Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 16
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El laberinto de galerías que se extendía bajo la cordillera de la Niebla estaba repleto de dragones de piedra.

Scorpius había hallado aquel tesoro tiempo atrás, casi por casualidad.

Aquella cadena montañosa contaba con un volcán inactivo en cuyo cráter se extendía una selva exuberante habitada por toda clase de animales exóticos, y él se había instalado allí con la intención de estudiarlos para añadir nuevas mascotas a su colección.

Tras detectar una extraña magia residual, había buscado por todas partes el origen de aquella perturbación, sin resultado.

Sabía que se hallaba bajo tierra e intuía que debía de haber un acceso en alguna parte, pero no era capaz de encontrarlo.

Por fin, su perseverancia dio frutos: en una de las caras interiores del cráter halló una grieta, probablemente abierta por algún temblor de tierra que había sacudido la cordillera en tiempos pasados.

Y aquella grieta lo condujo a una red de túneles milenarios excavados en la roca.

Y a sus dragones petrificados.

Scorpius se había dado cuenta de inmediato de que no eran simples estatuas talladas en piedra. Aquellas criaturas habían estado vivas mucho tiempo atrás. Solo un hechizo las mantenía en aquel estado, y eso significaba que tal vez él fuese capaz de revertirlo.

Sin embargo, por más que lo intentó y por muchos libros que consultó, no logró hallar el modo de transformar una sola de aquellas estatuas en un dragón de carne y hueso.

Cuando estudiaba en la escuela de magia, Scorpius no se había interesado especialmente por los dragones de ninguna clase.

En el mejor de los casos, se habían extinguido; en el peor, eran solo un mito.

No pensaba dedicar su tiempo, por tanto, a aprender sobre criaturas a las que nunca tendría la oportunidad de someter.

Pero, ahora que se abría ante él la posibilidad de revivir a dragones de verdad, no pudo evitar obsesionarse con ellos.

Leyó e investigó todo cuanto pudo en busca de una forma de traerlos de vuelta.

Encontró leyendas que hablaban de los Antiguos, dragones dorados y plateados que habían sido amigos de los mortales en tiempos remotos.

Se enteró de que en su antigua escuela había ahora un dragón dorado, pero hizo averiguaciones y descubrió que no era lo que parecía.

No obstante, el hecho de que una de sus maestras, la Señora de la Torre, contase con un compañero semejante lo llenó de envidia.

Y decidió que él también obtendría su dragón, de una manera o de otra.

Casi se había dado por vencido con las criaturas petrificadas de los túneles.

No había sido capaz de averiguar si eran los Antiguos o si, por el contrario, se trataba de los dragones malvados contra los que aquellos habían combatido milenios atrás.

Tanto unos como otros habían desaparecido de la faz de la tierra, y Scorpius no logró hallar en los libros una explicación satisfactoria de cómo había podido suceder.

Rastreando viejas leyendas sobre dragones, sus pasos lo llevaron hasta el pequeño valle entre montañas desde el que se divisaba el Pico Brumoso.

Las historias que allí se contaban eran lo bastante precisas y detalladas para hacerle sospechar que podían contener un poso de verdad.

Había explorado otros rincones en busca de mitos similares, pero aquella fue la primera vez que se decidió a reunir un grupo de aventureros para ir a cazar al dragón.

Cuando la bestia se alzó ante ellos, sin embargo, descubrió que su poder no podía controlarla, pues era demasiado antigua e inteligente para dejarse dominar por un simple hechicero humano. Decepcionado, Scorpius permitió que sus compañeros abatiesen al dragón.

Después hallaron una segunda criatura en el cubil, y en el pecho del hechicero renació una llama de esperanza.

Había dos dragones. Tenía que tratarse de un nido.

Y eso significaba que quizá custodiasen huevos en su interior. Huevos de los que nacerían crías de dragones a las que podría adiestrar desde el principio.

No obstante, la pelea contra el segundo dragón se complicó para él y, cuando pudo regresar a la cueva, descubrió que sus compañeros ya se habían llevado todos los huevos. Logró recuperar uno de ellos, el que le arrebató al bárbaro, y regresó a su refugio para estudiarlo.

Y solo entonces, consultando los libros antiguos y comparando aquel huevo con los de las ilustraciones que contenían, comprendió que se trataba del vástago de una pareja de dragones plateados.

Las viejas historias contaban que los Antiguos eran mucho más que simples bestias.

Que se trataba de criaturas inteligentes que contaban con poderes inexplicables.

A Scorpius, los dragones que habitaban en la cueva del Pico Brumoso no se lo habían parecido.

Pero si era el caso, y si las leyendas estaban en lo cierto, aquello podría explicar por qué su poder no había bastado para dominarlos.

¿Sería capaz, pues, de controlar a la cría que naciese de aquel huevo?

