Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Revelaciones del pasado

—Tomas Barnoc… nieto de August, ¿verdad? —dijo el anciano.

—Sí, señor. Disculpe mi ignorancia, pero no tengo claro quién es usted ni por qué conoce mis raíces.

—Tranquilo, muchacho. No esperaba que me reconocieras. Mi nombre es Sir Nicolas Brentford.

Atónito ante la revelación, Tomas adoptó una postura de mayor respeto.

—¡Por todos los cielos! Esto es sumamente inesperado. Es todo un honor conocerlo. Mi abuelo me habló mucho de usted y lo recuerda con gran aprecio.

—El sentimiento es compartido. Un verdadero caballero: muy noble, cumplidor de su labor a cabalidad. Me honra tener frente a mí al descendiente de un gran hombre. Disculpe mi nostalgia al hablar de su abuelo; soy un viejo melancólico.

—En absoluto, señor. Le agradezco sus palabras.

Sir Nicolas lo observó durante unos instantes.

—¿Es usted casado, inspector? Lo digo por esa argolla de plata en su mano izquierda.

—No, Sir Nicolas. Es, simplemente, una alianza con un futuro que no sé si llegará —contestó Tomas, con énfasis.

—Sorprendente respuesta, digna quizás de un inspector… He oído hablar mucho de usted, Tomas Barnoc, y le imploré a Dios tener este encuentro.

—¿A qué se debe eso, Sir Nicolas?

—Porque hay muchas cosas que necesito decirle, cosas que usted debe saber. Y porque, en el ocaso de mis días, solo puedo hacer una cosa por las futuras generaciones: darles un mejor porvenir.

—Usted ha hecho por este lugar más que cualquiera. Arriesgó su vida defendiendo a su nación en una guerra. Revenbrock le debe mucho más de lo que le ha dado.

—No importa el reconocimiento; importa lo que se hace por convicción. No lo olvide. Ahora bien: quiero contarle cosas del pasado que, estoy seguro, le darán mayor entendimiento del presente.

—¿De qué se trata, señor?

—Hace muchos años, un grupo de familias se reunió con el fin de construir, de la nada, una verdadera utopía autosustentable en Revenbrock, sobre todo porque el gobierno central nos tenía en el olvido más absoluto.

Como representantes, estaban las cabezas de cada familia: Howard Wildrem, Phineas Allister, el Mariscal Marcus Qinx, Isaac Winsor y Artur Gravenheim.

Yo tuve la suerte de acompañar aquella asamblea.

—De los nombres que menciona, creo conocer a varias personas relacionadas con ellos actualmente, y me interesan en particular algunos. Pero, por favor, continúe con su relato —intervino Tomas.

—Recuerdo que Phineas Allister, por ejemplo, era un hombre de buen corazón. Siempre manejó la cordialidad y la etiqueta que le inculcaron desde niño y, en la mayoría de los casos, anteponía los intereses comunes al bienestar personal.

—Un genuino filántropo, entonces.

—Así es. Howard Wildrem, en cambio, siempre fue un hombre de temperamento hostil, sin carisma, con un ego tan grande como el bigote que lucía.

Nunca le agradó la actitud benévola de Phineas; sentía que no correspondía a alguien que debía mantener el control y el poder.

Pero tenía que aceptarla, porque era Phineas quien financiaba gran parte de sus proyectos.

—Disculpe que intervenga de nuevo, Sir Nicolas, pero creía que la familia Allister había sido siempre un leal servidor de los Wildrem.

—Muchos lo piensan. La realidad es que Phineas tuvo la desgracia de morir siendo muy joven.

Él y su esposa viajaban por una región azotada por un virus mortífero.

Antes de morir, le pidió a Howard que se hiciera cargo de su descendencia.

Howard aceptó… pero, claramente, también se hizo cargo de sus bienes.

»Por otro lado, estaba Marcus Qinx, un nombre que ya reconocerá: un militar brillante. Serví junto a él en la guerra. En lo social, era cordial, servicial, ordenado. No así en su vida personal.

—Conocí a su esposa, y debo decir que no habló de él con aprecio. Más bien lo contrario.

—Hay una razón para eso. Elsa fue la hija menor de una familia poco agraciada, pero ambiciosa, que solo buscaba sobresalir en sociedad a toda costa.

Encontraron en los Qinx el vehículo perfecto para lograrlo y obligaron a Elsa a casarse con Marcus, pese a la enorme diferencia de edad entre ambos.

Por desgracia, eso solo trajo más problemas, como era de esperar.

Marcus sí la quería, pero ella siempre lo despreció: a él y a toda su familia.

No puedo imaginar la desesperación a la que ambos quedaron sometidos por decisiones que no eran suyas.

—No justifico lo que me dijo Madame Qinx en su momento, pero debo admitir que ahora la compadezco un poco —comentó Tomas.

—Isaac Winsor, por su parte, era un hombre cuyo único deseo era acumular riqueza: tener negocios de costa a costa y hacer tratos con quien fuera necesario para sobresalir. Un tipo bastante desagradable, para ser honesto.

—Supongo que es el padre de Oswald Winsor.

