CAPÍTULO 6
El Mad Jackal
Tomas entró al restaurante y buscó una mesa con buena vista a la calle.
Quería ver el vaivén de la gente, interpretar mejor el pulso del lugar.
Era un sitio acogedor, de pocas mesas, manteles impecables, asientos mullidos y paredes de madera adornadas con faroles de un bronce antiguo.
Al entrar, lo recibió el aroma de comida recién preparada.
Un mesero se acercó, titubeante.
—Buen día, señor. ¿Qué puedo ofrecerle?
—Buen día. Busco algo de comer. ¿Cuál es la especialidad de la casa?
—Podría ofrecerle un bistec con especias del lugar y guarnición de ensalada.
—Suena apetitoso. Deseo uno de esos, por favor.
—¿Puedo sugerirle también una bebida frutal de elaboración artesanal?
—Será un gusto probarla —dijo Tomas, complacido.
Mientras esperaba, anotó en su libreta las claves de la charla con Víctor Collins.
Quizás la mejor forma de continuar era ir a la taberna que Phil Evans había mencionado.
Sabía que el padre del muchacho era uno de los desaparecidos, y que el jefe de policía también lo había nombrado.
Probablemente encontraría pistas importantes ahí.
El plato llegó al cabo de un rato, y su aroma cautivador no le hacía justicia a la presentación. Tomas comió con fascinación, saboreando cada bocado.
Cuando terminó, el mesero volvió a acercarse.
—Sí, mozo, tengo una consulta y una petición. Empezaré por lo segundo: ¿tiene algún postre que pueda recomendarme?
—Así es, señor. Tenemos un delicioso mousse de chocolate con una cubierta de galleta triturada.
—Mmm, eso suena realmente apetecible. Tráigame uno, por favor. En cuanto a la consulta, son dos preguntas. La primera: ¿ha llovido últimamente?
—No, caballero. En realidad, ha sido una temporada bastante seca.
—Entiendo. Y la segunda: ¿cada cuánto se hacen labores de limpieza en el centro cívico?
—Si no me equivoco, hay un contingente que asea al menos tres veces por semana. Pero en realidad no hay mucho que hacer: las calles se mantienen siempre limpias. A lo sumo, barren un poco las aceras.
Tomas agradeció con un gesto, y el camarero se retiró en busca del postre.
Mientras saboreaba el dulce manjar, Tomas terminó de convencerse de que la muerte de Astor Wildrem distaba mucho de cómo la describía el archivo que había leído en la oficina de Tennyson y de cómo la había reseñado Víctor Collins.
Eso solo sumaba más misterio a los hechos.
Revisó su libreta una y otra vez: apenas un par de nombres nuevos por investigar.
Según el jefe de policía, el arma homicida había sido un cuchillo hecho a medida, de fabricación artesanal.
Tomas ya sospechaba que no era así, pero no podía descartar el dato sin más: era una pista demasiado específica.
Se lamentó, en silencio, de no haber podido examinar más detalles en la estación de policía. Si al menos hubiera visto la navaja en cuestión, tendría más argumentos de los que tenía ahora.
Terminada la comida, Tomas se levantó, dejó una generosa propina que alegró al mesero, salió a la calle y se acercó a un carruaje.
El cochero, como ya era costumbre, se mostró un poco impresionado por aquel hombre que jamás había visto en la localidad.
—Buena tarde, buen hombre. ¿Podría llevarme al lugar llamado Mad Jackal?
El cochero lo miró un instante, pero finalmente asintió a cambio de unas monedas.
Por el camino, Tomas vio una pequeña catedral, una biblioteca y un museo. No lograba entender cómo un lugar con tanto esplendor cultural había caído en una situación tan aciaga.
Primero se detuvo a observar el callejón que Phil Evans había mencionado: un pasadizo largo y estrecho, con varias puertas y obstáculos. Sacar conjeturas de una primera impresión era difícil; lo más sensato sería buscar información dentro de la taberna.
