Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Madame Qinx

La mañana siguiente comenzó con un sol radiante y un cielo completamente despejado, anunciando un día inusualmente caluroso para la época.

El alcalde Wildrem contemplaba, desde su oficina, al pueblo de Revenbrock, que ya no lo admiraba como antes —o, al menos, eso era lo que él sentía—. Tras los últimos sucesos, se notaba vulnerable, casi paranoico. Tenso en todo momento, solo hablaba cuando era estrictamente necesario.

Su último decreto buscaba mantener el control: ordenaba inspecciones cada vez más exhaustivas por parte de la policía, en un intento por demostrar que aún tenía el dominio de la situación.

Esa mañana, Víctor Collins tocó a su puerta, para la reunión en la que definirían cómo ejecutar el último mandato.

—Mayor Wildrem, buen día. Mis hombres están armados y listos, esperando órdenes.

El alcalde apenas desvió la mirada hacia el jefe de policía, y volvió la vista a la ventana.

—Dígame algo, Collins: ¿dimensionó el alcance real de sus acciones?

—¿A qué se refiere, señor?

—Discúlpeme. Fue una pregunta absurda; usted nunca ha tenido sentido de las proporciones.

Collins se sintió ofendido por el comentario, pero supo contenerse: tampoco le convenía ningún gesto de insubordinación.

—Con todo respeto, señor, conozco perfectamente la hoja de ruta que tracé con las acciones que ordené.

—Explíquemela entonces, porque desde mi punto de vista, lo único que logró fue deteriorar aún más la imagen de quienes gobernamos ante el pueblo. Y créame que se lo puedo hacer pagar muy caro.

—Señor, eso no será necesario. Mi plan tiene dos fases, y está bien calculado: vamos a matar dos pájaros de una pedrada.

Por un lado, estoy seguro de haber reducido al entrometido inspector Barnoc; sufrirá también el señalamiento de la gente, por no cumplir con su labor.

En el segundo movimiento, inculparemos al socio secreto de Tomas, y al capturarlo, usted quedará como un héroe.

—¿Yo quedaré como el héroe? ¿O más bien espera usted serlo?

—Nada de eso, Mayor. Mi lealtad siempre ha estado con su familia; solo soy un servidor más, y vivo por la casa Wildrem.

El alcalde lo miró con cierta desconfianza, sin creer del todo en esa voluntad tan abnegada.

—Bien. Parece un plan sin fisuras. Pero quiero saber algo: ¿tiene idea de dónde se encuentra el socio del señor Barnoc? —comentó, con ironía.

—Todavía no, Mayor. Es alguien difícil de encontrar, pero lo rastrearemos y lo capturaremos lo antes posible.

—En caso de que no lo logre, espero que tenga un plan alterno, porque de lo contrario, todo este castillo de naipes que armó se derrumbará… Le pregunto algo, Collins: ¿sabe usted qué es lo que sostiene realmente nuestro dominio sobre este pueblo?

—No lo sé, señor. ¿Su posición política? ¿La fortuna de su familia?

Wildrem lo miró con una expresión de franca subestimación.

—No esperaba que me diera la respuesta correcta, pero le voy a abrir un poco la mente.

Escuche bien, Collins: mi padre era un hombre de mano dura.

Con su carácter severo y estricto, siempre decía que lo único que nos hace superiores a la masa es mantener en sus mentes la idea de que son vulnerables sin nosotros.

Que nos necesitan. El miedo a nuestra ausencia es lo que nos permite mantenerlos como borregos, viviendo en un escalafón de privilegio; de otro modo, seríamos arrojados al mundo, y reducidos a su mismo nivel…

No se equivoque, Collins: usted cree tener el control, pero si se descuida, el cazador puede convertirse en presa.

—Entonces dispararé primero, señor, para que no me cacen a mí —respondió, con arrogancia.

—Evidentemente, no entendió nada de lo que le acabo de decir. Ponga en marcha los patrullajes de inmediato. Puede retirarse, Collins. Y le advierto por última vez: no falle.

Víctor Collins hizo el saludo oficial de rigor, y salió del despacho, bastante enfadado. Su paciencia empezaba a tener un límite, y el constante menosprecio del alcalde ya lo estaba colmando.

Una vez reunido con sus subalternos, ordenó iniciar una búsqueda exhaustiva de Oliver Andrews, dejando en claro que había un plazo límite, y que, de no cumplirlo, debían prepararse para sanciones mucho más severas que la simple destitución.

Esa misma mañana, Tomas había visitado la biblioteca local, para nutrirse del vasto conocimiento consignado ahí.

Logró confirmar su conjetura sobre el linaje del Mariscal Marcus Qinx, un militar célebre por su servicio a la nación en tiempos de guerra.

