CAPÍTULO 9
Distracciones necesarias
Tomas llegó al salón comedor del Hotel Royal y se sentó a almorzar. Mientras esperaba su comida, observaba cada detalle del lugar, buscando una manera de distraer a Reginald, que siempre estaba alerta en el vestíbulo. Con él ahí, desviar su atención sería mucho más complicado.
Pensó en mover el estante con la cristalería del bar: la cacofonía de vidrios rotos y el caos resultante bastarían para sacar a Reginald de su mostrador, al menos el tiempo suficiente para revisar el libro de registros. Pero podía perjudicar a algún empleado en el proceso. No era una opción viable.
Siguió mirando, pensando. De pronto, vio pasar a Phil por el corredor, con un balde y un trapeador. Alzó la mano para llamarlo.
—Hola, inspector. ¿En qué puedo ayudarle?
—Hola, Phil. Pareces apurado.
—Sí, señor. Tenemos un inconveniente con una tubería del baño sauna, al final del corredor. Parece que está bastante desgastada.
Al escuchar aquello, a Tomas se le ocurrió una idea que podría resolver su encrucijada con Reginald.
—Escucha, Phil, necesito que hagas algo por mí.
—Sí, señor. Lo que necesite.
—Quiero que agraves el problema de la tubería.
Reviéntala si hace falta. Necesito que el señor Blaine tenga que abandonar su puesto.
Lo más probable es que te pregunte de qué estábamos hablando —puedo ver que ya nos está mirando—, así que le dirás que solo te llamé para pedirte que lleves mi traje de gala a la tintorería del hotel. ¿Puedo contar contigo?
—Sí, señor. Va a ser un caos cuando la tubería explote, pero me divertiré haciéndolo.
Tomas le sonrió y Phil se marchó del salón. De inmediato, Reginald lo interceptó, con una expresión que dejaba clara su curiosidad por saber de qué habían hablado.
Un momento después, Reginald se acercó despacio hasta la mesa de Tomas y soltó una aseveración tajante.
—Señor Barnoc, cualquier servicio de lavandería o tintorería puede solicitarlo a alguna mucama del hotel. Le pido que no distraiga a otros empleados que no cumplen esas funciones.
—Le pido disculpas, señor Blaine. La premura de tener mi traje impecable me hizo preguntarle al botones, pero tendré en cuenta su observación.
—Bien, inspector. ¿Acaso tendrá alguna cena de gala pronto?
—Por supuesto, señor Blaine. Tengo entendido que asistirán las personas de mayor alcurnia de Revenbrock. ¿No fue usted invitado?
Reginald lo miró con fastidio y se dio media vuelta rumbo al vestíbulo.
Tomas sonrió para sus adentros: una vez más había logrado molestarlo y disfrutaba de verdad el juego.
En ese instante se sintió un fuerte estallido dentro del hotel y, segundos después, apareció Phil, empapado y visiblemente agitado.
—¡Señor Blaine, venga rápido, por favor! El daño es más grave de lo que pensábamos. La tubería explotó por la presión.
—¡Demonios! ¿Acaso nada funciona bien en este hotel? —maldecía Reginald, mientras corría hacia el lugar del desastre.
Con gran agilidad, Tomas corrió hacia el escritorio de Reginald y abrió los cajones uno por uno, revisando cada libro con su fecha correspondiente, hasta dar con la agenda del año anterior.
Buscó rápido la página de diciembre, el mes del asesinato, y encontró de inmediato el registro de ingreso de Astor Wildrem y varias personas más, el día nueve.
Sin embargo, por más que buscó —incluso en los meses previos, pensando que Allister podría haber llegado con una avanzada para verificar las comodidades que necesitaran—, no encontró su nombre registrado en ningún lado.
Al no hallar nada, Tomas empezó a conjeturar que algo debía haber roto la relación entre Astor Wildrem y Reimond Allister.
Eso, al menos, le daba algo de sentido a la teoría de que Allister fuera el asesino.
Pero no encajaba con lo que había leído en los archivos del periódico.
Faltaba otra pieza más en el rompecabezas.
Justo antes de marcharse, notó un papel arrugado en el bote de basura. Lo tomó: era un telegrama.
«El plan sigue su curso, permanezca en su lugar, el momento de actuar llegará pronto. R.P.»
Devolvió el papel a la basura y se dirigió con rapidez al salón comedor para no ser descubierto.
Pero el telegrama lo dejó verdaderamente inquieto.
¿Quién lo enviaba? Las dos iniciales al final no revelaban gran cosa por sí solas.
Y, sobre todo: ¿qué papel jugaba realmente Reginald Blaine en todo esto?
Ya no parecía un simple espectador. Sabía algo más.
Era un tipo bastante taimado después de todo.
Eso le recordó lo que Julia le había contado la primera vez que hablaron, sobre algo oculto en el sótano del hotel.
Tarde o temprano tendría que aclarar todas esas dudas.
