Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Sustrayendo pistas

Pasaron un par de días sin muchas novedades, salvo por las imponentes restricciones policiales y el control casi imperial que se ejercía sobre la gente de Revenbrock; todo, tal como lo habían acordado el alcalde Wildrem y Víctor Collins, para proyectar una imagen de dominio absoluto.

Era ya muy entrada la noche, y Tomas trataba de descansar su mente, agotada por tantos frentes abiertos.

De pronto, un golpeteo repetido en el cristal lo arrancó de un sueño ligero. Al aclarar la vista, distinguió, difusa, la figura de un hombre golpeando la ventana.

Tomó su revólver de inmediato y apuntó hacia la silueta, pero contuvo el gesto al reconocer, apenas audible, la voz del que llamaba.

—Tom, ábreme.

Era Oliver Andrews.

Con un suspiro de fastidio, Tomas abrió la ventana y dejó entrar a su amigo.

—¿Acaso estás demente? —preguntó Tomas.

—Un poco, sí. Pero no vine a hablar de mi salud mental.

—¿Eres consciente de que te buscan por cielo y tierra?

—Claro que sí, amigo. He visto los carteles por las calles y la vigilancia excesiva por todos lados. Pero hace falta más que eso para atraparme —dijo, sonriendo con orgullo.

—Un momento. ¿Cómo se supone que escalaste hasta mi ventana?… Sabes qué, olvídalo, no quiero saberlo. Mejor dime: ¿por qué viniste hasta aquí? Nos haces vulnerables a los dos si alguien te vio.

—Tranquilo, Tom. Tomé precauciones; por eso vine tan tarde. Necesitaba hablar contigo.

—Bien, tienes mi atención. Al fin de cuentas, ya espantaste mis ganas de dormir.

—Discúlpame, pero no encontré otro momento. Por cierto: ¿tienes algo de chocolate caliente? Hace frío afuera.

—Lo siento, caballero: no me permiten tener chocolatera en la habitación. Pero ahora mismo despierto al personal de cocina para que te preparen uno.

—Entendí el mensaje, Tom. No hace falta que seas tan sarcástico.

—Oye, no sé si ya tenías información de antemano, pero puedo asegurarte que entendí perfectamente por qué no querías conocer a Madame Qinx. Esa mujer inspira verdadero terror; pocas veces sostuve una conversación tan implacable.

—Uf, me dio escalofríos solo de oírte. En realidad, lo supuse al ver que su correspondencia no venía de nadie en particular, solo trámites burocráticos —dijo Oliver, abrazándose y frotándose las manos, como tratando de entrar en calor.

—Aun así, tuvo su recompensa: ahora sé que el sello de la misiva que Wildrem tenía en su despacho pertenece a la familia Gravenheim. Aunque eso solo abrió otro interrogante.

—No hay problema. Haré lo mismo que hice con Elsa Qinx: buscaré en los registros de correo para conseguir información de esa familia.

—Fracasarías en el intento, Andrews. Y eso sin mencionar lo peligroso que sería para ti, ahora mismo, ir a un sitio público.

—En eso tienes razón. Pero, ¿por qué estás tan seguro de que no serviría de nada?

—Pasé horas en la biblioteca y no encontré ni una sola referencia sobre esa familia, salvo que fue una de las primeras en asentarse aquí y que fundaron Revenbrock.

Incluso la primera propiedad que tuvieron es hoy un inquilinato, o algo por el estilo.

No hay más rastro de ellos, como si la tierra se los hubiera tragado de golpe.

Lo más extraño de todo es que Elsa Qinx me advirtió que indagar sobre esa familia es buscar en lo más recóndito de este lugar…

No termino de entender a qué se refería.

—Válgame Dios. Bueno, eso confirma que quizás sí funcione lo que estoy por intentar.

—¿A qué te refieres?

—Se me ocurrió vigilar al alcalde de este terruño. Por alguna razón, creo que la orden de capturarme es solo una fachada para tapar algo más. Así que, en las últimas noches, he estado visitando la mansión Wildrem, también pensando que podría encontrar algo relacionado con el sello.

—¿Y cómo es posible que la vigilancia no te haya detectado?

—Puedo decirte que Wildrem debe sentirse muy seguro en su palacio: a lo sumo hay guardia policial en la entrada, pero en los alrededores no se percibe ninguna otra medida de seguridad.

—Bueno, la policía está desplegada por todos lados; quizás no vio necesario fortificar también su residencia. Pero dime: ¿qué viste?

—Si tú crees que tienes problemas para dormir, Wildrem los duplica con creces.

Pasa gran parte de la noche bebiendo coñac en su estudio, leyendo un libro…

Un libro que, por cierto, me inquieta bastante.

Lo saca de una caja fuerte oculta detrás de una estantería, un lugar de lo más intrincado para guardar algo así.

—Realmente extraño… Si guardara joyas, lo entendería. Pero un libro… ¿qué crees que sea?