El Mad Jackal era un lugar lúgubre, apenas iluminado por lámparas de aceite. Tenía lámparas incandescentes, sí, pero ninguna encendida. El polvo se acumulaba sobre varias mesas, señal clara de que no eran frecuentadas o de que estaban vetadas para cierto público.
Todas las miradas se posaron sobre el intruso que rompía el silencio del lugar.
En un rápido barrido visual, Tomas contó a lo sumo cuatro personas: una mesera, el cantinero y dos parroquianos, cada uno en una mesa alejada de la otra.
Se acercó al cantinero con un gesto respetuoso, pero antes de que pudiera decir palabra, el tabernero habló primero:
—No es frecuente ver forasteros aquí. ¿A qué ha venido?
—Soy el inspector Tomas Barnoc. He venido a investigar la…
Desde la mesa contigua a la puerta, sin advertencia alguna, un sujeto de aspecto hosco se levantó de golpe, arma en mano.
—¡No queremos extraños acá! Lárgate, o me encargo de sacarte a rastras.
Tomas lo miró de reojo y, sin inmutarse, volvió la vista al cantinero para pedirle una copa de vino.
El desaire encendió más al hombre.
—¡Maldito engreído! Te dispararé, y te enseñaré a respetar a un caballero.
Con absoluta calma, Tomas respondió, elevando apenas el tono:
—Habría prestado atención a sus palabras si en verdad fuera un caballero quien las pronunciara.
Pero dudo mucho que un verdadero caballero esté, a las tres de la tarde, en una cantina, con la ropa sucia, manchas de vómito encima y semejante falta de control propio.
Eso sin mencionar que esa arma con la que se atreve a amenazarme no está en condiciones de dispararse.
A propósito: ¿tiene siquiera municiones?
Lo dudo. Un consejo gratuito: si va a empuñar un arma, debe estar dispuesto a usarla. Como haré yo ahora mismo.
Al terminar la frase, Tomas desenfundó su revólver Colt Walker. El acero brilló incluso bajo la luz tenue del lugar, y el cañón apuntó directo a la cabeza del sujeto, que, estupefacto, dejó caer su arma y alzó las manos, implorando clemencia.
—Por favor, no me mate —rogó, con la voz quebrada.
La mesera intervino, abogando por el hombre.
—Por favor, señor, no convierta esto en una escena criminal. Le ruego que baje el arma y nos permita ayudarlo en lo que necesite.
Tomas enfundó el revólver con la misma rapidez con que lo había sacado y tomó asiento junto a la barra. El hombre aprovechó el instante para escapar. Se esfumó como el humo de un cerillo recién apagado.
—Díganos, ¿en qué podemos servirle, inspector? —preguntó el tabernero, con los nervios todavía a flor de piel, entregándole la copa de vino con mano temblorosa.
—De antemano les pido disculpas por el mal momento que acaban de pasar. No suelo responder de esta manera, pero tampoco tolero que me hablen con alevosía.
El tabernero y la mesera se miraron, buscando algo de calma entre ellos.
—Mi nombre es Alan Jones, y ella es mi esposa, Lorelei. Somos los dueños de este bar, y también sus únicos empleados.
—Un gusto, inspector —dijo Lorelei, con una reverencia.
—El placer es mío. Verán, he venido a Revenbrock por solicitud del ayuntamiento, a investigar los recientes sucesos y encontrar el paradero de quienes han desaparecido. Tengo información de que una de las personas ausentes solía moverse por el pasadizo junto a esta taberna. ¿Saben algo al respecto?
—Inspector, ese callejón lo usa mucha gente. No podríamos decirle nada —contestó Alan.
—Señor Jones, tengo muy claro que en este lugar impera una ley de silencio colosal.
Aún no sé si es por miedo o por lealtad, pero, sea cual sea la razón, solo le está haciendo un daño irreversible a su ciudad.
Le pido encarecidamente que me diga lo que sabe.