Regresó a sus estudios con mayor empeño.

Había encontrado un ejército de dragones de piedra y una familia de dragones de plata.

Aún había información que se le escapaba y quería comprender qué significaban aquellos hallazgos, pero no podía perder más tiempo: su huevo eclosionaría en algún momento y él necesitaba saber qué hacer con la criatura que saliese de su interior.

Mientras dedicaba tiempo a investigar, no podía encargarse personalmente de la búsqueda del resto de los huevos.

Pero tampoco podía consentir que permaneciesen en poder de los aventureros que no solo lo habían traicionado, sino que, además, ni siquiera tenían la menor idea de lo valioso que era aquel tesoro en realidad.

Contactó, pues, con una muchacha a la que conocía de antes.

Doria había acudido a su encuentro en el pasado, en busca de una cura para la maldición que la aquejaba.

Había llegado a sus oídos que Scorpius era un hechicero experto en toda clase de animales y esperaba que fuese capaz de librarla de la bestia que habitaba en su interior.

No obstante, su primera reunión no salió como ella esperaba y no llegaron a ningún acuerdo.

Ahora, tiempo después, el mago la había buscado de nuevo para proponerle un trato: si ella le conseguía los huevos que faltaban, él le daría a cambio un remedio para su problema.

Doria no terminaba de confiar en él, pero aceptó porque no tenía otra opción.

Desde su primer y único encuentro, no había sido capaz de hallar a nadie que pudiese ofrecerle una solución.

Mientras tanto, Scorpius continuó con sus investigaciones.

En un antiquísimo volumen que compró a un librero elfo, encontró una historia que relataba cómo los Antiguos habían vencido a los malvados dragones que asolaban el mundo, gracias a un poderoso conjuro que solo ellos conocían.

El texto no entraba en detalles, pero el mago comprendió a qué se refería: en efecto, tal como sospechaba, los dragones dorados y plateados habían transformado a todos sus enemigos en piedra.

Y, según aquella leyenda, solo ellos lograrían deshacer el hechizo y traerlos de vuelta.

Los dragones del Pico Brumoso estaban muertos y, de todos modos, Scorpius no había sido capaz de dominarlos con su poder.

No obstante, la criatura que saliera de aquel huevo estaría a su merced desde su nacimiento.

Podría criarla allí mismo, en las entrañas de la cordillera, lejos del mundo civilizado.

Podría convencerla de que aquellos dragones habían sido injustamente transformados en piedra, de que solo ella lograría salvarlos.

Podría engañarla para que rompiese el conjuro y los devolviese a la vida.

Y si aquellos dragones eran como los describían las antiguas historias..., entonces, Scorpius sí sería capaz de someterlos a su voluntad.

No obstante, si el resto de los huevos eclosionaban también y las crías salían adelante...

, quizá tratasen de impedir que llevase a cabo su propósito.

No tenía claro hasta dónde llegaban los vínculos que compartían los dragones de plata ni si los hermanos de su dragón lograrían encontrarlo, y por eso se había asegurado de recuperar todos los huevos antes de que nacieran.

Planeaba criarlos todos juntos, aunque tampoco descartaba deshacerse de alguno de ellos antes de que creciese, si adiestrar a cuatro al mismo tiempo resultaba problemático.

Ahora que por fin los había reunido, no había nada que pudiese detenerlo.

Contempló los cuatro huevos. Los había colocado en una cavidad circular excavada en el suelo de la sala, acomodados sobre un lecho de paja para mantenerlos protegidos. La luz de las antorchas les arrancaba destellos plateados.

Mientras los observaba, uno de los huevos tembló ligeramente. Scorpius sonrió.

H allaron una puerta cerrada al fondo del pasillo.

–Están al otro lado –susurró Nivalan.

Alargó la mano hacia el picaporte, pero Casio la detuvo y se llevó un dedo a los labios, indicando silencio. Después, musitó las palabras de un hechizo y una curiosa burbuja traslúcida se materializó en torno a los cinco compañeros.

–¿Qué es...? –empezó Ulros, pero se calló de inmediato–. ¿Qué es esto? –continuó en voz baja.

–Ya puedes alzar la voz –dijo Casio–. Es un globo de insonorización, para que nadie nos oiga desde fuera. He pensado que deberíamos tener un plan antes de cruzar esa puerta –añadió.

–¡Pero mis huevos están ahí! –protestó Nivalan.

–Sí, y no podemos arriesgarnos a que Scorpius se esfume con ellos otra vez.

–Casio tiene razón –intervino Milo–. En Puerto Calamidad estuvimos a punto de atraparlo y se nos escapó. Si volvemos a fallar, no seremos capaces de volver a localizarlo a tiempo.

–Teníamos un plan ese día –farfulló ella–. Y fallaron mis poderes. Si todo hubiese salido como debía, habríamos recuperado los huevos entonces.