CAPÍTULO 27
El fantasma de Allister
La caravana de rescate avanzó tan rápido como fue posible.
El camino hasta las escarpadas montañas no era, en absoluto, cómodo: piedras de todos los tamaños, troncos caídos y fisuras en el terreno lo convertían en toda una odisea.
Tras varias horas de viaje, por fin lograron divisar los cerros del norte y, en concreto, el monte del Terrano, el lugar que Winsor había indicado.
En algo tenía razón el usurpador: si algún curioso se hubiera aventurado por la zona, jamás habría visto la entrada de la mina.
El enorme peñasco que se alzaba allí, junto a los colores e irregularidades de la roca, hacía casi imposible distinguir la abertura en la montaña.
Habría confundido incluso al más avezado de los halcones en pleno vuelo de cacería.
Dieron muchas vueltas antes de encontrar el lugar exacto, hasta que un leve golpeteo, recurrente y persistente, los guio hasta la cueva número seis.
Oliver y Bruce sabían que debían ser precavidos: era posible que hubiera algún vigilante apostado allí.
Desenfundaron las armas, listos para una posible confrontación, y avanzaron con toda la lentitud y el silencio que pudieron.
Pero, para sorpresa de ambos, no había nadie que les impidiera el paso ni que custodiara el lugar.
El camino estaba completamente despejado.
Adentro, la gente cautiva notó de inmediato que alguien había llegado: el haz de luz que se filtraba se distorsionó y las siluetas de dos hombres se dibujaron en la entrada.
Ya no sabían si sentir miedo; hasta ese sentimiento se había esfumado con el paso de los días.
Pero sí sentían una angustia terrible por saber qué destino les esperaba.
—Buenas tardes. ¿Por casualidad, esta es la caverna de los secretos? —anunció Oliver, con tono jovial.
Los prisioneros se miraron entre sí, extrañados. No reconocían al hombre que acababa de entrar ni entendían del todo su forma tan particular de hablar. Salvo una persona, que reaccionó de inmediato.
—¿Señor Andrews? ¿Es usted? —se oyó desde uno de los rincones.
Oliver se acercó, con curiosidad, para ver de quién se trataba y encontró a Julia Feiman: aparentemente bien, salvo por la ropa desgastada y cierta flaqueza, producto de la mala alimentación.
—¡Señorita Feiman! Me alegra volver a verla y, con vida, debo decir. No sabía que le gustaban los sitios tan aislados; a mí también me atraen. Sería interesante alquilar algo en este... peculiar condominio subterráneo. ¿Tiene plazas disponibles?
—En otra ocasión lo habría abofeteado por su humor tan absurdo. Pero debo admitir que sus desvaríos me hacen feliz ahora mismo; significan que recobraremos la libertad.
—Creo que le alegrará todavía más una ducha caliente. El aroma de este lugar no es, precisamente, su mejor aliado.
—Idiota —respondió Julia, sonriendo, aunque algo avergonzada al ser consciente del olor nauseabundo que desprendían quienes llevaban tanto tiempo allí encerrados.
—Señor Andrews, ¿y el inspector Barnoc? —preguntó Julia, con curiosidad.
—Si he de ser honesto, Tomas no tenía ningún interés en venir hasta aquí.
Julia se quedó mirándolo, con desconcierto.
—Es broma. La verdad es que debemos apurarnos en volver: hay familias esperando ansiosas el regreso de sus seres queridos, sin mencionar que Tomas podría estar necesitándonos.
—Odiaré por siempre su fanfarronería injustificada... Por favor, abra estas celdas y vámonos cuanto antes. Todos necesitamos respirar libertad, sobre todo esta gente, que lleva demasiado tiempo cautiva.
Sin perder más tiempo, Oliver y Bruce rompieron los candados y quitaron los grilletes a todos los presentes. La reacción fue unánime: lágrimas de alegría y oraciones al cielo. Por fin, aquel calvario llegaba a su fin.
Ya afuera, subir a los rescatados a los carruajes resultó más complicado de lo previsto. Algunos apenas podían sostenerse en pie por la desnutrición y el agotamiento que sufrían.
Tardaron cerca de una hora, pero al final lograron acomodar a todos en la caravana. Durante el viaje de regreso, Oliver le contó a Julia todo lo que había ocurrido en ese tiempo, en una charla amena.
—De verdad me deja perpleja todo esto, señor Andrews. Fue una confabulación demasiado intrincada.
—Así es y, por desgracia, se cobró varias víctimas. Por cierto, Julia: ¿cómo fue que terminó aquí?
—La misma noche en que nos reunimos por última vez, alguien tocó la puerta de mi casa.
