Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Interrogatorio

Tomas dejó escapar un suspiro antes de responder a lo que acababa de escuchar.

—En el pasado, cuando me decías esta clase de cosas, generalmente era porque habías armado un desastre.

—No tienes que ser tan prejuicioso, Tom. Estoy tratando de contribuir a tu causa y hago las cosas de la mejor manera… Bueno, casi. Quizás esta vez no. —Oliver soltó una risita.

—Basta, Andrews. ¿Qué hiciste ahora?

—Ya lo verás. No te consumas en la ansiedad.

Tomas se llevó una mano al rostro, esperando que no se tratara de alguna atrocidad. De cualquier manera, estaba a punto de descubrirlo; solo debía esperar a llegar al lugar indicado.

—Por cierto, Oliver, tengo una mala noticia. Recién me enteré de que Julia Feiman desapareció.

Oliver apretó los dientes sin dejar de conducir.

—Maldición, Tom. Eso sí es una contrariedad. Ella tiene información que podría ponernos en jaque a los dos. Apresurémonos, entonces. Hay que movernos con eficacia.

Mientras tanto, en el ayuntamiento, Collins presionaba al Mayor Wildrem, sumamente irritado por la herida que Tomas había infligido a su orgullo.

—Se lo dije varias veces y usted no quiso escucharme. Ese inspector es un maldito problema.

—Ya no tiene caso lamentarse, Víctor. Quisiera encontrar una manera de limitarlo, porque detenerlo del todo no se puede.

—Si me permite, Mayor: podría ponerlo bajo custodia por la desaparición de Julia Feiman. Al fin y al cabo, se lo vio con ella recientemente.

—No funcionará, Collins. ¿Podría intentar ser menos obtuso? Hay que ser más sutiles.

Collins se quedó pensando un momento y esbozó una sonrisa bastante maliciosa.

—Mire, alcalde: quizás haya otra forma de causarle dolor y confusión.

—¿Qué tiene en mente?

—Déjemelo a mí, Mayor. Pensaré en algo para reducirlo a la mínima expresión. Quedará acabado moralmente. Por lo pronto, guarde la calma y manténgase a salvo aquí, en su oficina.

Víctor Collins se disponía a salir del salón cuando Wildrem lo detuvo.

—Teniente, antes de que se vaya, respóndame algo. Cuando asesinaron a mi hermano, ¿usted se encargó personalmente de todas las pericias?

—Sí, señor. ¿Por qué lo pregunta?

—Por nada. Siga su camino. Espero resultados pronto.

Collins salió de la oficina redonda con cierta incertidumbre. Al parecer, la confianza del Mayor Wildrem ya no lo cobijaba como antes.

Pasados unos minutos, Tomas y Oliver llegaron a la casa escondida que Andrews utilizaba como guarida. Tras bajar del carruaje, Oliver abrió la puerta despacio y, antes de que ambos entraran en la pequeña sala, extendió una mano para detener a Tomas.

—Antes que nada, Tom, quiero que sepas que intenté conseguir respuestas por todos los medios ordinarios, pero no fue posible. Así que opté por esto. En el sótano tengo a Peter Heskey, el jefe de redacción del periódico, cautivo y con los ojos vendados…

Tomas lo miró, incrédulo.

—Esto tiene que ser una maldita broma. ¿¡Acaso perdiste la cordura?! ¿Qué se supone que es esto? ¿Jugar la misma carta que los inconscientes de este lugar usaron para hacer desaparecer gente?

—Por supuesto que no. No pretendo lastimarlo ni retenerlo indefinidamente. Solo hasta que nos diga lo que necesitamos.

—Estás demente. Esta no es la justicia ni la moral que yo pretendo honrar. No voy a participar en esto.

Oliver lo observó durante unos segundos.

—¿La justicia que pretendes honrar?… Está bien, Tom. Vete entonces. No te voy a detener. Pero escúchate, Tomas: me hablas de una justicia y una moral que no existen. Te miras al espejo y tratas de ver a un hombre justo, pero te pregunto: ¿de verdad ves a esa persona?

