CAPÍTULO 5
La estatua sin sangre
El sol matinal abría paso a un nuevo día.
Tomas se había levantado temprano, se afeitó, tomó una ducha rápida, se vistió con celeridad y salió de su alcoba. Como esperaba, el vigilante nocturno seguía en su puesto; apenas levantó la mano en señal de saludo.
Tomas aprovechó la luz del día para recorrer el hotel y familiarizarse con su entorno, algo que la noche anterior no había tenido oportunidad de hacer.
Caminó por el vestíbulo y los pasillos, encontrando una serie de habitaciones y salones.
Una pequeña sala de juegos con mesas de naipes, tragamonedas y ruleta.
Un salón amplio, aparentemente de reuniones, con una mesa y un estrado.
Un gimnasio. Y, como novedad, unos baños de vapor que, según un instructivo colgado junto a la puerta, servían para la higiene y como actividad terapéutica.
También encontró una barbería, donde en ese momento atendían a un huésped.
Entre otros detalles menores, dio con el corredor que llevaba al jardín que había visto desde su ventana.
Era un espacio elegante: caminos empedrados, pasto cortado con precisión milimétrica, arbustos redondos de perfecta simetría y un lindero de flores amarillas, rosadas y algunas naranjas.
Una pareja conversaba ahí, sin disimular las miradas ni los cuchicheos al notar su presencia. La paciencia de Tomas ya empezaba a agotarse con ese tipo de recibimiento.
Siguió su recorrido y se topó con el botones que el día anterior le había subido la valija. Limpiaba las hojas caídas del camino.
Al ver a Tomas, se puso nervioso, aunque saludó con cortesía:
—Mu-mu-muy buenos días, señor —tartamudeó el chico.
—Buenos días. No te pongas nervioso, amiguito. Mucho gusto, soy Tomas Barnoc —dijo, tendiéndole la mano.
—Discúlpeme, señor. No es usual hablar con los huéspedes… Mucho gusto, mi nombre es Phil Evans —respondió el botones, ya más tranquilo.
—Ayer se te olvidó volver por esto —dijo Tomas, sacando unas monedas del bolsillo.
Phil amagó con recibirlas, pero se detuvo de golpe y bajó la cabeza.
—Se lo agradezco mucho, señor Barnoc, pero si el señor Blaine se entera de que acepté el dinero, podría castigarme. O peor, despedirme.
Tomas lo miró con desconcierto.
—Por cierto, ¿cómo hace este lugar para seguir funcionando, sabiendo que Revenbrock se mantiene tan aislada del mundo exterior? ¿Se registran personas de mucho dinero o con reservas fijas?
—Sí, señor. Por lo general, quienes vienen aquí son gente… estirada y despreciable. ¡Uy! Perdón, señor, no debí decir eso. Fui imprudente —dijo Phil, ruborizado.
—Jeje, no te preocupes. Puedes decirme las cosas como las sientes; no hace falta que aparentes conmigo. Al contrario, me interesa entender la realidad de este lugar. Aun así, no logro comprender que alguien se hospede en un hotel teniendo su casa cerca.
—Le explico, señor: Revenbrock es un lugar muy extenso.
Además del casco urbano, hay una zona boscosa, las montañas del norte que llegan hasta un acantilado sobre el mar y una gran campiña donde algunos terratenientes y familias adineradas tienen sus villas.
Ellos suelen hospedarse aquí para quedarse varios días en el centro de la ciudad sin tener que ir y volver constantemente.
—Eso tiene mucho sentido. Y permíteme preguntarte algo personal: ¿de verdad te paga tan bien como asegura el señor Reginald?
—Lo justo para vivir, señor. Verá, soy el mayor de cuatro hermanos.
Mi padre desapareció hace unas semanas, y mi madre padece una enfermedad que nadie sabe nombrar.
Debo conservar este empleo; no tengo otra alternativa.
Y aunque sea severo, el señor Blaine me permite trabajar y sostener a mi familia —dijo, con la voz apretada.
—Lo lamento mucho, Phil. Así que tu padre es uno de los desaparecidos de las últimas semanas. Perdona que insista, pero ¿qué fue lo último que supiste de él? ¿Podrías contarme un poco?
—Empezaré por decirle que mi padre es un hombre sencillo.
Trabajaba en un taller, reparando los carruajes de la ciudad.
Un artesano de la madera, siempre alegre, siempre dispuesto a ayudar.
Nunca se sintió cómodo con la manera en que manejan la ciudad, y solía decir: «Algún día la gente se cansará de todo esto y tomará cartas en el asunto».
»Un tiempo antes de desaparecer, empezó a salir a unas reuniones con amigos. No era algo común en él, pero con los días se hicieron más frecuentes, y siempre volvía malhumorado. Hasta que un día, sencillamente, no volvió.
Al terminar, Phil se derrumbó. Sus ojos se encharcaron.
—Sé que esto es incómodo para ti, Phil, pero necesito saber todo lo que pueda para ayudarte a encontrarlo. Es mi trabajo, por eso estoy aquí, y haré lo que esté a mi alcance para resolver este enigma.