Al abrir, un hombre vestido de negro me golpeó en la cabeza y perdí el conocimiento.
Cuando desperté, ya estaba encerrada en esta mina.
Ese mismo hombre estaba allí. Cuando le pregunté por qué lo hacía, me dijo que era por entrometerme en asuntos que no entendía y que no convenía que nadie supiera.
No pude reconocerlo, pero su voz me resultó familiar.
—Sin duda, temieron por sus investigaciones. Pero ¿qué llegó usted a descubrir sobre Winsor para que decidiera secuestrarla? Como ya le mencioné, es el principal responsable de las desapariciones —preguntó Oliver.
—Absolutamente nada. De hecho, yo lo consideraba más una víctima de los Wildrem; jamás fue objeto de sospecha para mí.
—Bueno, ahora ya puede confirmar que Collins, aunque aparentaba cuidar los intereses de los Wildrem, en realidad trabajaba para Winsor.
—Eso no exime de culpa al Mayor, porque yo lo estaba investigando a él. Quizás lo que Wildrem nunca supo es que Collins conocía la ubicación de los desaparecidos y que tanto la gente que él mismo hacía desaparecer como la que ocultaba Winsor terminaban en el mismo lugar. Es demencial.
—Imagínese: rivales en todo sentido, pero con la misma perversión en la cabeza. Realmente despreciables ambos —concluyó Oliver.
—Aun así, no fue suficiente. Cayeron y deberán pagar por sus fechorías; la labor está completa.
—Todavía no. Tom está convencido de que falta algo más; por eso no vino hasta acá. Prefirió investigar otra cosa.
—¿Sabe de qué se trata? Me encantaría poder escribir sobre eso —preguntó Julia, con su espíritu investigador tan vivo como siempre.
—No tengo la más remota idea. A veces a Tom le gusta guardarse el misterio o simplemente es demasiado reservado. Sea lo que sea, confío en su capacidad; ya nos contará de qué se trataba cuando nos veamos.
Julia asintió y se recostó en su asiento; se sentía verdaderamente agotada.
Mientras tanto, Tomas bebía un café en un pequeño local, casi al final de la calle que llevaba a la entrada del bosque Kardenta.
No dejaba de mirar el reloj, obsesivamente, pensando en la misión que le había encargado a Oliver y a Bruce, mientras contaba los minutos para reunirse con Hanna-Marie.
Finalmente, cedió a su propia impaciencia y decidió internarse en el bosque. Allí, de un modo u otro, encontraría respuestas.
Algunos tenues rayos de sol todavía se filtraban entre las ramas de los árboles enormes, aunque no tardarían en desaparecer: el astro rey estaba a punto de retirarse por ese día.
Era un lugar rebosante de vida: aves, insectos y algunos mamíferos se dejaban ver, escuchar o al menos sentir, moviéndose entre el césped y las ramas. El aroma a musgo húmedo le daba al lugar un toque de frescura genuina.
Tomas siguió el único sendero visible, que poco a poco se iba confundiendo con la naturaleza circundante, hasta llegar a un pequeño claro donde encontró rastros de intervención humana.
Alambres de espino, levantados tiempo atrás, dejaban claro que aquello no era un rincón puramente salvaje: alguien vivía allí, alguien custodiaba el lugar y, evidentemente, era propiedad privada.
De pronto, sintió a sus espaldas el sonido inconfundible de un arma a punto de dispararse y una voz grave que retumbó en sus oídos.
—Está en el lugar equivocado. Váyase ahora mismo o despídase de este mundo para siempre.
Tomas se encontraba en apuros: no podía calcular ni la distancia ni la posición exacta de quien lo amenazaba, y tampoco sabía qué tipo de arma le apuntaba, lo que reducía drásticamente sus opciones de contraofensiva.
—No deseo importunar. Solo vine hasta aquí porque esperaba encontrar respuestas.
—No es el primero ni será el último en buscarlas. Pero no las va a encontrar. Así que váyase de una vez.
Tomas alzó los brazos para dejar claro que estaba desarmado y se dio la vuelta. Allí lo vio: un hombre de gran estatura, barba frondosa y cabello largo, empuñando una ballesta imponente.
—Acaba de cometer su último error.
El hombre se preparó para disparar contra Tomas, pero, de repente, una mujer lo detuvo.
—¡Espere! No es un enemigo. Vino a ayudar.
Era Hanna-Marie y su advertencia bastó para que el hombre bajara la guardia.
Tomas respiró, aliviado y confundido a la vez.
—Quisiera entender qué está pasando aquí —dijo el inspector.
—Le pido disculpas en nombre del señor Fandral, inspector. Es el guardabosques de este lugar. No tuve tiempo de avisarle de su presencia y por eso su actitud tan hostil... Pero no se lo tome de forma personal: así ha defendido este paraíso natural toda su vida.
