Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—¿Acaso no fue eso lo que le advertí el día que fui a su despacho?

No puedo creer que siga tropezando con su propia incompetencia.

Quizás no debería seguir ocupando el cargo que ostenta…

Pero puede estar tranquilo: yo ya he tomado mis recaudos.

Al visitante anónimo ya lo tengo bajo vigilancia.

Pero el inspector Barnoc le corresponde a usted, y solo a usted, remediar el impasse que representa.

Al fin de cuentas, fue usted quien, de manera arbitraria, propició la llegada de ese hombre.

—Eso lo tengo claro, excelencia. No volveré a fallar.

—Lo mismo me dijo con respecto al señor Allister. Y mire lo que sucedió. Son errores garrafales y ahora vuelve corriendo a mí, implorando respuestas que ni siquiera es capaz de formular en su cabeza. Se lo diré una sola vez: si falla por tercera ocasión, no espere misericordia. ¿Fui claro?

El visitante contempló, con horror, el vacío absoluto que parecía habitar en los ojos del hombre de la caperuza. Solo atinó a tragar saliva y asentir con la cabeza. Se retiró a toda prisa, sin más palabras, cargando consigo un temblor que no lograba controlar.

Volviendo a la plaza del reloj y tras un instante de meditación, Tomas se levantó y se dirigió al lugar que la mujer le había señalado.

Encontró la casa sin dificultad: la reconoció de inmediato por la estatua del mimo en el jardín, una figura intrigante, vestida en una escala de grises, con una máscara sonriente en una mano, mientras el rostro esculpido mostraba una expresión de tragedia y tristeza.

El contraste era de un impacto casi hipnótico.

Al acercarse a la puerta, encontró un papel pegado que decía: « Puede entrar, Sr. Barnoc ».

Giró el pomo con la mano derecha, mientras empuñaba el arma con la izquierda.

Al abrirse la puerta, se encontró con un lugar pintoresco: vitrinas con insignias de artes escénicas, viejas fotografías de funciones teatrales y carteles publicitarios de las mismas obras cubriendo las paredes; toda una cronología de la vida y los logros de un artista.

Al fondo, notó una chimenea encendida rodeada de sillones. En uno de ellos, un hombre sentado, de espaldas, miraba las llamas danzar.

—Bienvenido, inspector. Me complace saber que llegó hasta aquí. Algo bueno debió ver en usted mi aliada.

—Buenas noches, caballero. Debo reconocer que el misterio me resulta desesperante a estas alturas, pero más me motiva el deseo de entender todo lo que ocurre.

—Lo comprendo, señor. Por favor, tome asiento y permítame servirle una copa.

El hombre se levantó y sirvió, de una licorera al costado, lo que parecía ser un vino espumante. Tomas se acomodó en uno de los sillones disponibles. Cuando el hombre se giró y le mostró el rostro, Tomas abrió los ojos, sorprendido.

—Un momento… yo lo conozco, caballero. ¿Acaso no es el gran dramaturgo Artemius Hildegan?

—Es bastante alentador saber que en el mundo exterior aún recuerdan mi nombre. Así es, jovencito. Soy el mismo —dijo el hombre, con una sonrisa.

—Increíble. Pensaba que había fallecido hace tiempo.

—No me sorprende. Estoy seguro de que en distintas latitudes lo piensan igual. Pero no: aquí estoy. Un fantasma del recuerdo.

—Estoy realmente asombrado. Cuénteme, por favor: ¿qué ha sido de su vida? ¿Por qué está en este lugar?

—Siendo franco, inspector, ha sido un infierno completo desde que tomé la errónea decisión de venir a Revenbrock.

Antaño creí que llegaba a la tierra de las oportunidades: todo el mundo, afuera, conocía el auge impresionante de este lugar.

Incluso habían inaugurado ese hermoso coloso de las artes escénicas de la avenida Terrance, el Teatro Olimpo.

Por entonces recibí la invitación de un magnate para montar la obra de apertura de la temporada de espectáculos.

Con mucha ilusión, no dudé en tomar un tren y venir hasta aquí.

Todo parecía servido para coronar una vida de estrellato.

Pero, con el paso de los días, esa brillantez se fue apagando, poco a poco, hasta que mi trabajo quedó reducido a los caprichos de las ideas absurdamente ególatras de los dirigentes de este lugar, carentes de todo sentido estético y dramático.

Solo podía hacer lo que ellos me dictaban y, al final, quedé sometido, rebajado a la mínima expresión: recordado solo como alguien que alguna vez pisó un escenario.

—Es abrumador lo que me cuenta, señor Hildegan. ¿Por qué no se fue en cuanto empezaron los abusos? ¿Por qué no intentó escapar?

—¿Intentar? ¡Ja! He hecho cosas de las que me avergonzaría hablar, pero siempre fue inútil. Revenbrock ya estaba sitiada y la autoridad recaía en unos pocos, en especial en el señor Astor Wildrem, quien me contrató desde el principio. O, mejor dicho: quien me engañó.

—Pero ahora Astor Wildrem ya no existe —dijo Tomas, con firmeza.

—Y fue entonces cuando revivieron mis deseos de libertad.

Pero, como sabrá, las cosas no han tomado un rumbo precisamente positivo.

Al contrario: hay un control policial férreo y algunas milicias clandestinas al servicio de varios amos a quienes no les conviene que nada cambie.

Por eso necesitamos toda la ayuda que sea posible.

—Dígame algo, maestro Hildegan: ¿de qué amos me habla?

—Antes de continuar, inspector, me parece propicio sumar a esta charla a alguien que ha compartido conmigo este anhelo de libertad y que creo tiene información importante para usted.

En ese momento, desde una habitación contigua se escucharon pasos que se acercaban, haciendo crujir la madera con cada avance. De pronto, la figura de un hombre se hizo presente.

—Un placer conocerlo, inspector Barnoc. Me presento: soy Oswald Winsor.