Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 17 #2
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Cogió dos de los huevos entre los brazos e indicó a Doria con un gesto que cargase los otros dos. Ella lo hizo, dubitativa.

–Sí, pero... ¿adónde? –planteó.

«Llévatelos de aquí», insistió Nivalan.

El chico miró alrededor. La puerta por la que habían entrado seguía cerrada, aunque se oían golpes desde fuera; quizá Ulros estuviese tratando de echarla abajo.

Milo advirtió el brillo rojizo que cubría la superficie de madera y comprendió que estaba asegurada con magia.

Si Casio no era capaz de contrarrestarla desde el otro lado, ni él ni Doria podrían abrirla tampoco.

–Por ahí, mira –susurró la muchacha.

Milo se volvió en la dirección que ella señalaba y localizó una puerta más pequeña al fondo de la sala, semioculta entre dos dragones de piedra. Quizá condujera a otra sección de los túneles o tal vez los llevara a un habitáculo sin salida, pero no tenían otra opción.

Cargando con los huevos, los dos jóvenes se precipitaron hacia allí.

Milo abrió la puerta como pudo, con mucho cuidado de no dejar caer su preciado fardo.

Salieron de la habitación sin mirar atrás, conscientes de que no tenían tiempo que perder y, por tanto, no era buena idea quedarse a esperar el desenlace de la pelea que se desarrollaba tras ellos.

Llegaron a una sala similar a la que habían dejado atrás, pero un poco más pequeña, presidida solo por tres dragones petrificados.

Doria cerró la puerta con un golpe de cadera y se reunió con Milo, que había depositado los huevos en el suelo con cuidado.

Los dos los observaron mientras se agitaban, chocando unos contra otros. Las cáscaras seguían agrietándose.

–¡Se están abriendo! –exclamó el chico, muy nervioso–. ¿Qué hago ahora?

«Espera», dijo Nivalan. «Enseguida estoy contigo».

–¡Pero están a punto de nacer!

«Espera», repitió ella. «En cuanto acabe con el mago...».

–Acuérdate de que lo necesitamos vivo –le recordó él.

Sintió a la dragona suspirar con resignación en el fondo de su mente.

D raek-Nivalan sabía que Scorpius era capaz de usar su magia para desaparecer en cualquier momento, en lugar de seguir peleando en una batalla que no tenía la menor posibilidad de ganar. No obstante, el hechicero se resistía a renunciar a los huevos de dragón que tanto le había costado conseguir.

Podía cambiar de idea, sin embargo. Draek-Nivalan no tenía la menor intención de dejarlo escapar, no solo porque estaba decidida a hacerle pagar su atrevimiento, sino, sobre todo, porque cualquier enemigo al que no neutralizase cuando tuviese la oportunidad regresaría más adelante para volver a amenazarla.

Pero su paladín le había pedido que mantuviese con vida al mago, probablemente porque el bárbaro también necesitaba ajustar cuentas con él.

Le quedaba, por tanto, una carta que jugar.

Tras asegurarse de que los jóvenes humanos habían salido de la estancia con sus huevos, la dragona inspiró hondo y exhaló su aliento gélido sobre Scorpius. El suelo de piedra se congeló de inmediato y el hielo avanzó hacia el mago con la potencia de una cascada para atraparlo en su interior.

El hechicero lanzó un grito de advertencia y golpeó las baldosas con su bastón. La escarcha se detuvo a pocos centímetros de sus pies.

Draek-Nivalan dejó escapar un gruñido impaciente. Milo la llamaba con urgencia desde la habitación contigua, y ella sabía que debía reunirse con él cuanto antes, pero no podía dejar las cosas así.

Reuniendo toda la fuerza que fue capaz de encontrar en su interior, volvió a arrojar una vaharada glacial sobre el he chicero.

Vació sus pulmones por completo, hasta casi sentir que se ahogaba.

Después, inspiró de nuevo y aguardó a que la bruma se disipase.

Comprobó entonces, satisfecha, que Scorpius se había transformado por fin en una estatua de hielo.

El extremo de su bastón todavía titilaba con una débil luz rojiza, apenas visible a través de la capa traslúcida que lo cubría, pero Draek-Nivalan juzgó que era suficiente y se volvió hacia la puerta por la que se había marchado su joven paladín.

– Yo no debería estar aquí –murmuró Doria.

Oyó arañazos en la puerta y se dio la vuelta con inquietud, pero Milo apenas le prestaba atención.

Porque las cáscaras de los huevos se resquebrajaban cada vez más rápido, y por las grietas asomaban ya un morro, un cuerno, una garra plateada.

Milo, fascinado con la escena a la que tenía el privilegio de asistir, se había olvidado de todo lo demás.

Apartó los restos de los huevos para ayudar a salir a los dragoncitos y sostuvo a uno que estuvo a punto de caer de bruces al suelo.

No fue consciente de que la puerta se abría tras él.