Mientras tanto, en otro punto de Revenbrock, un hombre se acercó a la comisaría local. Al llegar a la entrada, se topó con el policía de gran contextura que la custodiaba.
—¿Se le ofrece algo? —expresó el guardia.
—¿Perdón? ¿Qué clase de insolencia es esta? ¿Acaso no reconoce los símbolos de mi uniforme? En todos mis años de carrera, jamás había visto tal falta de respeto —exclamó el hombre.
El guardia empezó a ponerse nervioso al examinar mejor las insignias.
—Soy el capitán Tennyson y, por cierto, estoy a un ápice de removerlo de las fuerzas policiales.
—¡Señor! Mil disculpas, señor. No era mi intención molestarlo. Déjeme enmendar mi error.
—Bien. Puedes empezar con doscientas flexiones de pecho. ¡Ahora!
El guardia comenzó a cumplir la orden. En ese momento, la mujer que oficiaba de secretaria salió del edificio.
—Señor, escuché su nombre desde adentro. Por favor, pase. Yo lo atenderé en lo que necesite.
—Gracias, gentil dama.
Antes de entrar, el «capitán» se detuvo un momento más frente al guardia.
—Para terminar de enmendar tu ofensa: ve y búscame el filete más jugoso que encuentres y tráemelo de inmediato.
—Sí, señor. Ahora mismo, señor.
El guardia salió corriendo en busca del encargo.
Mientras entraba a la comisaría, el falso capitán empezó a reír disimuladamente: quien había montado toda esa escena no era Tennyson, sino Oliver Andrews, que, con un uniforme falso, había logrado engañar a todos para entrar y conseguir la lista que Tomas le había encomendado.
—Permítame presentarme, capitán. Mi nombre es Edna y estoy a cargo de la mayoría del papeleo aquí. Dígame, ¿en qué puedo ayudarlo?
—Edna… qué nombre tan maravilloso, digno de una dama tan fina como usted —dijo Oliver, inclinándose para darle un beso en la mano, con su habitual estilo seductor.
—¡Ay, capitán! Me hace sonrojar, je, je.
—Edna, necesito la lista de personas desaparecidas en Revenbrock. Queremos esclarecer esta situación cuanto antes. Ordenaré una búsqueda a gran escala.
—Deme un momento, capitán, voy a buscarla.
En cuanto Edna salió de la habitación, Oliver hizo una mueca de asco y sacó la lengua, e incluso escupió disimuladamente: la mano de la mujer tenía un fuerte aroma —y sabor— a tabaco.
Unos quince minutos después, Edna regresó a la oficina.
—Disculpe la tardanza, capitán. Me costó encontrar el documento y tuve que transcribirlo en este otro papel para facilitárselo.
—No se preocupe, fina dama. Por usted, yo esperaría toda la vida.
—¡Ay, capitán! Es usted todo un galán.
—Es fácil inspirarse con la mujer adecuada. Sin embargo, debo retirarme, querida Edna: el deber me llama. Fue un placer conocerla.
—El placer fue mío, caballero. Por cierto, ¿desea que le informe de su visita al jefe Collins?
—No se preocupe, yo me encargo de contactarlo. Gracias.
Oliver hizo una reverencia y salió de la comisaría. A una cuadra de distancia, se cruzó con el mismo agente que custodiaba la entrada.
—¡Capitán! Disculpe la tardanza. Aquí tiene el filete que me pidió, de lo mejor que se consigue en este terruño.
Oliver lo miró un instante, el tiempo suficiente para que el hombre se sintiera lo bastante intimidado mientras él extendía la mano para recibir el paquete.
—Que no vuelva a ocurrir tal falta. Hasta pronto.
Se alejó, camuflándose entre las calles angostas. Cuando por fin se supo en soledad, soltó una carcajada enorme por toda la pantomima que había logrado montar. Y, de paso, se había ganado un almuerzo gratis. Todo un éxito.
Barnoc y Andrews habían cumplido su cometido, listos para la reunión en el Mad Jackal. Parecía que los planes se estaban alineando a su favor. O quizás era solo la calma antes de la tormenta.
Tomas salió del hotel y, al ver un carruaje estacionado en la calle adyacente, decidió abordarlo para acortar camino. El cochero aceptó las monedas de buen grado y puso rumbo al lugar señalado.
En una esquina del trayecto, Tomas notó a alguien que no dejaba de observarlo: la mujer de piel pálida que ya había visto antes en el centro cívico. Lo miraba con una sonrisa taciturna, casi pecaminosa. No pudo generar en él más que desconcierto.
Al llegar a la taberna, Tomas entró y se encontró con una escena bastante jovial: Oliver Andrews bebía cerveza y compartía anécdotas junto a Alan Jones y su esposa.
—¡Eh, Tom! Llegaste temprano. Ven a tomar un trago con nosotros.
—Lo mismo podría decir yo de ti, Oliver. Sorprendentemente, llegaste a tiempo y antes que yo. Este día hay que anotarlo.
