Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 15 #2
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–Perdón –susurró el bárbaro–. Es que nunca había visto unas estatuas tan grandes, ni siquiera en las ruinas de la ciudad donde estaba el Anfiteatro.

Milo observó las paredes con mayor atención y se dio cuenta de que Ulros estaba en lo cierto: aquellos salientes no eran naturales, sino que formaban parte de inmensas esculturas que adornaban la caverna.

Dio unos pasos atrás para observar la más cercana con atención y descubrió que se trataba de un dragón.

Tenía las alas extendidas, el cuello erguido y la boca entreabierta, como si estuviese a punto de vomitar una llamarada sobre los intrusos.

Era una figura increíblemente detallada, hasta en la más pequeña de sus escamas, y Milo no pudo evitar sentir admiración por el artista que la había tallado.

–Mira –murmuró Doria, sobrecogida–. Hay muchísimos.

Milo la siguió a través de la enorme galería.

No tardó en descubrir que todas aquellas esculturas representaban dragones.

Y no había dos iguales: uno tenía las alas recogidas, otro se alzaba sobre las patas traseras, otro se enroscaba sobre sí mismo...

Los había también de diversas clases y tamaños, con cuernos o sin ellos, con el lomo liso o erizado de espinas...

–¿Quién ha creado todo esto? –pudo preguntar por fin–. ¿Ha sido obra de los enanos?

–¿Los enanos? –Casio sacudió cabeza–. No se les da bien la magia. Ni siquiera estoy seguro de que los hechiceros corrientes pudiesen hacer algo así. ¿Me equivoco? –preguntó, dirigiendo la mirada hacia Nivalan.

–No –contestó ella a media voz–. No te equivocas.

–¿Qué quieres decir? –susurró Milo.

Su amigo tragó saliva.

–¿Recuerdas lo que hablamos acerca de los dragones? ¿Que, según las leyendas, en tiempos pasados poblaron el mundo y después desaparecieron? Todo el mundo dio por sentado que se habían extinguido.

–Pero no fue así, ¿verdad? –dijo Doria en voz baja.

Casio negó con la cabeza.

–No los exterminamos ni se fueron a ninguna parte –se oyó entonces la voz de Nivalan, monocorde, como si arrastrara un cansancio de siglos–. Están aquí. Siempre han estado aquí.

Milo y sus compañeros se volvieron para observar con asombro los dragones de piedra.

–No puede ser –murmuró Doria–. ¿Estas estatuas son...?

–Fueron dragones, sí. –La voz de Nivalan sonaba cada vez más lejana por el corredor, y los demás se apresuraron tras ella para alcanzarla–. Eran los dueños de vuestro mundo y lo destruían todo a su paso..., hasta que llegamos nosotros.

–Vosotros..., los Antiguos –recordó Casio–. Dragones dorados y plateados, más sabios y poderosos que las bestias que nos hostigaban. Pero, si no formabais parte de nuestro mundo, ¿de dónde procedéis?

–De otro diferente, muy lejos de aquí. Vuestros magos nos invocaron con un extraordinario conjuro creado por los elfos, una magia que tenía por objetivo encontrar en alguna parte a alguien que pudiese derrotar a vuestros dragones. Haquin-Sail , dijeron. Y nosotros acudimos a la llamada.

Las palabras de Nivalan les llegaban preñadas de nostalgia y amargura, como si evocase un tiempo oscuro y portentoso, de sangre y de luz, de muerte y milagros.

–Tras varias generaciones –continuó–, mi gente fue lo bastante numerosa para inclinar la balanza a nuestro favor.

Entonces, nos reunimos todos en este lugar y atrajimos a los dragones malignos a una trampa.

Cuando llegaron aquí, concentramos nuestro poder y los transformamos a todos en estatuas de piedra.

Y así liberamos a los mortales de la plaga que asolaba su mundo desde tiempos inmemoriales.

Los ecos de la voz de Nivalan se apagaron y, por un momento, nadie dijo nada más. Entonces, Milo preguntó en voz baja:

–¿Y qué pasó con los Antiguos? ¿Adónde fueron?

–Estábamos tan agotados que tuvimos que entrar en letargo –respondió ella–.

Mi gente duerme desde entonces en el corazón de las montañas.

Cada generación, sin embargo, despierta una pareja para reproducirse y para renovar el conjuro que mantiene a los malignos transformados en piedra.