Tan solo tenía ojos para las criaturas que temblaban sobre el suelo de piedra, aún sacudiéndose trozos de cáscara de encima.

Uno de ellos desplegó las alas, todavía húmedas, y las batió tentativamente.

Y entonces alzó la cabeza hacia Milo y clavó en él su mirada de reptil.

De inmediato, Milo se sintió inundado por una extraña emoción, como si acabara de reencontrarse con un amigo al que hacía tanto tiempo que no veía que ya casi se había olvidado de su existencia.

E l hechizo que sellaba la puerta del pasadizo se desvane ció de pronto, y los goznes saltaron por los aires con la siguiente embestida de Ulros. El bárbaro se precipitó al inte rior de la estancia, mantuvo el equilibrio a duras penas y miró alrededor.

–¿Qué pasa? –oyó la voz de Casio a su espalda–. ¿Qué es...?

Ulros sacudió la cabeza.

–No lo sé –murmuró con desconcierto.

No se veía a Milo, a Doria ni a Nivalan por ninguna parte.

Tampoco a Scorpius, y el estómago del hombretón se contrajo de angustia.

El suelo estaba cubierto de escarcha y al fondo había un pequeño montículo de hielo truncado: algo atrapado en su interior se había abierto paso hasta escapar, como una polilla saliendo de su crisálida.

Pero lo que retuvo la atención de Ulros fue el enorme dragón que ocupaba buena parte de la sala. Desde su posición solo podían ver sus cuartos traseros, porque había introducido la cabeza a través de una puerta abierta entre dos esculturas de piedra.

Aquel, no obstante, estaba bien vivo; Ulros no pudo dejar de notar que su cola batía contra las baldosas del suelo con impaciencia. Se llevó la mano al hacha que cargaba a la espalda, pero Casio lo detuvo.

–Espera. –El aprendiz dirigió una mirada de asombro a la criatura, cuyas escamas refulgían como rayos de luna a la luz de las antorchas–. No le hagas daño –ordenó.

Lentamente, el bárbaro soltó la empuñadura del arma y dejó caer el brazo al costado.

A lgo asomó por encima del hombro de Milo, y el pequeño dragón levantó la mirada y emitió un curioso gorjeo de deleite.

Sus hermanos, atraídos de inmediato por el aviso, alzaron la cabeza a la vez.

Un rumor sordo, como un profundo ronroneo, sonó justo por encima del muchacho, y él logró por fin apartar la vista de los dragones y dirigirla hacia la enorme cabeza de reptil que se inclinaba sobre ellos.

Milo se apartó a un lado para dejarla pasar.

Pero Draek-Nivalan no cabía a través de aquella puerta, por lo que se limitó a tenderse en el suelo y a llamar a sus crías para que se aproximasen.

Los dragoncitos se apresuraron a reunirse en torno a ella y se restregaron contra el largo cuello de su madre, que cerró los ojos y los acarició con el morro sin dejar de arrullarlos.

Milo se dejó caer en el suelo, incapaz de dejar de mirarlos. Estaba tan agotado que no creía que pudiese volver a levantarse, aunque al mismo tiempo sentía una profunda satisfacción. Doria se sentó a su lado, sobrecogida.

–Cuando leía historias sobre dragones, de niña –susurró–, jamás imaginé que llegaría a presenciar algo así.

El muchacho no dijo nada. Le pasó un brazo por los hombros y, cuando ella se acurrucó junto a él con un profundo suspiro, le sonrió.

N o muy lejos de allí, oculto en una cueva en la montaña, un mago tiritaba de frío.

Había perdido todo aquello por lo que había estado trabajando durante meses, había dejado escapar la oportunidad de criar sus propios dragones y de hacerse en un futuro con un ejército invencible.

La dragona del Pico Brumoso, a la que él mismo había creído derro tada, se las había arreglado para engañarlo y recuperar sus huevos.

Estaba claro que las antiguas historias no hacían justicia a la inteligencia y el poder de aquellas criatu ras.

Nunca más volvería a cometer el error de enfrentarse a ninguna de ellas.

No obstante, nada de aquello lo preocupaba especialmente en aquel momento. Sostenía su bastón con la mano agarrotada, aún temblando por razones que no se debían por completo al hielo en el que lo había atrapado la dragona.

Scorpius se había enfrentado a muchos desafíos a lo largo de su vida, pero nunca se había visto tan cerca de la muerte.

«No quiero morir», pensó. Contempló con respeto el artefacto mágico que lo había salvado al liberarlo de la trampa de hielo de aquella bestia. Si no hubiese sido por él...

Se estremeció. Tiempo atrás, cuando había robado aquel bastón que no le pertenecía, el objeto había reaccionado contra él, destrozándole la mano con la que había osado aferrarlo.

Ahora se veía obligado a ocultar su deformidad con un guante de cuero y, pese a todo, jamás se había arrepentido de su acción.

La magia lo había salvado de la ira de la dragona. Y sería también la magia, se prometió a sí mismo, lo que algún día le otorgaría la inmortalidad.