CAPÍTULO 4
Buscando la verdad
—Esta estancia está equipada con todas las comodidades que pueda requerir.
Si necesita algo, hay dispositivos telefónicos en el pasillo que lo conectan directamente con recepción.
Si gusta, puede pasar ahora mismo al salón comedor.
Intuyo que, por la hora de su arribo, no ha tenido oportunidad de probar bocado.
—Tiene razón, señor Blaine. El estridente rugido de mi estómago quizás ya me delató. Acomodaré mis cosas y aceptaré su ofrecimiento con gusto —dijo Tomas, esperando arrancarle al menos una sonrisa a Reginald. No lo consiguió.
Reginald y su empleado se dieron media vuelta, pero antes de que se fueran, Tomas llamó su atención.
—Muchacho, ven. No te he dado una propina merecida por tu servicio.
El chico miró a Reginald con algo parecido al miedo, y fue el gerente quien respondió por él:
—Señor Barnoc, mis empleados ganan lo suficiente para no rebajarse por migajas. Puede guardarse esa cortesía para un hotel de menor categoría.
A Tomas no le gustó la respuesta.
Esperó a que Reginald le diera la espalda y, con una seña discreta, le indicó al botones que volviera más tarde por su propina. El muchacho sonrió y siguió a su patrón.
Tomas entró a la habitación y cerró la puerta.
Era, sin duda, un cuarto de primera: cama de dos plazas con lencería fina y almohadas de pluma, tapetes gruesos que parecían traídos de muy lejos, un escritorio amplio con su propio farol de aceite y un baño espacioso con acabados en porcelana y toallas de un blanco perlado.
Un gran ventanal daba a un jardín que no había visto antes y, más allá, solo árboles hasta donde alcanzaba la vista.
El paisaje era hermoso, pero no dejó de notar el detalle: hubiera preferido una habitación que diera a la calle.
Tomas acomodó sus pertenencias y bajó al salón comedor.
Mientras caminaba, no dejaba de observar cada rincón del hotel. Aquel lugar tenía una elegancia que contrastaba de manera inquietante con el ambiente que había encontrado en Revenbrock.
Al llegar al salón, tomó asiento en una de las mesas y pidió algo de comer.
Mientras esperaba, su mente regresó al encuentro con el alcalde. Las desapariciones.
Oswald Winsor. El asesinato de Astor Wildrem.
Demasiadas piezas para un solo tablero. Pero todavía no sabía cómo encajaban.
El mesero trajo su plato: pan tostado con mantequilla de ajo, finas fetas de jamón y hierbas de adorno, junto a un té caliente con notas de regaliz.
Mientras comía, levantó la mirada y sorprendió a la mujer alzando su copa hacia él, en un brindis silencioso.
Tomas devolvió el gesto, un poco incómodo por no tener nada en la mano con qué corresponder.
Cuando terminó de comer, se levantó y se acercó a ella.
—¿Me permitiría hacer la sobremesa con usted, señorita…?
—Julia Feiman. Mucho gusto, caballero —dijo ella, tendiéndole la mano.
—Inspector Tomas Barnoc. El placer es todo mío.
Tomas tomó asiento.
—Señorita Feiman, ¿por casualidad es escritora? ¿O tal vez reportera?
—Su título es bien merecido, inspector. Soy ambas cosas —dijo ella, sonriendo—. Aunque, para ser honesta, hoy en día es difícil ejercer mi profesión como me gustaría.
—¿Por qué lo dice?
—El libre albedrío no abunda en esta ciudad, inspector. La gente no tiene muchos caminos para elegir. Les han hecho creer que necesitan todo esto y que deben ser felices sin cuestionar nada. En pocas palabras: nadie habla, nadie sabe nada.
—Ya había escuchado eso antes. Pero dígame algo, señorita Feiman: ¿por qué está aquí, entonces? ¿Por qué no abandonó Revenbrock?
—Por la misma razón que está usted aquí, inspector: porque deseo conocer la verdad, encontrar una explicación y alzar la voz para que el pueblo la escuche.
Por eso vengo a este lugar. Establecí una rutina que no levanta sospechas: creen que soy una bebedora social que viene a escribir sobre las «fabulosas» vidas de quienes visitan el restaurante.
Se creen la fachada de que contribuyo al statu quo y así evito la insurrección de Revenbrock, mientras tomo nota de todo lo que observo fuera de lo común.
—Es realmente brillante. Pero debo preguntarle: ¿por qué me confía su secreto? ¿Qué le hace pensar que yo no formo parte del sistema al que persigue?
—Inspector, la gran ironía es que, si perteneciera al sistema, no estaría aquí.
Además, imagino que ya sabe de las desapariciones de los últimos días.
Eso está desestabilizando el idilio entre el poder y el control que ostentan.
Están desesperados. Y, respondiendo a lo primero: he leído sobre usted.
Sobre los casos que ha resuelto y su incansable servicio hacia los demás, incluso a costa de su propio bienestar.
—¿Tan mal me veo? —preguntó Tomas, con curiosidad genuina de si se refería a su aspecto.
