CAPÍTULO 10
Grietas en el acero
Tomas bajó al primer piso del Mad Jackal y le pidió a Alan Jones un tarro de cerveza. Necesitaba algo que le refrescara la garganta.
—Disculpe, inspector. ¿Su amigo no bajará todavía?
—En realidad, ya se fue, señor Jones. Digamos que fantasea con ser una especie de llanero solitario.
—Je, je. Intrépido personaje el señor Andrews. Ustedes sí que son una pareja dispareja.
—Le tengo mucho aprecio. Y desearía que su historia fuera un poco distinta.
—Perdone mi imprudencia, inspector, pero ¿a qué se refiere?
—Oliver Andrews y yo nos conocemos desde que tengo memoria.
Siempre juntos: vivíamos uno al lado del otro desde pequeños y crecimos con los mismos ideales de justicia y honor.
Incluso fuimos juntos a la academia de policía.
Codo a codo sorteamos cada obstáculo. Yo actuaba desde los principios que me inculcaron en casa; Oliver era más arrojado, más impulsivo.
Aun así, ambos nos graduamos con honores. Estábamos orgullosos de lo conseguido.
» Una tarde desafortunada, un hombre fuera de sí se atrincheró en la oficina de un tesorero, tomándolo como rehén.
Nos designaron para resolverlo. Yo quise apelar a la diplomacia, trazar un plan.
Pero Oliver, con su manera precipitada de actuar, no midió lo que estaba en juego: derribó la puerta de una patada y se lanzó contra el criminal.
Forcejearon un instante y el desenlace fue trágico: el hombre disparó y la herida fue mortal.
» Expulsaron a Oliver de la fuerza y tuvo que pasar una temporada en prisión. Cuando cumplió su condena, no logró restaurar su imagen ante la sociedad y decidió seguir trabajando por la justicia, pero a su manera: de incógnito o como un cazarrecompensas. Errante, entre las sombras y el olvido.
—Lamento mucho escuchar eso, inspector. Pero siento que el señor Andrews mantiene viva esa llama que lo hace brillar.
—Quisiera pensar lo mismo. Pero sospecho que, bajo esa máscara de ligereza, guarda un dolor enorme y un remordimiento que no lo deja vivir en paz. Me duele pensar que sea verdad. Y me siento culpable.
Tomas se detuvo, tomó un largo trago de cerveza y agachó la cabeza, como si cargara parte de la culpa de lo que le había pasado a su amigo.
—Anímese, inspector. No tiene por qué pensar así.
Estoy segura de que usted logrará ayudarlo a redimirse.
Por lo que nos cuenta, aunque tan distintos, se complementan muy bien, y creo hablar también por mi esposo cuando le digo que tenemos la fe puesta en los dos —dijo Lorelei, poniendo su mano sobre el hombro de Tomas.
—Sus palabras son muy reconfortantes, señora Jones. Gracias. Ahora debo marcharme: el tiempo apremia y debo trabajar duro para que esa fe se convierta en algo real.
Tomas terminó su cerveza, le dejó unas monedas a Alan, le dio un apretón de manos y a Lorelei un abrazo cálido.
Caminando por las calles, escuchó la melodía de un violín: un trovador de Revenbrock intentaba inundar de música las calles grises, sin que nadie se detuviera a escucharlo.
Tocaba en su melancolía, como quien no pide una moneda, sino una luz de esperanza.
Una escena que Tomas estaba decidido a cambiar, costara lo que costara.
Tras andar un buen rato por calles algo descuidadas —señal, probablemente, de una zona más marginada de la ciudad —, encontró la dirección del herrero.
Era una casa pequeña con un cobertizo abierto de par en par, de donde se oía una serie de martillazos que rompían la calma del lugar.
Al acercarse, vio al herrero trabajando en su forja: un hombre grande, de brazos gruesos marcados por quemaduras antiguas, delantal de cuero, botas anchas y una barba frondosa.
En cuanto notó su presencia, detuvo el trabajo y lo miró con una expresión hostil.
—Es usted el tipo del que todos hablan en el pueblo. El forastero.
—Es posible, señor. Pero para que este encuentro sea un poco más personal, prefiero presentarme yo mismo: soy el inspector Tomas Barnoc. He venido a solicitar su ayuda.
