CAPÍTULO 15
Consumido por las llamas
Oliver llegó a una casa con un vergel particular a un costado.
Allí encontró a la persona que había ido a buscar con tanta premura.
En cuanto ella notó su presencia, le hizo una señal con la mano, invitándolo a entrar.
Andrews cruzó la reja del jardín, mientras ella mantenía la vista en cualquier lugar menos en él.
—Me parece que no he solicitado ningún carruaje —dijo la mujer.
—Descuide. Esto es solo un trabajo secundario, ideal para admirar los encantadores paisajes de Revenbrock. En realidad, vine porque echaba de menos su despampanante presencia.
—No encuentro ninguna fascinación en llevar personas de un lado a otro, pero supongo que así consigue mantener contacto con el mundo; un contacto que, a mi parecer, le resulta esquivo… O quizás vino a buscarme por esos apetitos carnales que lo envuelven —dijo ella con mucha ironía.
—Ja, ja, madame. Fue un placer haber compartido aquella noche con usted, pero está lejos de figurar entre mis experiencias más memorables.
—Basta de tonterías. ¿Qué desea?
Por primera vez, ella clavó la mirada en Oliver. Era una mirada realmente amenazante.
—Hace un momento tuve la dicha de escuchar a alguien que, muy amablemente, compartió información relevante sobre los últimos acontecimientos de este lugar. Para su desgracia, señorita, esa persona la involucra a usted en algunos hechos. Mencionó su nombre, puntualmente.
—¿Puedo saber quién le dijo tal cosa?
—No.
La mujer empezó a sentirse incómoda, incluso ofendida por el desplante que Oliver le había hecho respecto de sus habilidades en la cama.
—Señor Andrews, me parece un poco apresurado sacar conclusiones. En Revenbrock hay muchas mujeres llamadas Roxana.
—Seguro que sí. Pero dudo que muchas tengan relación directa con el ayuntamiento.
—Dejémonos de suspicacias, señor Andrews. ¿Usted cree que, si yo hubiera intervenido en el asesinato de Astor Wildrem o en las desapariciones de la gente de este pueblo, lo estaría ayudando en su investigación?
—Precisamente por eso estoy tan confundido.
—Señor Andrews, usted está confundido porque ni siquiera sabe lo que desea para sí mismo. Lo veo tan contenido… Es como un volcán que no logra entrar en erupción.
—Por favor, no empiece con su psicoanálisis. Sé perfectamente quién soy. Lo que deseo son respuestas sobre el caso.
—¿Y para qué quiere esas respuestas? ¿Para complacer a su amigo, el señor Barnoc?
¿Por convicción propia? ¿Desea ganarse el título de héroe?
Mírese, señor Andrews: es como un lobo rabioso que abre las fauces, deseoso de morder la yugular de su presa, pero tiene que quedarse ahí, observando cómo el macho alfa se deleita antes que usted…
Lo consume la idea de no poder ser más que una sombra.
Oliver adoptó una postura extraña en él: tensa, inquieta, molesta.
—Señor Andrews, no piense que lo estoy subestimando. Al contrario: creo que es usted brillante. Incluso su forma descarada de venir hasta aquí, de irrumpir en la monotonía de mi casa arriesgando su anonimato, me deja sin palabras.
Oliver la miró, dubitativo.
—De verdad me agrada, Oliver. Estoy convencida de que podemos lograr grandes cosas juntos, pero necesito confiar plenamente en usted. Necesito saber que tiene la capacidad de tomar las riendas por decisión propia. Si puedo contar con eso, le aseguro que tendrá la llave para resolver este caso.
—Créame que haré lo que sea necesario.
—Me complace mucho escuchar esas palabras.
Oliver se acercó un poco más, tratando de adoptar una postura conciliadora.
—Tengo una gran duda: ¿qué ganaría usted, Roxana? ¿Cuál es su interés real en todo esto?
—Solo puedo decirle que los viejos odios nunca dejan de arder… Señor Andrews, siento que es momento de cuestionar el orden establecido. De sembrar algo de anarquía. Una sensación que estoy convencida de que usted también lleva dentro.
—¿Debo entender, entonces, que su motivación es simplemente la venganza?
—Es mucho más que eso…
La conversación se detuvo un instante, como si ambos libraran una lucha silenciosa de pensamientos. Solo se oía el revoloteo de los pájaros en el jardín.
—Lo que no entiendo es por qué estuvo al servicio del ayuntamiento, haciendo lo que se le pedía, cuando lo que en realidad ha querido siempre es verlos caer.
Si de verdad quiere que la apoye, Roxana, necesito saber qué pasó.
Empiece por decirme por qué querían manipular las noticias que salían de la imprenta.
—¿De verdad es necesario responder eso? Señor Andrews: Revenbrock es como la capital de un imperio que nunca existió.
Quienes han estado en el poder se ven a sí mismos como monarcas, un concepto bastante anticuado, la verdad.
