Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

La “Bruja”

Antes de abrir la reja del antejardín, Tomas vio que la puerta de la casa se abría y la figura de una mujer apareció en el umbral. El inspector se quedó estupefacto: era la mujer de piel pálida que había visto tantas veces por la ciudad.

—Sabía que, en algún momento, tendría la oportunidad de recibirlo en mi morada —dijo ella.

—Creo que ya nos conocíamos, aunque no había tenido el placer de presentarme formalmente. ¿Es usted la bru…? Perdón. Soy el inspector Tomas Barnoc. ¿Cuál es su nombre?

—Puedo disculpar su imprudencia, aunque no haya terminado la frase. No me sorprende que así se refieran a mí. Es el resultado del limitado entendimiento de muchos habitantes de Revenbrock, o quizá de sus excesivos prejuicios. Mi nombre es Agatha Nahigari. Mucho gusto, inspector.

Tomas completó su presentación con una reverencia.

—Ahora respóndame algo, inspector Barnoc.

A mí me llaman bruja por conocer secretos que la mayoría ignora.

A Hilda Hughes, de la calle Adams, la llaman ramera por cautivar a los hombres con su esencia femenina y dominarlos con sus encantos.

Pero yo le pregunto: ¿cómo deberían llamarse esos pseudocaudillos que someten y humillan a su gente, y que se disfrazan de salvadores cuando lo único que buscan es enriquecerse a costa del sudor y el esfuerzo de toda una comunidad?

—Yo los llamaría verdugos —sentenció Tomas.

Agatha sonrió apenas de un lado de la boca y, con un leve giro del cuerpo, le indicó con la mano que entrara.

Con cautela, el inspector accedió.

En el interior encontró un lugar muy particular: estanterías repletas de frascos con líquidos de todos los colores, plantas de formas y variedades que en su mayoría le resultaban desconocidas, y un mostrador con una caja registradora a un costado.

Por encima del vidrio pudo distinguir recipientes con polvos y sustancias que lo dejaron completamente desorientado.

En una esquina, sobre un pedestal, un pequeño gato negro de patas blancas lo observaba sin perder detalle de ninguno de sus movimientos.

—Disculpe, señorita Nahigari. ¿Acaso usted es boticaria?

—Si eso simplifica la definición, sí, digamos que lo soy. Pero, en un análisis más profundo, soy una botánica que estudia las propiedades de las plantas en beneficio de la salud de las personas.

—Ahora entiendo por qué muchos la tildan de bruja.

—¿No le parece un concepto un poco anticuado, señor Barnoc?

—Ciertamente. Usted es una mujer de ciencia, aunque para muchos resulten incómodos los medios que utiliza para descubrir sus remedios. O quizá, simplemente, no puedan concebir que una mujer logre semejantes resultados. Eso sí que es anticuado e impropio.

Agatha sonrió con agrado e invitó a Tomas a sentarse.

—Señor Barnoc, debo ser sincera con usted. No solo busco fórmulas o combinaciones capaces de curar algún mal. También me interesa saber qué puede ser tan dañino, tan mortal, que cause una agonía interminable a alguien cuyo único deseo sea la muerte. Pero, en estos días, eso me aterra bastante.

Tomas la miró con cierto temor. Pocas veces se había sentido vulnerable, pero aquella era una de esas ocasiones.

—Asumo que es normal que algo así le cause terror. Pero ¿hay alguna razón en particular por la que ahora sienta más pavor?

—Hubo una noche en que desperté temblando. Presencié, con horror, cómo mi querida Revenbrock ardía en llamas incontrolables, alimentadas por el desconcierto y el miedo de la gente. Las llamas eran implacables, destructivas; reducían todo a cenizas. No pude imaginar un destino más nefasto.

—Pero fue solo un mal sueño, ¿no le parece? —dijo Tomas, tratando de tranquilizarla.

—En la noche, los silencios también cuentan historias, señor Barnoc. Y, en mi caso, a veces son bastante premonitorios.

—No voy a negarle que, en este momento, las cosas no son nada alentadoras en Revenbrock.

—Eso pensaba yo días atrás. Pero entonces lo vi a usted aquella mañana en el centro cívico, y su presencia rompió mi mal presentimiento.

—¿Por qué lo dice?

—En cierto modo, soy fiel creyente de que a las cosas hay que dejarlas seguir su curso. He sido una espectadora silenciosa; solo he intervenido cuando el destino me lo ha exigido.

—¿Podría ser más específica? Me temo que no termino de comprenderla.

—Verá, señor Barnoc: para un hombre con un martillo, cada problema es un clavo. Eso es, justamente, lo que ha ocurrido en Revenbrock. Se preguntará a qué me refiero, y la respuesta es simple: las desapariciones y muertes de este último tiempo responden a intereses particulares.

