CAPÍTULO 3
El Mayor Wildrem
El carruaje se detuvo en el centro cívico de Revenbrock, donde también se alzaba el ayuntamiento. Antes de bajar, Tomas giró la mirada hacia la plaza y encontró la gran estatua que la presidía. Por lo que había leído, era allí donde habían asesinado a Astor Wildrem.
Seis calles desembocaban en esa plaza, rodeada de balcones y comercios.
Un detalle que archivó para más adelante: demasiados testigos posibles, demasiado silencio sobre lo ocurrido.
La incomodidad no lo abandonaba. La gente no le quitaba la mirada de encima. Susurraban. Señalaban. Alguno incluso apuraba el paso para alejarse.
¿Miedo?
No podía asegurarlo todavía, pero el malestar ya se le había pegado a la piel como la humedad de la niebla.
Hanna-Marie le hizo una seña y entraron al ayuntamiento.
Lo primero que Tomas advirtió fue que el edificio entero era un monumento a la dinastía Wildrem.
Un dechado de narcisismo con aire de tiranía, como si cada mármol, cada puerta con pomo enjoyado, cada pasillo bañado en oro existiera solo para recordarle a cualquier visitante que jamás estaría a la altura de aquel apellido.
Subieron una gran escalera de mármol hasta una puerta de dos alas.
Hanna-Marie la abrió, revelando un despacho circular, amplio y luminoso, con un ventanal al fondo que daba a un balcón. Detrás de un escritorio central, en una silla que parecía más un trono, esperaba el Mayor Wildrem.
—¡Bienvenido, inspector Barnoc! Es un gusto conocerlo por fin. Me agrada que haya atendido con tanta premura a mi solicitud —exclamó el alcalde, con una efusividad que llenaba el cuarto entero.
Tomas se acercó y le estrechó la mano.
—Inspector Tomas Barnoc, a su servicio. Es un placer poder ser de utilidad a su magnífica comarca, Mayor Wildrem. Estoy realmente impresionado por el grado de avance de su población.
—¿Lo ve, señorita Loop? Le dije que era el indicado. Un caballero de verdad —dijo el alcalde, mirando a Hanna-Marie con una sonrisa amplia.
Ella, en cambio, mantenía la cabeza gacha y apenas asentía.
—De antemano, Mayor, quiero expresarle mi más sentido pésame por la muerte de su hermano. Haré todo lo posible por esclarecer los hechos tan pronto como…
—Tranquilo, inspector. Le agradezco sus condolencias, pero no es esa la razón por la que lo he llamado.
La interrupción fue seca, casi molesta.
Tomas lo miró con cierta pesadumbre, creyendo haber tocado una fibra íntima. Pero el alcalde, mirando de nuevo a su subalterna, le hizo un gesto enérgico para que se retirara y cerrara la puerta.
Hanna-Marie obedeció sin decir palabra.
—Disculpe, inspector. Debía pedirle a mi ayudante que se retirara. Lo que quiero tratar con usted es delicado, y prefiero que quede entre nosotros.
—No tiene que disculparse, Mayor. Puedo entenderlo. La seguridad exige discreción.
—¡Me encanta que lo entienda, inspector! ¡Ja! Estoy muy satisfecho de haberlo mandado llamar. Por algo soy el alcalde, ¿no? —se vanaglorió con una sonrisa socarrona y pícara, como si la tristeza se le hubiera esfumado de golpe. O como si nunca hubiera estado realmente ahí.
—¿Puedo ofrecerle algo de beber?
—Me encantaría una copa de vino, Mayor.
—Entonces agudice sus sentidos. Está a punto de probar una cosecha única.
El Mayor abrió su licorera y sacó una botella de aspecto antiguo.
—Esta damajuana tiene setenta y cinco años. Reservada solo para paladares exquisitos. Espero que el suyo sea uno de ellos.
—Bueno, si no alcanzo tal nivel, al menos tendré el privilegio de disfrutar un licor cuya sublimación me supera —respondió Tomas, desafiante, pero sereno, sin dejarse intimidar por el tono del alcalde.
—¡Ja! Muy bien dicho, inspector. ¡Bebamos!
Tomas sorbió un par de veces y el sabor, intenso y añejo, le recorrió el paladar de un modo que casi le hizo olvidar dónde estaba. Casi.
—Basta de ceremonias, inspector. Es hora de hablar de lo que nos atañe.
Al decirlo, la actitud del alcalde cambió de nuevo, esta vez hacia algo más timorato, más preocupado.
—Inspector, desde el asesinato de Astor me he preocupado por mantener el orden de mi población. Mi hermano era la regla hecha persona, y temía que con su ausencia llegara una ola de anarquía que fuera difícil de contener. No podía permitirlo. Por eso inicié patrullajes en distintas horas del día.
Hizo una pausa.
—Sin embargo, han llegado reportes de una serie de desapariciones. No denunciadas oficialmente, pero que ya generan inquietud. La gente de este lugar vive de manera reservada, solo quiere seguir su rutina en paz, pero no puede ignorar que algo anda mal.
La voz del alcalde se quebró un momento, como si el peso de sus propias palabras lo alcanzara.
—Le pido, encarecidamente, que investigue lo suficiente para devolverle la tranquilidad a Revenbrock.
