18
El sol brillaba con fuerza sobre la isla , arran cando reflejos deslumbrantes de un mar de color zafiro. Sentado en lo alto de una roca desde la que gozaba de una impresionante vista del océano, Milo aguar daba el regreso de Draek-Nivalan.
La dragona se había quedado con sus crías en la cordillera de la Niebla para asegurarse de que todos los accesos a las galerías de los dragones petrificados permanecían sellados para siempre.
Ella y el resto del grupo habían buscado a Scorpius por todas partes, sin resultado.
Parecía claro que el hechicero de la túnica negra había escapado bien lejos de allí.
Tanto Ulros como Draek-Nivalan se habían mostrado muy decepcionados al respecto, por razones diferentes, pero a Milo no le disgustaba la idea de no volver a cruzarse con él.
Después, los humanos habían regresado a la isla a través del portal en el espejo. Tampoco habían hallado allí a Scor pius, por lo que, después de descansar un poco, se habían reunido para decidir qué hacer a continuación.
Ulros se encontraba muy abatido. Confesó que no se sentía con fuerzas para seguir persiguiendo al mago de la túnica negra por los Siete Reinos.
–Tiene que haber otra manera –dijo entonces Casio, pensativo–. Sé que has consultado con otros hechiceros, ¿pero has probado a pedir consejo a un mentalista? Están especializados en la magia del pensamiento.
–¿Y permitir que otro mago hurgue en mi cabeza? –se alarmó el bárbaro.
–Yo no lo dejaría en manos de uno cualquiera. Podríamos preguntar a la maestra Viridia si conoce algún mentalista que sea competente y de su confianza, ¿qué opinas? No perdemos nada por intentarlo.
Después de pensarlo un rato, Ulros accedió al fin a acompañar a Casio de regreso a la escuela del Lago de la Luna para consultar con Viridia al respecto.
Doria se volvió entonces hacia Milo.
–¿Qué vas a hacer tú? –le preguntó.
–Yo voy a esperar aquí a Nivalan –dijo él–. Estará muy ocupada con sus crías y con otros asuntos que tiene que resolver antes de abandonar la cordillera de la Niebla, pero sé que quiere hablar conmigo.
Doria lo miró con cierta curiosidad, pero asintió.
–Muy bien –dijo entonces–. Me quedaré a acompañarte.
Se habían despedido de Casio y de Ulros, que abandonaron la isla más tarde, gracias al hechizo de teletransporte del aprendiz, y luego se habían quedado solos.
A Milo lo preocupaba el hecho de que, a pesar de todo lo que habían pasado juntos, no tuviesen nada que decirse, en el fondo.
Aún no sabía si eran solamente amigos o si había entre ellos algo más.
Le había sorprendido que Doria hubiese preferido permanecer con él en la isla, en lugar de marcharse a la primera oportunidad, como solía hacer.
Pero ella también estaba cansada y necesitaba reflexionar durante un tiempo antes de decidir qué camino tomar a partir de entonces.
Nivalan llegó cuatro días después. Sus compañeros habían sacado el espejo fuera de la choza porque, aunque el portal funcionaría independientemente del tamaño de la criatura que lo atravesara, la vivienda que había ocupado Scorpius era demasiado pequeña para que la dragona pudiese caber en su interior.
El día que ella y sus crías iban a presentarse en la isla, Milo lo supo desde el instante en que abrió los ojos al amanecer.
Pero no corrió hasta el espejo para recibirla, pues estaba seguro de que no llegaría de inmediato.
En su lugar, había trepado hasta aquella roca para contemplar el horizonte, como hacía cada mañana.
Allí lo encontró Doria, que, también como cada día, se sentó a su lado en silencio.
–Es hoy –le reveló él con una sonrisa.
Ella inclinó la cabeza, pensativa. Se había sentido a gusto aquellos días junto a Milo.
Se habían comportado como amigos, los dos, sin atreverse a definir qué era aquello que los unía, sin tratar de adivinar hasta cuándo podía durar.
Habían hablado mucho acerca de tiempos pasados, de sus recuerdos compartidos en aquella aldea entre montañas.