Yo los veo más como parásitos que se quedan con lo mejor de su gente.
Engañar al pueblo era prioritario para sostener sus ideas imperialistas.
La historia siempre convierte en héroe a quien la cuenta: a los ojos de la victoria, quien la consigue es el bueno.
Pero si uno nunca ve el otro lado del cuento, no puede saber si el victorioso tenía intenciones realmente nobles.
Lo más probable es que fuera un tirano, pero nadie estaría ahí para contradecirlo.
Oliver percibía un dolor real en las palabras de Roxana.
—Entonces, mejor estar al servicio del tirano que en su contra…
—Algo así. Sin abandonar, eso sí, la idea de verlo caer y estar presente para presenciarlo.
—Señorita, tengo una duda: ¿el Mayor Wildrem ordenó asesinar a su hermano?
—Claro que no. Al contrario: ese fue el principio de su debacle. Sé que se ha sentido extremadamente vulnerable desde entonces y por eso trata, por todos los medios, de sostener su apariencia de poder. No en vano pidió el auxilio del señor Barnoc: para aparentar tener todo bajo control.
—Supongo que ahora se arrepiente.
—Sin duda. Su inquieto amigo empezó a encontrar respuestas a preguntas que nadie le había hecho.
—¿Y sobre los desaparecidos? ¿Qué puede decirme?
—Señor Andrews, me parece que este no es el lugar ni el momento para seguir con esta charla. Como sabe, hay quienes vigilan e informan de todo lo que pasa por aquí… Yo lo buscaré después. Por ahora, quiero dejarle un nombre que le convendría investigar: Elsa Qinx.
—¿Quién es ella?
—Le corresponde a usted averiguarlo. Que tenga un buen día, señor Andrews.
Roxana dejó de mirarlo y volvió los ojos hacia las plantas y los pájaros que rondaban el jardín.
Oliver, sintiéndose un poco menospreciado, se retiró del lugar.
Aun así, se marchaba convencido de haber conseguido respuestas valiosas que podría usar a su favor, aunque aquella no fuera, precisamente, la mejor forma de sellar una alianza.
Estaba convencido de que estar del lado de Roxana traería muchos beneficios.
Al menos, eso parecía.
Mientras tanto, Tomas caminaba por las calles de Revenbrock, disfrutando de una manzana jugosa que había comprado en un puesto de frutas. En un momento notó que el aire de la ciudad se enrarecía: una bruma que, aunque tenue al principio, se hacía más densa a medida que avanzaba hacia el Mad Jackal.
La inquietud lo invadió cuando percibió un inconfundible olor a quemado.
Guiado por su olfato y por la muchedumbre que corría horrorizada, Tomas se dirigió hacia el epicentro de lo que, sin duda, era un incendio. Paso tras paso, se acercaba a la enorme columna de humo que se alzaba en el cielo.
Al doblar la esquina de la calle Brooke, el desconcierto lo invadió por completo: un fuego voraz consumía el Mad Jackal, madero a madero.
Los vecinos habían formado una larga cadena humana, pasándose baldes de agua en un intento inútil por apaciguar las llamas, que ya tenían al edificio al borde del colapso.
Tomas no dudó un instante en sumarse al esfuerzo comunitario, tomando los baldes que iban llegando.
Con cada minuto, las posibilidades de salvar el lugar disminuían drásticamente. El fuego incluso amenazaba con propagarse a las edificaciones vecinas. Tomas y el resto de la gente se esforzaban por evitar un daño mayor.
Pero, finalmente, con un último crujido de madera, el destino de la taberna quedó sellado: sucumbió ante las llamas implacables.
Con la estructura derrumbada, el poder devorador del fuego pareció ceder. Su avance hacia otras casas se contuvo, y los vecinos lograron apagar las últimas llamas.
El desconcierto era generalizado. Todos se hacían preguntas, tejían conjeturas.
Tomas buscó, sin éxito, a alguien que pudiera explicarle lo ocurrido.
Apenas logró saber, por un anciano que vivía cerca de la calle Brooke, que un fuerte estallido había sacudido el lugar y que, cuando la gente salió a mirar, ya se veía el fuego propagándose con rapidez desde las ventanas del Mad Jackal.
Tomas no tenía razones para dudar del anciano. Pero, por más que pensaba, no encontraba una explicación para el estallido: los Jones no manipulaban fuego y, aunque su negocio era la venta de licor, este se almacenaba en botellas de cristal y barriles.
Contemplaba las ruinas, devastado, preguntándose si Alan y Lorelei habrían logrado escapar a tiempo.
De pronto, algo llamó su atención.
Mientras trataba de recobrar la compostura y analizar la escena con la cabeza fría, reparó en un detalle que hizo crecer en él una furia repentina, acompañada de un sentimiento de culpa difícil de disimular. Se inclinó para observar los escombros con mayor detenimiento.
No había un solo cristal de ventana entre las ruinas ni en los alrededores.