—En absoluto. Su sola presencia es difícil de ignorar. Pero creo que un hombre como usted ha resignado tener una vida tranquila, formar una familia, un trabajo monótono, por luchar y servir a otros, incluso si eso significa arriesgar la propia vida.
—Creo que nadie ha descrito mi vida con tanta exactitud. Por lo visto, ser reportera es mucho más que una profesión para usted: es una pasión que define los detalles hasta rozar lo obsesivo —dijo Tomas, con genuina admiración.
Julia sonrió, satisfecha.
—Le pregunto, señorita Feiman: ¿ha logrado averiguar algo sobre las desapariciones? ¿Ha visto algo fuera de lo usual?
Ella exhaló, con un dejo de desánimo, antes de responder.
—Para ser honesta, no tanto como quisiera.
Pero hace un par de días vino al hotel el jefe de policía, Víctor Collins, y habló unos minutos con Reginald Blaine.
No es extraño que la policía haga rondas —el Mayor Wildrem las decretó desde que empezaron las desapariciones—, pero esa vez me llamó la atención la actitud del gerente.
Usted ya lo habrá notado: Reginald es un hombre cuadriculado, reservado hasta la desesperación.
Pero al hablar con Collins, su malestar era evidente.
Alzó la voz, algo insólito en él. De lo poco que alcancé a escuchar, le reprochaba no haber «hecho bien su trabajo» y que no quería tener «más tiempo ese problema en su hotel».
Tuve la impresión de que quería sacar algo de ahí. Nunca pude confirmar qué.
—Eso suena bastante extraño. ¿Qué dijo el jefe de policía?
—Se limitó a escuchar. Se veía nervioso. Le aseguró que, en el momento oportuno, enviaría un contingente para extraer lo que fuera que hubiera en el hotel. Nunca vi nada más.
Tomas guardó silencio un instante antes de continuar.
—Sabe una cosa, señorita Feiman: hace un momento, cuando subía con el señor Blaine, intenté conversar con él. Fue tajante, no me dio pie a ninguna charla. Pensé que era simplemente su carácter. Ahora sospecho que tenía más razones.
Julia hizo un gesto, como lamentando la experiencia ajena.
—¿Qué me puede decir del jefe Collins? Tendré una entrevista con él mañana.
—Obtuvo el cargo cuando el Mayor Wildrem tomó posesión, hace año y medio.
Antes de eso era un segundón, pero siempre estuvo cerca de la familia del alcalde, y eso le valió el nombramiento.
No lo conozco a fondo, pero le diré que es un hombre engreído, que cree tener todo bajo control y gozar de un respeto que, en mi opinión, no tiene. No podría atrapar ni un resfriado.
—Es lo bueno de los periodistas: siempre se puede esperar de ustedes una sinceridad suicida.
Tomas sonrió, pícaro, y Julia le devolvió el gesto con una expresión igual de elocuente.
—Si me permite, inspector Barnoc, creo que ya llevo demasiado tiempo aquí. Para ser honesta, no me parece conveniente que nos vean conversando tanto rato. Podría ser contraproducente para ambos.
—Tiene razón, señorita Feiman. Agradezco esta charla tan agradable. Es bueno tener, al menos, una conversación amena con alguien de este lugar, para variar.
—No los culpe, inspector. Como habrá notado, este sitio parece consumirse en la desidia. Pero espero que las cosas cambien pronto. Se lo merecen. Son buenas personas, solo que viven atemorizadas. Fue un placer conocerlo, señor Barnoc. Hasta una próxima ocasión.
Julia se levantó y se retiró.
Tomas hizo lo propio, no sin antes llevarse una botella de agua y una copa de la barra.
Ya en su habitación, escribió todo lo que Julia le había contado. De pronto lo asaltó una idea: quizás lo que Reginald le pedía a Collins que sacara del hotel todavía seguía ahí dentro.
Tal vez valiera la pena caminar un poco, reconocer el terreno, buscar alguna pista.
Se levantó del escritorio con decisión y se dirigió al pasillo.
Pero al abrir la puerta, encontró a un vigilante apostado justo enfrente.
—¿Se le ofrece algo, señor? —dijo el hombre.
El corazón de Tomas dio un vuelco que no dejó traslucir. Pensó rápido en una excusa creíble.
—No es nada. Escuché pasos repetidos y quería verificar que todo estuviera en orden. Buenas noches.
Cerró la puerta en voz baja.
En ese instante fugaz, comprendió que aquella vigilancia no era, ni por asomo, por la seguridad del hotel.
Cuidaban sus pasos. Se aseguraban de que no fuera inoportuno para la gente correcta.
Ahora tenía sentido por qué su ventana no daba a la calle.
Todo, absolutamente todo, había sido calculado con antelación.
Sin mucho más que hacer, se entregó a los pensamientos oníricos.
Era mejor descansar y dejar las preocupaciones para la mañana siguiente, cuando esperaba que la audiencia con el jefe Collins fuera bastante más turbulenta que apacible.