Habían evocado el ayer, pero aún no se atrevían a mencionar el mañana.
A Doria no le habría importado que las cosas siguieran así por el momento. Pero Milo iba a reencontrarse con la dragona, y eso significaba que quizá aquella etapa iba a llegar a su fin.
–¿Cómo puedes saberlo? –le preguntó, sin embargo–. ¿Se comunica contigo desde tan lejos?
–No como si estuviese con nosotros –reconoció él–. Aun así, tengo la certeza de que va a venir. Desde que me salvó la vida el otro día, estamos unidos de alguna manera, ¿sabes? Siento algunas de las cosas que ella siente.
Lo había mencionado en alguna ocasión, pero Doria no terminaba de entenderlo.
–Pero ya estabais unidos antes –señaló–. Por eso no podíais separaros, ¿verdad? Tú mismo lo dijiste.
–Sí, pero esta vez es distinto. Es uno de los motivos por los que necesito hablar con ella –admitió en voz baja–: para comprender por qué.
La chica asintió.
–Tiene sentido –murmuró–. Y después..., ¿qué?
–¿Cómo dices?
–¿Qué harás después? ¿Vas a quedarte con Nivalan para siempre?
Milo frunció el ceño con extrañeza. Aquella era una idea absurda, puesto que él nunca había tenido la intención de abandonarlo todo para atar su destino al de un dragón.
–Quiero volver a casa –dijo entonces–. Con Baldo, para cuidar de las cabras.
Echaría de menos a Nivalan si lo hacía, se dijo. Se preguntó si ella y sus hijos tenían intención de regresar al Pico Brumoso. Si ese fuera el caso, no dejarían de verse.
Doria lo miró divertida.
–¿Hablas en serio?
–Sí, ¿por qué?
–Después de todo lo que has visto, de todos los lugares que has visitado..., ¿quieres seguir siendo cabrero?
–¿Qué tiene de malo? –se defendió él–. Me gusta mi vida. Echo de menos mi hogar.
Ella sacudía la cabeza con incredulidad.
–¿Y no te aburrirás?
–Depende. A lo mejor me siento un poco solo en la montaña –dejó caer, mirándola de reojo.
Ella sonrió un poco.
–Quien tiene una dragona, no necesita una chica –bromeó.
–¿Quién dice que no? Al fin y al cabo, yo soy un chico y no un dragón.
Pero ella desvió la mirada, incómoda.
–Puede que te convenga otra clase de chica –murmuró.
Milo se quedó mirándola un momento.
–He viajado por el mundo junto a una mujer dragón –le recordó con suavidad–. Las chicas gato no me impresionan.
Doria le dedicó una mueca de enfado.
–¡Yo no soy una chica gato!
–Porque tú lo digas.
Pero ella seguía enfurruñada.
–No es gracioso. Estuve a punto de matarte. Si llego a perder el control...
–No vas a perder el control.
–Eso no lo sabes.
–Sí que lo sé.
Se habían ido acercando cada vez más, hasta que sus rostros casi se rozaban. Milo sonrió un poco y acarició los labios de Doria con los suyos. Ella le sostuvo la barbilla con una mano, cerró los ojos y le devolvió el beso.
–No sé lo que voy a hacer –dijo la muchacha entonces, en voz baja–. No sé si quiero seguir buscando una forma de volver a ser normal, si es que lo fui alguna vez, o si ha llegado la hora de aceptar lo que soy... y renunciar a la posibilidad de ser parte del Gremio de Cazadores algún día.
–Bueno, yo no soy el Gremio de Cazadores, así que imagino que mi opinión no cuenta, pero... a mí me gustas tal como eres.
Doria se ruborizó.
–Te lo agradezco, aunque no sé si es suficiente.
–Lo entiendo. Solo quería que lo supieras.
Volvieron a besarse y, entonces, Milo se separó de ella con una sonrisa.
–Ha llegado la hora –dijo.
Se levantaron y, tomados de la mano, descendieron del acantilado hasta el claro donde habían instalado el espejo.