—Simplemente necesitaba un lugar donde disfrutar mi almuerzo, y qué mejor que aquí, donde de paso encontré una bebida para acompañarlo. Y además, me topé con esta encantadora pareja.
—Espero que no haya sido mucha molestia para ustedes, señores Jones.
—Bienvenido de nuevo, inspector. Pierda cuidado: el señor Andrews es una persona muy agradable y nos ha entretenido contando anécdotas de su pasado —dijo Alan Jones.
—Bueno, más que anécdotas, yo las llamaría desventuras.
—Yo no hablaría de más, querido Tom. Estuviste en algunas historias que ya son de conocimiento común en la familia Jones.
Alan y Lorelei dejaron salir una risa discreta, pero amable.
—Señor Jones, disculpe mi atrevimiento, pero necesitaría un lugar donde conversar a solas con el señor Andrews.
—Por supuesto, inspector. Suba las escaleras del fondo; en el segundo piso encontrará una pequeña habitación, ahí podrán hablar sin interrupciones.
—Gracias, señor Jones. Y, con su permiso, me llevo al maestro de ceremonias que los ha divertido estas últimas horas.
Tomas y Oliver subieron a la habitación indicada: una recámara pequeña, con una mesa, algunos estantes con botellas de cristal vacías y una ventana cubierta de polvo que parecía no haberse limpiado en mucho tiempo.
—Qué sujetos tan agradables los Jones. ¿No te parece? —comentó Oliver.
—Así es. De hecho, confié en ellos desde que los conocí.
—¿En serio? Jamás pensé que confiarías en alguien tan fácilmente, Tom.
—Yo tampoco. Pero en el primer acercamiento con ellos pude ver que están al límite de sus posibilidades, gobernados por el miedo y la represión desde hace tiempo. Por eso estoy seguro de que harían lo que fuera por salir de ese yugo.
—Sí, creo que tienes razón. Cuando llegué, eran bastante esquivos, pero logré convencerlos con mi electrizante personalidad, je, je.
—Apuesto a que sí… Oliver, vamos al grano. ¿Conseguiste la lista y trajiste el cuchillo?
—Me ofende que pienses que yo podría fallar, Tomas. Claro que sí. Incluso llegué antes que tú a este lugar; eso cuenta como una victoria, ¿no?
—Ya lo veremos. Aunque sería tu primera victoria real.
—Ja, cállate, presumido. Mira, aquí están los objetos.
De una pequeña bolsa de cuero, Oliver sacó el cuchillo, envuelto en una franela blanca manchada de rojo — presumiblemente sangre—, y un fragmento de papel con la lista de los desaparecidos.
Tomas leyó la lista con atención. Reconoció algunos nombres que ya había escuchado antes, pero era más larga de lo que esperaba y varios nombres tenían fechas bastante recientes.
Uno en particular le llamó la atención y le generó una preocupación mayor: Benjamín Willock, el médico que había hecho la autopsia de Astor Wildrem.
—¿Qué piensas, Tom?
—Para ser honesto, creo que aquí sucede algo mucho más macabro de lo que parece.
Los dirigentes de esta comarca saben más de lo que aparentan, e incluso montaron toda una pantomima sobre la imagen de Astor Wildrem, muy distinta de lo que la gente pensaba de él.
Lo cierto es que crearon una ciudad-prisión al prohibir la salida de la gente y, aun así, hay quienes han desaparecido.
No creo que sea para escapar: hay familias afuera, confundidas y horrorizadas, y da la impresión de que todos los relacionados con la casa Wildrem, de un modo u otro, se han esfumado de la faz de la tierra.
Hay que resolver esto cuanto antes, Oliver.
—Tienes razón. El tiempo apremia y habrá que dar lo mejor de nosotros. ¿Qué lograste averiguar en el libro de registros, amigo?
—Eso es lo curioso: el nombre de Reimond Allister no estaba ahí. Eso confirma que nunca se hospedó en el hotel.
—Bueno, eso refuerza la teoría de que él fue el autor del asesinato.
—No del todo. Pero sí abre la posibilidad de que haya un coautor, o incluso de que él no tenga nada que ver.
—Mmm. Supongo que será de gran ayuda examinar el cuchillo; no quedan muchas otras opciones.
—Sí. Se lo llevaré al herrero de Revenbrock: si alguien puede darme pistas al respecto, es él. Por cierto, ¿vendrás conmigo?
—No, Tom. Te apoyo en lo que necesites, pero yo debo seguir por mi lado, con mis métodos. Los tuyos son un poco… tradicionales para mi gusto. Además, tengo una fuente muy valiosa que puede darme información útil para el caso. Te buscaré en cuanto sepa algo más.
—O quizás es porque tú harías lo que fuera para llegar al fin, que es diferente.
Oliver le sonrió y abrió la ventana.
—¿A dónde vas?
—Quizás alguien me vio entrar por la puerta principal, así que me voy por la ventana, para confundir al enemigo.
—Eres un demente paranoico… Cuídate mucho.