Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 17
93%

17

–¡Do ria ! –exclamó el muchacho–. ¿Qué estás haciendo?

La pantera no respondió. Él la miró a los ojos y no descubrió en ellos un solo atisbo de emoción humana.

El animal lo observaba con un brillo calculador en la mirada, como un depredador acechando a su presa.

Milo retrocedió con lentitud. La pantera avanzó un par de pasos, sin apartar los ojos de los suyos.

–Doria –insistió él.

–No puede escucharte –dijo Scorpius con una sonrisa de tiburón–. Es un animal y ahora solo me obedece a mí.

Era lo que Milo temía, pero constatar que estaba en lo cierto no le hizo sentir mejor. La pantera entornó los ojos y le dedicó un gruñido que dejó al descubierto todos sus dientes.

–Mátalo –repitió el hechicero.

Y el felino saltó sobre el muchacho.

Milo había peleado en cierta ocasión contra Doria bajo su forma animal.

Pero aquella tarde, en el Anfiteatro, su amiga había estado consciente en todo momento.

Su inteligencia humana seguía al mando, y solo había fingido que lo atacaba para engañar a Solmán y sus subordinados.

En ningún momento había tenido intención de hacerle daño.

Ahora, no obstante, la conciencia de Doria había desaparecido.

No serviría de nada tratar de hacerla entrar en razón, comprendió Milo mientras luchaba por quitársela de encima.

Tenía que enfrentarse a ella como lo había hecho contra los leopardos: asumiendo que se trataba de una fiera irracional que lo mataría y devoraría si le daba la oportunidad.

Tampoco es que tuviese muchas opciones, pensó. Aquel animal era todo músculo, garras y colmillos, y Milo, aunque lograse alcanzar la daga que llevaba prendida al cinturón, no lograría vencer en un cuerpo a cuerpo contra él.

No obstante, su instinto de supervivencia lo mantuvo peleando con rabia, esforzándose por mantener aquellos dientes lejos de su garganta, y seguiría haciéndolo hasta que las fuerzas lo abandonasen.

M ientras el joven pastor luchaba por su vida, Scorpius se aproximó al nido.

Echó un vistazo a Nivalan, que aún forcejeaba en el suelo, y estuvo tentado de matarla en aquel preciso momento.

No obstante, la curiosidad que se n tía hacia ella le impidió hacerlo.

No tenía la menor idea de quién era aquella mujer, por qué buscaba los huevos de dragón ni cuál era la naturaleza de sus poderes, y tenía verdadero interés en averiguarlo.

No solo porque su presencia allí era todo un misterio, sino también porque intuía que ya se habían visto en alguna parte, antes de su encuentro en Puerto Calamidad, aunque no era capaz de recordarlo.

Un movimiento en el foso atrajo su atención entonces, y le dio la espalda a Nivalan para asomarse al nido. Los cuatro huevos se agitaban débilmente. Con gran satisfacción, Scorpius detectó una pequeña grieta en la cáscara de uno de ellos.

D raek-Nivalan había vivido durante más de diez mil años, y no era capaz de recordar un solo momento de su larga existencia en el que se hubiese sentido tan frágil y desamparada.

Sus hijos estaban a punto de nacer apenas a unos pasos de ella, pero sería aquel pérfido hechicero humano quien asistiría al acontecimiento y los separaría de su ma dre para siempre.

No solo eso: un poco más allá, su otro cachorro, Milo, el muchacho humano que la había acompañado hasta allí, peleaba con fiereza por su vida contra la joven que, una vez más, lo había traicionado.

Y ella permanecía allí, amarrada sobre el frío suelo de piedra, incapaz de hacer nada al respecto porque había pasado demasiado tiempo transformada en humana y había perdido, por tanto, su vínculo con su esencia de dragón.

Había llegado hasta allí para nada.

Cerró los ojos, derrotada.

«Nivalan», oyó entonces en su mente.

Abrió los ojos con sorpresa.

«Nivalan, levántate».

Era la voz de Milo. Lo vislumbró entre sus pensamientos, erguido con orgullo, envuelto en un aura plateada, dispuesto a combatir a su lado hasta el final, haciendo honor a lo que era, aquello en lo que ella misma lo había convertido.

Un paladín.

Y en ese momento comprendió que no estaba sola en aquella lucha, y jamás lo había estado. Igual que los Antiguos habían acudido en ayuda de los mortales cuando estos los habían buscado, ahora, miles de años después, todavía quedaban humanos que pelearían junto a una dragona plateada.

En su mente, el paladín le tendió la mano. Ella yacía aún en el suelo, derrotada. Pero, cuando alargó su propia mano hacia la de él, una mano todavía humana, la luz que envolvía al muchacho se propagó por el cuerpo de la mujer dragón... y lo transformó.

U na pequeña uña afilada asomó por la grieta que se abría en la cáscara del huevo. Scorpius alargó la mano, dispuesto a ayudarla a emerger de él...

... Pero no llegó a tocarla porque, de pronto, un violento coletazo lo arrojó lejos del nido.

Cuando el mago logró alzar la mirada, aturdido, descubrió que un enorme dragón se erguía ante él, rugiendo de ira.

Su gran cabeza rematada con cuernos rozaba el techo de la cueva.