—De eso no tengo la menor duda. Lo que quiero identificar es por qué y a los culpables.

—Y por eso su irrupción en este lugar es tan fascinante. Lo admiro por haber entrado tan magistralmente en la trama.

—Pareciera que le divierte… —dijo Tomas, con cierta angustia.

—En absoluto, señor Barnoc. Tantas vidas rotas, tanto dolor, tanta rabia… ¿quién podría sentir alegría ante algo así?

Agatha interrumpió la conversación por un momento. Se dio la vuelta, tomó de una repisa una botella de cristal opacado y sacó un par de vasos.

—Disculpe mis modales. ¿Desea compartir un trago conmigo?

Tomas observó la botella con evidente desconfianza.

—Se lo agradezco, señorita Nahigari, pero por ahora prefiero no beber nada.

Agatha rio con un dejo pícaro.

—Pierda cuidado, inspector. No tengo ningún interés en darle algo que pudiera hacerle daño. Al contrario: quisiera ofrecerle todas las herramientas para ayudarlo. Además, esta quizá sea una de las últimas bebidas que pueda disfrutar con verdadera calma en los tiempos que vienen.

Un silencio se apoderó del ambiente por un instante. A lo lejos, apenas audible, sonaba una música de piano: sombría, íntima, con una sensación de falso confort.

—Señorita Nahigari, ¿cree que deba preocuparme por lo que pueda venir?

—Es muy probable que, si sigue ahondando en esta investigación, no le guste lo que encuentre.

Incluso su propia integridad podría estar en peligro.

Pero debe hacerlo… Yo no deseo ver a mi tierra devastada.

Siento que la gente está pasando del miedo a una rabia incontrolable y, desde mi perspectiva, la ira es un veneno que uno bebe esperando que el otro muera.

Ahí es donde siento más temor: que, al final, todos terminen matándose entre sí.

Agatha bebió con rapidez el líquido que se había servido y pareció afectarse en el proceso. Aunque ella misma había pronunciado aquellas palabras tan duras, algo en su gesto sugería que aún se resistía a creerlas del todo.

—¿Se encuentra bien, señorita Nahigari?

—No, inspector. Siento que fui utilizada de alguna forma en todo este juego macabro y debo confesárselo: mi intervención en el curso de las cosas parece haber tenido un efecto más devastador del que imaginé.

—Dígame lo que sienta. Quiero escucharla.

Agatha bajó la mirada.

—Antes de la muerte de Astor Wildrem, tocó a mi puerta una persona que buscaba algo en particular: una mujer con un velo negro, con enorme interés en adquirir una toxina lo bastante letal como para garantizar que quien la ingiriera no tuviera oportunidad alguna de sobrevivir.

Le proporcioné un veneno cuya eficacia ya había comprobado y que, según mis conocimientos, no dejaba rastros detectables mediante los métodos habituales.

La mujer quedó extasiada con el frasco. Incluso me pagó mucho más de lo que yo hubiera pedido por él.

La mención de una mujer con velo negro no pasó desapercibida para Tomas. De inmediato pensó en alguien que había visto antes con el mismo tipo de atuendo.

—¿Cree que ese veneno fue usado para asesinar a Astor Wildrem? —preguntó Tomas.

—No lo creo. Estoy completamente segura de ello.

Tomas sintió una oleada de satisfacción. Después de todo, ya tenía claro que la versión oficial de los hechos había sido tergiversada.

—Señorita Nahigari, debo preguntarle: ¿por qué nunca informó de esto a las autoridades?

—¿A cuáles? Tengo el firme convencimiento de que, de una u otra forma, todos aquí tienen alguna culpa que ocultar. Y dudo mucho que con la imagen maquiavélica que tienen de mí, alguien me hubiera tomado en serio. Me atrevería a decir que hasta podrían haberme culpado de lo sucedido.

—Sí, eso puedo entenderlo. Debe ser particularmente irritante que se digan cosas negativas basadas en prejuicios. Asumo, entonces, que por esa misma razón no tiene buena relación con la reportera Julia Feiman, por ejemplo.

Agatha observó a Tomas con atención y levantó una ceja.

—Debo entender que esa fue la razón por la que vino hasta mi morada, ¿verdad?

Pues bien, señor Barnoc: Julia no es santa de mi devoción.

He tenido varios encuentros desagradables con esa mujer.

Me molesta profundamente que alguien cuyo oficio es informar la verdad sea tan prejuiciosa.

La señorita Feiman nunca se acercó a preguntarme por las muchas hipótesis que circulan por ahí; se limitó a escribir lo que pensaba o lo que escuchaba de otros.

Eso, si me lo pregunta, es indigno de una profesional.

Aun así, no la culpo realmente. Supongo que es demasiado joven para entender muchas cosas.

