Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 16 #2
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Milo se quedó mirándola. Era la primera vez que ella mencionaba aquel hecho delante del resto de sus compañeros. Hasta aquel momento, solo se lo había confesado a él.

–Eso me pareció –respondió entonces Casio con calma–. ¿Qué sucedió exactamente? ¿Por qué tu magia no funcionó como debía?

Nivalan exhaló un profundo suspiro.

–Porque me estoy volviendo más humana cada día que paso en este cuerpo –reveló por fin–.

Es posible que la transformación ya se haya consumado y no sea capaz de recuperar mi cuerpo de dragona nunca más, pero, en todo caso...

, sí es probable que mi poder vuelva a fallar cuando más lo necesite.

Sea cual sea el plan, habrá que contar con ello.

–Sin embargo, has usado tu magia para salvar a Milo hace un momento –le recordó Doria, desconcertada–. Y ha funcionado a la perfección.

–Sí, pero...

Nivalan vaciló. No estaba preparada para contarles que había extraído hasta la última gota de su esencia de dragón para sanar a Milo.

Parte de ella quería creer que, dada la naturaleza del conjuro que había utilizado, necesariamente tenía que conservarla.

Pero ya no era capaz de sentirla en su interior, y eso la llenaba de angustia.

Milo colocó una mano tranquilizadora sobre su hombro.

–Todo saldrá bien –le dijo–. Hemos llegado demasiado lejos para rendirnos ahora. Recuperaremos tus huevos, ya lo verás.

Ella sonrió, pero no dijo nada.

–Bueno, ¿y cómo vamos a hacerlo? –intervino Ulros–.

Ante todo, hay que impedir que vuelva a desaparecer, con huevos o sin ellos.

No sé si lo recordaréis, pero yo tengo que hablar con él para que me arregle la cabeza.

Y eso significa que lo necesito vivo –añadió, dirigiendo una mirada de advertencia a Doria y a Nivalan.

La muchacha se enfurruñó de inmediato, pero la mujer dragón asintió con gesto ausente.

–No sabe que lo hemos seguido hasta aquí, ¿verdad? –dijo entonces Milo, pensativo.

–No lo creo –respondió Casio–. Dejó el portal sellado, y es evidente que pensaba que no seríamos capaces de volver a abrirlo.

–¿Por qué no? –preguntó Ulros–. Tú eres un mago, igual que él.

–Solo soy un aprendiz –puntualizó el joven.

–Igual que él –insistió el bárbaro–. ¿No dijiste que nunca terminó sus estudios?

–Pero Scorpius cuenta con un bastón mágico de gran poder, y yo no –simplificó Casio.

–Si nos ha subestimado, deberíamos aprovechar esa ventaja –intervino Milo–. No sabe que nos las hemos arreglado para seguirlo y no nos espera: podemos tomarlo por sorpresa.

–¿Estáis seguros de eso? –planteó entonces Doria–. ¿Y si todo esto es una trampa?

Casio inspiró hondo.

–Deberíamos contar con esa posibilidad, sí –admitió.

–¿Qué hacemos, entonces? –preguntó Nivalan con impaciencia.

–Tengo una idea –dijo Milo de pronto.

U n segundo huevo se movió un poco, y Scorpius se inclinó sobre él, expectante. Podía intuir al dragoncito revolviéndose en el interior. Apenas unos instantes más y...

Un estruendo lo sobresaltó de pronto y lo hizo incorporarse como movido por un resorte. Miró a su alrededor, alarmado. El ruido procedía del corredor, más allá de la puerta cerrada.

Scorpius se acordó entonces del grupo que lo perseguía desde Puerto Calamidad.

Había enviado a sus leopardos contra ellos para separarlos de la mujer del cabello plateado, y su plan había dado resultado: ella había recuperado para él los huevos de la bolsa mágica, y el resto seguramente habrían sido ya devorados por las fieras, a aquellas alturas.

