CAPÍTULO 16
Emblemas
El ocaso llegaba con arreboles de un naranja intenso, como un triste homenaje al fuego que había consumido el Mad Jackal. La tensión en el ambiente de la ciudad era tan espesa que una navaja podría haberla cortado.
El hilo entre el miedo y la rebelión se adelgazaba cada vez más. Lejos de apaciguar los ánimos, el incendio parecía haber sacudido el alma de una población que sabía, desde hacía tiempo, que la miraban con cinismo.
Ya no bastaban las hipótesis ni las promesas de encontrar responsables: la gente quería respuestas concretas. No soportaría una tragedia más. El reclamo constante de un pueblo ignorado estaba a punto de hacerse escuchar y, quizás, esta vez no serían solo palabras.
Todo podía terminar en un revoltijo de desmesura y arrepentimiento, porque un pueblo cansado de vivir bajo tanta ironía puede despertar sus peores demonios y volverse contra quienes lo sometieron.
Por desgracia, en esa búsqueda de resarcimiento, lo más probable es que pagaran justos por pecadores, como tantas veces ha demostrado la historia.
Poco a poco, el abrazo de la noche fue apagando aquel naranja intenso, hasta dar paso a la oscuridad habitual.
Tomas cenaba en el salón comedor del Hotel Royal. Aunque la comida lucía apetitosa y despedía un aroma casi de ensueño, a su paladar le sabía insípida. No importaba qué manjar probara: la amargura estaba en su pensamiento, no en la lengua.
Comía porque necesitaba energía, no porque lo disfrutara —algo que siempre había odiado que le sucediera—. Miraba a todos lados y a ninguno en particular, como suspendido en el tiempo.
Había descubierto muchas cosas durante el proceso, pero sentía que todavía le faltaba demasiado por saber.
De pronto, algo llamó su atención desde la ventana del salón.
Al mirar con detenimiento, reconoció a Oliver Andrews, quien le hacía señas para encontrarse en el jardín interior del hotel.
Con disimulo, Tomas terminó su cena, bebió rápidamente lo que quedaba en su copa, agradeció al camarero y caminó despacio hasta el jardín, cuidando de no levantar sospechas.
Al llegar, dio unas vueltas sin encontrar rastro de Oliver y decidió sentarse en una banca a esperar. De pronto, junto a unos arbustos, apareció la figura de su amigo.
—¡Pss! Tom, por aquí —susurró.
—Creo que tu camuflaje cada vez es menos ingenioso —dijo Tomas, con ironía.
—¿De qué hablas? La naturaleza y yo siempre nos hemos fusionado a la perfección.
—Seguro que sí, hada del bosque. Dime: ¿qué sucede?
—Bueno, no exageres tampoco… Escucha, Tom. Antes que nada, lamento mucho lo que pasó con tus amigos del bar. Eran gente de calidad humana. De verdad fue un accidente terrible.
—No. Eso no fue un accidente. Fue la confirmación de que el ayuntamiento está implicado en las desapariciones de Revenbrock.
—¿Cómo? Explícame eso.
—Oliver, yo estuve en el incendio, tratando de apagarlo junto a los vecinos.
En todo ese tiempo no vi a un solo policía ni a ninguna autoridad local.
Y, sin embargo, la alerta era evidente por la columna de humo.
¿No te parece extraño? Tendrían que haber estado todos fuera de la ciudad para no notarlo, y sabemos que eso es improbable.
—En eso tienes toda la razón. Yo mismo percibí el humo, y ni siquiera estaba cerca del lugar.
—Precisamente. Además, pude comprobar que el incendio fue provocado.
No hace falta indagar demasiado para entender que pudo tratarse de una especie de contraofensiva ante lo mucho que hemos avanzado.
Al alcalde no debió gustarle nada mi última visita.
Y a Víctor Collins, mucho menos. Seguro me habría pegado un tiro en la cabeza si hubiera tenido oportunidad.
—¿Te enfrentaste al jefe de policía?
—Mmm. “Abofetear su dignidad” sería más adecuado —dijo Tomas, con una leve sonrisa.
—¡Impresionante! Tomas Barnoc, rebelándose contra la autoridad. Quién lo hubiera imaginado. Me parece que te estás pasando al lado oscuro, amigo mío. Ja, ja.
—No, Andrews. No se trata de sublevarme ni nada por el estilo.