Tomas tomó aire antes de continuar.
—¿Sabes, por casualidad, dónde tenían lugar esas reuniones?
—No, señor. Una vez traté de seguirlo, pero le perdí el rastro cerca del callejón junto al Mad Jackal, una taberna en la calle Brooke. Por favor, señor Barnoc, le pido que guarde reserva de todo esto. No quiero comprometer el futuro de mi familia, ni el mío.
—No te preocupes, chico. Puedes confiar en mí. Te agradezco mucho tu sinceridad.
Tomas se acercó y le dio un abrazo fraternal. Phil, al recibirlo, sintió un desahogo enorme.
Cuando el inspector se retiró del jardín, el muchacho notó un peso extra en el bolsillo: Tomas lo había abrazado no solo para calmarlo, sino también para deslizarle las monedas sin que tuviera que aceptarlas frente a nadie.
Phil sonrió y agradeció al cielo.
Antes de salir del Hotel Royal, Tomas se detuvo a comer algo en el salón comedor, donde un buffet ofrecía frutas, quesos, panes de diversas formas y mermeladas.
Mientras desayunaba, Reginald Blaine se acercó.
—Buen día, inspector Barnoc. ¿Disfrutó de lo que dispusimos en su habitación? ¿Alguna sugerencia?
—Buen día, señor Blaine. En absoluto: fue confortante y ameno mi descanso. Le agradezco también la vigilancia personalizada que dispuso para mí, aunque, siendo honesto, creo que sería más útil para huéspedes que no puedan defenderse por sí mismos —respondió Tomas, con ironía.
Reginald no logró disimular el disgusto en su rostro, aunque mantuvo la compostura.
—Entenderá, inspector, que usted no deja de ser un extraño en nuestra ciudad. Por eso es importante garantizar la seguridad de mi personal y de los huéspedes. Es mi responsabilidad —dijo, con mirada acusadora.
—Más que entendible, señor Blaine. Pero cuando resuelva este caso, espero que tenga una cortesía con todos los servicios, como compensación.
Molesto por la nueva ironía, Reginald hizo un gesto de aprobación, incómodo, y volvió a su puesto en el vestíbulo.
Con el hambre saciada, Tomas se puso el sombrero, ajustó su abrigo y salió rumbo a la estación de policía, que el día anterior había visto desde el carruaje de la señorita Loop, a tres calles del hotel.
En el camino evitó el contacto visual con la gente que se cruzaba a su paso; ya conocía la reacción que provocaba: temor, misterio, incluso aversión.
Un agente de contextura imponente lo detuvo en la puerta de la comisaría.
—¿Qué necesita?
—Vengo a ver al jefe Collins.
—¿Lo está esperando?
—Asumo que sí. De lo contrario, igual tengo que hablar con él —respondió Tomas, sin dejarse intimidar.
Una voz desde el interior rompió la tensión:
—Déjalo pasar.
El policía se hizo a un lado y Tomas entró sin mirarlo.
Una mujer de unos cincuenta y cinco años, con un fuerte olor a cigarrillo, lo condujo hasta la oficina del jefe. Golpeó tres veces la puerta.
Una voz respondió desde adentro:
—Adelante.
La mujer abrió, se despidió con un gesto amable y Tomas entró.
Se acercó al hombre sentado tras el escritorio. La imagen que se había formado de Víctor Collins no distaba mucho de la realidad: bigote tupido, cabello corto y bien peinado, y una notoria falta de forma física.
Tomas le tendió la mano.
—Inspector Tomas Barnoc. Un gusto conocerlo, jefe Collins.
—Quisiera poder decir lo mismo, inspector. Pero, para ser honesto, no me place en absoluto su presencia en mi territorio —respondió Collins, dejándolo con el saludo pendiente.
Molesto por el desaire, Tomas bajó la mano y adoptó una postura menos cordial.
—Pues bien, tampoco a mí me resulta grato tener que venir a Revenbrock en estas circunstancias. Es decir, si usted hubiera hecho bien su trabajo, quizás no tendría que tolerar mi presencia.
Collins estalló.
—¿De qué demonios habla? ¡Yo capturé al asesino del señor Astor Wildrem! ¡Y le aseguro que encontraré a los desaparecidos! —gritó.
—Bien. Entonces, ¿podría explicarme por qué el alcalde solicitó mi presencia?
El jefe meditó un momento y bajó los aspavientos.
—No lo sé. El alcalde ha estado muy alterado con todo esto. Quizás pensó que más fuerza policial ayudaría a resolverlo antes. Eso no significa que yo no pueda hacerlo.
Tomas notó, en el modo en que Collins se defendía, la sombra de una autoridad que empezaba a tambalear.
—Escúcheme, jefe. No me vea como un rival. Mi único deseo es ayudar a resolver esta encrucijada, y he venido a poner mi experiencia a su servicio.
Collins bajó un poco la guardia.
—Lo escucho, inspector —dijo, a regañadientes.
—Me gustaría saber más del asesinato de Astor Wildrem. Cuando usted…
—Mire, inspector, ese caso está cerrado.