—Mi nombre es Edgar Barrow. Como puede ver, soy herrero y, honestamente, no sé en qué podría ayudarlo, a menos que quiera que le forje algo.
Tomas entró al cobertizo y sacó de su gabán la franela que envolvía el cuchillo supuestamente usado en el asesinato de Wildrem.
—Este objeto podría ser una pieza clave en el caso Revenbrock. Se supone que fue el arma con la que mataron a Astor Wildrem, pero tengo serias dudas de que así haya sido. Me gustaría escuchar su opinión profesional.
Edgar examinó el cuchillo con cuidado y, de pronto, se sorprendió.
—¿Por qué cree que fue esta el arma que usaron?
—En realidad, no lo sé. Tengo mis dudas y por eso he venido a consultárselo.
—Seré breve, inspector: ya había visto esta daga antes. Sé quién la fabricó y le puedo asegurar que no fue usada para matar a Astor Wildrem.
Tomas se sorprendió ante la respuesta, mientras Edgar continuaba.
—Le mostraré algo. El lomo de este puñal tiene delaminaciones serias: eso ocurre cuando el acero no queda bien compactado al forjarlo.
Se forman grietas y, con ellas, una fragilidad enorme.
Si intentara doblarlo, aunque fuera un poco, se rompería de inmediato.
Por eso sé que no fue el arma de ese crimen.
—Es bastante revelador lo que me dice, señor Barrow. En cuanto al fabricante, ¿podría decirme quién fue? Me gustaría entrevistarlo, preguntarle quién adquirió este objeto. Podría ayudarme a aclarar el panorama.
—¡No es posible encontrarlo! —exclamó Edgar, con ira y frustración evidentes.
—No entiendo la razón de su reacción, señor Barrow.
Los ojos de Edgar parecían a punto de soltar lágrimas.
—Quien forjó ese objeto fue un aprendiz mío. Se llama Joseph Mckinnie. Desapareció hace algunos días y nadie sabe nada de él, como tantos otros últimamente. ¿Por qué meterse con un muchacho que no le hacía daño a nadie?
—Quizás este cuchillo sea la razón, señor Barrow. Lamento mucho su pérdida y créame que estoy haciendo todo lo posible por…
—Escuche, inspector. No quiero ser grosero con usted, pero no me interesa saber lo que está haciendo, ni espero que me prometa nada. Solo le pido que me deje solo, por favor.
—Está bien, señor Barrow. Le agradezco su ayuda. Que tenga un buen día.
Tomas salió del cobertizo, lamentando profundamente lo que acababa de escuchar. De pronto, alguien lo detuvo.
—Señor Barnoc, espere un momento.
Se volvió y vio a una mujer parada en la puerta contigua al taller.
—Soy Lillie Barrow, esposa de Edgar. Escuché la conversación que tuvo con mi marido.
Lamento mucho si su actitud fue impropia.
Solo le pido que entienda algo: Joseph era como un hijo para él y, desde que desapareció, no ha vuelto a ser el mismo.
Ha perdido incluso las ganas de trabajar. Me tiene muy preocupada su salud.
—Entiendo, señora Barrow, y de verdad lamento la situación. Es agobiante pasar las horas sin noticias de un ser querido. Cuide mucho a su esposo; yo haré todo lo posible por encontrar a Joseph Mckinnie y a todos los demás.
—Muchas gracias, inspector. No dude en volver si cree que podemos ayudar en algo.
—Ya que lo menciona: ¿sabe si Joseph vendía los trabajos que hacía por su cuenta?
—Lo dudo mucho, inspector. Pero puedo decirle algo: hace un tiempo, emisarios de la alcaldía vinieron a pedirle a mi esposo que forjara un cuchillo.
Él se negó: era para el señor Astor Wildrem, con quien nunca tuvo buena relación.
Wildrem siempre humillaba a los más desfavorecidos, como si le debieran servidumbre.
» Días después, escuché a mi esposo reprender a Joseph.
Al parecer, el muchacho estaba ofreciendo sus servicios por su cuenta y Edgar estaba convencido de que aún no tenía la destreza para trabajos complejos y no quería que se involucrara con esa gente.
Aun así, no podría asegurarle que el chico no haya llegado a cerrar algún trato de todos modos.