Sus escamas centelleaban con destellos de plata a la luz de las antorchas.

L a pantera se dio la vuelta de inmediato, alarmada ante la súbita presencia de la bestia alada que acababa de materia lizarse en la habitación. Milo, jadeante, aprovechó aquel momento para arrojarla a un lado. Extrajo su puñal y trató de inmovilizarla contra el suelo.

El animal era más fuerte que él y se debatió con furia, pero Milo se las arregló para mantenerlo atrapado. Aunque estaba ahora en posición de rajarle la garganta con la daga, no quería hacerlo, a no ser que no tuviese otra opción.

–Doria –insistió–. Doria, soy yo, ¿me oyes? Sé que estás ahí dentro. Escúchame.

Y tal vez fue porque Scorpius estaba ocupado con otros asuntos, o quizá porque la voz del muchacho tenía realmente aquel poder sobre ella..., el caso es que la pantera pestañeó con lentitud y le dedicó por fin una mirada que él fue capaz de reconocer.

–¿Milo? –musitó ella.

–Sí –respondió él en voz baja.

El cuerpo de Doria se estremeció y se transformó de nuevo. Cuando la chica clavó sus ojos verdes en los de él, Milo ahogó un sollozo, apartó la daga y la estrechó con fuerza entre sus brazos.

U na sensación de poder, libertad y plenitud embargó a Draek-Nivalan en cuanto su esencia se expandió por fin en el interior de su cuerpo verdadero.

La emoción, no obstante, se vio empañada por el hecho de que se hallaba atrapada bajo tierra en una caverna cuyas dimensiones no le permitirían alzar el vuelo, por el momento.

Aun así, desplegó las alas todo lo que pudo y lanzó un rugido triunfal.

Después, clavó la mirada en el hechicero que mantenía secuestrados sus huevos. Le pareció ridículamente pequeño e insignificante, y se preguntó cómo era posible que aquella criatura hubiese sido capaz de amedrentarla.

«Deja a mis hijos en paz», exigió, y su orden fluyó hasta las mentes de todos. El mago dio un respingo y alzó la cabeza hacia ella.

–¿Quién eres? –exigió saber.

La observaba con suspicacia, como si no terminara de creerse que fuese real. Tal vez pensaba que los intrusos estaban tratando de engañarlo otra vez con una ilusión diferente. Pero, entonces, Draek-Nivalan descargó una zarpa ante él e hizo temblar el suelo bajo sus pies.

«Soy la dragona cuyo nido asaltaste, insecto», respondió. «Esos huevos me pertenecen. Cometiste el error de darme por muerta y ahora lo vas a pagar».

Trató de derribarlo de un coletazo, pero el hechicero se había aplicado un conjuro de protección y su cuerpo resistió el golpe como si estuviese revestido de una armadura invisible.

Scorpius reaccionó; alzó el bastón y arrojó un proyectil de fuego que Draek-Nivalan no se molestó en esquivar. El impacto le hizo daño, pero no tanto como el que hubiese sufrido un cuerpo humano. Percibió, sin embargo, que algo importante sucedía tras ella y contactó con su paladín.

«Milo», le dijo. «Rescata mis huevos».

No se dio la vuelta para comprobar si el muchacho cumplía sus instrucciones. Confiaba en él y sabía que no la defraudaría.

M ilo y Doria contemplaban la escena con perplejidad.

–No es una ilusión, ¿verdad? –murmuró ella–. Este sí que es un dragón de carne y hueso.

–Es Nivalan –respondió él en voz baja, sobrecogido–. El dragón del Pico Brumoso, ¿recuerdas?

Aún no comprendía cómo era posible. Ella le había dicho que el conjuro que los unía estaba roto; por tanto, ambos podrían separarse sin que Milo sufriese las consecuencias y Nivalan debería ser capaz de transformarse, en teoría.

No obstante, él aún la sentía en su interior, como si estuviesen atados por un vínculo aún más sólido que el que los había conducido hasta allí.

Mientras se defendía del ataque de la pantera, de hecho, había tenido una intuición extraña, como si Nivalan le hubiese pedido ayuda y él hubiese podido prestársela por el simple hecho de estar allí presente.

Y ahora lo sentía también. Percibía la ira de la dragona, su embriagador sentimiento de triunfo, su angustia y preocupación por los huevos que estaban a punto de eclosionar.

Los huevos que estaban a punto de eclosionar...

«Milo», dijo ella entonces. «Rescata mis huevos».

El chico reaccionó al fin y se precipitó hacia el nido. Scorpius lo vio y trató de impedírselo, pero la dragona se interpuso en su camino con un rugido feroz.

Milo se esforzó por no prestarles atención. Se inclinó junto a la cavidad y se dio cuenta, no sin cierto desasosiego, de que los huevos se estaban moviendo. Algunos presentaban ya grietas a través de las cuales se adivinaban cuerpos recubiertos de escamas plateadas.

El muchacho se descolgó del hombro el zurrón mágico que le había confiado Nivalan; pero Doria, que se había apresurado a seguirlo, lo detuvo.

–¡No puedes guardarlos ahí dentro ahora mismo! –exclamó–. ¿O es que quieres que nazcan dentro de un zurrón?

Milo vaciló un instante y tomó una decisión.

–Tendremos que llevarlos a cuestas –dijo.