Lo único que puedo decirle es que Wildrem apareció muerto en el centro cívico, junto a la estatua.
Había recibido varias puñaladas en el costado derecho, infligidas con un cuchillo forjado a mano.
Al responsable lo capturamos días después, oculto en una cabaña perdida en la campiña que rodea la ciudad.
Antes de su sentencia, Allister fue hallado muerto en el calabozo de esta misma comisaría. Se había suicidado.
—Teniente, ¿sería posible que me muestre la celda donde ocurrió?
—No.
Tomas contó mentalmente hasta diez para no tener otro exabrupto con Collins.
—De acuerdo, jefe. Volviendo al caso actual: el Mayor Wildrem me dijo que sus investigaciones apuntaban a un tal Oswald Winsor como posible responsable de las desapariciones.
—La relación de Winsor con los desaparecidos es esta: tres de las personas ausentes trabajaban para él.
Una es Melanie Parker, su mano derecha, encargada de la contabilidad de todos sus negocios.
Otro es Federic Burton, su guardaespaldas, que lo seguía a todas partes y conocía cada uno de sus movimientos.
Y, finalmente, Marc Evans, el hombre que construye los carruajes que Winsor vende y alquila; uno de sus negocios más rentables.
Al escuchar el último apellido, Tomas comprendió que se trataba del padre de Phil.
—Estas personas podrían tener información muy íntima sobre Winsor, algo que sería contraproducente para sus intereses. Por eso me parece menos probable que él sea el culpable —observó Tomas.
—Es lo que cualquiera pensaría. Pero Oswald Winsor es enemigo jurado del alcalde. Pudo orquestar toda esta trama y aparentar estar afectado, solo para señalar al Mayor y boicotear su gestión.
—Teniente, ¿ha tenido oportunidad de tomarle declaración al señor Winsor?
—No. Ese hombre es un viejo zorro, difícil de contactar. Y sin pruebas concretas en su contra, no podemos arrestarlo todavía. Pero si lo viera, créame que ya estaría en mi calabozo.
—Ya veo. Seguiré su pista entonces, y le informaré en cuanto tenga indicios de su paradero.
—Eso espero, inspector. Infórmeme apenas sepa algo. Yo me encargo del resto —dijo Collins, con arrogancia.
Tomas se dio la vuelta, listo para salir, pero una última frase de Collins lo detuvo en seco:
—Inspector, un último consejo: no cometa el error de pensar que tiene total autonomía para investigar. Si hace algo que no me guste, tomaré decisiones drásticas con usted. ¿Me expresé con claridad?
—No podría ser más claro —dijo Tomas, con ironía, sin volverse.
Collins permaneció sentado, con una sonrisa demasiado satisfecha para su propio bien.
De vuelta en la calle, Tomas caminó pensando en todo lo escuchado.
Para él era evidente que Oswald Winsor no era culpable de las desapariciones; más bien parecía una cortina para ocultar algo mucho más oscuro.
Necesitaba encontrarlo, tener su versión de los hechos. Además, las palabras de Collins dejaban claro algo más: en cuanto Winsor diera la cara, lo atraparían y le cargarían todas las culpas.
Una treta bien pensada para apaciguar a la ciudadanía.
El único problema era cómo justificar que la gente no volviera a sus casas y, sobre todo, si el complot ya estaba tan bien armado, ¿por qué lo habían llamado a él?
Nada de eso encajaba en el tablero.
Las pistas se complicaban, y el tiempo no era un aliado paciente.
Absorto en sus pensamientos, decidió pasar por el centro cívico.
Se acercó a la estatua que presidía la plaza: un ángel de rodillas, alzando la mano izquierda al cielo, como recibiendo una luz divina.
La inscripción rezaba:
«Aunque me vean caer, tu voluntad me levantará, y renaceré para luchar una vez más.»
Examinó el área con cuidado.
No encontró ni una sola mancha de sangre.
Habría sido normal hallar algún rastro, según lo que Collins le había contado. Si Wildrem había recibido varias puñaladas, el sitio no podría estar tan impecable.
El caso se volvía cada vez más nebuloso, y Tomas sintió, por primera vez desde su llegada, algo parecido a la desesperación.
Sacudió la cabeza para espantar aquellos pensamientos.
Al mirar a su alrededor, reparó en un pequeño restaurante en la esquina. Decidió entrar.
Necesitaba comer algo y ordenar sus ideas antes de dar el siguiente paso.
Pero justo cuando iba a cruzar la calle, notó que alguien lo observaba: una mujer de cabello oscuro, aretes largos y un collar pálido con una joya negruzca en el centro.
Al cruzar las miradas, ella le sonrió.
Era la primera persona, desde su llegada, que lo hacía sin miedo ni recelo.
Intrigado, quiso acercarse, pero un par de carruajes pasaron entre ambos y, cuando la calle volvió a despejarse, la mujer ya no estaba.
Fue apenas un instante de suspenso.
Pero no podía detenerse a pensarlo demasiado; debía seguir con lo que tenía entre manos.