Tomas guardó silencio.

—No, Barnoc. La fantasía que tienes en la cabeza sobre la justicia no existe.

Nunca existió. ¿Sabes por qué? Porque está gobernada por hombres.

Hombres que cometemos errores constantemente; que somos justos cuando resulta conveniente, cuando es fácil decidir, pero no cuando hay que arriesgarse de verdad.

Oliver hizo una pausa.

—Seré sincero, Tomas: creo que, si decides irte de aquí, será porque no puedes sostener la idea de justicia a la que aspiras.

Eres un gran inspector. Pocos son tan buenos como tú.

Pero la realidad de la justicia es, en esencia, lo que se construye entre tu ideal y los hechos de la vida.

Y si no puedes dimensionar que entre esas dos cosas existe un margen enorme, uno que a veces exige acciones contundentes, jamás resolverás muchos de los problemas que te propongas resolver.

Tomas quedó helado ante aquellas palabras. Sabía que Oliver tenía razón, y no encontraba cómo discutir la lógica implacable de su argumento.

—Si esas palabras salieron realmente de tu interior, debo decir que aprendí algo hoy. Eres un verdadero enigma. No dejas de sorprenderme… Tienes razón, Oliver. Prosigamos.

Oliver sonrió y le dio un breve abrazo en señal de armonía y camaradería.

Bajaron juntos al sótano.

Allí, en una silla, tal como Oliver lo había descrito, estaba Peter Heskey: atado de manos y pies, con una venda negra sobre los ojos, visiblemente nervioso y atemorizado.

—Señor Heskey, es hora de cumplir con su propósito aquí. Si nos da la información que precisamos, le aseguro que será liberado sin un solo rasguño —dijo Oliver.

—Eso mismo dijo cuando me secuestró. Y se divirtió pellizcándome y dándome palmadas en la frente y en la nuca.

Oliver se tapó la boca para contener la risa y alzó los hombros hacia Tomas, que movió la cabeza de un lado a otro en clara señal de reprobación.

—Estoy seguro de que el hombre que acaba de decir esas palabras tan sabias no es el mismo que hace estas payasadas con los demás —le susurró Tomas.

Eso solo consiguió arrancarle otra carcajada a Oliver.

—No veo problema en divertirme un poco, amigo. La risa es el condimento de la vida, ¿no crees? —respondió en el mismo tono.

—Discutamos eso luego. Mejor empecemos con tu «fabulosa» idea —replicó Tomas.

Oliver tragó saliva, afinó la voz y comenzó a hablar con un tono más ronco y distorsionado.

—Señor Heskey, considero que usted tiene mucha información que podría darnos. De hecho, eso es exactamente lo que lo tiene cautivo en este momento. Lo sabe, ¿verdad?

—No, señor, por favor. Le pido que no me haga daño y me deje en libertad. Yo no sé nada. Soy inocente. Solo cumplo con mi labor de reportero local.

—Es bastante hilarante que se declare inocente de antemano, cuando todavía no lo hemos acusado de nada. Eso, por consiguiente, sugiere que sí tiene culpas que confesar.

—Hablaré. Diré lo que sea.

Tomas tomó la palabra.

—Mire, señor Heskey: con todo respeto, considero que usted es un ladrón de poca monta. No porque hurte cosas materiales, sino porque roba la identidad y la verdad. ¿Es consciente de que ha traicionado los ideales que representa ser periodista?

—Lo sé, señor. Me arrepiento mucho. Me dejé llevar por la codicia y por el miedo.

—¿A qué se refiere?

—Me prometieron el cargo de administrador y propietario del nuevo proyecto radial de la ciudad, la nueva maravilla de las comunicaciones. Yo tendría las patentes y ganaría mucho dinero. A cambio, debía publicar las noticias que me indicaran.

Oliver y Tomas se miraron.