—Supongo que nadie se atrevería a perturbar el bosque sabiendo que podría toparse con él —dijo Tomas, con ironía.
—Entienda que es la única forma de mantener alejadas las manos codiciosas de Revenbrock que buscan explotar esta zona por pura ambición. Este bosque no debe ser perturbado.
—Después de todo lo que he visto en este lugar, no puedo quitarle la razón —dijo Tomas, aceptando el argumento del guardabosques.
—Inspector, le pido que nos acompañe a la cabaña del señor Fandral. Allí podremos hablar con más calma.
Tomas asintió y los tres se pusieron en marcha.
Minutos después, llegaron a una pintoresca casita de dos plantas que parecía perdida en el tiempo. Tenía una arquitectura de al menos doscientos años, aunque estaba bien conservada, salvo por algo de musgo acumulado en las esquinas, producto de la humedad del ambiente.
Se dispusieron a entrar. Fandral se apresuró a abrir la puerta y les dio la bienvenida.
El lugar era amplio: un gran tapete circular, una chimenea donde parecía estarse calentando algo de comida en un caldero, una mesa cuadrada para cuatro personas y algunas estanterías sin demasiados objetos de interés.
Un pequeño pasillo llevaba a unas escaleras hacia el piso superior y, al fondo, se veía una puerta que, aparentemente, daba a otra habitación.
—Antes que nada, inspector, quiero darle una sorpresa que seguro lo reconfortará bastante —dijo Hanna-Marie, abriendo la puerta del fondo.
De allí salieron los esposos Jones, a quienes Tomas creía muertos tras el incendio del Mad Jackal.
Al verlos, no pudo contener el impulso de abrazarlos con fuerza. Se sintió profundamente aliviado y agradecido. La pareja le devolvió el gesto con el mismo cariño.
—De verdad no esperaba esto. Me da una alegría inmensa.
—Tampoco sabíamos si lo veríamos hoy, inspector. La señorita Loop resultó ser tan discreta como usted —contestó Lorelei.
—Bien, es hora de hablar con más claridad, si les parece. ¿Cómo terminaron aquí y lograron evitar el desastre del Mad Jackal?
—Inspector, le debemos la vida a la señorita Loop. Ella nos advirtió del atentado contra nuestro local; tomamos lo que pudimos y escapamos por la puerta trasera. Luego vinimos hasta acá para que los responsables creyeran que cumplieron con su cometido —contó Alan.
Tomas volvió la vista hacia Hanna-Marie, esperando su versión de los hechos.
—He escuchado varias conversaciones bastante perversas en la oficina central del ayuntamiento.
Oí a Collins decirle al Mayor Wildrem que haría algo para destruirle la moral a usted.
Al salir de su despacho, ordenó a varios agentes cargar barriles de pólvora y alcohol y dirigirse al bar del señor Jones.
Ahí entendí lo que planeaba y no podía permitir semejante atrocidad.
—No encuentro otra palabra más que heroísmo, señorita Loop. Arriesgó muchísimo con esa acción y la admiro por eso.
Hanna-Marie pareció alegrarse ante esas palabras, una expresión que no era frecuente en ella.
—Ahora entiendo también que Wildrem caminaba por la cornisa desde hacía tiempo, con sus dos asistentes más cercanas jugando en contra suya.
—Pero mis intenciones distan enormemente de las acciones de Roxana —replicó Hanna-Marie.
—De eso no tengo la menor duda. Usted buscaba el bienestar común. Roxana, en cambio, parecía trastornada, obsesionada solo con ver caer a los poderosos.
—Yo creo que mi compañera no tenía malas intenciones en el fondo, solo que usó los medios equivocados, siguiendo consejos arteros y egoístas —señaló Hanna-Marie.
Tomas se quedó pensando en esas palabras un momento y, en ese instante, terminó de confirmar una teoría que ya rondaba en su cabeza.
—Siento que usted conoce a la persona que está realmente detrás de las acciones de Roxana y sé que no fue Winsor. ¿De quién se trata? —preguntó el inspector.
—No soy la persona indicada para decírselo. Pero por eso le pedí que viniera hasta aquí: es momento de que conozca a quien vivió, en carne propia, la traición que se gestó en Revenbrock.
Dicho esto, Hanna-Marie le pidió a alguien, en el piso superior, que bajara.
Lentamente, descendió por las escaleras la figura de un hombre delgado, de cabello oscuro salpicado de canas, mirada noble y expresión sincera.
—Inspector, permítame presentarle a un fantasma: el hombre que fue motivo de tanta discordia... Reimond Allister.