CAPÍTULO 7
Voces en la sombra
Tomas había salido de la taberna con más dudas que certezas, pero al menos empezaba a tener un hilo conductor que le daba forma a las desapariciones.
Ya no parecía un caso aislado de la muerte de Astor Wildrem, como había pensado al principio.
Su visita al Mad Jackal le había dejado pistas importantes, y entrevistarse con algunas de las personas que la pareja Jones había mencionado podría abrir todavía más la investigación.
Mantenía una gran duda respecto al papel del jefe de la policía de Revenbrock.
Tenía claro que no contaría con su apoyo; más bien podía esperar que le pusiera trabas.
Aun así, aunque Collins no le había permitido examinar la supuesta arma homicida, sabía que era de fabricación artesanal y seguramente algún herrero del pueblo la había forjado.
Además, quería encontrar al médico que había recibido el cuerpo. Eso podría despejar varias dudas.
Y luego estaba el alcalde.
¿Qué papel jugaba realmente?
¿No había sido sincero con el inspector, o de verdad ignoraba lo que ocurría en su propia comunidad?
A veces, quien se encumbra demasiado en el poder termina por desvirtuar la realidad que lo rodea. Quizás no era ese el caso; quizás solo idealizaba su manera de ver las cosas, tratando de sostener una figura de pragmatismo total.
Fuera cual fuese la razón, entraba también en la lista de sospechosos que Tomas debía tomar en serio.
Respiró hondo y decidió recorrer un poco la ciudad.
Caminó por sus calles empedradas, la simetría que había notado desde el principio, las casas de piedra caliza, madera y adornos florales, los antejardines que invitaban a una taza de té y una charla al calor de los arreboles anaranjados de la tarde.
El viento taciturno le acariciaba el rostro.
En otra vida, tal vez habría visto niños jugando en esas calles.
Pero no hoy.
No ahora.
Todo eso había quedado sepultado bajo el pavor que invadía a la gente, y arrebatarle a un pueblo entero sus sueños de esa manera le parecía a Tomas el más perverso de los crímenes.
Uno que estaba decidido a revertir.
Después de andar un buen rato, afinando ideas y propósitos, regresó al Hotel Royal, donde Reginald Blaine lo interceptó en el vestíbulo.
—Buenas tardes, señor Barnoc. ¿Qué tal su día? —insinuó el dueño del hotel.
—Bastante provechoso, señor Blaine. Aunque aún me quedan un par de cosas por hacer y, de hecho, me sería muy útil contar con su ayuda.
Extrañado, Reginald replicó:
—Como sabe, inspector, no soy la persona indicada para ayudarlo a resolver una situación tan difícil, y tampoco tengo ningún tipo de información que ofrecerle.
—Sí, eso lo tengo claro. Pero no le pediría más de lo que sé que puede hacer.
Molesto, como de costumbre, ante lo que interpretaba como subestimación, Reginald respondió:
—Entonces, ¿en qué puedo serle útil, según sus aspiraciones?
—Es de suma importancia que me comunique de inmediato con el comando de policía de Brumville. Asumo que un hotel de este prestigio debe contar con dispositivo telefónico.
—Así es, señor Barnoc. Me tomará algo de tiempo establecer la comunicación, pero podría conseguirlo en unos minutos.
—Perfecto. Aprovecharé para tomar una ducha. Vuelvo enseguida.
Reginald asintió, y Tomas subió a su habitación.
En cuanto se quedó solo, el gerente se dirigió directo a su máquina telefónica.
Pero no llamó al comando de Brumville.
Llamó a alguien más.
—Buenas tardes. Habla Reginald Blaine.
—¿Qué sucede? —preguntó una voz al otro lado.
—El señor Barnoc me ha pedido comunicarlo con el comando central de la policía en Brumville. Creo que es razón suficiente para reportarlo. ¿Cómo debo proceder?
—Primero, conserve la calma. Asumo que es apenas una comunicación de rutina; han pasado solo dos días desde su llegada. Dudo mucho que tenga algo relevante que informar.
—En su tono había premura por hablar con alguien. Eso me inquieta. ¿Y si ya averiguó algo?
—¡Cálmese, Blaine! No tiene nada de qué preocuparse. Todo está bajo control. Haga lo que le pide, pero no pierda detalle de lo que converse.
—Así será.
Reginald cortó la comunicación y se dispuso a buscar los códigos para llamar al comando de policía, sin notar que Phil Evans había estado escuchando cada palabra, oculto y en silencio.
Minutos después, Tomas bajó de los pisos superiores.
Al llegar al vestíbulo, notó que Reginald no tenía su parquedad habitual: había un nerviosismo nuevo en su rostro, un detalle que no le pasó desapercibido.
