CAPÍTULO 8 #2
Cuando la luz de la lámpara reveló el rostro del asaltante, la expresión de Tomas cambió de golpe a puro enfado.
—¡Demonios! ¿¡Qué carajos haces tú aquí!?
—Admítelo, Tom: te da gusto verme —dijo el hombre sometido, entre risas.
Julia, sin entender nada y todavía asustada, preguntó:
—¿Lo conoce?
—Claro que sí, señorita. Digamos que soy el alter ego del inspector. Su complemento perfecto —intervino el hombre.
—No eres nada mío. Eres un cazarrecompensas. Un mercenario. No estás del lado de la ley ni de nadie: solo buscas tu propio beneficio —argumentó Tomas, claramente irritado.
Retiró el arma y le permitió al hombre incorporarse. Este, sin perder tiempo, le hizo una reverencia a Julia, le tomó la mano y, dándole un beso en ella, le dijo:
—Un placer, señorita. Mi nombre es Oliver Andrews.
—Eh… un gusto, señor Andrews. Mi nombre es Julia Feiman —respondió ella, algo sorprendida.
—Noto que no hay argolla en su mano. Debo suponer, entonces, que no existe un señor Feiman.
—De hecho, no. Y le puedo asegurar que no será usted, caballero —sentenció ella.
—Ja, qué simpática. Se ha ganado mi amistad.
Julia levantó una ceja, con evidente sarcasmo.
—Basta de tonterías. Dime algo, Oliver: ¿cómo diablos supiste que estaba aquí? ¿Cómo entraste a Revenbrock?
—Vamos por partes. Primero: tu cartero es el mismo que el mío.
Tomas exhaló.
—Fue Birkin… no podía ser de otro modo.
—No culpes al chico. Yo estaba sentado en el restaurante de Mildred, te vi pasar muy de prisa y luego lo vi a él. Me acerqué a preguntarle qué te pasaba.
—Bien, eso no tiene mayor importancia. Ahora dime: ¿cómo llegaste hasta acá sin ser detectado?
—Y yo quisiera saber cómo irrumpió en este edificio —agregó Julia, algo indignada.
—Permíteme responderle primero a la dama, Tom…
Señorita, siempre he sido hábil con las cerraduras; difícilmente encuentro una que se me resista, y la escasa vigilancia de este lugar juega a mi favor.
Aunque debo admitir que no esperaba cruzarme con ustedes aquí.
En cuanto a la ciudad: he perfeccionado mis técnicas para escalar muros y moverme entre los techos sin ser visto.
—Vaya, ahora eres un payaso malabarista de circo. Jamás lo hubiera imaginado —dijo Tomas, con ironía.
—Búrlate, Tom, pero tarde o temprano necesitarás apoyarte en mis métodos como ya ha pasado antes si quieres avanzar en este crucigrama. ¿Qué dirías si te contara que tengo una pieza clave para resolver todo este embrollo?
—Diría que estás blofeando, pero puedes intentar impresionarme. Quizás lo logres.
—Conseguí sustraer, de la bodega de la policía, el arma con la que mataron a Astor Wildrem.
—Mentira. Patrañas. ¿Cómo podrías haber conseguido algo así? Debía ser de los objetos más custodiados de todo el departamento.
—Un gran mago jamás revela sus trucos, Tom. Pero te la puedo mostrar: la tengo escondida en mi guarida —dijo Oliver, sonriendo.
—De verdad, Andrews, ¿nunca te cansas de este juego? Deberías dejar esta rutina de una vez.
—¡Solo quiero cambiar ese ceño fruncido tuyo por una sonrisa! Además, tampoco quieres que termine mi juego, ¿sabes por qué, Tom? Porque soy el amigo más real que tienes. Podemos ser opuestos en todo, pero, en el fondo, somos exactamente lo mismo —replicó Oliver.
Tomas respiró hondo, mirando a Oliver, y volteó hacia Julia, que seguía sin salir de su estupor.
—De acuerdo, Oliver, tú ganas. Si tienes el arma homicida, quiero saber algo: ¿por qué viniste a este lugar?
—Cuando la encontré, no podía ir a los archivos de la comisaría, así que pensé que aquí encontraría algún dato. Para mi sorpresa, encontré varios. Me parece que ustedes ya los leyeron.
—Así es. Y creo saber dónde podemos confirmar la veracidad de este documento.
—Inspector, me gustaría una explicación mejor. No entiendo qué están pensando —exclamó Julia, confundida.
—Es muy simple, bella dama: el informe dice que Wildrem se hospedaba en el Hotel Royal con todo su séquito. Si el nombre del señalado por su asesinato figura en el libro de registros, eso confirmaría, al menos, que Allister estuvo presente esa noche —explicó Oliver.
—Tú tampoco crees que Astor Wildrem murió como dicen, ¿verdad? —le preguntó Tomas.
—En absoluto. El acta de defunción es fraudulenta y debemos averiguar por qué.
—Increíble. Jamás pensé escucharte hablar con tanto sentido de justicia —comentó Tomas, burlón.
—Puedes decir que te enorgullezco.
—Señores, lamento interrumpir su reconciliación fraternal, pero deberíamos irnos antes de que alguien note nuestra presencia.
Pero antes: mire esto, inspector. El documento con la cronología del deceso de Astor Wildrem tiene la misma caligrafía que firmó el boletín once con mi nombre.
Eso significa que quien falsificó mi firma fue el jefe de redacción, Peter Heskey. Pero ¿por qué lo habrá hecho?
—Por la misma razón que ocultaron la verdad en todo este asunto y por la misma causa de las desapariciones… Oliver, ya que probaste tus talentos camaleónicos, necesito un favor: en la comisaría debe estar la lista completa de los desaparecidos. ¿Podrías conseguirla?
—Me ofende la pregunta.
—Bien, te lo encargo. Yo volveré al hotel a revisar el libro de registros. Nos reuniremos de nuevo en el Mad Jackal, la taberna de la calle Brooke. Y trae el arma, por favor: conozco a alguien que puede darnos respuestas al respecto.
—Inspector, ¿puedo ser de utilidad de alguna forma? —preguntó Julia, con entusiasmo.
—Por ahora, lo más conveniente es que siga su rutina de siempre, Julia. No podemos levantar sospechas. Pero sería útil que averigüe sobre la relación del jefe de redacción con los Wildrem y, sobre todo, con Víctor Collins.
—¿El teniente? ¿Por qué?
—Asumo que sabe más de lo que aparenta. Si Peter Heskey redactó este documento como borrador del informe y Collins lo rechazó —lo cual presumo que ocurrió así—, debió tener razones de peso para hacerlo.
—Entiendo, inspector. Así lo haré.
Julia, Tomas y Oliver salieron del edificio de la imprenta, cada uno por su camino. El cielo seguía en penumbra, pero, de algún modo, era más claro que la negra verdad que se cernía sobre Revenbrock.