Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Visitante inesperado

Tomas bajó las escaleras con las palabras de la carta todavía dando vueltas en su cabeza.

Phil le había dicho que quien se la entregó era una mujer que no pudo reconocer y que el carruaje, por los detalles descritos, parecía pertenecer a una familia de alcurnia.

Pocas cosas tenían sentido; para aclararlas, solo le quedaba asistir a la cita.

Pero ¿y si era una trampa? Toda posibilidad estaba sobre la mesa.

No podía perder tiempo divagando: debía seguir con lo que tenía planeado para ese día.

Al llegar al vestíbulo, Reginald Blaine lo recibió con un periódico en mano y un saludo curiosamente pícaro.

—Buen día, señor Barnoc. ¿Qué tal pasó la noche?

—Bastante bien, como siempre, estimado Reginald. La única novedad es que ya no gozo del privilegio de una vigilancia personalizada. ¿A qué se debe eso? —contestó Tomas, con la esperanza de molestarlo un poco, algo que ya empezaba a resultarle bastante entretenido.

—Es muy simple, inspector. En la edición número once de este diario que estaba leyendo, cuentan quién es Tomas Barnoc y qué hace aquí. Ya no es usted un desconocido para el pueblo de Revenbrock.

Tomas frunció el ceño y le pidió el periódico.

Al leerlo, confirmó que Reginald tenía razón: el rotativo traía una descripción completa de su perfil, de dónde venía y por qué estaba en Revenbrock.

Y al final del artículo, firmando, estaba el nombre de Julia Feiman.

Al menos eso explicaba su ausencia en el salón comedor la noche anterior.

Tomas estaba convencido de que aquella revelación le traería problemas.

Quien fuera que estuviera detrás de los crímenes de Revenbrock ahora se cuidaría el doble de no cometer errores; sus pistas podrían volverse irrelevantes de un día para otro o, peor, los responsables podrían optar por huir o por eliminar a los desaparecidos de una vez, si es que no lo habían hecho ya.

Un dolor de cabeza más, sumado al ya intrincado devenir de esos días.

Sin perder más tiempo, salió del hotel a buscar a Julia en la imprenta.

Mientras caminaba, notó algo distinto en el ambiente.

La gente ya no se quedaba mirándolo. Ya no murmuraban a su paso.

Incluso un niño, desde la otra acera, le alzó la mano en señal de saludo.

Como dijo Reginald: Tomas Barnoc se había convertido, de la noche a la mañana, en parte del paisaje de la ciudad.

Los rayos del alba se ahogaban bajo una nube gris que no dejaba pasar la luz. No era la mañana más agradable: los nubarrones oscurecían el lugar poco a poco, al punto de que ya habían tenido que encender los faroles de las aceras. La lluvia era inminente.

Tomas avanzaba entre calles, buscando la imprenta con paso firme, cuando —quizás con algo de ayuda de Tique, la diosa griega de la fortuna— vio a Julia comprando fruta en un puesto callejero.

Se acercó de inmediato, la tomó del brazo y empezó a caminar sujetándola con firmeza.

Algunas manzanas rodaron del puesto; la transacción quedó a medias.

—¡Espere, inspector! ¿Acaso perdió el juicio? —dijo Julia, consternada.

—Me parece que quien perdió la razón fue usted, señorita. ¿Por qué escribió ese artículo sobre mí? ¿No se le cruzó por la cabeza que podría comprometer mi investigación?

—Discúlpeme, pero no tengo la menor idea de qué me está acusando.

—Venga conmigo. Seguro encontramos un ejemplar por aquí cerca.

Caminaron un par de metros y encontraron a un transeúnte con el diario en la mano. Se lo pidieron prestado y Tomas buscó la página para que Julia la leyera.

—Inspector, le aseguro que no fui yo quien escribió esto. Tiene que creerme.

—¿Por qué habría de hacerlo? Tiene su firma y usted, casualmente, no se presentó ayer en el Hotel Royal. Eso me obliga a pensar que estaba ocupada escribiéndolo.

—Puedo demostrárselo, señor Barnoc. Esa firma no es la mía. El boletín número once suelen escribirlo los periodistas más antiguos y experimentados. Es cierto que ayer no fui al bar del hotel, pero eso tiene otra explicación: el jefe de redacción me pidió que… maldición.

—¿Qué sucede? —replicó Tomas.

—Ahora entiendo todo. Ayer, el jefe de redacción, Peter Heskey, me encargó una tarea bastante extraña. Según él, le había llegado información de que, cerca del bosque Kardenta, al oeste de la ciudad, habían visto a algunos de los desaparecidos y que sería prudente investigar la zona.

—Suena absurdo. ¿Por qué pedírselo a usted y no acudir directamente a la policía?

—Según Peter, era porque «notaba mi pasión por descubrir la verdad». Y, para ser sincera, esa explicación me sedujo un poco. También dijo que, si su información era cierta, convenía que no hubiera mucha gente en la zona, que ya de por sí es un laberinto.

—¿Y obtuvo algún resultado?

—Ninguno. Estuve horas dando vueltas. La única persona que vi fue un cazador, un ermitaño que no me dejó ni hablar y solo me advirtió que me largara cuanto antes. No fue nada agradable.