Realmente creo que hay muchas cosas que no tienen sentido, pero está claro que las autoridades de Revenbrock harán lo que sea para conservar su poder, y eso incluye la fuerza y la represión.
Por eso también me preocupa la suerte de Julia Feiman.
—Cierto. También la secuestraron.
—Y el ayuntamiento sabe quién fue, o quiénes son los responsables directos.
—¿Qué? ¿Por qué lo dices?
—Porque cuando me entrevisté con Agatha Nahigari —la mal llamada bruja que nos mencionó Peter Heskey— me dijo que el diario de esa mañana traía un artículo firmado por Julia y que, obviamente, no anunciaba nada sobre su desaparición.
Sin embargo, el Mayor Wildrem me aseguró que Julia había desaparecido.
Y es cierto: hace un rato le pregunté a un empleado del hotel si ella había venido como de costumbre, y la respuesta fue negativa.
Oliver frunció el ceño.
—Maldición, Tom. Esto parece un juego sádico en el que van eliminando a quienes no les gustan, o a quienes consideran superfluos.
—Eso mismo parece, amigo. Es inquietante…
Tomas hizo una breve pausa.
—Hablando de otra cosa: ¿pudiste averiguar algo sobre la mujer que trabaja en el ayuntamiento?
—Sí. Roxana Petkovic. Una mujer bastante reservada. No me dio la sensación de que tuviera mucho que ver en todo esto. Asumo que hace más por obligación laboral que por convicción propia. En resumen: otro títere más de los poderosos.
—Petkovic… Su nombre y su apellido empiezan con “erre” y “pe”, interesante
—Sí. Pero ¿qué importancia tiene eso?
—Mucha. Porque el telegrama dirigido a Reginald Blaine, en el que recibía instrucciones, estaba firmado con esas mismas dos iniciales: R. P. No creo que existan tantas coincidencias en la vida.
Oliver tragó saliva. Sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Qué piensas hacer, entonces?
—No lo sé. Algo se me ocurrirá. Por ahora no conviene despertar sospechas; las cosas están demasiado sensibles. Si intento increpar a Reginald, podría alertar a las autoridades.
—Entiendo perfectamente. Escucha, Tom: yo también he estado investigando por mi cuenta, escudriñando por aquí, preguntando por allá, y descubrí algunas cosas interesantes.
—Golpeaste a alguien para sacarle información, ¿verdad?
—¡Claro que no! ¿Piensas que soy un pugilista que anda por ahí repartiendo golpes?
—Por supuesto que no, amigo. Simplemente creo que disfrutas obtener información de la manera más inapropiada posible. Pero entonces, ¿cómo la conseguiste?
—Me metí a la oficina postal y robé correspondencia.
Tomas se llevó una mano a la cara, en señal de vergüenza, aunque reconocía, en el fondo, el empeño de Oliver por avanzar en la investigación.
—¿Y por qué hiciste eso?
—Escuché el nombre de alguien bastante influyente, que creo que no hemos tenido suficientemente en cuenta.
—¿De quién se trata?
—Se llama Elsa Qinx. Una condesa de Revenbrock.
—Qinx… Ese apellido me suena. ¡Claro! Era el apellido del mariscal Marcus, el héroe de guerra. Hasta donde sé, vivió en esta ciudad. Podrían tener algún parentesco.
—La verdad, eso lo ignoro, Tom. La historia es más lo tuyo.
Lo concreto es que entré a la oficina postal para conseguir la dirección de su residencia y me di una vuelta por el lugar.
Su casa está en el famoso Distrito Desdreth, la calle donde se concentran las casonas de las familias más representativas de la comarca.
La de madame Qinx es la tercera y es fácil de reconocer: tiene un antejardín adornado con una rosa exótica, de un color bordó muy peculiar. Jamás había visto algo así.
—Creo que valdría la pena visitarla. ¿Quieres hacerlo tú? Después de todo, tienes cierta habilidad para el diálogo íntimo con las mujeres.
—En absoluto, amigo. Las charlas investigativas se te dan mucho mejor a ti. Yo seguiré indagando por mi lado.
Tomas le lanzó una mirada picaresca a Oliver, que sonrió, sabiendo perfectamente a qué se debía el gesto.
—Mmm. Pensándolo mejor, creo que hay algo que tú puedes hacer mejor que nadie.
—¿Y qué sería?
—Se me había pasado contarte algo. Cuando estuve en la sala redonda con el Mayor Wildrem, noté una misiva sobre su escritorio.