Al principio, los mortales nos recibían con honores; pero, con el tiempo, se fueron olvidando de nosotros, y esa es la razón por la que ahora realizamos nuestra tarea en silencio y con discreción.

–Entonces, ahora mismo solo quedáis tú y tus huevos, ¿verdad? –preguntó Doria.

–En realidad, hay un dragón dorado en una escuela de magia... –intervino Casio, pero Nivalan lo interrumpió:

–No hay ningún dragón dorado. No sé qué clase de criatura es esa que mencionas, pero te puedo asegurar que no es uno de nosotros.

De lo contrario, yo lo sabría. –El aprendiz cerró la boca de inmediato, confundido.

Nivalan continuó–: Cuando mis hijos sean adultos y entren en letargo conmigo, quizá despierte una pareja de dragones dorados para mantener la vigilancia durante la siguiente generación.

Eso, claro está, asumiendo que Scorpius no logre llevar a cabo su plan.

Milo reflexionó un momento. Después planteó:

–Si él está presente cuando nazcan tus hijos, ¿le obedecerán sin más, como hacen el resto de los animales?

Sintió que Doria se estremecía a su lado, pero lo atribuyó al ambiente húmedo del túnel.

Nivalan negó con la cabeza.

–Estarán emocionalmente vinculados a él y lo respetarán como a un padre, pero ninguno de nosotros profesaría una obediencia ciega a un hechicero humano, por asombrosos que fuesen sus poderes.

No somos bestias. Ellos, en cambio –añadió, dirigiendo una mirada de reojo a las estatuas que los observaban en silencio–, puede que sí acabaran sucumbiendo a su influencia.

–¿Scorpius sería capaz de controlar la voluntad de un dragón? –murmuró Ulros con asombro.

Milo se volvió hacia Casio, que había adoptado una expresión profundamente preocupada.

–Nos contaste que en la escuela había sido un estudiante mediocre... –le recordó.

–Sí, es cierto, pero su poder sobre los animales es innato –respondió el aprendiz–. Y se ve amplificado por un báculo mágico de gran poder que le robó a su maestra, que fue una Archimaga elfa muy talentosa...

–Queréis decir que Scorpius podría controlar a un dragón corriente igual que hizo con la serpiente marina, ¿no es así? –quiso asegurarse Doria.

–Eso es –confirmó Nivalan.

–Es una suerte que todos esos dragones se convirtieran en estatuas de piedra, entonces –comentó Ulros–. Aunque, si ese mago los devuelve a la vida... –se le ocurrió de pronto, y dirigió una mirada inquieta a las estatuas que adornaban el corredor–. Eso no es posible, ¿verdad?

–No –respondió Nivalan–. Ningún mortal sería capaz de romper el conjuro que mantiene a los dragones petrificados. –El bárbaro abrió la boca para celebrar aquella noticia, pero ella no había terminado–. No obstante, un dragón dorado o plateado sí podría hacerlo.

–¿Un dragón plateado... como tú? –preguntó Casio en voz baja.

Ella asintió. Milo levantó la cabeza para contemplar el intimidante dragón de piedra que se alzaba junto a él y trató de imaginar cómo sería verlo retornar a la vida.

–Un dragón plateado como Nivalan... o como los que van a nacer de esos huevos que están en poder de Scorpius –musitó entonces Doria.

Casio se volvió hacia ella con los ojos muy abiertos.

–¿Qué dices? –barbotó–. Eso no puede ser; serán bebés cuando nazcan del huevo.

–Pero crecerán –señaló Doria– y desarrollarán los poderes de cualquier dragón plateado adulto.

–¿Y podrían romper el hechizo que mantiene a todos estos monstruos transformados en piedra? –quiso asegurarse Ulros.

–No lo creo –se apresuró a replicar Casio–. En el caso de que no lográsemos rescatarlos a tiempo y crecieran bajo la influencia de Scorpius, dudo mucho que supiesen cómo hacer algo así, sin otros dragones plateados que les enseñasen. ¿Verdad, Nivalan?

Pero ella no respondió. Seguía avanzando por el corredor sin mirar atrás, mientras las sombras de los enormes dragones de piedra se cernían amenazantes sobre su figura humana, pequeña y frágil como el cristal.

Los demás se apresuraron a alcanzarla en silencio. Multitud de preguntas bullían en su interior, pero ninguno de ellos se animó a formularlas en voz alta.