CAPÍTULO 11
El monumento a Cronos
Tomas llegó en un carruaje directo al centro cívico: el ayuntamiento era su objetivo. Pero, al acercarse a la puerta, la encontró cerrada. Las autoridades locales, al parecer, no habían trabajado ese día, algo inusual considerando las vicisitudes que atravesaba la población.
Sin más remedio, prefirió volver al hotel a descansar un poco. El día no había terminado y todavía quedaba pendiente la cita de la nota anónima.
Al llegar, notó que el problema de la tubería ya estaba resuelto. Reginald se encontraba en su mostrador, como de costumbre, aunque ocupado en una llamada. Al ver a Tomas, se puso visiblemente nervioso, bajó el tono de voz todo lo posible y se limitó a responder con monosílabos.
Tomas prefirió no darle mayor importancia y siguió de largo, aunque lo que sí no podía ignorar era el misterioso telegrama de la basura.
Tendría que encontrar la forma de vigilar más de cerca a Reginald y sus extrañas conexiones.
Quizás Julia Feiman fuera la pieza que le faltaba para descifrar el verdadero papel de Blaine en todo esto, pensó.
De todos modos, cuando giró la cabeza hacia el salón comedor, no la encontró en ninguna mesa.
Fallaba en su rutina justo en el peor momento, incluso después de haberle pedido ser más cuidadosa.
Al llegar a su habitación, abrió la puerta con rapidez y encontró su traje de gala, impecable, colgado en el armario. Al menos, la artimaña para distraer a Reginald había tenido, de paso, un efecto secundario bastante positivo.
Se sentó en el escritorio y, con su pluma, anotó cuidadosamente cada suceso, recopilando cada pista reunida hasta el momento. Por mínimo que pareciera un detalle, podía tener una relevancia abismal a la hora de encontrar la verdad.
Al terminar, decidió tomar una breve siesta: necesitaba recargar energías.
La cita de esa noche era todo un acertijo y cualquier sorpresa podía estar a la vuelta de la esquina; no podía permitirse el menor descuido.
Aun así, no logró conciliar el sueño. Las ideas rondaban en su cabeza.
Sabía que hasta ahora apenas había rasgado la superficie del vasto complot que dominaba Revenbrock y, al repasar los detalles, no podía dejar de pensar en la mujer pálida.
Quizás ya estaba inmerso en un juego de control maquiavélico que todavía no alcanzaba a comprender del todo.
Las horas pasaron con una lentitud casi cruel. Las agujas del reloj nunca le habían parecido tan conservadoras, o al menos eso pensaba Tomas mientras las observaba.
Finalmente llegó la hora prudente para dirigirse al lugar del encuentro. Fue al baño, se refrescó la cara y se miró fijamente al espejo, como tratando de llenarse de confianza.
Antes de salir, tomó su revólver y abrió el tambor para revisar las cargas: seis balas bien acomodadas. ¿Serían suficientes? Se lo preguntó mentalmente, deseando no tener que usar ni una sola.
Bajó las escaleras y se encontró con el guardia que había vigilado su habitación los primeros días en el Hotel Royal.
—¿Se marcha, señor Barnoc? —preguntó el vigía.
Tomas se limitó a asentir. No tenía sentido dar explicaciones. Estaba convencido de que aquel hombre era de la entera confianza de Reginald, y cuanta menos información diera, menos comprometedor sería.
Al salir, sintió que había entrado en un mundo ajeno a todo lo convencional.
El viento frío y las estelas de neblina recorrían las calles; ningún alma parecía deambular por Revenbrock.
Un paisaje particularmente estremecedor.
Solo pudo identificar a un cochero solitario, bebiendo un té caliente para ignorar la brisa que le congelaba la piel.
Subió al carruaje, indicó el destino y no hubo lugar para más palabras.
Así, en silencio, avanzaron rumbo al parque monumental.
Al llegar a la plaza de la torre del reloj, Tomas descendió y pagó el servicio.
El cochero se despidió con una reverencia de sombrero.
El lugar estaba sumido en un silencio inquietante; no podía percibir la presencia de nadie, hasta que notó, justo frente a la torre iluminada por cuatro antorchas apuntando a cada punto cardinal, a una persona sentada en una banca.
Por el vestido supo que era una mujer, aunque un velo oscuro le ocultaba el rostro.
Ella lo invitó a sentarse con un gesto de la mano. Tomas se acercó despacio, sin dejar de vigilar los alrededores. La mano permanecía cerrada en torno al revólver, oculto dentro del bolsillo.
—Descuide, inspector. No hay nadie más aquí. Puede tener mi palabra —dijo la mujer.
—Entenderá que, dadas las circunstancias y el misterio con el que fui convocado, no tengo razones para no ser precavido.
—Comprendo, señor Barnoc. Y, de antemano, permítame agradecerle por haber acudido a la cita.
—Debo reconocer que dudé un instante antes de venir. Pero pensé que no hacerlo sería, en primer lugar, una ofensa hacia usted. Y, en segundo, que no tenía nada que perder acudiendo. Al contrario: quizás podría ganar mucho.