—No se me ocurre nada. Estoy pensando en ir a tomarlo.

—Supongo que eres consciente de lo que pasaría si te atraparan: tendrían argumentos reales para arrestarte y condenarte.

—Tom, ese es el verdadero secreto de mi vida embriagante: no tiene sentido vivir con miedo.

Tomas miró a Oliver, tratando de ver las cosas como él las veía siempre.

—El éxito no llega solo, Andrews; hay que estar dispuesto a hacer lo necesario.

Por eso te admiro, sinceramente. Pero no puedo aceptar que cualquier medio justifique el fin.

Por eso te pido precaución: estamos a un paso de que la locura termine de desatarse en este lugar.

En pocas palabras, amigo: o detenemos una tragedia, o nos preparamos para lo peor.

—Si algo he aprendido en todo este tiempo a tu lado, Tom, es que uno no debe limitarse. No importa si te ofrecen dos opciones: siempre hay una tercera que nadie contempla, y esa es la dirección que voy a tomar.

—Vaya. Parece que, después de todo, algo logré transmitirte…

Haz lo que creas conveniente, entonces. Un consejo: el mejor momento para entrar a la mansión Wildrem sería esta misma noche.

Es la clausura de la temporada de teatro, y la mayoría de las personalidades y la seguridad estarán concentradas ahí.

—¿O sea que no estoy invitado al evento? En estos días soy la personalidad más esperada de Revenbrock.

Tomas lo miró, con ironía.

—Sí, tienes razón. Es justo lo que pensaba… Debo irme, Tom. Después de hacer lo mío, me quedaré cerca del teatro, por si ocurre algo.

Se despidieron con un apretón de manos, y Oliver volvió a salir por la ventana.

Tomas se quedó sentado en la cama, con los pensamientos invadiéndolo de nuevo.

La ansiedad por lo que pudiera pasar en el teatro no lo dejaba dormir.

Sabía, por lo que había hablado tiempo atrás con Oswald Winsor y Artemius Hildegan, que había un plan para ese día, pero desconocía por completo los detalles, y le angustiaban las repercusiones que pudiera traer.

Ya no valía la pena seguir dándole vueltas. Fuera lo que fuera, estaba a solo un día de averiguarlo.

La mañana siguiente se sintió distinta: un amanecer casi mecánico, con el tiempo corriendo más rápido de lo habitual.

La parsimonia habitual del pueblo había cambiado.

Todos esperaban con ansias el cierre de temporada del maestro Hildegan; un evento que funcionaba casi como bálsamo ante tanta calamidad.

No era la solución a los problemas, ni de lejos, pero sí un placebo capaz de traer algo de alivio.

Aunque, para unos pocos, era apenas la antesala de una tormenta; y no una que dejara caer agua, o iluminara el cielo con relámpagos, sino una capaz de mover los cimientos de vidas enteras.

Por la visita nocturna, Tomas había perdido la noción del tiempo y se despertó más tarde de lo habitual. Apurado por el reloj, bajó a desayunar sin siquiera ducharse: comió fruta, queso y algo de pan para calmar el reclamo insistente de su estómago.

De vuelta en su habitación, lo sorprendió un golpeteo en la puerta.

—¿Quién es? —preguntó.

—Soy Phil, señor Barnoc. Le traigo correspondencia de parte del señor Hildegan.

Tomas abrió la puerta, recibió la carta y le dio a cambio unas monedas.

—Ya sabes: que nadie se entere —le dijo, con una sonrisa.

Pero el muchacho no respondió con la misma alegría.

—¿Te pasa algo, Phil? —preguntó, preocupado.

—No es nada, señor. Solo que a mi padre le hubiera encantado el espectáculo de hoy. Siempre le gustó el teatro y los circos —dijo el chico, cabizbajo.

—No estés triste, Phil. Te prometo que, aunque esta vez no pueda verlo contigo, tú le contarás todo lo que pasó, y tendrán más funciones para disfrutar juntos.

El joven sonrió, con algo de esperanza renovada, le agradeció a Tomas y se marchó con mejor ánimo.

Tomas no estaba del todo convencido de que aquello fuera posible —todavía no tenía rastro de los desaparecidos—, pero prefería sostener la esperanza del muchacho antes que derrumbarla de golpe.

Al abrir el sobre que Phil le había entregado, encontró un pase de cortesía para el evento teatral, junto con una breve nota:

Inspector Barnoc.

Cordial saludo.

Le pido, encarecidamente, que venga a los vestuarios del teatro tan pronto llegue. Deseo conversar con usted en persona.

Atentamente,

Artemius Hildegan.

Tomas leyó la nota con satisfacción: quizás así podría enterarse, con antelación, de qué se trataba el plan de Hildegan y Winsor.

Las horas pasaron, y la tarde llegó a Revenbrock.