—¿Quién le ofreció ese trato? —preguntó Tomas.

—Fue una funcionaria de la alcaldía. No recuerdo su apellido, pero sí su nombre: Roxana.

Oliver quedó petrificado al escuchar el nombre.

Tomas reparó en su reacción, pero decidió no interrumpir.

—Entiendo. Tengo otra pregunta, señor Heskey: ¿por qué alteró el artículo que había preparado sobre el asesinato de Astor Wildrem y guardó la versión original? ¿También le pagaron por eso?

Heskey bajó la cabeza y la movió de un lado a otro.

—No podría responder eso.

De inmediato, sin ninguna delicadeza, Oliver le propinó una bofetada que lo derribó de la silla.

—No estamos jugando, señor Heskey. Necesitamos respuestas ahora mismo.

—No te excedas, Oliver —le susurró Tomas, desaprobando el gesto.

—No me golpee de nuevo, señor. Le diré todo… La nota sobre el asesinato del señor Wildrem la publiqué por orden del jefe de policía, el señor Collins —dijo Heskey, casi entre lágrimas.

—¿Qué tenía que ver Collins con todo eso? —preguntó Tomas, visiblemente molesto.

—El jefe de policía iba a perder su puesto si no resolvía el crimen.

No tenía la menor idea de qué había pasado en realidad, así que me pidió que escribiera el artículo que finalmente se publicó.

No sé si fue casualidad, pero a los pocos días capturaron al señor Allister.

Yo solo me limité a recopilar los hechos tal como me los dieron.

Tomas y Oliver se miraron.

Ya tenían un elemento que podía comprometer seriamente al jefe de policía.

—Una última pregunta, señor Heskey: ¿por qué falsificó el artículo de Julia Feiman sobre el inspector Tomas Barnoc? O, mejor dicho, ¿por qué se hizo pasar por ella?

—También fue el teniente Collins quien me obligó. Me duele mucho que, por esa razón, la hayan secuestrado. Es una buena muchacha, entusiasta y dedicada. No tiene nada que ver con el complot que armaron aquí.

—¿Tiene alguna idea de dónde puede estar ahora?

—No, señor. Pero creo saber de alguien que quizás tenga información, o al menos pueda guiarlo. Y, por Dios, espero que así sea.

—¿De quién se trata?

—En la casa número 896 del distrito Saint Helm vive una mujer muy extraña. Todos le temen; dicen que es peligroso acercársele. Julia nunca tuvo buena relación con ella: escribió un par de artículos poco favorables sobre su imagen. La conocen como «la bruja».

—Entendido. ¿Algo más que quiera decirnos, señor Heskey?

—Sí: por favor, libérenme y no comenten nada de lo que acabo de revelarles. Si descubren que hablé, terminaré tres metros bajo tierra.

—¿Y qué pensaba que iba a pasar si no nos decía la verdad?

—Basta, Oliver. Este hombre ya está bastante asustado; le vas a provocar un infarto —le susurró Tomas.

Oliver asintió.

—De acuerdo, señor Heskey. Ahora será liberado. Esta conversación nunca ocurrió.

Acto seguido, Oliver le propinó a Heskey un golpe cerca del hombro que lo dejó inconsciente.

Tomas lo miró con desaprobación.

—No me mires así. Sabes que es mejor llevarlo sin conocimiento; es más fácil de manejar.

Tomas hizo un gesto de resignación y, entre los dos, subieron a Heskey hasta la sala del primer piso.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Oliver.

—Supongo que averiguar más sobre Roxana, la mujer que trabaja en el ayuntamiento.

—No te preocupes, Tomas. Yo me encargo de eso; déjamelo a mí. Mejor ve tú a la casa de la bruja. Prefiero que hagas tú esa parte. Soy demasiado supersticioso para andar metiéndome con brujas.

Tomas lo miró con cierta desconfianza. Oliver parecía nervioso, pero prefirió no darle mayor importancia.