Pero... ¿y si habían sobrevivido, después de todo?

«No habrán podido atravesar el portal», se dijo.

El grupo contaba con un aprendiz de mago, pero este vestía la túnica azul, lo que significaba que aún no poseía los conocimientos necesarios.

La misteriosa mujer del cabello de plata también parecía contar con alguna clase de poderes, aunque Scorpius estaba bastante seguro de que no se trataba de una hechicera con la formación adecuada para abrir un portal.

Sin embargo, había algo ahí fuera. Y cuando un rugido resonó por los túneles, Scorpius no pudo contener un estremecimiento.

Echó un breve vistazo alrededor, a los siete dragones de piedra que adornaban la sala –solo para asegurarse de que no habían vuelto a la vida– y se apresuró a salir por la puerta, dejando los huevos atrás.

Algo enorme se movía al fondo del corredor. Algo que rugía y bramaba, una sombra iluminada por una poderosa llamarada. Scorpius se detuvo un momento, confuso. Aquellos dragones llevaban miles de años petrificados y no podían revivir por sí solos. ¿Qué diablos estaba pasando?

Inspiró hondo. Si aquello era lo que parecía, tal vez había llegado el momento de comprobar si su poder sería capaz de dominar la mente de un dragón. Sonriendo para sí, cerró la puerta con llave y corrió al encuentro de la criatura.

O cultos tras una de las estatuas del corredor, Milo, Doria y Nivalan vieron pasar ante ellos al mago de la túnica negra.

–No tenemos mucho tiempo –susurró el muchacho–. Debemos recuperar los huevos antes de que regrese.

Sus compañeras asintieron; cuando perdieron de vista a Scorpius, los tres abandonaron su escondite y se precipitaron hacia la puerta.

–¡No se abre! –exclamó Nivalan con frustración.

–Está cerrada con llave –observó Milo–. No pasa nada, podemos solucionarlo. Aún tenemos suerte de que no la haya protegido con un hechizo.

La mujer dragón aferró el picaporte y trató de conjurar su poder de hielo.

Pero nada sucedió.

A l fondo del corredor, un enorme dragón rojo bramaba y vomitaba fuego contra las paredes. Scorpius se quedó contemplándolo un momento, anonadado. Murmuró las palabras de un hechizo para crear un escudo protector en torno a su cuerpo y sondeó con su mente la psique de la criatura.

Y no la halló. Allí no había nada que pudiese ser sensible a su poder, total o parcialmente.

Al enfrentarse a los dragones del Pico Brumoso, había percibido su presencia, aunque solo fuese para comprender de inmediato que su voluntad jamás podría imponerse a la de aquellas criaturas.

Sin embargo, tras el dragón rojo no encontró nada susceptible de ser manipulado, como si aquello no fuese una bestia, sino...

Parpadeó con lentitud y miró mejor.

Y la ilusión desapareció.

En medio del pasillo no había un enorme dragón carmesí, sino un bárbaro que golpeaba las paredes de roca con su hacha de doble filo mientras aullaba como un poseso.

Tras él, semioculto entre las enormes estatuas de piedra, un joven aprendiz de mago se esforzaba por mantener la concentración, con el entrecejo fruncido y los ojos cerrados.

El hombretón se dio cuenta entonces de que Scorpius lo miraba con fijeza y se detuvo, confuso.

–¿Qué hacéis vosotros aquí? –preguntó el hechicero con frialdad.

Ulros comprendió que el conjuro de Casio había dejado de funcionar, o quizá el mago no se había dejado engañar por él. Sin mayor ceremonia, lanzó un bramido y, con el hacha en alto, se abalanzó hacia Scorpius.

Este alzó la mano que llevaba enguantada y su bastón mágico se materializó en ella. El bárbaro no fue capaz de avanzar más: un rayo de energía brotó de la gema e impactó contra él, lanzándolo hacia atrás.