Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 16 #3
90%

16 #3

Casio ahogó un grito y corrió en auxilio de su compañero. Scorpius les dedicó una breve mirada y comprendió que no eran rivales para él. Se preguntó por qué razón habrían organizado aquella pantomima.

Y entonces lo entendió.

– Déjame a mí –intervino Doria, rebuscando en sus bolsillos. Extrajo una ganzúa y comenzó a hurgar en la cerra dura hasta que esta cedió con un clic–. Ya está –anunció.

No se entretuvieron en darle las gracias; abrieron la puerta y se precipitaron al interior.

Un breve vistazo alrededor les bastó para localizar la cavidad en el suelo de piedra donde Scorpius guardaba los cuatro huevos de dragón.

–¡Allí! –exclamó Nivalan, profundamente aliviada.

Milo y Doria ya corrían hacia los huevos. Pero, cuando la mujer dragón se disponía a seguirlos, un látigo luminoso se enrolló en torno a su cintura y la hizo detenerse en seco.

Ella lanzó un grito de frustración y trató de liberarse. Se dio la vuelta y se encontró con el mago de la túnica negra, que avanzaba hacia ella con gesto irritado. De su bastón salía la correa mágica que retenía a Nivalan.

–No te acerques a esos huevos –le advirtió.

La mujer dragón se debatió, furiosa. Scorpius echó el brazo hacia atrás y la cinta luminosa se retrajo, como si su prisionera fuese un pez que acabase de pescar en la corriente.

Ella lanzó un grito y plantó los pies en el suelo con firmeza, pero no pudo evitar que el mago la atrajera hacia él, alejándola del nido donde reposaban los huevos.

–¡Milo! –gritó Nivalan–. ¡Rescátalos!

Le lanzó el zurrón mágico con todas sus fuerzas, y el muchacho saltó y lo recogió en el aire. Doria y él se apresuraron a alcanzar los huevos.

–¡Date prisa! –exclamó ella.

A Milo le temblaban las manos. Cuando fue a coger el primer huevo, este se tambaleó de pronto y él dio un respingo de sorpresa.

Entonces, algo lo golpeó dolorosamente en el hombro, arrancándole una exclamación de dolor.

Se dio la vuelta y descubrió que Scorpius avanzaba hacia ellos; el brillo de su bastón teñía las paredes de una luz del color de la sangre.

Nivalan, atrapada en una ligadura mágica que la amarraba del cuello a los pies, se debatía en el suelo con desesperación.

–Apártate de esos huevos o lo lamentarás, chico –le advirtió el mago. Lo miró a los ojos por primera vez y compuso un gesto de sorpresa–. Te conozco, ¿verdad? ¿No eres acaso el pastor del Pico Brumoso? –Lanzó una carcajada–. ¿Cómo te has atrevido a venir hasta aquí?

–No está solo –le advirtió Doria con orgullo.

Milo dirigió una mirada a la puerta. Estaba cerrada y, esta vez sí, asegurada con algún tipo de hechizo. Los gritos de Ulros y Casio se oían amortiguados desde el otro lado.

–¿Te acuerdas de mí? –prosiguió la chica–. Teníamos un trato y yo cumplí mi parte. Pero tú intentaste matarme.

–Yo te veo muy viva –replicó Scorpius con indiferencia–. Y estoy bastante seguro de que tu gatito no ha vuelto a asomar los bigotes, ¿me equivoco? –Doria no fue capaz de responder–. Tú –prosiguió el mago, volviéndose hacia Milo–. Te he dicho que te alejes de ahí.

El muchacho había alargado los brazos hacia los huevos otra vez, aprovechando que Doria trataba de entretener a su oponente. Pero este murmuró un hechizo y atacó a Milo con un proyectil de energía que lo golpeó en un costado y lo arrojó lejos del nido.

El cabrero chocó contra uno de los dragones de piedra. Cayó al suelo desmadejado y trató de levantarse como pudo, dolorido. Los oídos le zumbaban y lo veía todo borroso. Cuando la vista se le aclaró, descubrió a Scorpius en pie frente a él.

–No he tenido suerte con mis compañeros de aventura, al parecer –comentó él–.

Todos han intentado robarme el botín, incluido el pastor miserable que lo único que tenía que hacer era conducirnos hasta esa maldita cueva –añadió con profunda irritación–.

Deberíamos haberte entregado como cebo al dragón para que te devorara, pero aún estoy a tiempo de corregir ese error.

Alzó el báculo mágico sobre él. Su gema destellaba con un brillo cegador.

Milo se cubrió la cabeza con los brazos de forma instintiva, aunque sabía que aquello no lo salvaría de la magia devastadora de Scorpius. Entonces oyó un gruñido y abrió los ojos con sorpresa.

Una enorme pantera negra se interponía entre él y el hechicero, con los músculos en tensión, lista para saltar.

–Parece que tu remedio no dio resultado –gruñó Doria–. Además, me hizo sufrir unos efectos secundarios bastante desagradables.

Pero Scorpius echó la cabeza atrás y soltó una carcajada.

–Pequeña Doria, ¿ya has olvidado lo que pasa cuando te transformas ante mí?

Milo no podía verle el rostro a la pantera desde su posición, pero la vio estremecerse y sacudir la cabeza.

–No te atreverás –masculló ella entre dientes.

El hechicero aún sonreía.

–Oh, pues claro que sí. –Se puso serio de repente y ordenó–. Mátalo. Ahora.

Milo se preguntó si realmente creía que Doria lo obedecería sin más.

Pero, cuando la pantera se dio la vuelta y clavó en él una mirada inhumana, fue consciente de pronto de lo que implicaba que su amiga se hubiese transformado en animal...

delante de alguien que poseía el poder de controlar a las bestias.