—Es realmente inquietante lo que me cuenta, Mayor. Pero puede confiar en que me emplearé a fondo en resolver esta situación. A propósito de su gente: cuando veníamos hacia acá, noté que a muchos les incomodaba ver a alguien ajeno a estas tierras. ¿Tiene que ver con lo que me acaba de contar?
—Sin duda. La gente tiene miedo, y ver a un forastero solo aumentará su estupor. Le pido que sea comprensivo y muy sigiloso en sus investigaciones.
—Tengo una pregunta, Mayor. ¿Tienen algún indicio de quién puede estar detrás de estas desapariciones?
—El teniente Collins ha estado tras el caso sin mucho éxito.
Pero una primera hipótesis apunta, de manera indirecta, a alguien que no ha sido santo de mi devoción ni de la de mi familia: Oswald Winsor.
Un viejo testarudo que siempre ha vivido a la sombra de mi linaje.
Un fracasado que solo ha querido superarnos, y que solo encuentra decepción en cada esquina —dijo con desdén evidente.
—¿Han encontrado algo que lo vincule con las desapariciones?
—Aún no. Pero es alguien que busca constantemente desestabilizar. Le aconsejo que se reúna con el señor Collins; él podrá darle la información que necesita.
—Así será, señor. Si no es más, le pido que me permita retirarme para descansar y trazar un plan de acción.
—Adelante, inspector. El mismo carruaje lo llevará al lugar dispuesto para su comodidad. No olvide que yo, y todo Revenbrock, contamos con usted.
Se dieron un último apretón de manos.
Al salir de la oficina, Tomas no pudo sacudirse una sensación extraña, un peso que se le había instalado en el pecho sin pedir permiso.
Todo lo que había sospechado antes de llegar comenzaba a tomar forma, y los problemas que enfrentaría eran más profundos de lo que había imaginado.
Lo que parecía un caso de asesinato se había transformado, de golpe, en una investigación de mayor escala que involucraba la vida de personas que, en ese mismo instante, podían estar con vida o yaciendo en una fosa sin nombre.
Bajó las escaleras y, en la entrada, se encontró con Hanna-Marie.
—Permítame acompañarlo en su viaje, inspector —dijo ella, con la voz todavía tensa.
Tomas asintió y subió al carruaje, no sin antes ayudarla a ella primero.
En el camino al Hotel Royal, Tomas puso su mano sobre la de Hanna-Marie. Ella encogió los hombros y se ruborizó.
—Le pido disculpas por mi comportamiento anterior, señorita.
Ahora que entiendo un poco mejor la situación de su ciudad, imagino el temor que ha debido sentir estas semanas y los nervios alterados que conlleva trabajar para el ayuntamiento.
De mi parte, haré todo lo posible por aclarar esta vorágine cuanto antes.
Hanna-Marie le devolvió una sonrisa esperanzada.
—Cuando supe de su llegada, inspector, ahí vi por primera vez una luz para mi ciudad. No sé cómo expresar lo que he sentido estos últimos días, pero confío en que su pericia traiga calma a una comunidad que la necesita. Se lo agradezco de antemano.
Tomas le devolvió la sonrisa y volvió la mirada a las calles.
Aquel breve instante le había dado algo de paz, pero no lograba apartar el pensamiento de lo que todavía tenía por averiguar.
Minutos después llegaron al Hotel Royal: un edificio de al menos siete pisos, puertas gigantes y una alfombra que se extendía desde el portón hasta el vestíbulo.
Un empleado se apresuró a bajar las valijas y darles la bienvenida.
En el lobby los recibió Reginald Blaine, el gerente, un hombre de vestimenta impecable y actitud tan rígida como el orden que reinaba en cada rincón del lugar, un orden que rozaba lo obsesivo y que a Tomas le resultó, de entrada, más inquietante que tranquilizador.
—Bienvenido al Hotel Royal, inspector Barnoc. Se me notificó con antelación su llegada. Permítame registrar su ingreso y lo acompañaremos a su habitación.
Reginald sacó de un cajón un libro donde anotó la hora de llegada de Tomas y el número de su cuarto.
Hanna-Marie se despidió y salió del hotel.
Mientras esperaba, Tomas miró hacia el gran salón que se abría frente al vestíbulo: mesas hasta donde alcanzaba la vista, una música instrumental flotando en el aire y una mujer sentada sola, iluminada por un pequeño farol, escribiendo en un cuaderno.
Como si hubiera sentido la mirada, ella levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Tomas y, por un instante que pareció mucho más largo de lo que en realidad fue, ninguno de los dos apartó la mirada.
Ella no sonrió. Tampoco desvió los ojos con la vergüenza de quien es sorprendido.
Lo observó como quien evalúa algo, o a alguien.
El momento se rompió cuando Reginald lo llamó por su nombre y le entregó la llave, indicándole el camino.
Mientras subían, Tomas intentó, sin mucho éxito, sacarle a Reginald alguna palabra de más.
El gerente se limitó a responder:
—Creo, inspector, que no soy el hombre indicado para darle información. Yo dirijo un hotel, y eso es todo lo que puedo decirle.
Tomas entendió, con cierto malestar, que tener conversación con el gerente no sería tarea sencilla.
Pero esa neutralidad tan perfectamente calculada decía, sin palabras, mucho más de lo que Reginald jamás admitiría en voz alta.
Sería solo cuestión de tiempo antes de descubrir qué pensaba realmente del caso Revenbrock.