Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El precio de la verdad

Fue la aparición más inesperada. Tomas permaneció en silencio, con los ojos bien abiertos, observando al recién llegado.

Oswald Winsor no parecía estar pasando por su mejor momento: la ropa descuidada, los pliegues de piel en el cuello que sugerían una pérdida de peso reciente y la barba algo desaliñada, señal de que no había podido consentirla como en los tiempos en que la clandestinidad no era su modo de vida.

—Parece que hubiera visto un fantasma, inspector —proclamó Winsor.

—Quizás no a un fantasma, pero sí a una de las personas más buscadas de Revenbrock. Me gustaría escuchar un motivo por el cual no debería arrestarlo ahora mismo.

Hildegan miró a Tomas, impactado.

—Si de verdad pensara que sobre mí recae algún indicio de culpa, ni siquiera me permitiría el beneficio de la duda. Actuaría de inmediato: es usted un hombre de convicciones férreas.

La tensión era palpable en la sala. El silencio solo se rompía con el chisporroteo de la chimenea.

—De igual manera, usted no se presentaría ante mí si pensara que podría propiciar su captura —dijo Tomas, dejando escapar una leve sonrisa.

Hildegan y Winsor se sonrieron mutuamente, como si compartieran el mismo pensamiento. Oswald se acercó y estrechó la mano del inspector con un gesto de mucho respeto. Tras tomar asiento, continuaron la conversación.

—Es muy extraño todo lo que he vivido hasta este punto. No soy esclavo, pero tampoco estoy en libertad; debo permanecer escondido, como un conejo atemorizado. Sufro la presión de quienes me buscan y, para ser honesto, no ha sido fácil desde que mis empleados más cercanos también desaparecieron.

—Señor Winsor, quiero ser directo: la premura de resolver esta situación no da lugar a formalidades. ¿Por qué el alcalde Wildrem piensa que usted fue el responsable de las desapariciones? Según la versión que me dieron él y el jefe de policía, es el claro culpable.

—¿Y usted lo cree, señor Barnoc?

—Por supuesto que no.

Winsor entrecerró los ojos y sonrió, como quien deja escapar un suspiro de alivio.

—En la cabeza del Mayor Wildrem —un título bastante grande para semejante personaje— no cabe la idea de que alguien pueda hacer las cosas mejor que él.

Asumo que la versión de que yo soy el causante de las desapariciones nace de la confabulación que existió entre varios habitantes de Revenbrock en contra del alcalde.

No me sorprende que la use para señalarme.

—¿Por qué?

—Inspector Barnoc, creo que usted es un hombre sabio.

Y más allá de la necesidad obvia de encontrar un autor intelectual para los hechos, también era conveniente dirigir las sospechas hacia mí, porque fui su opositor en las pasadas elecciones.

Estoy convencido de haber ganado esa contienda: contaba con el aval de la mayoría de los votantes.

Pero, por alguna extraña razón, Wildrem terminó investido como Mayor.

—Sabía que su familia rivalizaba con los Wildrem en el terreno comercial. No tenía claro que la política fuera otro campo de batalla.

—Así es, inspector. Y más allá del poder que ya ostentaba esa familia por su posición social, estoy convencido de que hubo intereses más grandes detrás de todo lo que ganaron.

Lo que a mí personalmente me sigue intrigando es por qué eligieron al menor de los hermanos Wildrem como alcalde y no al difunto Astor, que siempre fue el verdadero cerebro de la familia.

—Quizás Astor no era tan carismático como su hermano. Preferían una imagen más fresca, más transparente —dijo Tomas, sin creer del todo lo que acababa de decir, aunque esperaba que la provocación soltara la lengua de Winsor.

—¿Transparente? Escuche, inspector: en este lugar todo se esconde bajo un enorme velo de mentiras.

Vemos familias que aparentan decencia y sofisticación, que caminan por las calles fingiendo una reputación digna de reyes, mientras ocultan la desidia con la que tratan a los demás.

Se esfuerzan por sepultar en el olvido las aberraciones de sus antepasados, esas mismas que les dieron un lugar en una sociedad enferma y sometida, que solo busca las migajas que sus amos les permiten recoger del suelo.

» Nadie hace nada por miedo a las represalias. Revenbrock se aisló del mundo porque era más conveniente actuar en total silencio que permitir la intromisión de agentes externos… Yo traté de cambiar eso. De trabajar por mi pueblo. Y ya ve cómo van las cosas.

—Entonces, según lo que me dice, las familias más ricas de este lugar son poderosas por haber robado, estafado o sometido a los demás.

—Se lo puedo asegurar.

—Es curioso que me diga esto, porque, hasta donde tengo entendido, su propia familia también es de estirpe privilegiada…

Oswald se detuvo en seco. Miró a Tomas y tomó aire antes de retomar su intervención, ahora con un tono más pausado.

—Discúlpeme. Quizás me estaba exaltando, y sería grave que yo mismo atentara contra mi propia sangre.

No todos tienen un pasado atroz, evidentemente.

Un buen ejemplo es Sir Nicolas Brentford, un ilustre héroe de guerra que, por desgracia, ya no goza de plena lucidez, pero que estoy seguro podría aclarar muchas cosas del pasado de este lugar.