—Aquí tiene, señor Barnoc. Ya está establecida la comunicación —dijo Reginald, entregándole la bocina.
—¿Tomas, eres tú?
—Sí, capitán Tennyson. ¿Me oye bien?
—Perfectamente, querido amigo. Me alegra mucho escucharte; de verdad tenía ganas de saber de ti.
—Lo mismo digo, capitán. Me gustaría darle un reporte de la situación en Revenbrock.
—Te escucho.
Tomas alzó la vista y notó que Reginald lo observaba fijamente, cada vez más tenso.
—Aguarde un momento, capitán —dijo, bajando la bocina, y se dirigió a Reginald—. Señor Blaine, ¿podría darme un poco de privacidad, por favor?
—Lo siento, inspector, pero este es mi lugar de trabajo. Debo permanecer aquí, atento a la posible llegada de huéspedes. Usted entenderá.
Tomas lo miró con desconcierto.
—Mire, Reginald. Dudo mucho que a esta hora del día llegue algún huésped.
Sería bastante aventurado tomar un carruaje sin luz suficiente.
Y dudo, además, que alguien con la economía tan ajustada de la mayoría de la gente de aquí decida gastar lo poco que tiene en una noche de hotel, teniendo su casa a dos pasos.
Reginald lo miró, totalmente descompuesto.
—Señor Barnoc, sus suposiciones me tienen sin cuidado. Puede analizar lo que le plazca, pero este es mi hotel y aquí las reglas las pongo yo. Si no le agrada, puede terminar su llamada y buscar privacidad en otro lado.
De mal humor, Tomas volvió a alzar la bocina.
—Disculpe la demora, capitán. Necesitaba algo de privacidad para hablar de asuntos de seguridad, pero la testarudez de este lugar no me lo permitió. Así que trataré de explicárselo con un dialecto más… propio de la casa.
—Entiendo, Tom. Te escucho.
—Más allá de lo que ya sabíamos sobre Revenbrock, lamento informarle que también tenemos un código 9.76.
Reginald murmuró para sí, sin entender del todo la clave que Tomas acababa de mencionar.
—Maldición. ¿Una persona perdida o son varias?
—Varias, por desgracia. Y parecen tener relación con los sucesos que ya conocemos.
—Dime algo, Tom: ¿hablaste con la fuerza policial local? ¿Necesitas refuerzos? Puedo enviarte a alguien más para apoyar la investigación.
—Respondiendo a lo segundo: por ahora no es necesario.
Debo hacer algunas pericias antes para entender la dimensión real de lo que ocurre.
Y en cuanto a lo primero: a mi pesar, no creo poder recibir la ayuda que necesitaría de ellos.
De hecho, sospecho que el dirigente de la entidad podría estar implicado de alguna manera.
—Eso que me dices es muy grave, Tom. Puedo enviar una orden para suspenderlo; tendría que responder ante los altos mandos, y eso te permitiría revisar a fondo los archivos de la estación.
—No, capitán. Por ahora prefiero que se sienta seguro. Eso podría hacer que baje la guardia. Mientras tanto, solicito su ayuda con algo más.
—Por supuesto, amigo. Soy todo oídos.
—En el caso 11035 que usted me mostró, se mencionaba cómo ocurrió la situación código 101. ¿Podría confirmarme el nombre de la persona que dictaminó los hechos?
Reginald se estremecía cada vez más, sin comprender en absoluto de qué hablaban.
—Según el archivo, el médico que examinó el cadáver del señor Wildrem se llama Benjamín Willock.
—Tomo nota y le agradezco mucho su ayuda, capitán. También me alegra oírlo.
—Ten mucho cuidado, amigo mío, y mantenme informado. Si es necesario, iré yo mismo a ayudarte con este caso.
—Confío en que no será necesario distraerlo de sus deberes, capitán. Un saludo cordial, y hasta pronto.
Al colgar, Tomas miró hacia el salón contiguo, donde había visto por primera vez a Julia Feiman.
No estaba ahí, a diferencia de lo que ella misma le había dicho sobre su rutina.
Algo en su día parecía haberse alterado.
Tomas lo archivó como una pregunta pendiente y volvió su atención a Reginald, adoptando una postura más firme.
—Seré muy directo con usted, señor Blaine.
Solo por esta vez toleraré su insubordinación.
Pero se lo advierto: si vuelve a entrometerse en mi trabajo o insiste en ser un obstáculo, presentaré cargos formales.
No solo lo despojaré de su puesto, también de cualquier otra ocupación, porque tendrá que dedicar su tiempo a servicio comunitario en alguna penitenciaría.
No ponga a prueba mi paciencia. ¿Fui lo bastante claro?
—Como siempre. ¿Algo más en lo que pueda servirle? —respondió Reginald, a regañadientes.