Elsa Qinx era, según pudo leer, su viuda, y actualmente ostentaba el título de condesa de Revenbrock.

Además, encontró datos importantes sobre los vínculos de esa familia con los Wildrem.

Con esa información, decidió visitar la residencia Qinx esa misma tarde.

Al llegar al Distrito Desdreth, Tomas observó, atónito, las edificaciones del lugar: verdaderas maravillas arquitectónicas, dignas de la realeza.

La casa número 3, propiedad de los Qinx, no era la excepción.

Reconoció, tal como Oliver le había descrito, el conjunto simétrico de rosas —símbolo propio de la familia, repetido en el escudo junto a la puerta principal—.

Al llegar, hizo sonar la campana de bronce que colgaba junto a la puerta.

Rápidamente, una mucama respondió al llamado, abriendo la enorme puerta de madera con acabados en hierro.

—Buenas tardes, señorita. Soy el inspector Tomas Barnoc. Vengo en busca de Madame Qinx.

—Buenas tardes, señor. Adelante: mi señora lo recibirá en su estudio. Por aquí, por favor —indicó la criada.

Mientras avanzaban hacia la habitación, Tomas observó la magnificencia de los adornos: pinturas, esculturas y tapices de un inconfundible estilo barroco, cubriendo cada corredor y pared de la casa.

Al llegar a la puerta del estudio, la criada hizo una reverencia y la abrió.

Tomas entró, y encontró a Madame Elsa Qinx sentada en un diván, cerca de una chimenea encendida.

—Esperaba su visita, inspector Barnoc —dijo Elsa.

—¿Me esperaba? —preguntó él, con extrañeza.

—Por favor, seamos honestos, inspector. Su presencia en Revenbrock ha causado gran revuelo; su obsesión por conocer la verdad ya ha incomodado a mucha gente. No hace falta ser un genio para saber que, tarde o temprano, vendría a buscarme, siendo quien soy —dijo, con excesiva arrogancia.

—Bueno, supongo que, según esa lógica, voy por el camino correcto —contestó Tomas, en el mismo tono despectivo.

Elsa lo miró con notable fastidio, se levantó del diván, se dirigió a un asiento tras el escritorio, y le señaló una silla para que se sentara.

—¿Le molesta si fumo, inspector? —dijo, sosteniendo una pipa de las que suelen usar las mujeres de alta sociedad.

—Para serle sincero, sí me incomoda bastante —respondió Tomas, sin apartar la vista de sus ojos.

—Ja, ja, ja… impresionante. Es usted muy honesto en sus respuestas o quizás demasiado petulante para entender con quién está hablando… Aun así, fumaré, porque estoy en mi casa, y hago lo que se me antoja —exclamó Elsa, cambiando el tono de voz entre una frase y otra.

Encendió la pipa, se recostó un poco en el asiento y se tomó unos segundos para estudiar la reacción de Tomas ante su actitud irreverente. Pero él permaneció impávido, sin dejar traslucir ninguna expresión, en calma, en silencio.

Aquella actitud terminó por intimidarla, al punto de que reaccionó de manera explosiva:

—Dejémonos de tonterías, inspector. Dígame: ¿qué es lo que quiere?

—Me alegra que lo pregunte, Madame Qinx, ya que usted parece conocer bien la labor que llevo a cabo en Revenbrock. Quiero desvelar la verdad sobre los hechos recientes de esta ciudad, aunque ya he podido comprobar que todo esto tiene más que ver con el pasado que con el presente.

—Y tiene razón, señor Barnoc. No se puede hablar del presente sin un pasado que haya sentado las bases, ya sea de la catástrofe o de la prosperidad, según los ojos con que se mire nuestra realidad actual.

Elsa lo observó con atención mientras exhalaba una gran bocanada de humo, esperando alguna expresión de desagrado de su parte. Pero él se mantuvo firme, sin el menor atisbo de sentimiento en el rostro —algo que, de algún modo, terminó por ganarse el respeto de Madame Qinx.

—Los Wildrem han permanecido en el poder por muchos años. Siempre en el centro de la escena, y esa misma exposición ha sido, también, su ruina. Permanecer tanto tiempo al mando también convierte a cualquiera en un tirano. Esa podría ser una primera explicación de las cosas.

—Compartimos esa visión, Madame Qinx. Y asumo que no son la única familia poderosa; usted misma, si me permite el atrevimiento, parece gozar de una vida bastante afortunada.

—Sería absurdo negarlo, señor Barnoc. Pero, a diferencia de los Wildrem, yo he tenido la sofisticación, la clase y la discreción para disfrutar de mis privilegios sin causar tanto alboroto. No ha sido fácil: también he tenido que recurrir a métodos poco ortodoxos.