—Un personaje ambicioso, si me permite el término… Y finalmente estaba Artur Gravenheim. Él sí era un visionario, adelantado a su época: diseñó los planos de las fábricas, pensando en los detalles más minuciosos de cada dependencia. Sin duda, el verdadero maestro creativo de aquella sociedad.

—Me gustaría que se detuviera un momento en él, Sir Nicolas. Quiero saber más sobre el señor Gravenheim.

—¿De verdad? Debo decir que me deja perplejo. Habría pensado que le interesaría más la estirpe Wildrem, o incluso la de los Winsor. ¿Por qué indagar en alguien que ya falleció y que no dejó descendencia?

—Yo habría pensado lo mismo, Sir Nicolas. Pero, por más que busqué entre cielo y tierra, no encontré ningún dato sobre esa familia. Aun así, en el curso de mi investigación, he notado que sigue moviendo los hilos de algún modo.

—No sé qué decirle, inspector. Lo llamé con el deseo de darle información y de pagar así una deuda que tengo con el universo por todo lo que su abuelo hizo por mí.

Y ahora me doy cuenta de que han pasado cosas que ignoro por completo…

Verá: Artur era un verdadero autócrata. No digo que estuviera por encima de la ley, pero tenía un don de mando muy marcado y un sentido claro de lo que buscaba.

Fue él quien, en un principio, reunió a las familias; aunque la suya ya era poderosa, sabía que no podría emprender un proceso de esa magnitud en solitario.

Lo cierto es que, con el tiempo, solo se hablaba de los Wildrem y los Winsor.

Los demás, para ser sincero, dejaron de importar.

Tomas se quedó unos segundos observando el rostro de Sir Nicolas, buscando algún signo de duda en sus palabras. Pero el anciano se mantuvo firme y sereno.

—¿Cómo es posible que se olvide con tanta facilidad a familias tan importantes? No hablamos de más de dos generaciones; es imposible que nadie notara que una familia como los Gravenheim desapareciera sin dejar rastro —cuestionó Tomas.

—Inspector Barnoc, salvo algunos afortunados hijos de terratenientes y empresarios, el resto de los jóvenes —yo incluido— fuimos enlistados en la guardia militar.

Tuvimos la desventura de que en ese preciso momento estallara la batalla de Wallgate.

Para algunos de nosotros representó una oportunidad de honrar a las futuras generaciones; para muchos otros, fue la llamada final de sus desgraciadas vidas.

»Cuando terminó la guerra, muy pocos soldados de esta nación volvimos a casa.

Yo fui el único de Revenbrock que regresó…

No es de extrañar que muchas familias decidieran cambiar de rumbo y abandonar Revenbrock: el temor y el desconcierto de esos tiempos eran abrumadores.

Yo mismo pensé que eso fue lo que ocurrió con los Gravenheim, porque nunca más se supo de ellos ni de su familia.

—Sí, eso tiene sentido, Sir Nicolas. Lo que no termina de encajar es por qué no queda ningún dato sobre esa familia.

—Hace muchos años hubo un incendio importante cerca de los registros y archivos de la ciudad. No me sorprendería que, en ese incidente, se hubiera perdido toda la información sobre ellos.

—Lo cual sería muy conveniente si uno quisiera permanecer en el anonimato total —concluyó Tomas.

Sir Nicolas pareció incómodo, como quien intenta recordar algo importante sin lograrlo, y eso mismo parecía frustrarlo.

—Le pido disculpas, Sir Nicolas. No quiero que piense que estoy cuestionando todo lo que me dice; lo valoro muchísimo.

—Sé que es así, muchacho. Pero me resulta indignante no tener todas las respuestas.

De lo que sí estoy seguro es que, desde entonces, tanto los Wildrem como los Winsor han jugado una partida de cartas bastante macabra, disputándose el control y el poder de manera constante: primero los jerarcas y después sus hijos.

Ningún precio les resultaba demasiado alto para sus ambiciones.

Le aseguro que hubo más crímenes de los que la gente conoce en esa búsqueda de poder.

—Sir Nicolas, quisiera preguntarle algo: si usted conocía todo esto, ¿por qué nunca dijo nada? ¿Por qué no hizo una denuncia formal o, al menos, le contó a Reimond Allister sobre su verdadero linaje, para que reclamara lo que le correspondía?

—Muchacho, hay algo que debe entender: Howard hizo muy bien las cosas.

Cuidó del hijo de Allister, lo crio como propio y este, a su vez, le tenía un enorme aprecio.

Wildrem lo convenció de que era un hombre desafortunado, que necesitaba estar cerca de él, y así le cegó la razón por completo.

La manipulación emocional fue una de las armas más letales que usaron en sus maquinaciones…

y ya vio usted el final tan triste que tuvo.

»Y, para ser honesto, yo también sentía miedo.

Estaba seguro de que Howard era capaz de borrar del mapa a cualquiera que se le cruzara en el camino, y no quería imaginar lo que pudiera hacerme a mí o a mi familia.

Me pareció más conveniente el silencio, que mantenía tranquilos a los míos, que un comentario al viento que desatara más desgracias.

Tomas lo miraba con total desconcierto.