Si el estallido hubiera ocurrido en el interior, los cristales deberían haberse proyectado hacia afuera y quedar esparcidos por la zona.
Pero no era así.
Entonces distinguió varios restos de contenedores de pólvora entre la madera quemada.
No le quedó ninguna duda: habían intentado matar a los Jones simulando un accidente.
La frustración casi no le dejaba pensar con claridad. Estaba seguro de que los dueños de la taberna habían sido asesinados por su culpa: su presencia los había arrastrado a una guerra que no era suya.
Apenas logró ponerse de pie y caminar, sintiendo las miradas acusadoras de quienes aún permanecían en el lugar. La moral general estaba por el suelo.
Tomas deambuló por Revenbrock sin rumbo fijo. En sus pensamientos también empezó a colarse la culpa por la suerte de Julia Feiman: para él, era evidente que su desaparición tenía que ver con la interacción que habían tenido.
En el camino pasó junto a una capilla de aspecto antiguo y arquitectura admirable. No parecía un lugar muy frecuentado en los últimos tiempos. Junto al templo había una pequeña banca y, en ella, un hombre de lentes oscuros con un perro a su lado, mirando al infinito mientras sonreía.
—Bienvenido a la casa del Señor. Pocas personas vienen por aquí. ¿Vienes a expiar tus culpas? —le dijo el hombre.
—No, señor. Solo caminaba y me detuve un momento.
—No creo que haya sido casualidad, buen hombre. Quizás necesitas darte un minuto para pensar y conversar con Dios.
—Una vez lo intenté. Pero nadie respondió —dijo Tomas.
El hombre hizo un gesto de lamentación ante la respuesta y le preguntó:
—O quizás lo que pediste no era lo que necesitabas en ese momento… ¿Es usted el inspector Tomas Barnoc del que he oído hablar?
—Sí, señor, lo soy. Pero ¿cómo pudo saberlo? Por lo que veo, carece del sentido de la vista —dijo Tomas, sorprendido.
—Es fácil, inspector: su tono de voz es muy distinto a las frecuencias que suelo escuchar por aquí.
Hay nobleza en él, aunque ahora también puedo percibir una gran frustración.
Además, mi querido acompañante, Pascual, parece emocionado de conocerlo y no reaccionó a la defensiva, como suele hacer con la mayoría de la gente de este lugar.
Siempre confío en la percepción de mi perro.
Tomas lo miró con gran sorpresa.
—Es realmente impresionante, señor. Si me permite: ¿a qué se refiere cuando dice que lo que yo pedía no era lo que necesitaba?
—Muchas veces la gente habla con inteligencia, pero actúa con estupidez.
En ese frenesí, no logra dimensionar lo que en verdad necesita o lo que más le conviene en ese momento.
Así se pierde el rumbo de la vida y se termina creyendo que uno no es escuchado…
Déjeme hacerle una pregunta: ¿cree usted en algo?
—Creo en mí mismo. Si esa respuesta le sirve.
—Y, aun así, parece azorado… Se lo preguntaré de otro modo: ¿cree en alguna divinidad?
—Podría decirle que creo en la verdad; por encima de ella, no hay nada más. Y quizás también en la justicia divina: cuando los hombres fracasamos en equilibrar las cosas, de algún modo que no sé explicar, el castigo o la recompensa siempre llegan —dijo Tomas, con timidez.
—Entiendo, señor Barnoc. Es muy loable lo que intenta decirme, y puede que yo no sea la persona en quien usted deposite su confianza, y está bien: solo soy un hombre que acaba de cruzarse en su camino…
Pero nunca pierda la fe, inspector. Usted llegó a este lugar con un propósito, y ahí es donde actúa esa voluntad magnánima que todo lo gobierna.
La fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve…
Se lo dice alguien que solo puede ver tinieblas cada día y, aun así, logra percibir la luz en quienes lo rodean e iluminarse un poco con ella.
Esas palabras calaron hondo en Tomas, quien, sonriendo, respondió:
—No puedo expresar otra cosa que gratitud, buen hombre. Me abrió los ojos justo cuando más lo necesitaba… Que así sea… ¿Puedo preguntarle su nombre?
—El nombre no importa, inspector. Eso solo sirve cuando se quiere destacar algo. Yo solo soy un amigo. Nada más…
Tomas acarició al perro mientras escuchaba las últimas palabras de aquel hombre y puso su mano sobre la de él, que sostenía el bastón, en un gesto de gratitud.
Luego se dio la vuelta y siguió su camino, con una esperanza renovada, habiendo encontrado una suerte de medicina en la persona menos esperada.
Cuando todo parecía empezar a aclararse, de repente las circunstancias volvieron a cambiar de golpe.
Tanto Tomas como Oliver se encontraban ahora en un curioso contraste de pensamientos y realidades: ambos perseguían el mismo objetivo, pero quizás ese ideal compartido ya no coincidía tanto como antes.