—Tan elocuente como me pareció desde el primer momento.
Ante esa respuesta, Tomas intuyó que no era la primera vez que hablaba con aquella mujer. Trató de enfocar la mirada en el rostro oculto, buscando algún rasgo familiar.
—Disculpe… ¿la conozco? —le susurró, en un tono cálido.
—Permítame responderle con una pregunta: ¿cree que en verdad se pueda conocer a alguien?… Yo lo dudo. Mucho menos en este lugar desgraciado.
El giro repentino en su tono, tajante, inquietó a Tomas, que prefirió no insistir en descubrir su identidad y centrarse en la razón del encuentro.
—Creo que sí se puede conocer a alguien verdaderamente. Pero no a sus demonios… En la misiva que recibí de su parte entendí que podría serle útil en su causa. Quisiera saber de qué se trata. O, mejor dicho: quiero saber si tiene que ver con los desaparecidos.
—Tiene que ver con todo, inspector. Una cosa lleva a la otra… Pero pareciera que, en Revenbrock, el destino ya estuviera escrito.
—¿A qué se refiere? —preguntó Tomas, inquieto.
—Observe la torre del reloj, inspector. Es el monumento a Cronos.
Nos recuerda que el tiempo es un enemigo cruel: constante, imperturbable y, mientras nos observa, marca cada minuto sin piedad.
Es un tiempo que podemos aprovechar o desperdiciar, pero, sin importar las decisiones que tomemos, al final siempre reclamará lo que es suyo.
Y ganará la partida sobre los mortales más tercos.
Se hizo un breve silencio, tenso. Tomas tomó una bocanada de aire antes de responder.
—Todo cambia, señorita. Y aunque su visión de las cosas pueda ser una verdad que ni yo mismo puedo refutar, permítame decirle algo: en este mundo, en ese movimiento constante que menciona, todo puede dar un vuelco inesperado.
Y la verdad más absoluta es esta: si en este pequeño destello que llamamos vida encontramos la alegría en los pequeños detalles, habrá valido la pena desafiar cualquier destino al que estemos sujetos.
Nuevo silencio.
—¿Por qué pelea? ¿Por qué se desgasta por personas que no harían lo mismo por usted, o que ni siquiera lo conocen? —dijo la mujer.
—Porque es mi deber. Porque me honra saber que puedo dejar una huella en un mundo indiferente.
Mi determinación puede, quizás, hacer brillar el corazón de quienes ya perdieron la esperanza.
Por eso peleo. Por eso no me rindo. Por eso seguiré adelante, resolveré este caso y haré lo imposible por devolverle el resplandor a Revenbrock.
Aunque Tomas no podía verla, la mujer sonrió, con una alegría genuina ante aquella respuesta.
—Creo que ya no me queda ninguna duda: usted es el hombre indicado.
De esos talentos que solo aparecen cada siglo.
Hay que seguir adelante, porque incluso si fallara, está tratando de hacer algo por los demás, y eso lo distingue del resto…
Inspector, ahora lo guiaré hacia alguien que le revelará varios secretos.
Yo debo irme: no puedo ausentarme mucho más tiempo de mis obligaciones y ya he arriesgado bastante viniendo hasta aquí.
Si avanza por esta calle, encontrará una casa con un antejardín y, en él, una escultura de un mimo.
Le pido que se presente ante quien vive allí.
—Le agradezco su apreciación, señorita, y la ayuda que me quiere brindar. Pero le pido encarecidamente que me permita entender por qué debe mantener oculta su identidad.
—Créame que no es lo que deseo, señor Barnoc.
Pero, en la posición que ocupo actualmente, es lo más conveniente.
Por eso me limito a contactarlo y guiarlo en su siguiente paso.
Espero que, en un futuro no muy lejano, pueda mostrarle mi rostro con la paz interior de saber que hay un mañana mejor por delante… y sonreír sin ataduras.
La mujer se levantó de la banca y se alejó con rapidez. Tomas se quedó observando cómo su figura se desvanecía entre la niebla. Luego miró el fuego de las antorchas, digiriendo aquella conversación tan intrigante y el encuentro que todavía le quedaba por delante.
Mientras tanto, a las afueras de Revenbrock, en un lugar de acceso enrevesado, el misterioso hombre de la caperuza oscura contemplaba, desde un balcón, un gran claro iluminado por la luz de la luna.
En la laguna de abajo, algunos peces se movían junto a las luciérnagas que encendían, de manera intermitente, el vaivén de sus aletas; unas ranas croaban entre los lotos.
Aquel momento de plenitud natural solo se vio interrumpido por la llegada de un visitante inesperado.
—No esperaba verlo esta noche. Mucho menos en mi recinto.
—Disculpe la intromisión. Créame que venir hasta aquí sin levantar sospechas ha sido bastante difícil.
Pero veo con preocupación el avance de las investigaciones del señor Barnoc y, además, me han informado de la presencia de un segundo hombre, con acciones que rozan lo ilegal —contestó el visitante.