—Es información muy importante, señora Barrow. Por ahora no volveré a preguntarle a su esposo sobre esto; se lo ve bastante afectado y no quiero importunarlo más. Muchas gracias, de verdad. Espero que la próxima vez nos veamos en circunstancias más amenas.
Tomas hizo una reverencia y se despidió de Lillie.
La información era clara: alguien cercano a la alcaldía había buscado un cuchillo antes del asesinato y, al parecer, el comprador final había sido la propia víctima.
Pero quedaba una duda más nebulosa: quién había terminado adquiriendo el cuchillo defectuoso de Joseph Mckinnie y por qué se aseguraba que era el arma homicida.
El doctor Willock también estaba desaparecido, sin posibilidad de confirmar su versión. Joseph Mckinnie, igual. Y el cuerpo de Wildrem, después de tanto tiempo, ya debía estar demasiado descompuesto para cualquier peritaje.
Para Tomas, el siguiente paso era claro y quizás el más complicado hasta ahora: confrontar a la persona que lo había traído a Revenbrock en primer lugar. No tenía otra opción. Había que ir directo a la fuente. Emprendió rumbo al ayuntamiento.
Mientras tanto, Oliver llegó a su escondite: una pequeña cabaña perdida entre callejones, que no despertaba ninguna sospecha. Al entrar, notó un candelabro encendido —una alerta inmediata que lo hizo desenfundar el arma que llevaba consigo.
—Hola, querido —dijo una voz femenina desde una habitación al frente.
Oliver se apresuró a ver de quién se trataba y encontró a una mujer de cabello largo, ojos oscuros como el carbón y una mirada que cortaba como el aire helado de la noche. La misma persona, quizás, de la que había alardeado ante Tomas momentos antes como su aliada y fuente de información.
—Ah, eres tú. Por un momento me sorprendiste; no esperaba verte aquí.
—¿Pudo avanzar en su investigación? ¿Fueron correctas las indicaciones que le di?
—Totalmente acertadas, madame. Debería recibir una gratificación por su astucia. Incluso me topé con Tomas Barnoc. Supongo que sabe de quién le hablo.
—Por supuesto. Ese inspector que deambula por ahí. Espero que no haya sido una molestia.
—En absoluto. Conozco bien a Tom. De hecho, somos amigos.
—¿Amigos? Eso no me lo esperaba.
—Nos conocemos de toda la vida. Más que una molestia, es una ventaja contar con él.
—¿Por qué?
—Es un investigador brillante. Si lo llamaron aquí, es porque confían en que resuelva el caso. Y, teniéndolo a él en primera fila, yo puedo maniobrar de incógnito, sin levantar sospechas.
—¿Van tras el mismo objetivo?
—Por supuesto. Salvo que, cuando esto termine, yo cobraré mi recompensa y me iré. No tengo más razones para quedarme en este lugar.
—Le pregunto algo, señor Andrews: ¿por qué no toma la iniciativa usted mismo?
Oliver la miró un momento y esbozó una sonrisa amplia que se sentía bastante impostada.
—No me interesa la luz del protagonismo. Soy una estrella que brilla por sí sola, je, je. No necesito que nadie me lo agradezca.
—¿De verdad? ¿No le interesa? ¿Seguro?
Oliver quedó dubitativo un instante. La sonrisa se desvaneció como una onda sobre un lago.
—Dice que no le importa, pero aquí está, con el rostro contenido, escondiéndose del esplendor del que habla. Y aunque no pueda leer su mente, estoy segura de que se pregunta por qué no puede ser algo más. Es esclavo de esas ideas que rondan su cabeza. Son sus propios grilletes.
—Acabas de decir que no puedes leer mi mente. No te acercas ni remotamente a lo que pienso o siento —respondió Oliver, tratando de reponerse ante sus palabras.
—Pero puedo verlo. Y sé que aspira a más. Es la naturaleza humana, querido, y estoy convencida de que, si se decide, puede tener mucho más. Incluso a mí…
La mujer se acercó despacio y, con un gesto calculado, dejó entender —más que mostrar— hacia dónde iba aquel encuentro. No era el cuerpo lo que realmente estaba seduciendo: era la mente de Oliver, y ella lo sabía perfectamente bien.
Sin mediar más palabras, lo envolvió en un beso, tomando el control absoluto del momento, mientras Oliver se dejaba llevar, incapaz —o sin ninguna intención— de resistirse.