—Qué tontería, Andrews. Si por ti fuera, solo te involucrarías con mujeres. Está bien, iré a la casa de la bruja. ¿Y con Heskey, qué harás?

—Lo dejaré en el mismo lugar de donde lo saqué, en la entrada de su casa. Pero antes hay que prepararlo.

—¿A qué te refieres?

De un gabinete, Oliver sacó una botella de licor de dudosa calidad y comenzó a derramarla poco a poco sobre la ropa de Peter Heskey.

—¿Para qué haces eso? —preguntó Tomas.

—Muy simple, mi querido Tom: no podemos confiar en que este hombre guarde silencio sobre lo ocurrido, más allá de que hablar podría comprometer seriamente su posición. Así que dejaremos una estela de embriaguez en su ropa, para que duden de cualquier versión que él dé.

Tomas lo observó unos segundos.

—Bastante astuto. Debo decirlo, aunque sea esta vez: me alegra tenerte aquí… y de mi lado.

—¿De qué hablas? Siempre has estado feliz de tenerme a tu lado. Soy lo mejor que puedas encontrar.

—Amigo, la soberbia y la humildad rara vez van de la mano.

—Vamos, Tom, no hace falta que me des lecciones. Era solo un comentario para amenizar el momento. Mejor sigamos: no podemos desperdiciar más tiempo.

Antes de salir de la guarida, se aseguraron de que no hubiera nadie afuera que pudiera verlos. Subieron a Heskey al carruaje, lo cubrieron con una manta gruesa para que no lo descubrieran durante el trayecto y se pusieron en marcha.

El recorrido parecía eterno.

Tomas sentía inquietud ante la idea de conocer a la mujer que llamaban «la bruja». ¿Qué secretos guardaría? Intentaba distraerse observando el paisaje, hasta que prefirió conversar un poco con Oliver, pasando de asuntos banales a cuestiones más puntuales.

—Dime, Andrews: ¿cómo piensas descubrir la identidad de la mujer que mencionó Heskey?

Oliver volvió a mostrarse tenso.

—Sería arriesgado intentar entrar al ayuntamiento con alguna excusa, mucho más ahora que sé que está fuertemente resguardado. Quizás lo más sensato sea montar una vigilancia silenciosa e ir identificando poco a poco los rostros de quienes entran y salen del edificio.

—Sí, creo que es lo más prudente por ahora.

Además, dadas las circunstancias, me temo que no podemos confiar en ningún policía de este lugar.

Sé que no todos le guardan obediencia total a Collins, pero sus manos están manchadas de culpa y podría usar cualquier argumento para manipular a sus tropas, más allá de la jerarquía.

Oliver permaneció pensativo unos segundos.

—Oye, Tom, ¿crees que Heskey nos dijo toda la verdad?

—El miedo es, quizás, uno de los mejores sueros de la verdad. Puede aflojar la lengua del más reservado. Confío en que este haya sido el caso. Aun así, sigo teniendo la misma sensación que me acompaña desde que llegué: todos aquí parecen tener algo más que decir, pero siempre lo omiten.

Oliver asintió, confirmando lo que Tomas acababa de decir.

Minutos más tarde, vieron un cartel en una esquina.

Habían llegado al distrito Saint Helm.

—Estamos cerca. Yo sigo desde aquí. Te encargo que lleves a Heskey sano y salvo y, por favor, ten mucho cuidado.

—Ni lo menciones. Prevención es mi segundo nombre.

Tomas lo miró, incrédulo.

—Tu cinismo no tiene límites, ¿verdad?

Oliver rio y le dio un fuerte apretón de manos.

Tomas bajó del carruaje y observó a su amigo partir, deseándole en silencio la mejor suerte, rogando que no se metiera en problemas ni fuera descubierto por la policía.

Aunque no lo había mencionado antes, la desaparición de Julia Feiman lo tenía francamente preocupado. Y, de algún modo, sentía que la perversión que se cernía sobre Revenbrock estaba a punto de alcanzarlo también.