—¿Por qué lo dice?

—Porque en este mundo, corrompido por hombres ególatras que creen tener respuesta para todo, y donde la opinión de una mujer no parece valer nada, hay que abrirse camino por los medios que sean necesarios.

Y créame, inspector: he visto en muchos rostros una expresión de profundo horror ante mi sola presencia, y no hay mayor satisfacción que esa, para una dama como yo.

Tomas adoptó una postura más cautelosa al escuchar aquello; algo en sus palabras le generó incertidumbre…

—No hace falta que lo explique. Su sola presencia es imponente, Madame. Ahora entiendo por qué fue la pareja del honorable Mariscal Marcus Qinx.

Una expresión de enojo cruzó de inmediato el rostro de Elsa.

—¿Se da cuenta de la ridiculez que acaba de decir?

¿Yo, digna de mi difunto esposo? ¡Por favor!

Soy el mayor logro que ese mediocre pudo tener en su vida.

Su imagen de gran militar contrastaba enormemente con su carácter débil e inseguro; solo podía sostenerse gracias al gran séquito que tenía a su servicio.

Si no fuera por mí, habría quedado en el más absoluto anonimato.

—Pero, Madame, las acciones valerosas del Mariscal Qinx contribuyeron a resolver la guerra de Wallgate.

—Y aun así murió… Recuerde estas palabras, inspector: detrás de cada gran hombre, hay una mujer diciéndole qué hacer —pronunció Elsa, con una mirada arrogante y orgullosa.

Atónito ante la forma en que acababa de ver demolida la imagen de alguien a quien había admirado, y cuya historia lo había inspirado en su propia profesión, Tomas decidió levantarse, dispuesto a marcharse —no sin antes plantear sus últimas preguntas.

—Haré de cuenta que lo que acabo de escuchar nunca salió de su boca. Pero es evidente la aversión que siente hacia su difunto esposo.

—Si lo que quiere es que le diga que fue un militar brillante, está bien: lo fue. Pero yo le pregunto: ¿de qué me sirvió a mí eso?

—Para ser sincero, Madame, solo usted puede evaluar ese beneficio; no es algo que me corresponda a mí.

Las situaciones personales las deben resolver quienes las viven, nunca terceros.

Solo me queda una pregunta más, Madame Qinx, y le aseguro que es la última, porque no deseo permanecer más tiempo en su presencia: ¿reconoce usted un símbolo familiar con un escudo, una alabarda, y la letra "Ge"?

Una leve sonrisa pícara se dibujó en los labios de Elsa.

—Qué lástima, inspector. La verdad, estaba disfrutando esta charla más de lo que se imagina…

Ese símbolo pertenece a una de las familias más antiguas de Revenbrock: los Gravenheim.

Si indaga un poco más al respecto, le aseguro que encontrará varias respuestas a sus preguntas.

Pero le advierto, inspector: estaría tocando las fibras más internas de este lugar.

Tenga los ojos bien abiertos. Está jugando con fuego.

—¿Debo entender esto como una amenaza?

—Tómelo como quiera. Pero sería una lástima que alguien como usted terminara tres metros bajo tierra, por no respetar los límites establecidos.

—No nací para vivir de rodillas, Madame Qinx.

Las personas debemos forjar nuestro propio destino, y si hay un poder que amenaza a su gente, esa misma gente debe aprender a abrazar la esperanza, recordando que las acciones de sus amos perversos solo son posibles porque el pueblo las permite.

Ningún esfuerzo es en vano, si se hace con convicción, y con la certeza de que dejamos algo para los demás.

No importa si yo mismo no llego a disfrutar la sombra del árbol: hoy elijo sembrar la semilla, para que otros sí puedan disfrutarla.

Así, al menos, tendré la certeza de haber hecho algo bueno con mi vida.

—No espere que aplauda sus valerosas palabras, señor Barnoc. Pero le reconozco su estilo, sin duda.

Tomas, con educación, se limitó a hacerle una reverencia.

—No espero que me rinda pleitesía, Madame Qinx. Que tenga buena tarde.

Camino a la puerta, Elsa lo detuvo.

—¿Asistirá al espectáculo que se ha anunciado en el Teatro Olimpo?

Tomas solo se dio la vuelta, y asintió con la cabeza.

—Espero verlo allá —dijo Elsa, sonriendo.

Sin más palabras, Tomas salió de la casona Qinx con más preguntas que respuestas, con la indignación de haber visto pisoteada, por la propia esposa que lo había acompañado en vida, la imagen de uno de sus héroes —y con la certeza de que el verdadero maestro detrás de toda esta trama seguía mucho más oculto de lo que había logrado averiguar hasta ahora.