El inspector se dio una ducha rápida y se puso el traje de gala: un elegante esmoquin oscuro de corte largo, con corbatín a juego y una camisa blanca impecable.

Se peinó con cuidado, comparando ambos perfiles frente al espejo para asegurarse de que fueran simétricos.

Su mirada se posó, entonces, en el revólver sobre la mesa.

¿Debía llevarlo? Siempre buscaba evitarlo, pero sabía que no hacerlo lo dejaría en desventaja ante cualquier imprevisto.

Sin perder más tiempo, tomó el arma, la guardó en un bolsillo especial de su traje, cerró la habitación con llave al salir y bajó las escaleras.

En el vestíbulo, se cruzó con Reginald Blaine, que no dejó pasar la oportunidad de intercambiar unas palabras.

—Así que asistirá a la culminación de la temporada teatral, inspector Barnoc. Dicen que será memorable. Un evento de morirse.

Tomas lo miró con extrañeza, por el tono con que lo dijo.

—Dicen que está reservado para quienes saben apreciar las bellas artes. Quizás por eso usted se quedará aquí, esperando que se lo cuenten.

A diferencia de otras veces, Reginald no mostró el menor fastidio ante el sarcasmo; algo que a Tomas le pareció sumamente extraño.

—Hay sucesos que resultan más satisfactorios sin presenciarlos… Espero que lo disfrute, inspector.

Reginald se dio la vuelta y volvió a su puesto en el mostrador.

Tomas salió del hotel con una sensación de duda difícil de ignorar. Algo había cambiado, aunque no lograba precisar qué. Pero no era momento de detenerse en ese detalle: debía llegar al Teatro Olimpo. Tomó el primer carruaje disponible e indicó su destino.

Al llegar a la avenida Terrance, encontró el lugar decorado con esmero: cada farol lucía listones verdes y dorados, los carteles de la obra recorrían las paredes a lo largo de toda la avenida, y la fila de gente esperando para entrar se perdía de vista. La ansiedad era el idioma común de la noche.

A medida que avanzaba, distinguió con facilidad el imponente teatro: una edificación monumental, con grandes pilares que se alzaban hacia el cielo, sosteniendo una estructura fascinante. Quizás por eso el nombre del lugar: un verdadero palacio, digno de dioses.

En la puerta principal, un asistente de Artemius Hildegan lo abordó rápidamente, indicándole que entrara por una puerta distinta.

Tomas agradeció y subió los escalones de esa entrada.

Al llegar arriba, se encontró con un amplio salón de alfombra roja, paredes blancas con detalles en oro y varias pinturas de actores memorables que alguna vez habían actuado ahí.

En los bordes del salón, pequeñas estatuas sobre pilares de mármol rendían homenaje a dramaturgos, aparentemente de otra época.

Entre los presentes, al parecer, estaban las personas más influyentes de Revenbrock.

Mientras avanzaba, reconoció varios rostros: el jefe de redacción Peter Heskey y también al alcalde Wildrem, acompañado de sus asistentes. El Mayor conversaba, nada menos, que con Elsa Qinx. Tomas trató de evitar el encuentro, pero fue el propio alcalde quien lo llamó.

—Señor Barnoc, acérquese, por favor.

—Buenas noches, distinguidas damas. Buenas noches, señor alcalde —dijo Tomas, con cortesía, mientras reconocía a las mujeres que acompañaban al Mayor: una era Hanna-Marie Loop; la otra, pensó, debía ser Roxana Petkovic.

—Madame Qinx, supongo que ya conoce al inspector Barnoc —preguntó el alcalde.

—Así es, Mayor Wildrem. Tuve el placer de recibirlo en mi morada, y debo decir que es tan elocuente como atrevido.

—¿Así que estuvo importunando a la señorita Qinx, inspector? —cuestionó Wildrem.

—En absoluto, Mayor. «Cumpliendo con mi deber» sería más preciso; algo que todos deberíamos aprender a honrar en estos días —respondió Tomas, con sarcasmo.

—Bien, pero esta noche es para disfrutar. El trabajo puede esperar por una velada.

—Dígale eso a quienes hoy lamentan la ausencia de sus seres queridos. Si me disculpan, debo asegurarme de que todo esté en orden.

Wildrem se quedó masticando su rabia mientras veía a Tomas alejarse, sintiendo que lo habían abofeteado frente a todos. Elsa Qinx, en cambio, pareció disfrutar enormemente aquel desplante al Mayor.

Mientras recorría el lugar, un hombre abordó a Tomas.

—Inspector Barnoc, buenas noches. Si me permite, mi amo desea hablar con usted.

—Buenas noches, caballero. ¿Y quién es la persona de la que habla?

—Acompáñeme, por favor. Está en su palco.

Tomas aceptó y siguió al mensajero. Al llegar al palco, se encontró con un hombre de edad muy avanzada, que no pudo evitar sonreír al verlo.