—En realidad, sí. Tengo una navaja recta que uso a menudo para afeitarme. Fue un regalo de mi madre, y me temo que ya tiene un deterioro importante. Le tengo mucho aprecio y quisiera repararla. ¿Hay algún herrero en la localidad que pueda ayudarme con eso?
—Por supuesto. El número 12 de la calle Adams es el hogar de Edgar Barrow, un herrero humilde. Quizás no sea el más perfeccionista, pero podrá servirle.
—Se lo agradezco. Me retiro a cenar; muero de hambre.
Tomas se dirigió al salón comedor, mientras Reginald se ahogaba en su propia frustración.
Mientras esperaba su comida, el inspector se sentía satisfecho con lo reunido: ya tenía el nombre del herrero que podría hablarle del arma homicida —gracias, sin saberlo, a la ayuda del propio Reginald— y el nombre del médico que necesitaba encontrar para aclarar lo que de verdad había ocurrido.
Las horas pasaron y la noche se apoderó del cielo.
Un par de relámpagos en las alturas anunciaban una tormenta como Revenbrock no veía hacía mucho tiempo.
En otro lugar, a la sombra de esa misma noche, se celebraba una reunión en un despacho iluminado solo por un candelabro y el fulgor intermitente de los relámpagos.
Un hombre leía una carta mientras bebía una copa de coñac.
Tres golpes en la puerta, un aviso de ingreso, y apareció la figura de un sujeto con una capucha que le ocultaba el rostro.
Sin saludo previo, comenzó la conversación.
—Ese inspector Barnoc que trajiste avanzará, poco a poco, en sus conjeturas. No podemos permitir que investigue demasiado. Usted, tanto como yo, sabe que la salud del orden establecido depende del control que ejercemos sobre él.
El hombre del despacho, sin siquiera pestañear, frunció el ceño.
—Tranquilícese. Aún tengo el control de la situación. Si el señor Barnoc toca algún estamento que pueda vulnerarnos, yo mismo me encargaré de borrarlo del mapa. La idea de traerlo aquí era, precisamente, devolverle la tranquilidad a Revenbrock, para que sus habitantes sigan como borregos.
—Más te vale. No toleraré ninguna insubordinación de ningún tipo… Por cierto, supongo que ya sabes que el inspector Barnoc no es el único forastero que ha entrado a Revenbrock en estos días, ¿verdad?
—¿Qué dice? Eso no es posible. Si hubiera llegado alguien más, lo sabría. Solo hay una entrada posible a la ciudad, y siempre está vigilada.
La estupefacción era evidente en su rostro.
—Averigüe de quién se trata cuanto antes. Que no vuelva a pasar, o habrá consecuencias.
El hombre de la capucha dio media vuelta y salió del despacho.
El otro se quedó ahí, dándole un trago al licor que sostenía, mientras un par de gotas de sudor le recorrían el rostro, delatando el pavor que aquella conversación le había dejado.
A la mañana siguiente, Tomas se despertó con el ánimo renovado, ansioso por contactar al herrero y al médico.
Pero antes de estar listo para retomar sus labores, tres golpes en la puerta lo pusieron en alerta.
—Señor Barnoc, buenos días. Soy Phil Evans.
Tomas abrió y encontró al chico visiblemente agitado.
—¿Te pasa algo, Phil?
—Señor Barnoc, tenía que venir en cuanto pudiera. Anoche, cuando salía del hotel rumbo a mi casa, un carruaje me interceptó en el camino. Alguien me entregó esta carta, dirigida a usted.
Phil le extendió el sobre, en efecto, dirigido a Tomas.
—Dime, ¿quién te la entregó?
—No lo sé, señor. Era un carruaje cubierto, y la persona solo me lo acercó, me dijo que se lo entregara sin intermediarios y que no lo comentara con nadie.
Lo único que pude notar es que era una mujer por el tono de voz.
Y que el carruaje no era ordinario: tenía acabados personalizados y una «W» en el costado.
—Entiendo, Phil. De verdad te agradezco tu ayuda.
—Con gusto, inspector. Debo irme antes de que noten mi ausencia. Adiós.
Tomas cerró la puerta y abrió el sobre.
Al leerlo, una arruga de intriga se le dibujó en el rostro.
Saludo cordial, inspector Barnoc.
Su presencia en Revenbrock no pasa desapercibida para nadie.
Lo considero la inclinación de una balanza a favor
para quienes deseamos salir de la oscuridad que nos ha consumido por años.
Me es imperioso ofrecerle una audiencia conmigo.
Sé que es un hombre discreto, pero por seguridad a mi integridad,
me reservaré mi identidad hasta el momento de tenerlo cara a cara.
Lo espero en la plaza de la torre del reloj, a las 21:00.
No se preocupe por encontrarme: yo lo encontraré a usted.