El portal ya estaba activo y emitía un leve resplandor dorado. Milo y Doria distinguieron algunas formas borrosas al otro lado antes de que una criatura del tamaño de un perro pequeño saliera del espejo y se precipitara hacia el muchacho.
Él se agachó para recibir al dragoncito, que se refrotaba contra sus piernas como un minino cualquiera. Sus hermanos cruzaron tras él, pero se mostraron bastante menos efusivos.
Por último, salió Draek-Nivalan. Su cuello flexible como el de un cisne atravesó el portal, y ella miró alrededor antes de materializarse del todo junto a sus crías.
«Es de día», comentó. «¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dónde está todo el mundo?».
Milo sonrió.
–Has estado muy ocupada, por lo que veo. Los demás no te han esperado, lo siento. Tenían otros asuntos que atender.
«Bueno, no importa, porque es contigo con quien quería hablar».
El chico asintió. Doria dejó escapar un carraspeo.
–Voy a cazar algo... para la cena –anunció.
–Ten cuidado con los leopardos –le advirtió él.
Doria resopló con desdén.
–Por favor –se rio, antes de desaparecer en la espesura.
Draek-Nivalan se alzó sobre las patas traseras e inspiró hondo. Sus crías se arremolinaron en torno a ella.
«Es agradable sentir el olor del mar», opinó. «A mis hijos les sentaría bien un baño».
–Vamos a la playa –propuso Milo.
La guio por una senda que conducía hasta la cala donde habían desembarcado la noche de su llegada.
El esquife del Tifón continuaba allí, entre las rocas, resguardado del viento.
Milo se sentó sobre un peñasco que sobresalía de la orilla y Draek-Nivalan se tendió a su lado, con medio cuerpo en el agua.
Los dragoncitos, muy pegados a ella, chapoteaban en las olas que lamían las piedras, sin atreverse a ir más allá.
–Quiero volver a casa –dijo entonces Milo.
La dragona inclinó la cabeza.
«Te dije que podrías volver cuando recuperase mis huevos, y ya lo he hecho», le recordó. «¿Qué te impide marcharte?».
–Nada, supongo. Puede que aún tenga la sensación de que caeré fulminado si me atrevo a alejarme sin tu permiso –bromeó, pero ella no se rio.
«Te habrás dado cuenta de que estamos vinculados», le dijo, pensativa.
–Sí. Pero hemos estado separados, tú eres una dragona y yo no estoy muerto. Aún no termino de comprender por qué.
«El primer conjuro tenía por objetivo sanarme del veneno que debilitaba mi cuerpo. Tomé parte de tu humanidad para transformarme en mujer y, a cambio, te cargué a ti con mi dolencia».
–No parece que me llevara la mejor parte en el trato –observó él.
«No», reconoció ella, y Milo tuvo la sensación de que se mostraba algo avergonzada. «Considéralo una maldición. Los dragones plateados podemos castigar de esa manera a aquellos que nos perjudican».
–Entonces, ¿por qué ahora...?
«El hilo que nos ataba se rompió cuando crucé el portal sin ti», continuó Draek-Nivalan. «Sin el vínculo activo, tu cuerpo no tenía forma de sobrevivir a la enfermedad que yo te había causado. Por eso compartí mi alma contigo después. Para poder traerte de vuelta».
–¿Compartiste...? –repitió él, perplejo.
«Considéralo una bendición», añadió ella. «Los dragones plateados favorecemos de este modo a aquellos que lo merecen».
Milo la observaba con asombro, sin terminar de entender las implicaciones de aquellas palabras.
«En tiempos remotos», rememoró Draek-Nivalan, «algunos dragones dorados y plateados establecían este vínculo con mortales a los que se sentían unidos, y así los convertían en sus paladines. Es la prueba de que existe una amistad especial entre ambos. Una unión de por vida».
–¿Y qué...? ¿Qué significa exactamente?
Draek-Nivalan volvió su mirada de ámbar hacia el muchacho.
«Significa que confío en ti, Milo», respondió sin más.