No sé si entre los ausentes tiene a algún ser querido, pero estoy seguro de que no querría padecer la ausencia de alguien que aprecia.
Alan bajó la cabeza un instante, mirando de un lado a otro, como buscando una respuesta. Lorelei puso su mano sobre la de él.
—Esposo mío, no podemos callar más. Hay que hacer algo. Nuestro sustento agoniza.
Con la determinación que le dieron esas palabras, el tabernero comenzó a hablar.
—Señor Barnoc, no confío en nadie. ¿Qué garantía tengo de que recibiremos su protección y ayuda?
—Ninguna garantía. Jamás se puede asegurar nada. Pero le prometo que daré todo de mí para devolver la normalidad a este lugar.
Jones lo miró fijamente, y algo en la determinación de sus ojos le bastó para confiar.
—Desde que empezaron las leyes de bloqueo de los Wildrem, comenzó también la carencia entre los habitantes de Revenbrock.
Poco a poco fueron controlando qué debíamos hacer, cómo manejar nuestros negocios, qué podíamos vender.
En nuestro caso, solo se nos permite ofrecer licor y bebidas del lugar, y los precios los fijan ellos.
—Pero creía que el asesinato de Astor Wildrem había representado un golpe duro para la moral de la ciudad.
—¡Ja! En absoluto. Le garantizo, inspector, que no verá a un solo civil llorando la muerte del señor Astor. Más que respeto, le tenían un miedo tremendo. Siendo honestos, para la mayoría fue un alivio.
Aquella revelación abrió otra grieta más en las certezas de Tomas: lo que el Mayor Wildrem le había contado distaba bastante de lo que su propio pueblo pensaba en realidad.
—Sin embargo —continuó Alan—, lejos de traer calma a la ciudad, su muerte generó una explosión de sucesos turbulentos.
La ausencia de alguien que concentraba tanto poder dejó una porción de pastel demasiado grande, y muchos quisieron repartírsela.
Se rumora que algunas personas influyentes buscan quedarse con propiedades y negocios del señor Wildrem, y eso ha desatado una guerra silenciosa en las altas esferas.
Esa pelea, claro, no la libran los magnates. Quienes la libran son sus lacayos.
—¿Saben quiénes podrían ser esas personas influyentes que se disputan la fortuna?
—Sería difícil decirlo, inspector. En Revenbrock hay muchos que podrían estar implicados: el señor Winsor, la familia Berman, los Bagner, Madame Brewster. Cualquiera tendría un interés particular —añadió Lorelei.
Tomas anotó cada apellido. Era desalentador saber cuántas personas podían estar involucradas.
—Volviendo a mi pregunta inicial, sobre quienes frecuentaban el callejón, ¿qué podrían decirme?
—Sobre todo de noche, un grupo empezó a transitar el pasadizo para no ser detectados.
Se rumoraba que era una especie de rebelión, gente que buscaba liberar a la ciudad del sometimiento que viene padeciendo.
Pero apenas se corrió la voz de esos encuentros, empezaron a desaparecer uno por uno, sin dejar rastro.
Por eso, en Revenbrock, nadie habla y nadie sabe nada —dijo Alan.
—Ahora entiendo el origen de esa frase que tanto repiten aquí.
—Creo que es todo lo que podemos decirle. En nuestra posición, no hay mucho más que sepamos —agregó Lorelei.
—Al contrario, señora Jones. Agradezco la valentía que han tenido al contarme esto. Me han dado información valiosa. Por ahora debo retirarme, pero espero que puedan seguir colaborando si surge alguna novedad.
—Cuente con ello, señor Barnoc. Siempre que nosotros también podamos contar con usted —dijo Alan.
—Gracias por la bebida. Aquí tiene y hasta la próxima.
Tomas pagó, bebió el resto de un solo trago y salió de la taberna.
Alan Jones miró a su esposa.
—¿Habremos hecho lo correcto?
—No podíamos hacer otra cosa, querido —sentenció Lorelei—. El tiempo dirá si fue lo correcto o no.