—No sabía que Sir Nicolas Brentford aún vivía. Me encantaría conocerlo.

—Es posible que pueda entrevistarse con él. Vive en la casa 9-02 del Distrito Desdreth.

—Se lo agradezco. Pero, volviendo un poco atrás: mencionó estar seguro de que hay alguien más detrás del Mayor Wildrem. ¿Podría decirme de quién se trata?

Oswald frunció el ceño y bajó la cabeza mientras juntaba las palmas de las manos.

—Ojalá supiera de quién estamos hablando. Ya habría hecho una denuncia formal. No tengo pruebas fidedignas, y no tener respuestas me carcome por dentro. Por eso, junto con Artemius, hemos ideado un plan para atrapar a Wildrem.

—¿De qué se trata?

—Escuche, inspector: en siete días se clausura la temporada de espectáculos en el Gran Olimpo.

Yo montaré una obra especial para la ocasión y asistirán las personas más influyentes de la ciudad, incluido el alcalde y todo su séquito.

Ahí, en medio de la trama, pretendo exponer a Wildrem y acusarlo formalmente.

No tendrá oportunidad ni de una escaramuza: quedará en evidencia frente a todos —dijo Artemius, con orgullo.

—No sé si sea la forma más ortodoxa de proceder, maestro Hildegan. Podrían arrestarlo por eso y quizás todo termine por diluirse en la nada. Podría perder su reputación.

—¿Perder mi reputación? Seamos honestos, inspector: ya no tengo nada que perder. Quiero cerrar mi carrera a mi manera, no como otros quieren que lo haga. Viví a mi modo. Moriré del mismo modo —sentenció Artemius.

—Entiendo, señor. Estaré presente entonces. Si el plan funciona, tendré las pruebas para llevar al alcalde ante la justicia… Una cosa más antes de irme: ¿qué hay de la mujer que me guio hasta ustedes?

—Simplemente alguien que creyó en nuestra causa y que trabaja desde el anonimato para no sufrir las represalias de no estar bajo el manto de quienes tienen el poder —dijo Winsor, sin dar más detalles.

Tomas no pareció satisfecho con la respuesta, pero prefirió no insistir y se levantó con intención de marcharse. Ya se había ausentado demasiado tiempo y prefería mantener sus investigaciones lo más privadas posible. Aun así, persistía en él una sensación generalizada de desconfianza.

—Este encuentro fue muy esclarecedor. Les agradezco la confianza que han tenido conmigo. Nos veremos en el teatro, o espero que antes, con noticias de que todo esto se ha resuelto.

Tomas estrechó las manos de Oswald Winsor y Artemius Hildegan, y salió de la casa.

—¿Qué piensas, Oswald? —preguntó Hildegan.

—Creo que ya tenemos la ficha que nos hacía falta…

Terminada la noche, llegó la luz de un nuevo día: una nueva oportunidad, voluntades renovadas.

Tomas desayunaba en el salón comedor del hotel cuando irrumpió un pequeño pelotón de policía encabezado por Víctor Collins.

—Señor Barnoc. Va a tener que acompañarnos. El Mayor Wildrem requiere su presencia de inmediato.

—Buen día, jefe Collins. ¿No desea comer una fruta antes? Le vendría bien contra esa pesadez estomacal que parece cargar de forma permanente —dijo Tomas, burlón.

—¡Ahora, señor Barnoc! —gritó Collins.

De mal humor por la interrupción de un momento que consideraba casi sagrado, Tomas se levantó, tiró la servilleta sobre la mesa y se fue con el grupo policial.

Al llegar al ayuntamiento, conforme avanzaban por el edificio, Tomas notó que cada puerta que cruzaban se cerraba tras ellos y que parejas de agentes se quedaban a modo de custodia.

Eso ya alertó sus nervios. Finalmente llegaron a la sala redonda, donde estaba el alcalde.

La puerta se cerró y quedaron adentro Tomas, Víctor Collins y el Mayor Wildrem, este último observando la plaza desde su ventana, con una expresión clara de enojo y preocupación.

—El día que decidí traerlo a mi ciudad, esperaba que su experiencia lograra frenar esa marea oscura que amenazaba con arruinar todo lo que hemos construido. Sin embargo, ahora veo con pesar que las cosas no han mejorado. Al contrario: empeoran —dijo Wildrem, con una calma pausada.

—Alcalde, en realidad…

—Cállate. El Mayor Wildrem le está hablando… insolente —interrumpió Collins, propinándole un golpe seco en el abdomen que dejó a Tomas de rodillas, sin aire.

—No entiendo por qué usted insiste en menoscabar la reputación de mi familia, buscando respuestas en el pasado, en particular sobre el asesinato de mi hermano.

Le dejé muy clara su labor aquí: investigar las desapariciones, traer tranquilidad a Revenbrock.

Y ahora tengo que lamentar una desaparición más: la de la periodista Julia Feiman, a quien, casualmente, dejaron de ver justo después del reportaje que escribió sobre usted.

Tomas abrió los ojos, incrédulo ante lo que escuchaba.