—Seré honesto, señorita Feiman: su historia no me convence en absoluto.

—No lo culpo. Pero permítame demostrarle que no escribí ese artículo. En la imprenta hay archivos con textos míos; incluso podríamos comparar caligrafías y descubrir quién usurpó mi firma y por qué.

—Tiene, por ahora, el beneficio de la duda. Vamos.

Julia caminaba visiblemente incómoda junto a Tomas, pero firme en su postura. El inspector, por su parte, no estaba dispuesto a ceder hasta esclarecer todo.

Minutos después llegaron a las oficinas centrales del periódico. Antes de cruzar la calle, Julia detuvo a Tomas.

—Inspector, vaya a la parte trasera del edificio. Yo abriré la compuerta para que entre por ahí. Sería muy inconveniente que lo vieran entrar conmigo: pondría sobre aviso a quien haya conspirado y usurpado mi firma. Además, la zona de archivos está prohibida para cualquier civil.

—Soy detective. Tengo derecho a investigar. Si alguien me detiene, podría alegar que actúa como cómplice de un crimen.

—Por favor, señor Barnoc, esto está fuera de su jurisdicción. No sea testarudo. Permítame ayudarlo y, de paso, limpiar mi nombre.

—De acuerdo —respondió Tomas, con un dejo de indignación.

Julia entró al edificio. Pero cuando Tomas se dirigía al lugar indicado, el teniente Collins lo interceptó, flanqueado por dos guardias.

—Vaya, vaya. Miren nada más, señores: el nuevo héroe de Revenbrock. Tengan cuidado, quizás les quite el empleo pronto —dijo Collins, con ironía.

—Mmm. Técnicamente, si alguien puede perder el puesto aquí, es usted, jefe. Sería, en última instancia, lo que se merece por dirigir tan incorrectamente una operación policial.

Los agentes que acompañaban a Collins soltaron una risa contenida.

—Escúchame bien, maldito engreído. Te estaré vigilando muy de cerca, esperando a que cometas un error. Y en ese momento, disfrutaré sacándote a patadas de mi ciudad. O, mejor aún, te veré pudrirte en una de mis mazmorras.

—Espero que le queden muchos años de vida por delante, teniente, porque dudo mucho que llegue a ver tal cosa en el futuro cercano.

—¡Vámonos! —gritó Collins a sus subalternos, y se marcharon.

Tomas dejó salir un suspiro. Ya empezaba a ver las primeras consecuencias del artículo: el perfil del jefe de policía quedaba definido sin ambigüedad.

Sería un enemigo en cualquier escenario y, en lugar de apoyar su investigación, buscaría entorpecerla —justo lo que había intentado evitar desde el primer contacto con él.

Llegó a la parte trasera de la imprenta: un callejón estrecho, un desagüe descuidado y grandes contenedores repletos de papel desechado y algo de cartón. Esperó un rato hasta que Julia por fin abrió la compuerta.

—Entre, inspector. Y, por favor, guarde silencio. No hay mucha gente, pero es mejor no despertar sospechas.

Recorrieron un par de pasillos atiborrados de diarios y revistas. A través de las ventanas se veían mesas de copiado, máquinas de escribir y un par de mecanógrafos concentrados en su trabajo.

Al llegar a los archivos, Julia notó, sorprendida, que la puerta no estaba asegurada: el pomo giró sin necesidad de la llave habitual.

Antes de entrar, movió los ojos con rapidez, buscando alguna presencia.

No había ni una sola luz encendida y la oscuridad del día nublado hacía impensable que alguien pudiera estar leyendo algo ahí dentro sin luminaria.

Entraron, cerraron la puerta y encendieron una lámpara de aceite fijada a una columna de madera. Julia fue directo a los archivos y notó que, sobre una de las mesas, había carpetas revueltas con información del 12 de diciembre —el día del asesinato de Astor Wildrem.

—Mire esto, inspector. Alguien estuvo aquí hace poco, buscando algo.

Tomas empezó a leer los documentos y varios detalles lo golpearon de inmediato.

—Señorita Feiman, cuando leí sobre el caso Revenbrock, no encontré algunos de estos elementos.

Es extraño, porque los informes policiales suelen ser minuciosos.

Aquí, por ejemplo, se menciona que Astor Wildrem, horas antes de morir, se hospedó en el Hotel Royal con toda su comitiva.

Y dice que, cuando se desplomó junto a la estatua del centro cívico, había dos personas más con él que nunca fueron identificadas.

Presumo que una era el señor Allister. ¿Pero quién era la otra?

—De verdad no lo sé, inspector. Jamás leí este informe en ningún diario. Ni siquiera sabía que existía.

Se miraron, confundidos, y siguieron buscando más informes relacionados con el caso.

Mientras revolvían documentos, un movimiento fugaz sacudió el ambiente. Tomas sintió el frío de un arma apoyándose en su espalda y una voz que le susurró:

—Lárgate de aquí o desaparece para siempre.

Con calma absoluta, alzó las manos, en una postura de no combatiente. Pero, en un movimiento veloz, giró sobre sí mismo, desarmó al atacante con la mano izquierda y con la derecha tomó su propia arma, apuntándole directo a la cabeza.

—Un consejo profesional: para intimidar a un hombre a corta distancia, un arma blanca funciona mucho mejor.