Sombras de Revenbrock (Saga de Revenbrock 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

El camino a Revenbrock

Era la mañana siguiente. Los primeros rayos del día iluminaron la habitación de Tomas, que abrió los ojos con desdén, aún cansado y falto de horas de sueño.

Había pasado la tarde y buena parte de la noche documentándose sobre la historia de Revenbrock, otrora conocida como «la joya de la corona» de la región: un lugar a la vanguardia, cuna de mentes brillantes y de héroes de guerras pasadas.

Ese lustre se había apagado en los últimos años. El hermetismo que rodeaba cada asunto del pueblo no dejaba lugar ni siquiera a una conjetura sobre lo que ocurría tras sus enormes puertas, que ya ni conservaban el tradicional letrero de «Bienvenido a…».

Podía ser descuido, podía ser obra del tiempo. Pero la verdad era más simple e inquietante: hacía años que nadie visitaba Revenbrock y regresaba para contarlo.

Tras una corta meditación en la almohada, Tomas se levantó, se duchó y se vistió. En la cocina apaciguó el hambre matinal con pan, queso y jamón.

Con la valija en mano y el sombrero puesto, emprendió el viaje. El tren partía a las 11:30 desde la terminal férrea Billmore.

La estación estaba casi vacía, señal de que pocos viajaban en esas fechas. El silencio solo se rompió con el crujir del metal en las vías: el tren había llegado.

Tomas subió su valija y, antes de acomodarse, ayudó a una anciana con un baúl pesado. Un gesto de aceptación y una sonrisa bastaron como recompensa. No necesitaba más. Su mente ya divagaba en los misterios que le esperaban.

El tren emprendió su viaje.

El paisaje de casas y edificaciones fue dando paso a un cuadro de árboles que comenzaban a teñirse de dorado y azafrán.

Desde el salón social llegaba una melodía de piano, melancólica y, a la vez, relajante, de esas que se meten en la cabeza incluso del más distraído.

Podría ser un preludio de lo que encontraría. Quizás apenas un buen momento para descansar. Todavía le esperaba un largo camino...

Tomas cerró los ojos y dejó que la música arrullara sus pesares.

Horas después, una campana resonó por los vagones: la estación de Riverside estaba cerca.

Tomas despertó de golpe, incrédulo de que hubieran pasado tres horas tan rápido.

Se frotó los ojos, se puso de pie, sacudió las arrugas de su abrigo y, antes de bajar, comió algo de la merienda que el servicio del tren había dejado a su lado: ensalada, carne, un licor y un vaso de agua que bebió de un trago.

Al bajar, la estación parecía detenida en el tiempo: arcos de madera dignos de Argos, un gris que lo cubría todo y una estatua llamativa: una mujer de mármol con los ojos vendados, en una postura que imploraba piedad.

No pudo leer el nombre del artista, pero sí una placa:

«Cuando los ojos no ven, que la piedad de los dioses se derrame sobre el desahuciado.»

Afuera lo esperaba una joven que llevaba un cartel con su nombre.

Tímida, con un velo que le cubría los ojos, hizo una venia de bienvenida.

—Bienvenido, inspector Barnoc. Mi nombre es Hanna-Marie Loop. Estoy al servicio de la casa Wildrem y ayudo principalmente al alcalde. Él me pidió venir a su encuentro.

Tomas la miró fijamente y ella, abrumada, agachó la cabeza.

—No se intimide, señorita. Aprecio sus modales y su cortesía. ¿Podría indicarme hacia dónde vamos ahora?

Hanna-Marie sonrió apenas y señaló el carruaje que los llevaría a Revenbrock.

Ya en camino, Tomas intentó romper el silencio hablando del clima y del paisaje. Hanna-Marie respondía apenas con gestos y alguna sílaba suelta.

Viendo lo difícil que era sostener una conversación espontánea, Tomas fue más directo:

—Señorita Loop, ¿podría contarme algo sobre el asesinato del señor Astor Wildrem?

Hanna-Marie se estremeció.

—Lo siento mucho, inspector, pero no estoy autorizada a hablar del tema. Sería inapropiado de mi parte, y si lo hiciera, tendría consecuencias severas.

—Puedo entender lo que eso implica para usted, dado su cargo, y valoro su lealtad. Pero le pido que me cuente lo que sepa de los hechos. Cuando ocurrió el asesinato.

—Inspector Barnoc, le pido, de corazón, que no me instigue a hablar de aquel momento. Muchas cosas les han pasado a quienes se atrevieron a decir algo sobre la muerte del señor Wildrem. Me aterra pensar que yo podría correr la misma suerte…

Al decirlo, el sombrero y el velo de Hanna-Marie cayeron, revelando a una mujer de piel blanca, ojos verdes como esmeraldas y cabello oscuro.

Facciones hermosas, contrastadas con una expresión de pánico y desconsuelo.

Tomas, atónito, se excusó, recogió el sombrero y se lo devolvió.

No hubo más que silencio después de aquello.

Pero en la mente de Tomas se abrían nuevas encrucijadas. Ahora estaba seguro de que la muerte de Astor Wildrem solo había sido el inicio de una cadena de hechos que tendría que desenterrar para llegar a la verdad.

Minutos después, en el horizonte, una puerta enorme crecía a medida que se acercaban.

Habían llegado a Revenbrock.

Un viento gélido recorrió el cuerpo de Tomas.

Lo primero que confirmó fue lo que ya había leído: Revenbrock no tenía letrero de bienvenida. En cambio, un cuervo de gran tamaño seguía con la mirada el recorrido del carruaje. Quizás un preludio de la oscuridad que encontraría.

Conforme se adentraban en el pueblo, Tomas observó con sorpresa las diferencias notables con el resto de los lugares que conocía: faroles de luz eléctrica, calles de una simetría casi perfecta y, hasta donde alcanzaba la vista, casas y sitios de interés que dejaban claro que Revenbrock había crecido como una verdadera ciudad, y no era el pequeño pueblo de paso que aparentaba desde lejos.

Todo aquello que al principio lo había maravillado contrastaba con las miradas esquivas de la gente que se cruzaba a su paso.

Evidentemente, no era bienvenido, y los habitantes se lo hacían saber sin disimulo.

—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Tomas.

—Si me permite, inspector, lo llevaré a entrevistarse con el señor alcalde, y luego iremos al Hotel Royal, donde tendrá una estancia preparada especialmente para su comodidad.

Tomas asintió y siguió observando, minucioso, cada rincón del camino hasta el ayuntamiento.