Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

—Y descubro, además, que un sujeto cuya identidad desconocemos se hizo pasar por el capitán Tennyson para robar información de los archivos policiales y que, como por arte de magia, también desapareció un objeto que reposaba en la bodega de evidencias del caso de mi hermano.

Todo esto me lleva a pensar que el honesto inspector Barnoc está atentando contra la moral y la buena imagen de quienes solo deseamos el bien de Revenbrock.

Tomas se levantó para responder a las acusaciones. En ese instante, Collins alzó discretamente su macana, listo para incapacitarlo de nuevo. Pero, en un movimiento veloz, Tomas detuvo su mano, le arrebató el arma y la usó para aprisionarle el cuello contra la pared.

—Jamás se le ocurra volver a tocarme, Collins. A usted le falta capacidad hasta para lustrarme los zapatos.

Víctor quedó paralizado de espanto, el corazón desbocado.

—Si desea que esta conversación continúe, alcalde, le pido que ordene al teniente retirarse de la habitación —dijo Tomas, sin apartar la mirada de Collins.

Impactado por lo que acababa de presenciar, Wildrem le hizo una seña con los ojos a Víctor, que, humillado y furioso, se retiró del despacho.

Una vez que la puerta se cerró, Tomas se acercó al escritorio del alcalde, apoyó las manos sobre él y habló con total contundencia.

—No intente usar la fuerza o la intimidación conmigo, Mayor. No conseguirá nada de mí por esos medios. Pero el hecho de que sea capaz de recurrir a ellos me hace cuestionarme muchas cosas sobre su forma de proceder.

Wildrem lo miró fijamente. Trataba de disimularlo, pero estaba nervioso y, de algún modo, se sentía desprotegido.

—Entonces actuaré por la vía diplomática, inspector: queda relevado de su investigación. No requiero su presencia en Revenbrock. Puede marcharse.

—No sea iluso, alcalde. ¿De verdad cree que algo tan absurdo va a funcionar?

—Le exijo que me respete, señor. Soy la máxima autoridad de este lugar.

—El respeto no se exige, alcalde: se gana. Y en estas circunstancias es aún más grave, porque, siendo usted quien dirige los intereses de su pueblo, debe aceptar que el control que creía tener se le escapó de las manos hace tiempo.

—No permitiré que me señale en mi propia oficina.

Tomas adoptó una postura más conciliadora, aunque ya había confirmado que la actitud defensiva de Wildrem escondía algo de culpa.

—Mayor, no me vea como un enemigo. Deseo ayudar a su demarcación, pero he encontrado obstáculos dentro de sus propias fuerzas. El jefe de policía ha sido una barrera constante. Le pregunto: ¿no se le ha ocurrido pensar que tiene enemigos dentro de su propio círculo de confianza?

Wildrem lo miró fijamente, sin responder.

—Alcalde, mi único objetivo es la justicia. Debo llegar al fondo de todo esto y encontrar las respuestas.

—¿Por eso decidió robar en la comisaría?

—Me acusa de algo que no he hecho, alcalde. Pero, ya que lo menciona: ahora sé que la versión que sostiene que su hermano murió a puñaladas es falaz.

Wildrem abrió los ojos, con evidente sorpresa.

—No es posible, inspector. Allister lo traicionó y decidió matarlo… Collins me lo confirmó. Cuando me enteré, quedé tan abrumado que ni siquiera pude ver el cuerpo. Estaba sumido en la negación.

Tomas aguardó unos segundos antes de continuar. Al parecer, Wildrem decía la verdad: su desesperación era genuina y la forma en que se tomaba la cabeza con las manos delataba que no podía creer lo que estaba escuchando.

—Señor, debo insistir: alguien dentro de su administración conspiró contra su hermano.

Pude averiguar que cierta persona quiso adquirir un cuchillo, aparentemente para el señor Astor, pero no llegó a concretar la compra.

Después consiguieron el puñal defectuoso que tienen como evidencia.

Pero le puedo asegurar que ese no fue el arma homicida.

Wildrem se acercó a su licorera. Le temblaban las manos y, al intentar servirse un whisky, derramó algunas gotas en el suelo.

—Mayor, sé que es difícil para usted, pero necesito que me diga quiénes estaban con su hermano la noche del asesinato.

—No lo recuerdo bien. Había demasiada gente en aquella fiesta. Yo debía atender una entrevista, perdí la noción del tiempo y de quiénes asistieron.

La mirada del alcalde parecía perdida, fija en la nada.

—Alcalde, creo que lo más conveniente es retirarme por ahora. Pero le pido que, si recuerda algo, me lo haga saber.

Wildrem volvió la vista a la ventana, sin querer mirar de nuevo a los ojos de Tomas, aunque asintió con la cabeza.

Al abrir la puerta de la sala redonda, Tomas se encontró de frente con Víctor Collins, que le lanzó una mirada asesina.

—Ya puede ir a buscar su dignidad. Quedó justo donde la dejó.

Collins entró a la sala con rapidez y cerró la puerta, retorciéndose de furia.

Pensativo, Tomas llegó hasta la entrada del ayuntamiento, donde un cochero se le acercó apenas lo vio aparecer.

—Permítame llevarlo, inspector —dijo el hombre de barba frondosa y lentes oscuros.

Tomas lo observó con desconfianza, pero, tras analizarlo unos segundos, aceptó la oferta.

Ya en marcha, se acercó al cochero y le dijo:

—Me sorprende tu talento para escoger disfraces. Pero es difícil que logres engañarme, Oliver.

El cochero soltó una risa socarrona.

—Tom, era imperioso venir a buscarte sin despertar sospechas. Además, necesito llevarte a un lugar para mostrarte algo. De antemano te pido que no me juzgues: esto había que hacerlo, incluso a la fuerza…