Y créame que no le deseo ningún mal. Por mí, que siga escribiendo lo que quiera.

—Entiendo. Entonces supongo que no tiene idea de que recientemente desapareció.

Agatha abrió los ojos, sorprendida.

—¿Cómo? En absoluto. El periódico de esta mañana no traía ninguna información al respecto. De hecho, hay un artículo firmado por ella.

Tomas se quedó pensando, confundido. Aquello no tenía sentido. Si Julia había desaparecido, ¿quién había escrito aquel artículo?

—Por lo pronto, señorita Nahigari, le agradezco mucho la confianza que ha tenido conmigo. Es muy valiente de su parte haberme confesado lo del veneno.

Dicho esto, Tomas tomó por voluntad propia la botella translúcida, se sirvió un poco en el vaso y bebió un buen sorbo.

—Interesante bebida. Espero poder comprarle alguna muestra cuando todo esto termine.

—Cuando esto se resuelva, considérelo un regalo de mi parte.

Tomas se levantó y se acercó al gato. Lo acarició durante un momento y este respondió con un ronroneo tímido.

—Señor Barnoc, quiero darle un consejo: no se puede negar que hay algo incongruente en todo este asunto y, aunque a veces parezca etéreo, creo que hay una razón mucho más grande detrás de lo que está ocurriendo.

Recuerde que, al menos de mi parte, estaré dispuesta a ayudarlo cuando lo necesite.

Es momento de intervenir por el bien de Revenbrock.

Tomas la observó, como tratando de leer sus pensamientos.

—Creo que hay algo más en lo que podría ayudarme ahora mismo, señorita Nahigari.

—¿Y qué sería eso, inspector?

—¿Sería posible que me diera una muestra del veneno que le vendió a esa persona?

—Cuente con ella.

De un cajón, Agatha sacó un pequeño tubo de ensayo. Luego buscó en un anaquel un frasco escondido, ya cubierto por una fina capa de polvo, y, con extremo cuidado, vertió parte de su contenido en el tubo. Después lo tapó con un corcho ajustado a la medida.

Tomó también otro recipiente de una estantería distinta, uno que contenía una sustancia verde, y vertió un poco de aquel líquido en un segundo tubo.

—Sobra decirle que debe tener extrema precaución con este veneno.

Quizá no tenga un efecto grave si solo toca la piel, pero, si se ingiere, ya sabe usted qué destino le esperaría.

Por eso le regalo este segundo brebaje: podría decirse que es una suerte de antídoto.

No es nada agradable; la agonía que se siente mientras hace efecto es desesperante.

Agatha entregó ambos tubos, guardados en un pequeño saco de tela.

—Mil gracias, señorita Nahigari. Esta charla fue sumamente esclarecedora. Le pido disculpas nuevamente si la ofendí con mi imprudencia anterior. Con su permiso, debo marcharme: tengo mucho por investigar.

—No fue tal. Buena fortuna, señor Barnoc.

Tomas le hizo una reverencia y salió de la casa.

Agatha esperó hasta verlo desaparecer. Entonces tomó un pequeño libro que guardaba en una estantería, anotó un par de cosas y suspiró profundamente. Su confesión ya estaba hecha.

Muchas cosas empezaban a tener sentido. La verdad, aunque tímida, salía poco a poco a la luz.

El inspector se preguntaba si convenía que Artemius Hildegan y Oswald Winsor supieran del veneno.

No podía considerarlos aliados del todo, pero al menos parecían dispuestos a apoyarlo; aparentemente, también querían llegar a la verdad.

Aun así, lo que más lo atormentaba era la identidad de la mujer que había comprado el veneno de Agatha Nahigari.

¿Sería la misma que se había cruzado con él en la torre del reloj?

Las probabilidades eran altas, pero no podía asegurarlo sin más pistas.

Ese misterio incómodo, esa duda irresoluble cargada de intriga y desesperación, ocupaba su mente casi tanto como la urgencia de encontrar a los desaparecidos.

Por otro lado, tenía esperanzas en que Oliver lograra identificar a Roxana, la mujer mencionada por Peter Heskey. Aquello podría terminar de aclarar los hechos y conducirlos hasta los verdaderos responsables.

Por ahora, lo mejor sería tomarse un respiro.

Tomas decidió ir al Mad Jackal. Quizá allí pudiera pensar con más calma su siguiente movimiento.

Mientras tanto, Oliver ya se había encargado de dejar a Peter Heskey en la puerta trasera de su casa. No le había resultado nada difícil. Después se dirigió, con mucha prisa, a otra ubicación.

No se sentía nada contento.

La sonrisa que le había mostrado a Tomas momentos antes se había esfumado hacía rato.

Necesitaba encontrar a su mujer de confianza.

Quizá ella tuviera las respuestas que le faltaban…