Él no supo qué decir. Abrumado, rompió el contacto visual y bajó la vista hacia los pequeños dragones que chapoteaban en la orilla.
–¿Qué vais a hacer ahora? –preguntó, tras unos instantes de silencio.
Draek-Nivalan dejó vagar la mirada por el horizonte.
«Buscaré un sitio escondido donde criar a mi prole hasta que sean mayores», respondió. «Entonces entraremos todos en letargo otra vez. Hasta que llegue la hora de despertar».
–Cuando regreséis, yo llevaré muerto mucho tiempo.
«Sí».
–Entonces, ¿no volveré a verte?
«Así son las cosas, cachorro».
Milo permaneció pensativo unos momentos. Después dijo:
–La gente debería saber que existís. Debería saber todo lo que habéis hecho por nosotros.
La dragona bufó con irritación.
«Ya has visto lo que pasa cuando los mortales nos encuentran».
–Pero eso es porque os han olvidado. En las historias que se cuentan sobre dragones, ya nadie distingue entre unos y otros.
Hemos vivido tanto tiempo en paz, sin la amenaza que suponían los monstruos de antaño, que ya no recordamos vuestro papel en todo aquello.
Podemos estudiar las crónicas en los libros, ¿pero qué vamos a encontrar?
Una guerra entre dragones. Algo que parece que no tiene nada que ver con nosotros.
Y es injusto, ¿verdad? No todos los dragones son iguales.
«No», respondió ella al punto. «No lo somos».
–Unos fueron bestias sanguinarias que atormentaron a nuestra gente durante milenios. Otros fueron amigos y aliados que lucharon a nuestro lado para defendernos. Esto tiene que saberse, Nivalan. No podemos permitir que vuestra historia caiga en el olvido.
Ella rio con suavidad.
«Los mortales olvidáis cualquier cosa que hayáis dejado de experimentar», opinó.
«Adelante, habla a tu gente de los Antiguos.
No te creerán. Y, si fuera el caso, no serán capaces de valorar aquello que hicimos...
, que todavía hacemos..., porque han olvidado cómo era vivir aterrorizados por los dragones».
Milo inclinó la cabeza, pensativo.
–Déjame intentarlo, al menos.
Draek-Nivalan no respondió. Tenía la vista fija en sus crías, que trepaban ahora con torpeza por las rocas, y un brillo de melancolía teñía su mirada.
Milo tuvo la certeza de que evocaba a su compañero, el dragón plateado al que los aventureros se habían enfrentado en el Pico Brumoso y a quien no solo habían arrebatado la vida, sino también la oportunidad de conocer a sus hijos.
Bajo la supervisión de su madre, el primer dragoncito abrió las alas y las batió con cautela. Se elevó un poco en el aire y volvió a caer sobre sus cuartos traseros con aire desconcertado.
La expresión de Draek-Nivalan se suavizó. Durante los siguientes minutos, Milo la observó ayudar a sus hijos a levantar el vuelo. Una tras otra, las crías lograron alzarse sobre ellos. Mientras planeaban sobre la playa entre gorjeos emocionados, la dragona los fue presentando:
«Draek-Glasian..., Draek-Brilean..., Draek-Valoran..., Draek-Milian». Clavó la mirada en su compañero humano. «A este último lo he llamado así por ti. Te tiene un gran afecto. Me pregunto por qué».
–Ah... –murmuró él, cohibido–. Gracias, pero no sé...
«¿Crees de verdad que los mortales pueden volver a recordarnos?
», cortó ella, cambiando súbitamente de tema.
Sacudió la cabeza. «Como dicen los elfos, si la noche no llegara nunca, nadie comprendería el valor que tiene una candela.
No merece la pena intentarlo, cachorro. Pero, si quieres probar, te aconsejo que lo hagas poco a poco.
Las viejas leyendas tardan en olvidarse lo mismo que las leyendas nuevas en florecer».
Milo meditó sobre estas palabras mientras los hijos de Draek-Nivalan proyectaban siluetas aladas sobre sus cabezas, sombras a las que los rayos del sol arrancaban destellos de plata.