Me llamó la atención porque tenía un sello lacrado: la figura de un escudo con una alabarda cruzada y una letra “G”.
Me pareció curioso porque, ¿quién más que las autoridades nacionales podrían enviarle órdenes al alcalde?
—Según lo que me describes, Tom, ese es un escudo familiar, no gubernamental —concluyó Oliver.
—Así es, viejo amigo. Hay que averiguar qué familia usa ese emblema. Es posible que sea de los Qinx. Yo me encargaré de eso, pero es mejor cubrir todos los flancos.
—Está bien, Tom. Cuenta con ello. Me pondré a investigarlo.
Oliver notó que Tomas no tenía el semblante de siempre.
—¿Te pasa algo, Tom?
—Amigo… Me pregunto si subestimé el alcance de todo lo que ocurre en este lugar. Me pregunto si fui demasiado testarudo al no aceptar la ayuda del capitán Tennyson.
—No deberías pensar tanto, Tomas. Ese es tu mayor pecado: fuiste bendecido con una gran capacidad intelectual, pero pensar en exceso también es tu maldición. Puedes sobredimensionar las cosas fácilmente. Además, me tienes a mí. No necesitas a nadie más.
Tomas sonrió, algo más tranquilo al escuchar aquellas palabras.
—Tom, debo irme ya. Como bien dijiste, no conviene despertar sospechas. Además, hace frío y siento algunos bichos caminando por aquí. Nos vemos en este mismo lugar o, si hace falta, en mi guarida. Ya sabes cómo llegar.
Se dieron un apretón de manos y Oliver se esfumó entre la maleza del jardín.
El inspector se dispuso a refugiarse en la calidez de su habitación. La luz de la luna ya traía consigo vientos helados, difíciles de soportar sin un buen abrigo.
Lo que Tomas nunca notó fue que, desde una ventana en un piso superior, alguien había presenciado toda su conversación con Oliver.
Esa misma noche, Roxana Petkovic se encontraba reunida con alguien en la sala de un lugar cuya ubicación no era de conocimiento público. Parecía estar rindiendo un informe detallado de todo lo ocurrido hasta el momento.
—Señorita Petkovic, al parecer todas las cartas están ya sobre la mesa.
—No todas, señor. Solo las necesarias. Al fin y al cabo, su identidad sigue en el anonimato.
—Lo interesante de todo esto es que ya empiezan a darse giros bastante dramáticos. Previsibles, quizás, pero no con la magnitud que yo esperaba.
—Para ser sincera, señor, creo que el miedo ya está empezando a convertirse en locura. Ese incendio en la taberna me pareció más un acto de desesperación que de una mente verdaderamente lúcida.
—¿Y qué más se podía esperar? Son mentes que no nacieron para ser indestructibles. Si lo fueran, estarían hechas para pensar y legislar. No es su caso.
Roxana se quedó pensando en aquellas palabras.
—Espero, señorita Petkovic, que tenga muy clara la razón de estos actos tan reprochables que hemos presenciado. Espero que entienda el costo-beneficio detrás de todo esto.
—Sí, lo tengo muy claro. Y no dejaré de lado mis convicciones personales. Después de todo, van de la mano con lo que hacemos.
—Así es, mi niña. Hasta ahora has hecho un trabajo magnífico. Nadie lo hubiera logrado con tanta eficiencia y diligencia. La recompensa llegará pronto.
Roxana sonrió, con un brillo de ilusión imposible de disimular.
—Señor, debo reconocer que, a veces, la ansiedad no me deja dormir en paz. Llevo mucho tiempo esperando este momento…
—No me extraña. Yo también he vivido momentos así, incluso con el deseo asesino delirando en mi mente. Pero esos son actos irrevocables, y por eso hay que aprender a disfrutar cada escena sin pensar en la siguiente. El placer está en el instante, querida. No en la consecuencia.
—Comprendo. Gracias, mi señor.
Roxana se acercó y besó el anillo de esmeralda que el hombre llevaba en la mano.
—Que el verde esperanza de esa piedra sea un indicio del futuro que se avecina.
Con esas palabras, Roxana abandonó el lugar.
El hombre se quedó mirando cómo se marchaba. Después bajó la mirada hacia el anillo y permaneció unos segundos en silencio.
—Pobre niña —murmuró para sus adentros—. Inconsciente desde la cuna y manipulada hasta la sepultura.