, Sir Nicolas.

Tomas se levantó y se despidió con un emotivo saludo militar. Luego se dirigió con rapidez hacia los vestuarios del teatro, donde lo esperaba Artemius Hildegan.

Al llegar, golpeó la puerta con fuerza; el eco retumbó por los pasillos del enorme edificio.

De inmediato, un asistente de Artemius abrió y le indicó que pasara.

Adentro, Hildegan repasaba los últimos detalles con varios colaboradores antes de salir a escena.

Pero, al ver a Tomas, se detuvo y se dirigió a él con gran efusividad.

—¡Inspector! Me complace tenerlo aquí. Creí que nunca llegaría.

—Mucho más me complace a mí, maestro Hildegan. Disculpe la tardanza, pero tuve un encuentro de lo más interesante con Sir Nicolas Brentford.

—Un personaje encantador. Siempre viene al teatro.

—Pero creo que no es el único. Es increíble la cantidad de gente que vino a presenciar su obra.

—En verdad que sí. Algunos son gente del pueblo, maravillados por las bellas artes. Otros son ególatras que creen conocer la belleza del teatro, pero solo vienen a exhibir su propia vanidad.

—Creo saber a quiénes se refiere.

—Seguro que sí. Ya debió haberlos visto a todos en el vestíbulo principal.

—Maestro, necesito preguntarle algo que me inquieta bastante: ¿en qué consiste, exactamente, el plan de hoy?

—No es nada descabellado, inspector, puede estar tranquilo.

Solo quiero poner al alcalde en evidencia frente al pueblo, entre la espada y la pared, sin forma de escabullirse.

Si se niega a responder, quedará comprometido.

Si decide marcharse, todos lo darán por culpable.

Ya mucha gente ha sufrido, señor Barnoc; por eso, ahora merecen paz, verdad y resarcimiento.

—Supongo que puede funcionar. En todo caso, quiero que sepa que estaré en primera fila, para lo que necesite.

—Ya que lo menciona: necesito que tenga esto.

De un cajón, Hildegan sacó una llave y se la entregó a Tomas.

—Esta llave abre la casa donde nos vimos por primera vez, la misma en la que he pasado estos años de confinamiento en Revenbrock. Quiero que la conserve; puede serle útil en algún momento.

—¿Y el señor Winsor?

—Él solo iba ahí para esconderse o para hablar conmigo sobre su rencor hacia Wildrem. Pero no suele vivir en ese lugar.

—Para ser honesto, maestro Hildegan, este obsequio me abruma. Es casi como si usted ya no necesitara ese hogar… o, al menos, esa es la impresión que me da.

—Señor Barnoc… esa nunca fue mi casa.

Un asistente se acercó a ambos para avisarles que ya se acercaba la hora de comenzar.

—Inspector, en cualquier caso, quiero que sepa que, después de hoy, las cosas serán distintas. Tengo fe en que así será: las buenas causas siempre terminan por triunfar.

—Eso mismo espero, maestro Hildegan. Tomaré mi lugar en la sala y le deseo éxito con su obra, aunque no creo que le haga falta ninguna suerte; por algo es de los mejores.

Tomas le dio un abrazo a Artemius y salió de los vestuarios.

Al llegar a la sala principal, vio que gran parte del público ya había tomado asiento: un número verdaderamente impresionante de personas.

Recorrió el lugar con la mirada, tratando de ubicar a cada quien.

Como era de esperarse, los balcones más centrales estaban reservados a los privilegiados: en uno, Wildrem y sus asistentes; en otro, Elsa Qinx con su servidumbre.

Pero lo que más le llamó la atención fue un balcón en la parte más alta, el único sin ninguna luz que lo iluminara y, a simple vista, el mejor asiento de todo el teatro.

Un detalle menor, quizás, pero que despertó sus sospechas de inmediato.

De pronto, las luces empezaron a parpadear. La música, interpretada por distintos instrumentos, comenzó a sonar: la obra daba inicio.

Tomas se limitó a ocupar su lugar y esperar.

La hora cero había llegado.